Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 33
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TERMINADO ESTE ASUNTO

—Ya estamos todos —enunció Reedstter, satisfecho—.

Como se habrán dado cuenta, caballeros, esta noche nos acompaña la Gran Ama Cateryna Dur, conocida en Europa y Asia, y cuyo linaje ha existido por casi ochocientos años.

Además, es una de las más leales servidoras de otro de los Grandes Amos Nigromantes de todos los tiempos. ..

«Acaba ya con tanta lisonja, Stephen —pensó Gustav.

Se estaba impacientando—. Ya sabemos quién es Cateryna Dur y a quién sirve además de sí misma.

Estás acabado. Con esto se confirma que eres un maldito traidor, tú y los tuyos.

Y de la peor calaña. Es un infortunio que la misma sangre corra por mis venas».

Gustav había hecho creer a Stephen que era un traidor, como él, para que aquel encuentro ocurriese.

Aunque, sin falta a la verdad, no había esperado que fuera tan pronto.

Si asesinaba a Cateryna Dur y, además, descubría a Reedstter, quizá añadirían una breve pero destacada reseña sobre su hazaña en una nueva edición de la Enciclopedia, entre los Grandes Héroes como Ben Holbrooke o Katter el Negro.

Debía reconocer que la idea sonaba grandilocuente, de modo que decidió que solo se conformaría con una enhorabuena de su padre y, ¿por qué no?

, un escaño en el Alto Gremio. En su opinión, sería lo mínimo que merecería.

—Basta de halagos pueriles, Stephen —lo interrumpió la Gran Ama Dur.

Estaba sentada en un ostentoso sillón de terciopelo rojo y soportes dorados—.

Ya se hicieron las debidas presentaciones, y los caballeros saben perfectamente quién es cada quién.

—Miró a Gustav; sus ojos relucían como un par de monedas de oro—.

Aunque aún desconozco los motivos por lo que nos honra con su presencia el hijo pródigo de Nils Wolfgang.

—Desde luego que lo mencioné, querida —repuso Stephen—. Gustav es uno de mis parientes lejanos.

—Eso lo sé. —Dio un ademán y desvió la mirada—. Conocí a sus antepasados.

«Querrás decir que mataste a varios de mis antepasados», estuvo a punto de decir Gustav. Se contuvo.

—Como decía, mi señora —siguió Reedstter—.

Gustav me ha dado un argumento tan sólido con el que se ha granjeado mi confianza y por el cual he decidido revelarle nuestros lazos y planes en cierne al servicio de Mormont.

Su familia ha tenido algunas inclinaciones hacia la oscuridad, como los Reedstter.

—Sonrió—. Ha asegurado que apoyará al Gran Amo Mormont cuando ocupe el lugar de su padre como patriarca de la familia Wolfgang, y, como muestra de su lealtad, le entregará el oráculo del futuro.

El mismo que antes tuvo en su poder Cletus II Mormont.

Gustav quiere hacer parte de nuestro selecto grupo. También el joven Westwick.

El joven Westwick, no obstante, parecía estar a punto de echar a correr por su vida.

Gustav intuía que Stephen no le había participado que a la acogedora velada asistiría una nigromante de gran envergadura como Cateryna Dur, ni que tramaban al servicio del Gran Amo Mormont, y mucho menos que se convertiría en un traidor de la noche a la mañana en el pueblo al que acababa de llegar para enterrar a su hermano, y todo porque estuvo a favor de entregar a los hermanos Holbrooke a los Altos Seguidores en uno de los cenáculos del Gremio.

Cateryna emplazó de nuevo sus dorados ojos hacia Gustav. Era evidente su recelo. Gustav continuó impasible. Al mismo tiempo estaba haciendo un auténtico esfuerzo por dominar sus emociones. El hedor a hollín no hacía más que acrecentar su ira por la nigromante.

—En fin —habló Reedstter, amagando con las manos—. Aclaradas las inquietudes, debe...

Gustav no pudo contenerse más.

—¿Asesinaste al señor Hornwood? —le preguntó a la nigromante—. ¿Por qué?

Si la pregunta tomó por sorpresa a Cateryna, esta no dio muestra alguna de ello. Miró fijamente a Gustav, un largo instante, inamovible, antes de atraparse un mechón de cabello rojo tras la oreja.

—Solo cumplía mi parte del trato —dijo ella, por fin—.

Fui enviada a este remoto lugar para vigilar a la descendencia de Ben Holbrooke y Will Oakwater, que fueron los mayores enemigos de mi señor.

Hornwood no tenía que morir. Pero no tuve elección.

El muchacho revocó la invitación, y la hoja de mi espada cumplió el cometido por la que fue creada. ..

—No tiene sentido —expresó Gustav—. Asesinaste a Hornwood porque deseabas la gema de la muerte.

Los Holbrooke y los Oakwater no tenían nada que ver.

Y todos sabemos que fue Frank Hornwood quien, hace un siglo, asesinó a tu hermano Magnus en la Casería Sangrienta.

Quizá, a parte de la gema, te valiste para obtener venganza.

—Eso no es cierto —dijo Cateryna.

—¿De verdad? —siguió Gustav—. ¿Qué planeabas hacer con la gema una vez estuviera en tus manos? ¿Entregársela a Darkling? No tienes por qué mentir.

Sobrevino un largo, tenso, silencio.

—Tienes razón —contestó Cateryna, con un tono extrañamente sosegado—.

Frank Hornwood asesinó a mi hermano... Magnus era mi favorito, y me lo arrebató.

.. Y por supuesto que sentí placer cuando abrí en canal la garganta a su asquerosa progenie.

Pero esa no era mi intensión al presentarme en el tugurio de Hornwood esa noche.

Quería la gema para intercambiarla por.. .

—No son necesarias las explicaciones —afirmó Reedstter, poniéndose en pie—. Confiamos en tu palabra. ¿Verdad, Gustav?

Gustav no lo miró, ni respondió. Su atención estaba puesta en la nigromante como si fuera la única en la estancia.

—No estoy tan segura, Stephen —replicó Cateryna, levantándose—. Y es evidente que el joven Wolfgang no siente inclinaciones por la oscuridad.

Gustav se levantó. Entonces sintió el filo de la daga que ocultaba en el antebrazo.

Quizá no era su regia espada familiar, Alba , pero con eso tendría que bastarle para acabar con la nigromante.

Como nunca antes agradeció haber tomado previsiones.

Pensó que su padre estaría orgulloso. Aquello sería lo único que haría una diferencia entre la vida y la muerte.

—¿Por qué debería creerte? —preguntó Gustav, como si no hubiese atendido las últimas palabras de Cateryna.

Stephen, tras el escritorio, seguía en pie. Abría mucho los ojos.

—¿Por qué, de pronto, sientes tanto interés por la muerte de Henry Hornwood? —preguntó—. Creí que estabas de nuestro lado...

—Creas o no mis palabras —dijo Cateryna, en cambio—, yo seguiré viviendo en paz.

Hornwood ha muerto en vano, y me temo que también su hijo, pues tiempos oscuros están por llegar a este miserable pueblo.

—Miró a Stephen—. Terminado este asunto, no tengo ánimos de continuar con la maravillosa velada que estoy segura nos tenías preparada para esta noche, Stephen.

El joven Wolfgang logró engañarte y ahora sabe la verdad.

Supongo que podré confiar en que hallarás el modo de. .. hacerte cargo.

—Sí —consiguió decir Reedstter, visiblemente pasmado. Sus ojos estaban clavados en Gustav.

Este, en cambio, miraba a la nigromante.

Ephraim, tan inmóvil como una estatua, postrado en el sillón, la espalda muy recta.

Su garganta se infló como la de un sapo cuando tragó saliva.

Saltaba a la vista hasta para él lo que estaba a punto de suceder.

Lo primero que cruzó la mente de Gustav fue que iba a un paso adelante de la nigromante, quien no llevaba consigo su legendaria espada Bloodish .

Lo segundo, Stephen tampoco estaba armado.

—Somos familia, Stephen —asintió Gustav. Miró a Cateryna—. Tienes razón. —Se permitió una sonrisa—. Los vínculos entre los Wolfgang y los Servidores terminaron en el instante en que mi antepasado Richard Wolfgang respiró su último aliento hace más de medio siglo.

—Confié en ti —dijo Reedstter—. Te consideré como un hijo.

—Tus hijos están muertos o encerrados. Y de seguir con tus vínculos con Mormont, el joven Nathaniel sufrirá el mismo destino que alguno de sus hermanos.

—No lo escuches, Stephen —dijo Cateryna. Sonreía—. Mi Amo siempre ha apreciado profundamente la lealtad de los Reedstter, y los tiene en alta estima.

—Los Reedstter, en Europa, terminaron todos muertos gracias a esa alta estima de su Amo —replicó Gustav—. Todos los que lo sirven acaban igual. —Miró a Stephen—. Tienes una oportunidad para enmendarlo.

—¡Calla de una vez! —Cateryna tenía una expresión crispada; el mechón rojizo se le había escapado nuevamente de la oreja, y le caía sobre el ojo izquierdo como un hilo de sangre. Apretaba los puños—. Cállate antes de que...

Dio un paso hacia Gustav. Pero se detuvo en el acto cuando Gustav sacó la daga a una velocidad impresionante.

Como por arte de magia. La blandió hacia la servidora.

La nuxus destelló cuando invocó su luz. Dur retrocedió.

Ephraim se puso en pie dando un bote hacia el costado.

El aire en el estudio de Reedstter se volvió tenso, y más frío, si cabe, que hace un instante.

—No siento tener que entregarte al Gremio por traición a los seguidores de la luz, Stephen. —Volvió la mirada hacia Cateryna, a quien no había dejado de apuntar con la daga resplandeciente—. En cuanto a ti...

— ¡BASTA! —bramó Reedstter.

Gustav volvió la vista, sorprendido. Stephen alzaba una mano y fruncía el entrecejo sobremanera como si le doliera el pensamiento.

Escucharon un estallido de cristal. Gustav ladeó la cabeza.

El ventanal por el que hace un rato Cateryna Dur había estado mirado se agrietó y, un segundo después, reventó hacia dentro como si una fuerza del exterior lo impulsara.

Todo sucedió a un ritmo vertiginoso. Gustav a duras penas tuvo tiempo de reaccionar.

Conmocionado. Olía a lluvia y a hollín a partes iguales.

Vio una serpiente traslúcida penetrando al estudio a través de la ventana rota.

Era Reedstter, usando su donum lucis .

—¡Detente, Stephen! —gritó Gustav, desviando la dirección de la daga hacia Reedstter. La luz que desprendía lo cegaba.

Reedstter hizo oídos sordos. Esbozaba una sonrisa terrorífica.

En aquel instante la serpiente se tensó como una lanza y, con una celeridad pasmosa, salió disparada hacia Gustav.

En vez de atravesarlo se enroscó en su cuello como la soga de un condenado.

Gustav sintió el apretón de una mano intentando asfixiarlo.

La nuxus , aún refulgente, se le escapó de las manos.

Oyó voces. Alguien que hablaba. Alguien que reía.

El suelo se alzó a su encuentro, y lo último que vio fue el brillo agonizante de la daga extinguiéndose frente a sus ojos como las ascuas de una hoguera en medio de la oscuridad.