32 #2
—Nosotros lo haremos —propuso—. Mi hermana y yo no hemos perdido a tantos.
Tampoco somos hijos del bosque. Y, además, puedo asegurarles que nuestras manos no se mancharán con la sangre de Loreen.
—Para entonces ya había concebido la idea de usar el arco que les dejó su padre—.
Mi hermana y yo tenemos una oportunidad de conocer el paradero de nuestro padre.
—Se abstuvo de decir: «Por favor», pues sus palabras tenían demasiado tono de ruego para su gusto.
Al final no fue necesario. Los Hijos estuvieron de acuerdo.
Tras la súbita desaparición de Aida, Andrew y el resto se repartieron sus deberes y se organizaron para proceder. Loreen tenía que ser depuesta antes de que cayera la noche de ese día.
—La tercera muerte —dijo Abby, en voz baja—.
Creí en el fondo que la verdad a la que se refería la señora Richmond estaba relacionada con nuestro padre y la historia que nos contó Aida Winter.
Pero si resulta que Loreen es la tercera muerte anunciada, eso querría decir que aún no sabemos de qué verdad hablaba.
Andrew lo consideró un instante.
—Tal vez alguien más ha muerto —dijo al final— y aún no lo sabemos.
Abby alzó las cejas en señal de asombro y volvió la vista al frente. Guardó silencio un rato mientras caminaban. Al cabo, en voz baja, dijo:
—Quizá deberíamos contarle a Mary. Sobre Aida Winter.
Esa mujer es como ella: una clase especial de hada; la propia Aida lo dijo.
Y Claudine, la tabernera en Collin’s Meadow, también era uno de ellos.
¿Recuerdas lo que le dijo a Mary? —Andrew lo recordaba; asintió—.
Le dijo que era uno de ellos, pero Aida no mencionó a qué se refería con una clase especial de hada .
Andrew suspiró.
—Eso no importa —dijo—. Como Claudine, Aida también se ha marchado. Tengo la opinión de que ha venido con un propósito y no volveremos a verla. ¿Por qué ahora? No lo sé. Debimos preguntárselo. Ya es muy tarde para eso.
—Podríamos...
—No —espetó Andrew. Se detuvo y ladeó la cabeza.
Abby lo imitó. El corazón del bosque estaba a escasos pasos del pequeño convoy.
Todos cruzaron una mirada —zozobra, miedo, nerviosismo, decisión— y guardaron silencio.
El bosque entero pareció congelarse en el tiempo un prolongado minuto.
De súbito, sopló otra ráfaga de viento y gotitas de lluvia se desprendieron de las hojas y cayeron sobre ellos como si la Madre les diera su bendición.
Tamlin sonrió. Cleo alargó la mano y cogió la antorcha que le había entregado a Andrew.
Nadie podía prender un fuego en el centro del bosque, pero Henna misma le había entregado la llama que los había guiado en el penumbroso camino, entre la fría humedad del entorno y el rumor del viento; la llama permaneció inexorable.
Andrew aún sentía su calor en la mejilla.
Abby y Grace formaron una pareja, Lloyd y Ulises otra, y se dispersaron en los derredores de la colina que marcaba el corazón del bosque.
Tamlin y Cleo también hicieron lo propio.
Había Hijos del Bosque adonde uno mirara, pero mantenían cierta distancia, como si previeran lo que estaba por ocurrir.
Algunos apenas le lanzaron un vistazo a los recién llegados.
Ninguno saludó, a ojos vistas nerviosos.
El aire, incluso en el exterior, se percibía tan denso como un flan que resultaba difícil respirar.
Y cómo no: estaban allí para matar a su Líder.
Andrew, instintivamente, echó una mirada hacia arriba desde el pie de la colina.
Vislumbró a Loreen, que destacaba en la cima por la resplandeciente aura blanquecina que la envolvía en contraste con el cielo gris que se alzaba con un telón a sus espaldas.
Tenía el cabello recogido y adornado con una corona de margaritas, y llevaba puesta una bata de seda nacarada bajo la que se podía adivinar su desnudez.
Lucía hermosa. Radiante. Y lo estaba esperando.
Andrew empezó a subir la colina.
De niña, su madre solía contarle historias sobre el Reino de Escarcha.
Ella pensaba a menudo en él, y fue lo primero que leyó en las páginas de la enciclopedia mágica cuando tuvo este volumen en sus manos.
Había comprobado que, en efecto, cada uno de los aspectos que refirió su madre sobre este mítico reino oculto en el corazón del mundo, eran reales.
Mary leyó sobre su creación, la división del reino único en nueve, las familias reales, la historia de los soberanos de Azur, el reinado de terror de Isidora, el de crueldad de Maddux II, las sucesivas rebeliones de las bestias fruto de la sangre de Isidora, entre varias leyendas hadúnas (su favorita era la de Jaxellius y el rapto de la reina Hilda), algunas de las cuales su madre les había narrado como cuentos para dormir.
Mary había creído que aquel reino existía. Y poco después había dejado de hacerlo. Había madurado. Creyó que había sido una niña tonta e ingenua por haber pensado que algún día podría visitarlo, y que su madre fue cruel por haber alimentado dichas ilusiones.
«Pero he sido más tonta e ingenua por haber creído que no era verdad —se dijo—. Solo hacía falta mirar los ojos de mi madre mientras me contaba aquellas historias».
Ahora, estaba de camino al lugar que por muchos años había aparecido solo en los sueños evocados por las palabras de Sylvia Cartwright. Ojalá Sam estuviera con ella. Estaría emocionadísimo.
Por otro lado, su madre nunca le explicó cómo se entraba al reino de escarcha.
Mientras avanzaba por el bosque, casi lindando a la noche, Mary aún no tenía del todo claro el proceso, además de la parte en la que tenía que purificar su sangre cortando su palma con la Rhiptus en tanto recitaba las palabras que abrían el portal en el antiguo dialecto de la lengua hadúna.
A parte de eso, nada más. Y, en realidad, todo aquello le resultaba un auténtico embrollo.
—¿A dónde, exactamente, nos llevará el portal? —preguntó Mary a Aida.
Esta respondió sin mirarla.
—El salón del Brillo Azul —dijo. Se había calado la capucha de su capa en cuanto comenzaron a caer gotas de lluvia tan efímeras como rocío, por lo que solo se podían ver sus labios moviéndose en las sombras que sumían su rostro. Mary había hecho lo mismo: calarse la capucha—. En Azur.
Azur. El más importante de los nueve reinos de las hadas. Esta parte de las historias de su madre también era verdad. Sin embargo, había algo que Mary no entendía.
—¿Azur? —repitió—. ¿Por qué? Creí que el portal nos dejaría en algún lugar cerca de Borash.
—Borash se halla en el centro de todos los reinos —dijo Aida, con naturalidad—. Y, por tanto, está cerca.
Aquello no respondía a su otra pregunta. Estaba por decirlo cuando Aida agregó:
—En Azur debo atender un asunto importante. Te prometo que nuestra estadía allí será breve.
No hacía falta que le prometiera tal cosa, pensó Mary.
Había oído, y leído mucho, sobre el reino azurense desde que era pequeña.
La idea de visitar aquel lugar mítico le entusiasmaba sobremanera, aunque hizo un esfuerzo por disimularlo.
Volvió a pensar en su hermano. La tarea que encomendó a Sam era tanto sencilla como importante.
«Hazlo cuando caigan en la cuenta de mi ausencia —le pidió—.
Dados los recientes acontecimientos, puede que tarden un día o dos en hacerlo. Entonces les entregarás las cartas».
—¿Cómo se tomaron la revelación? —preguntó Mary.
Metió la mano en el bolsillo externo de su abrigo y sacó un par de guantes de lana con forro de felpa obtenidos en la tienda de la señora Tawney.
El frío aumentaba, y mientras intentaba colocárselos, las manos le temblaban incontrolablemente.
Aida se detuvo frente a ella, la tomó por las muñecas con suavidad antes de quitarle los guantes—. Abby y Andrew.
—Devastados —respondió la viuda de Katterblack mientras le ayudaba a ponerse los guantes con pulso firme—. Confundidos. Y con más preguntas que antes.
—¿Crees que tengan éxito en la misión de deponer a Loreen?
Aida tenía una expresión un tanto risueña y pensativa: un gesto ambiguo en lo que a seres hadunos se refería. Acabó de colocarle los guantes y dio un paso atrás como para contemplar su trabajo.
—Los líderes han dado su apoyo —dijo—. Es todo cuánto he podido hacer por ellos.
No puedo asegurarte de que sus pares piensen igual.
Loreen tiene leales entre los hijos del bosque que darían su vida por ella.
O matarían. Sin importar cuáles argumentos hubiera en su contra.
—Suspiró—. En Borash podremos conocer la resolución de esta trama una vez haya terminado.
—¿Loreen morirá?
Aida Katterblack la miró con sus enormes ojos jade que le recordaban tanto a los de su madre. No respondió.
Y aquello fue respuesta más que suficiente.
Mary no llegó a conocer bien a la hermana de su madre.
Sin duda era una criatura nefasta, egoísta, manipuladora, que ocultaba muchos secretos y se valía de su posición privilegiada para sacar provecho sobre otros.
Mentirosa. Vil. Traidora. Y, aun así, el primer miembro de la familia de su madre que conocía con conocimiento de causa del vínculo que las unía.
La hermana de su madre. Su tía. Su sangre.
Puede que estuviera muerta antes del anochecer.
Mary no sabía cómo se sentía al respecto ante esta idea.
No podía desentrañar el galimatías de emociones que bullían en su interior.
Percibía un alfiler en su corazón, un leve pinchazo en el fondo de su pecho, un dolor profundo, apenas imperceptible.
—Hemos llegado —anunció Aida.