Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 34
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REINO DE ESCARCHA

Transcurridos casi tres días desde su llagada, Mary seguía sin saber cuál era el motivo tan importante por el que Aida deseaba reunirse con la princesa de Azur, quien a ojos vistas había estado demorando adrede el encuentro con la obstinada mujer hadúna todo este tiempo.

En aquel momento, Aida estaba abstraída. Fruncía el ceño, un gesto poco habitual en los seres hadunos.

Mary quería preguntarle una vez más por qué era importante para ella reunirse con la princesa antes de ver al magistrado Wyllas. Era evidente que el asunto la preocupaba sobremanera. Su mirada distante era prueba de ello. Su inquietud también la contagiaba.

«Debes calmarte».

Mary suspiró hondo. Aida le prometió que la llevaría a Borash sana y salva.

Pronto. Ella confiaba en la mujer hadúna, sobre todo después de lo que hizo por Andrew y Abby en el mundo exterior , como lo llamaban los hadunos.

En el transcurso de casi tres días, Mary había acompañado a Aida a la corte de Azur en su intento por lograr su codiciada audiencia con la princesa heredera.

El palacio le había quitado el aliento; debía admitir que no se lo había imaginado ni la mitad de portentoso que era en realidad, cuando era niña, a través de las historias de su madre.

«Tenía razón —había pensado Mary al verlo, emocionada, casi al borde de las lágrimas—.

Sobre todo . Siempre la tuvo». De nuevo deseó que su hermano estuviera allí para verlo; Sam también había oído aquellas historias.

Llegaron al salón del Brillo Azul a través del portal que Aida invocó en el bosque.

El Brillo Azul, como le explicó ella, era como una estación de trenes mágica (aunque su fachada era la de una torre palaciega hecha de ladrillos azul cobalto y un capitel chapado en oro) que conectaba el mundo exterior y el reino de las hadas.

El motivo del encuentro de Aida con la princesa no era lo único que la mujer hadúna había evitado referir esos últimos días, tampoco mencionaba el asunto de que Mary había entrado al reino de escarcha sin purificar su sangre con la Rhiptus ; en realidad, Mary tampoco sentía deseos de hablar al respecto.

No sabría decir qué la inquietaba más: si tener una existencia demasiado corta, o una demasiado larga.

Supuso que de eso se trataba el misterio de la vida.

Una constante zozobra. En fin; el suelo se había resquebrajado bajo ellas y, un segundo después, caían por un vacío tan negro como la noche en su punto más oscuro, el cual recordó a Mary aquellos sueños en los que caía en un abismo sin fin aparente, hasta que aparecía una luz blanquecina que la envolvía del todo.

«Quizá era más que un sueño...».

Durante la caída, Mary había sentido que estaba suspendida en el aire, un aire frío; después de aquel intenso fulgor, ella y Aida habían aparecido en el salón del Brillo Azul, en medio de una concurrida comitiva de bienvenida que apenas reparó en su llagada.

El resto del tiempo, Mary y Aida estuvieron entre conociendo la ciudad de Azur: las principales calles, el mercado y el majestuoso templo donde residían los gremios de artificieros y de sanadores, lo cual le recordaba a Mary su antiguo hogar, en Boston; y persiguiendo a la princesa Elleine.

Elleine, princesa amada por el pueblo y la corte, era la primogénita del rey Madon VII, heredera del trono de Azur, y, según uno de los Clérigos del Brillo Azul (los guardianes del portal de Azur), la joven hadúna más bella de los nueve reinos.

Era amable, había dicho el mismo Clérigo; sensible, pragmática, noble, y diestra en las cinco artes mágicas de los seguidores de la luz, a quienes decía admirar.

Las puertas de la estancia donde esperaban se abrieron de súbito.

Sobresaltadas, Mary y Aida se levantaron del largo sillón blanco en el que habían estado sentadas, aguardando pacientemente la respuesta de la princesa durante días.

Una joven enjuta, de amplia sonrisa nacarada y un llamativo cabello rosado recogido en lo alto de la cabeza (que a Mary le recordó a la fallecida Olee, la criada de Céline), emergió de la sala donde estaba la princesa Elleine.

«O no —se dijo Mary, pesimista—. Quizá se ha vuelto a escabullir».

—La princesa las verá ahora en la sala de retratos. Síganme.

La joven sirvienta, sonrisa inmutable, hizo un gesto con las manos antes de recular hacia la puerta por la que acababa de salir.

Mary miró a Aida. Esta asintió. La sirvienta abrió la puerta e hizo el mismo gesto cortés para indicar el camino con más insistencia.

Mary no pudo evitar pensar que Aida parecía más tensa que satisfecha.

Ni siquiera sonrió victoriosa o algo cercano.

Por fin, después de casi tres días, se iba a llevar a cabo su esperada (y muy dilatada, en opinión de Mary) reunión con la heredera al trono de Azur.

—Vamos —instó la sirvienta—. La princesa aguarda.

Mary quedó impresionada al entrar. Abrió mucho la boca sin darse cuenta.

La sala de retratos, tal como lo indicaba su nombre, era en efecto una estancia decorada con retratos de los monarcas de Azur en preciosos marcos dorados.

Gracias a la pródiga iluminación de enormes candelabros que pendían del techo curvado y la luz natural diurna que entraba por los ventanales del costado, podía ver cada rincón sin cederle espacio a las sombras.

Era una sala amplia y alargada. Paredes de blanco hueso con bellos detalles florales pintados en dorado (a mano, seguramente).

Había pocos muebles, pero los que estaban eran exquisitos y fluían igual que pétalos inmóviles, revestidos de terciopelo morado y aristas que parecían chapados en oro.

Como el precioso diván donde estaba sentada la princesa Elleine.

Mary no tenía duda de que se trataba de ella.

Según la descripción preliminar que le dio Aida de la princesa, Elleine tenía una abundante melena anaranjada, propia de los miembros de la familia real de Azur.

Eso, y que llevaba puesta una especie de túnica blanca —solo los nobles podían vestir los colores negro, gris y blanco en la corte— con un prendedor dorado que la sostenía en el hombro izquierdo.

La flanqueaba un par de sirvientas que sonreían, al parecer de Mary, de manera forzada.

Una sostenía un cáliz de oro, que daba de beber a Elleine; la otra, un racimo de uvas, que colocaba de una en una directamente en los labios de la princesa.

Elleine arqueó una ceja al entrever a las recién llegadas.

—¡Elleine, querida! —soltó de pronto Aida con mucho ánimo. Como si la conociera de toda la vida. Concienzuda, se acercó a la princesa, a quien procedió a darle un afectuoso abrazo como si fueran grandes amigas.

La princesa, se fijó Mary de reojo, parecía confundida. También sus acompañantes. En todo ese tiempo, Aida no le había dicho que conocía personalmente a la princesa de Azur. O que fueran cercanas. Del mismo modo que tampoco aludió la verdadera naturaleza de aquel encuentro.

Algo muy extraño estaba sucediendo.

Elleine y Aida se apartaron. Aida retrocedió algunos pasos para situarse de nuevo junto a Mary.

—He sido avisada de que ustedes, al parecer, llevan un día entero esperando reunirse conmigo —dijo Elleine.

—En realidad, casi tres —corrigió Aida, riendo—. Alteza, parece que no sabe quién soy. Lo cual es imposible. Dudo que no me recuerdes. Acabo de volver del mundo exterior; hace unos años estuve aquí, informándole de mí partida. Recuerdo que lloramos juntas en esa ocasión.

—Ah, ¿sí? —La princesa no parecía segura. Fruncía el ceño. Miró a la sirvienta que sostenía el cáliz, y ésta se encogió de hombros—. Digamos que es cierto...

—¿ Digamos ? —se sorprendió Aida; su voz sonó más aguda de lo usual—.

Estuve aquí. ¿No lo recuerdas? Soy yo, Aida Winter, ¿acaso me has olvidado?

—Y, de pronto, la mujer hadúna parecía muy afligida por la falta de memoria de Elleine—.

¡Fue hace apenas unos años, Alteza! Ella es Mary, la pupila de la que te hablé.

Ya la conocías. Te mostré un retrato la última vez que nos vimos.

Elleine escudriñó a Mary. Esta se permitió hacer lo mismo con la princesa heredera, aunque veladamente.

Elleine era hermosa, sin lugar a dudas. Además de la abundante cabellera anaranjada, tenía una piel blanca y tersa como una fina porcelana; su nariz y mejillas eran de bordes afilados, y sus labios, tan rosados como los pétalos de una rosa floreciendo en primavera.

Empero, sus ojos eran lo más llamativo: no eran del típico jade que se veía comúnmente en los seres hadunos, sino azules con vetas metálicas.

Por fin, Elleine esbozó una amplia sonrisa y se levantó del diván, extendiendo los brazos.

—Aida —exclamó ella, alegre—. ¡Desde luego que te recuerdo! ¡Ven aquí y dame otro abrazo! —añadió—. Quiero oírlo todo de tu viaje...

Minutos después, Mary y Aida ya se encaminaban hacia la salida del palacio tras el encuentro entre la mujer hadúna y la princesa azurense, el cual, dada la circunstancia, no se prolongó más de lo esperado.

Sin embargo, una vez fuera de la sala de retratos, Aida empezó a comportarse aún más extraño que momentos antes de ver a Elleine.

Tenía el entrecejo fruncido sobremanera mientras parecía mantener una discusión en su fuero interno.

—No mencionaste que conocías a la princesa —empezó Mary. Habían permanecido calladas desde que salieron de la sala de retratos. Ya no lo soportaba más.

—Porque no era así. Hoy fue la primera vez que Elleine y yo nos vimos en nuestras vidas.

—¿Qué?

Mary se detuvo en medio de un extenso pasillo. Los guardias en los costados no se inmutaron ante su reacción. Aida giró sobre sus talones. La miró fijamente. De pronto, Mary lo entendía. Fue un engaño.

—¿Por qué?

—Por Wyllas. ¿Recuerdas que te hablé de él?

Mary asintió.

—¿Qué tiene que ver el magistrado?