Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 34 #2
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—Ex magistrado —la corrigió Aida, con una sonrisa—. Y tiene que ver en todo . —Bajó la voz—. Wyllas cree que la princesa Elleine no es quien dice ser. Que es una usurpadora. Nadie, salvo él, puede notar la verdad.

Mary frunció el ceño.

—Aun no entiendo por qué lo hiciste —repuso, bajando la voz también.

—Le prometí a Wyllas que a mi regreso haría esto por él antes de encaminarme a Borash. Soy una de las pocas personas del reino que jamás se ha encontrado personalmente con Elleine. Queríamos asegurarnos.

Mary hizo un mohín.

—Y ha funcionado, supongo.

—En efecto.

Acto continúo, reanudaron su marcha.

—Si no es ella —apuntó Mary, en voz baja y echando un vistazo hacia atrás con cautela—, ¿entonces quién es? ¿Qué hará Wyllas para descubrirla?

Aida rodeó el brazo de Mary con el suyo y encogió un hombro con desenfadado. Parecía más tranquila.

—¿Adónde vamos ahora? —quiso saber Mary, pensándolo ahora.

Sabía que Aida debía encontrarse con Wyllas para contarle de su acierto.

Pero no se le ocurría dónde podía vivir un ex magistrado.

Ya estaban en las puertas cuando Aida se volvió y la miró directamente a los ojos, esbozando una amplia sonrisa.

—He dejado lo mejor para el final —le dijo—. Me refiero a la Gran Biblioteca de Azur. Wyllas es el jefe de bibliotecarios. Nos estará esperando. Sabe que estamos en la ciudad. La Gran Biblioteca, Mary. No hay lugar más maravilloso en los nueve reinos, ya verás.

Y, alrededor de una hora después, allí estaban. La Gran Biblioteca. El magistrado bajó el libro que estaba leyendo — Los infortunios de la magia , de Marjorie Doyle—, cuando Mary y Aida, acompañadas por un anciano bibliotecario de nombre Saanson, entraron en la estancia llamada el salón de cristal.

—Es un deleite tenerte aquí, querida —dijo Wyllas, abrazando cálidamente a Aida. Cuando acabaron, el ex magistrado puso su atención en Mary—. Así que esta es la criatura de la que me hablaste antes de partir al exterior, ¿eh?

Se plantó frente a Mary y puso las manos sobre sus hombros. La miró fijamente. Ella apreció de cerca los ojos del viejo hadúno, que eran poco comunes incluso entre sus iguales. Eran gris verdoso, muy claros, a ojos vistas llenos de sabiduría.

—En efecto, se... magistrado —afirmó Mary, con una breve y delicada inclinación, tomándose los lados del vestido.

Supuso que Wyllas era lo más cercano que se podía estar a la realeza azurense sin tener sangre real, de modo que pensó que debía actuar como lo había hecho en presencia de la princesa Elleine hace unos momentos—. Me llamo Mary Cartwright.

—Eso lo sé, criatura. Aida me ha contado todo lo que necesito saber de ti —afirmó Wyllas, echando una radiante mirada a la mujer en cuestión.

Aida, por su parte, torció los ojos, pero sonrió—.

Cuando supe que dejaría el reino de escarchar tras muchos años de exilio, tenía que saber cuál era el motivo.

Y tenía que ser uno muy importante, pensé, pues nada menos habría causado su partida después de. ..

Se interrumpió. Era evidente que había caído en la cuenta de su indiscreción.

Aida tenía una expresión tensa en el rostro. Mary no pudo evitar preguntarse qué había querido decir el ex magistrado a la vez que llevaba sus ojos al grueso volumen que este tenía bajo el brazo.

Mary aprovechó ese breve momento para mirar la estancia donde estaba.

Cuando Saanson aludió «el salón de cristal», ella se había imaginado una estancia decorada con piezas de cristal, no que estaría hecha de dicho material.

La estructura era amplia y circular, y daba la sensación de estar atrapado dentro de una gran bola cristal en un diminuto salón.

También los estantes eran de cristal y estaban abarrotados por libros enormes de cubiertas de variados colores. Era gloriosa.

Una vez más pensó en su madre, que no había exagerado en lo absoluto cuando le habló de la Gran Biblioteca en sus cuentos para dormir. Con todo, su descripción se había quedado ambigua en comparación con la enormidad (y majestuosidad) del lugar.

Wyllas se aclaró la garganta y sonrió.

—Bien —dijo, mirando a Saanson, que había permanecido en la estancia todo ese tiempo—. Supongo que querrán unos aperitivos. Nos acaban de llegar unos bocadillos desde Fuzz...

—No, Wyllas —intervino Aida—. Creo que ya hemos comido mucha pelusa en los últimos días.

Además, queremos partir lo más pronto posible —añadió, echando un vistazo a Mary, que encogió un hombro.

No le molestaría comer otro poco de pelusa azucarada en tanto daba un recorrido por la biblioteca—.

Pero un poco de leche dulce, para antes del viaje, lo agradeceríamos. .., si no es mucha molestia.

—¿Molestia? —repitió Wyllas, riendo como si hubiese escuchado una broma—. En absoluto. Saanson, sírveles a nuestras estimadas invitadas lo que deseen.

Saanson asintió.

—Algo más —soltó Aida—. Me parece que a Mary le encantaría echarles un vistazo a los volúmenes del ala de lectura —dijo—. No tuvimos la ocasión de venir aquí en los pasados tres días, dado mi encuentro con la princesa. Y, hasta donde tengo entendido, Mary es una lectora ávida.

Wyllas enarcó una ceja.

—¿Ah, sí?

—Sí, magistrado —corroboró Mary, ruborizada.

Ahora que Aida la mencionaba, comprendía por qué no habían visitado la Gran Biblioteca tras su llegada a Azur: Aida no quería levantar sospechas en la princesa.

Mary estaba deseosa de darle una mirada con más detenimiento a la vasta colección de volúmenes que divisó en su recorrido hasta el salón de cristal.

—Muy bien —sonrió el magistrado, levantando los brazos de contento—. En ese caso, lleva a la jovencita al ala de lectura, Saanson. Mary tendrá mucho que leer allí.

—Recuerda que el ala de lectura está ocupada en este momento —comentó Saanson.

—¿Sí? —Wyllas frunció el ceño. De pronto pareció recordarlo y sonrió alegremente—. Oh, descuida, Saanson. Dudo que a nuestros gorriones les moleste tener un poco de compañía. —Guiñó un ojo.

Mary sonrió.

Saanson asintió y, en seguida, se encaminó hacia la puerta no sin antes hacerle un gesto a Mary con la mano para que lo siguiera. Mary miró a Aida, que esbozó una leve sonrisa y meneó la cabeza, apuntando hacia el bibliotecario que ya aguardaba en la puerta.

Ciertamente, Aida y Wyllas tenían mucho de qué hablar.

Todavía no tenía idea de quién podía estar usurpando a la princesa Elleine y, más importante aún, ¿por qué?

Quizá en su conversación con Wyllas pueda encontrar respuestas a estas cuestiones.

Mary, probablemente, jamás lo sabría. Siguió el paso lento del viejo bibliotecario que descendía una escalera caracol hecha, por supuesto, de límpido cristal transparente. Estaba emocionada. Y tanto.

—Aquí es —anunció Saanson—. El ala de lectura.

Abrió una puerta a un lado del tramo final de la escalera caracol.

Mary entró al primero una vez que el hombrecillo se hizo a un lado para darle paso.

El ala de lectura era una estancia mucho más reducida que el salón de cristal.

Aun así, contaba con un techo alto que acababa en una cúpula decorada con piezas de cerámica y de vidrio multicolores.

Al frente había una enorme ventana con la cúspide curveada, que daba vista de la parte norte de la ciudad azurense.

Si había paredes, Mary no podía verlas: los flancos de la estancia estaban cubiertos de arriba abajo por una cantidad incalculable de libros de distintos colores, tamaños, volúmenes.

Llevándose una mano al pecho, Mary sintió que su corazón se ralentizaba, sus ojos se empezaron a anegar de lágrimas.

Era como un sueño. Ojalá la señorita Green estuviera allí.

Ella habría apreciado tanto la estancia como Mary; había sido, junto a su madre, la lectora más ávida que había conocido.

«Es probable que estuvieran aquí —se dijo—. Alguna vez. Después de todo tanto mi madre como Green provenían del reino de escarcha. Sin duda debieron pasar una época de peregrinación en la Gran Biblioteca de Azur. Y juntas. Qué jóvenes serían entonces».

—Mary.

Ella parpadeó. Enfocó la vista en el viejo Saanson, que se había adentrado a la estancia pasando por su lado sin que ella lo notara.

Obviamente, se había ensimismado tanto como para hacerlo.

Se acercó al hadúno con premura y por primera vez reparó en las personas que estaban sentadas en un conjunto de muebles blancos cercanos a la gran ventana.

No eran adultos, distinguió a medida que se acercaba a la par que el bibliotecario. Eran niños. Todos parecían de la misma edad que Sam. No obstante, recordó Mary, el tiempo no transcurría de la misma forma para los seres hadunos que para la gente común o híbridos mágicos como ella y su hermano.

También recordó que Aida le había dicho que, entre otras cosas, Wyllas era tutor de varios nobles de Azur. Debían ser ellos. Mary estaba inquieta y emocionada en partes iguales.

—Altezas —dijo Saanson, inclinando la cabeza—. Les presento a Mary Cartwright; es una invitada de Wyllas. El magistrado la ha enviado aquí mientras atiende unos asuntos con...

—Con mi madrina —se adelantó Mary, diciendo lo primero que le vino a la cabeza.

Saanson la miró confuso (seguramente sabía que Aida Winter no era su madrina ni mucho menos, pensó) y asintió, sonriendo. Era preciso mantener una amplia sonrisa frente a los miembros de la familia real.

Mary se fijó en los tres niños hadunos. El joven, que parecía de la misma edad que Sam, tenía una llamativa mata de cabello anaranjado igual que la niña sentada a su lado con un enorme volumen en el regazo.

Un rasgo que compartían con la princesa Elleine, se recordó Mary. En ese caso, ellos debían ser...

—Mary —enunció Saanson—. Ella es Aeelin Thorns, hija del Conde Letler Thorns —dijo, refiriéndose a la bella joven de piel blanquecina y cabello rubio tan claro que parecía blanco.

Luego se volvió con más ímpetu hacia los niños de cabello anaranjado.

Con un gesto cortés los presentó—: Y ellos, la princesa Madeleine y el príncipe Heddir de Azur.

«Príncipe», pensó Mary. Y, absorta, rumió: Si la princesa Elleine era una impostora y esto llegaba a descubrirse ante la corte, el príncipe Heddir se convertiría sin duda alguna en el próximo rey de Azur.

Acto continuo, esbozó una sonrisa, dio un paso al frente y, tomándose los lados de la falda, hizo una profunda reverencia.

—Altezas.