32 #3
Mary, ensimismada, parpadeó. Miró alrededor.
Enseguida tuvo la sensación de que ya conocía ese lugar.
El cielo plomizo se abría sobre ellas. La brisa pluviosa mecía las copas de los árboles coníferos y abetos que formaban un círculo en torno a los restos lavados de una fogata.
«Sí, conozco este lugar —pensó, acercándose a los montículos de piedra que había en el centro—.
El territorio de los centauros». Estaba sorprendida.
No sabía que se dirigían a un lugar en concreto.
Había pensado que solo se alejaban de los terrenos de Katterblack para evitar toparse con incautos o asegurarse de que nadie las estuviera siguiendo. Eso quería decir que...
—¿Estamos en el bosque de River Town?
Aida asintió con un simple gesto de la cabeza.
—¿Por qué? —preguntó, a la vez pensaba que no muy lejos podía estar sucediendo la deposición de Loreen.
Aida le preguntó si sabía qué eran nidos de sombras.
Ella, que había leído algo al respecto en la enciclopedia, asintió.
En éstas, la mujer procedió al explicarse, sucinta, que los portales al reino de escarcha solo podían abrirse en lo que refirió como áreas mágicas altamente sensibles.
El sitio de reuniones de los centauros era uno de ellos.
Otros podían encontrarse en el corazón mismo del bosque, en la iglesia Saint Peter, y en la calle Holt Dem, cerca del mercado de River Town.
Mary echó otro vistazo en derredor. Sintió un escalofrío en el centro de la espalda.
Tanto silencio, tanta calma, resultaban inquietantes.
Ni siquiera los grillos entonaban. La canción del bosque había sido suplida por el lamento que llevaba consigo la brisa.
Hace casi tres meses había pasado la noche en aquel mismo lugar durante la búsqueda de Andrew y el señor Blackfell.
Tenía la impresión de que habían transcurrido un par de años desde entonces.
Se volvió hacia Aida.
—Ahora ¿qué?
No recibió respuesta. La mujer hadúna le daba la espalda, inmóvil, las manos como puños a los costados del cuerpo, los hombros demasiado tensos.
Miraba hacia la densa penumbra de árboles a unos metros frente a ella.
Mary se le acercó y se situó a su lado. Ladeó la cabeza y, entonces, reparó en la expresión en el rostro de Aida Katterblack.
Era de profundo espanto. Mary miró al frente.
Enfocó una silueta negra que pendía de la rama de un pino poco más atrás de la linde de árboles que conformaban el círculo donde ellas estaban de pie.
Un ojo, enorme y verde, les devolvía fijamente la mirada, pestañeando cada tanto.
Mary ahogó un sobresalto al mismo tiempo que Aida cerraba la mano en su muñeca.
Aunque no hubiera sabido qué era aquella criatura (que no era el caso; lo sabía una vez más gracias a la enciclopedia), no habría sido capaz de formular una sola palabra. El miedo la tenía atenazada casi tanto como la mano de Aida. Aida habló a continuación en voz baja, sin mirarla.
—Escúchame bien, Mary. No tenemos mucho tiempo.
El snark caerá sobre nosotras en cuanto saques la daga del bolsillo de tu abrigo, por eso debes darte la vuelta antes de hacerlo, y repetir las palabras del hechizo de apertura mientras viertes la sangre de tus palmas en la tierra.
—Le soltó la muñeca. Ambas cruzaron una mirada vibrante—. ¿Estás preparada?
Mary asintió lentamente. No había quitado sus ojos de la criatura que las miraba.
Más bien, que parecía mirarla precisamente a ella.
¿Acaso la había enviado Loreen? ¿Cómo habría sabido la líder que ellas estarían allí, en ese momento, sin que la voz en el viento la pusiera al corriente?
Daba igual. Tenía que seguir las directrices de Aida.
Así pues, se dio vuelta despacio, metiendo la mano en el bolsillo externo de su abrigo.
No había terminado de hacerlo cuando escuchó a la mujer hadúna gritar su nombre a todo pulmón.
Mary asió la daga, se dio la vuelta. El snark emergió de la penumbra.
Era alargado. Tenía cuatro patas que más bien parecían brazos y manos humanas con cuatro zarpas de cristal oscuro afiladas en los extremos.
Tenía un par de cuernos, una cola gruesa que parecía de piel de serpiente, y, tal como observó antes, un enorme ojo verde botella que parecía contener un opaco fulgor en su interior.
En un visto y no visto llegó hasta ellas y azotó su cola —sonó como el restallido de un látigo—, y Aida salió despedida varios metros en el aire.
Mary gritó, llevándose las manos a la boca.
No alcanzó a verla caer entre los árboles.
El snark se interpuso en su campo visual, su boca era una arista de colmillos filosos en permanente sonrisa.
Retrocedió. El snark hizo ademán de lanzarse sobre ella.
Mary extrajo la daga que había aferrado y, a una velocidad increíble hasta para ella, hundió la hoja a un lado de la cabeza alargada, donde se suponía debía estar el cuello.
El snark emitió un chillido agudo, penetrante, antes de escabullirse entre los árboles, llevándose la daga, y dejando a su estela un rastro de sangre negra como alquitrán.
Mary se volvió hacia el lugar donde vio caer a Aida.
Esta se acercaba con la falda hecha trizas en la parte baja, y rasguños en los brazos, el cuello, la cara y el pecho.
En cuanto la mujer le preguntó si estaba bien, las piernas de Mary cedieron y esta cayó al suelo, temblando, llorando.
Aida la rodeó con sus brazos, empapada de sudor, y le apartó un mechón de cabello de la cara.
—Volverá —dijo Aida—. Debemos irnos. Ahora.
Mary asintió, enjugándose las mejillas con una mano.
—Ya no tengo la daga...
Ambas se miraron. Lo hicieron durante poco más de una fracción de segundo.
Pero, dadas las circunstancias, pareció que fueron minutos.
Mary vio su reflejo embebido en los enormes ojos jade de la mujer hadúna que le recordaban a los de su madre («Ahora, imagina tener la seguridad de que morirás mucho después que tus hijos, esposo, amigos.
La vida y la muerte pasan ante tus ojos mientras tú solo permaneces —le había dicho—.
A veces puede que sea el efecto contrario.
..»); había una pregunta implícita reluciendo en ellos: ¿No querrás tentar a la suerte?
Un gruñido gutural brotó de entre los árboles en los que se había escurrido el snark.
Aida echó un vistazo a Mary, que asintió sin decir más, antes de colocar las palmas de sus manos contra la tierra.
Mary hizo lo mismo. Cerraron los ojos. El viento sopló con fuerza, más frío que antes, y el suelo comenzó a trepidar paulatinamente a medida que murmuraban el hechizo de apertura.
Los gruñidos del snark anticipaban su proximidad.
Mary abrió los ojos al percibir su cercanía inminente.
El snark trazaba un arco en el aire hacia ella cuando, de súbito, un argón emergió de entre los árboles y saltó a su encuentro.
Mary, boquiabierta, divisó a las criaturas rodando y perdiéndose de vista entre arbustos y las sombras de los coníferos y abetos, gruñendo, bramando, y arrojándose dentelladas y zarpazos.
No podía creerlo, pensó Mary. Se trataba de Num , el argón vinculado a su hermano.
«¿Acaso Sam...?»
No terminó la frase en su fuero interno.
De improviso se dio cuenta de que Aida había finalizado el hechizo, el suelo había dejado de sacudirse, la fuerte brisa había amainado, y más allá del estrépito de la contienda entre las bestias, el silencio que se percibía alrededor era tan denso, envolvente, como si una límpida cúpula de cristal las aislase del mundo. Aida tomó sus manos.
—Agárrate fuerte —le dijo.
Mary frunció el entrecejo, sin entender.
Entonces el suelo se resquebrajó y cayeron al vacío.
—Has venido —repuso Loreen; tenía una mano tras la espalda, la otra en la cintura; casi parecía bullir de emoción. «Sé muchas cosas, te dije. Y este conocimiento tiene un precio».
Mentira. Andrew había subido la colina mientras pensaba en aquellas palabras sin apartar la mirada de la líder del bosque en ningún momento.
Resultaba difícil hacerlo. Lucía radiante como un diamante blanco sacado de un manantial hacia la luz.
Su brillo tenía un cariz extraño en contraste con la opacidad que reinaba alrededor.
No recordaba haberla visto antes con un atavío que no fuera que la habitual túnica blanca ceñida a la cintura con una cuerda de cáñamo; la bata de seda parecía derramarse como leche sobre el contorno de su cuerpo esbelto.
Su cabellera, como oro batido, se mecía con el viento.
Su mirada destellaba incluso a la distancia.
Sonreía. En su mente evocó vetas doradas en torno a la comisura de sus labios, que se ensanchaban a su largo en aquella siniestra sonrisa.
«Si continúas con las mismas intenciones, su marca se corroerá hasta ti».
—Tenemos confianza —contestó él—, ¿no?
La sonrisa de Loreen se ensanchó aún más al oír sus propias palabras en los labios del muchacho.
—Lo mismo dijo tu padre cuando...
Calló. Como si de pronto se diera cuenta de lo que estaba por decir y recapacitara.
Andrew, por supuesto, no pudo evitar preguntarse qué había estado a punto de decir.
Había algo extraño en su mirada, en su postura, una ligera vacilación en sus labios; Andrew creía haberla conocido muy bien para saber que algo más estaba pasando.
Apartó aquel pensamiento de inmediato. Al menos disimuló.
No quería que la líder, asimismo, empezara a sospechar de él.
—Eres listo. Honrado —dijo Loreen—. Digno hijo de tu padre. Sabía que vendrías a mí.
«Maldita sea, no metas a mi padre en esto». Andrew trazó su mejor sonrisa.