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LA LÍDER DEL BOSQUE
—¿Así que —empezó Mary con un tono de voz nervioso—, para acceder al Reino de Escarcha, antes debo purificar mi sangre o acabaré teniendo una vida demasiado larga para alguien común?
Tenía una daga en sus manos. No cualquier daga, sino Rhiptus , la misma con la que intentó asesinar a Darkling en una ocasión.
Por alguna razón tenía una extraña fijación sobre la afilada cuchilla dorada: no había podido quitarle los ojos de encima mientras evocaba los sucesos de aquella noche, en la forma en la que la criatura se la había arrancado del hombro sin contemplaciones, y la determinación y el miedo en los ojos de Richard Katterblack al intentar clavársela de nuevo.
¿Qué hubiera sucedido si hubiese recordado el nombre de la daga cuando intentó utilizarla contra Darkling?
¿Acaso la maldición se habría transferido a ella en vez del señor Katterblack? ¿Darkling aún la querría muerta?
Mary y Aida se adentraban en el bosque de los predios de Katterblack.
Según Aida, era el lugar conveniente para abrir un portal hacia el reino de las hadas.
El cielo, aún borrascoso, vertía sobre el bosque una iluminación sombría que convertía los árboles en siluetas de bordes afilados que erizaban la piel.
El viento, asimismo, murmuraba un lamento friolento en cada ráfaga.
Gracias a Aida, Mary sabía que aquel mismo viento no informaría a Loreen de hacia dónde se dirigían.
—En efecto, Mary —contestó Aida, en tanto procuraba no pisar uno de los lodazales provocados por la reciente lluvia.
El bosque guardaba un ominoso silencio, lo cual les había parecido extraño a ambas al llegar—.
A veces puede que sea el efecto contrario: que vivas menos. ¿No querrás tentar a la suerte?
Mary abrió la boca para contestar.
—Es difícil ver morir a quienes amas —se adelantó la mujer hadúna—.
Muchísimo. Ya es bastante difícil cuando eres mortal.
Ahora, imagina tener la seguridad de que morirás mucho después que tus hijos, esposo, amigos.
La vida y la muerte pasan ante tus ojos mientras tú solo permaneces.
—Hablaba con una sonrisa nostálgica en tanto sorteaba de perillas los árboles en su camino—. Algunos no lo superan.
«Como tú», pensó Mary. No hacía falta que lo preguntara.
Saltaba a la vista en los ojos de la mujer hadúna: los ojos tristes de un hada era una de las cosas más extrañas alguien podía ver en su vida, pues incluso en los momentos más aciagos seguían teniendo el mismo brillo que les concedía la dicha.
Mary recordó haber visto la misma mirada en su madre en un par de ocasiones.
Aida siguió hablando, esbozando una sonrisa que parecía forzada.
—Además, una vida demasiado larga puede hacer que te canses de tu propia existencia. Al menos eso dicen los sabios: seres hadúnos que han vivido hasta seiscientos años.
—¡Seiscientos años! —se sorprendió Mary.
—Y todos murieron en un sueño. Ninguno por su propia mano. Lo cual me resulta algo curioso, dadas sus palabras.
Aida sonrió. También Mary, volviendo la vista a la daga.
Aida la había obtenido del arsenal de los Katterblack —el cual, por cierto, había ordenado construir su esposo décadas antes— y se la había entregado mientras pasaban junto a la fuente de la trucha en el trayecto al bosque por el camino de piedra.
Desde entonces —hará media hora o más—, Mary no había parado de pensar en la noche que intentó usarla contra Darkling y falló.
La maldición de la banshee se transfirió al linaje de los Katterblack sin que el portador anterior muriera.
—Creo que me hubiera saltado —comentó Mary en voz alta, sin darse cuenta—.
Me refiero a la maldición —explicó cuando la mujer hadúna le preguntó de qué estaba hablando—.
Yo herí a Darkling aquella noche. Al contrario que el señor Katterblack, a mí no me funcionó porque entonces yo no sabía el nombre de la daga.
De lo contrario, creo que me hubiera saltado.
—Abrió mucho los ojos—. Y, gracias a Philip, creo saber por qué.
Andrew tenía una fuerte corazonada. No sabría decir de qué naturaleza.
Pero sin duda estaba relacionado con el ambiente inusual que se percibía en el bosque, el cual nunca había visto más sombrío.
Hacía mucho frío, el suelo era un eterno lodazal, y el viento inclemente que surcaba entre las copas de los árboles por primera vez no entonaba la canción del bosque.
Estaba seguro de que no era el único que había caído en la cuenta de ello: Abby, Lloyd, Grace y Ulises, que lo acompañaban, lo hicieron entrever en la mirada que cruzaron al adentrarse entre el boscaje.
Más tarde se les unirían la centaura Cleo, que llevaba una antorcha llameante, y el fauno Tamlin, que avanzaba más serio de lo habitual.
Oscurecía, y las sombras empezaban a arraigar en la tierra. Muy pronto lo poblarían todo.
Andrew no temía. En otra época —una que desearía borrar de su memoria— había visitado aquel bosque cientos de veces al anochecer.
Sentía un regusto amargo en la boca al recordar aquellos tiempos no tan lejanos, la verdad sea dicha, dada la naturaleza del cometido que estaba por cumplir.
Además, si pudiera volver al pasado y deshacer todo lo que vivió entonces —probar los labios (y otras partes del cuerpo) de la Líder del Bosque— elegiría no hacerlo, porque fueron aquellas acciones las que lo trajeron a ese momento.
Estaba por hacer algo importante, pensó Andrew. Y solo por eso había valido la pena.
Siguió avanzando.
Se dirigían hacia el corazón del bosque.
El grupo de seguidores de la luz e hijos del bosque avanzaba envuelto en un tenso silencio.
Si Aida estaba en lo correcto, Loreen no los advertiría acercarse, después de todo llevaba años sin oír la voz en el viento (exactamente desde que concibió una poción lunar para que un hombre pudiera salvar dos vidas, no tres).
Loreen estaba al corriente de todo lo que sucedía en el pueblo y sus entornos porque tenía centinelas en las sombras, una red de informantes que le servía en secreto a ella.
Ya nunca más. En aquel momento, Henna y algunos de sus centauros de confianza se estaban haciendo cargo de aquellos informantes. Loreen no vería venir el final de su liderato. «Tampoco me verá venir a mí», pensó Andrew, si bien esto lo inquietaba.
Loreen estaba esperándolo en ese preciso instante, sí, para que cumpliera su parte del trato tal como amablemente le había recordado la noche anterior.
Abby caminaba a su lado, vista al frente, con el arco de olmo blanco (el mismo que años atrás le regaló su padre) aferrado en su mano, y varias flechas con plumas negras metidas en el carcaj que llevaba en la espalda.
Andrew, en su fuero interno, le preguntó si estaba segura de poder hacerlo.
Abby ladeó la cabeza y asintió sin más antes de volver la vista al frente.
Ojalá Andrew tuviera su misma seguridad.
Aún estaba la amenaza de los centauros que le eran leales a Loreen.
Andrew temía que pudieran intervenir en el preciso instante en que la mujer hadúna era depuesta de su cargo, y corriera la sangre, a pesar de que Henna dio su palabra de que reprimiría cualquier intento de sus pares por evitar la voluntad de los líderes de las diferentes especies de hijos del bosque.
Abby le había preguntado cómo. Henna, con una mirada enigmática, aseguró dar a elegir a los centauros que se subleven entre el exilio o la muerte. Aunque esperaban no tener que llegar a lo segundo. Loreen no contaba con tanto leales entre los centauros como Henna, que era una auténtica líder.
—¿Dónde...? —oyó decir a su hermana. No acabó la pregunta, y no fue necesario.
—Ha desaparecido —había murmurado Cleo. Hace un par de horas de eso.
—Pero si estaba aquí hace un momento —había dicho Tamlin, más fascinado que sorprendido.
Se referían a Aida Winter. Andrew lo supo de inmediato: ni siquiera miró alrededor como los otros para intentar encontrarla.
La mujer hadúna, que los había acompañado al bosque para convencer a la líder de los centauros de deponer a la líder del bosque, había desaparecido sin que ninguno lo advirtiera.
Aida les había contado la historia de sus padres.
Sobre Loreen, que lo había engañado y manipulado (y también de cierta forma salvado las vidas a Abby y Andrew) hace muchos años.
Empero, no impidió la muerte de la madre de los mellizos y, además, envió al padre a un lugar tan desconocido como su cometido.
Por otra parte, tras esta revelación, Aida aceptó —o, más bien, se ofreció a — reunirse con Henna y los otros líderes y cabecillas de las distintas especies de hijos del bosque para relatarles cómo se había hecho Loreen con la influencia de una pequeña hueste de hijos de Isidora; entre los que se contaban los argones que atacaron el bosque hace cien años y causaron la muerte de Rowina, y los lobos Fenrir que asesinaron al hijo de Ulloa, y que más tarde atacaron a Philip y Mary.
Ulloa estalló en cólera cuando acabó el relato de Aida, y rogó por ser quien asesinara a Loreen con sus propias manos por el hijo que esta le arrebató.
«Todos hemos perdido a alguien querido por culpa de Loreen y sus perversas maquinaciones que hoy salen a la luz —había intervenido Henna, con un tono diplomático, aunque saltaba a la vista que le suponía un esfuerzo mantenerlo—.
Todos merecemos participar de su caída, Ulloa, pero nuestras manos no deberían mancharse de sangre de una criatura que no lo merece. ¿En qué nos convertiríamos? ¿En ella?»
Andrew se había adelantado.