Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 32 #4
94%

32 #4

Le hervía la sangre la mención de su padre a la sazón de las recientes revelaciones.

Pero debía mantener la calma. Ceñirse al plan.

Cuando Loreen le devolvió la sonrisa, se sintió aliviado.

Estaba libre, de momento, de las sospechas de la líder del bosque.

No sería por mucho tiempo. Una gélida brisa hendió los árboles que rodeaban el pie de la colina, haciendo cantar sus hojas a regañadientes y alborotando el cabello rubio platinado a Loreen.

Esta hacía ademán de apartarse los mechones de la cara cuando unos dedos largos, ágiles, se le adelantaron, rozando su frente.

Andrew se había acercado a ella un par de pasos a una velocidad asombrosa, imperceptible.

Loreen, más que sorprendida de su inesperada cercanía, se estremeció como si el rozamiento de los dedos del muchacho le causara un cosquilleo en la piel.

Andrew, a la vez que metía aquellos suaves mechones tras la oreja de la mujer hadúna, no pudo evitar pensar en lo frágil y vulnerable que ésta parecía en ese momento.

Loreen siempre había sido dócil —al menos daba esa apariencia—, aunque saltaba a la vista que mantenía a la sombra sus verdaderas emociones.

Esta vez, sin embargo, casi tenía la impresión de que oír los latidos de su corazón a un ritmo in crescendo, que no pudo disimular: sonría como una cándida.

Como si no fuera la criatura que mintió, traicionó, manipuló, y tramó la muerte de su antecesora, y quién sabía cuántas cosas más.

Quizá hubiera podido engañar al Andrew que fue antes de pisar las ruinas de la fábrica Cartwright.

El Andrew que escapó de aquellas ruinas, en cambio, acercó tanto a sus labios a los de ella que fácilmente habría pensado que la besaría, pero solo rozó la punta de su nariz con la suya.

—Me prometiste que me dirías dónde está mi padre —le susurró al oído Andrew; la tomó con firmeza por la menuda cintura y la asió contra su cuerpo mientras trazaba besos por su cuello, la oreja, el mentón y, por fin, uno apasionadamente en los labios.

Entre tanto, decía—: Prometiste que me dirías esta vez. ..

—Lo haré —jadeó Loreen.

—Dime —insistió Andrew, sin parar de besarle el cuello y luego entre los pechos, a duras penas cubiertos por la seda. Loreen jadeó extasiada. Él no se detuvo—. Dime, Loreen, ¿dónde está? —La tomó con firmeza por la nuca y le plantó otro fogoso beso en la boca—. Dímelo...

Loreen gemía excitada, los ojos cerrados, la cabeza hacia atrás, el pecho ardiente. Andrew acercó más el muslo de la mujer a su entrepierna, mientras la aferraba por la cintura, para que ella percibiera su deseo. El deseo de volver a refugiarse en su cuerpo tal como había hecho en otros tiempos.

Se apartó de Andrew.

—Te quiero dentro de mí —dijo ella. Y lo tumbó sobre el pasto, al pie del sabino. Luego se subió sobre él a horcajadas y lo atacó a besos apasionados y roces ávidos—. Solo entonces te lo diré.

A continuación, Andrew le desató el hiladillo de seda que le rodeaba la cintura.

Andrew a duras penas llegó a escuchar que algo caía en el pasto.

No le prestó cuidado. Estaba enfocado en seguir con su pasional demostración (y tenía el rostro enterrado entre los senos de la líder).

Quizá se trataba de una gota de lluvia, pensó fugazmente.

Andrew sabía que su deseo no era del todo fingido.

La deseaba tanto como la odiada. Si pudiera, la estrangularía en ese momento con sus propias manos mientras la veía directamente a los ojos por última vez.

Pero tenía un cometido. Y no estaba dispuesto a que Loreen se lo arrebatara.

La mujer se detuvo de pronto.

Se hizo un silencio súbito —ni voces, ni murmullos ni la brisa haciendo entrechocar las hojas de los árboles— como si el bosque entero se congelara por un viento glacial.

Loreen estaba inmóvil, mirando a la distancia.

Entonces debió intuir que algo ocurría. Se apartó de Andrew, sin decir nada, como si temiera que su peor miedo se hiciera realidad en un visto y no visto.

Por fin miró al muchacho fijamente. Su expresión era como esculpida en piedra, impasible.

Loreen se levantó. Se oyó el canto de las hojas. La brisa volvía a soplar.

—¿Q-Qué ocurre? —titubeó. Ladeó la cabeza, observando a los hijos del bosque, todos ellos, que rodeaban la colina, inamovibles. Mirándola. Sus ojos fulguraban entre espesas sombras. El telón de la noche estaba próximo a caer—. ¡¿Qué ocurre?! —repitió a voz en grito.

Andrew se puso en pie. Vio un destello en el suelo en tanto que Loreen se terciaba, rauda, para coger el objeto.

Cuando se irguió, empuñando una daga, la punta de una flecha emergió de su pecho, empapada de sangre.

Loreen profirió un resoplido quedo. Ladeó la cabeza.

Miró las plumas negras que oscilaban a su espalda, antes de volver la vista atónita hacia Andrew y desplomarse en sus brazos.

La daga que sostenía se le resbaló de la mano.

Mientras la sangre creaba una creciente flor escarlata en su pecho, Andrew advirtió que la mujer intentaba decirle algo, vaya que lo intentaba, pero las palabras salían a borbotones con la sangre.