31 #2
—¡Basta, Stephen! —soltó Oakwater, aferrando el hombro del señor Reedstter para contenerlo.
Philip pensó que eso no funcionaría por mucho tiempo, Reedstter parecía indetenible, eufórico, decidido a tomar la justicia por sus manos—.
No es momento de vernos las caras. Además, tiene grilletes de plata, lo que ha evitado que Darkling se manifieste del todo en Philip. ..
—Si es así, ¿cómo logró asesinar a la criada de Katterblack? —inquirió Reedstter.
Todos volvieron la mirada hacia Philip. «Sí. ¿Cómo?», parecía decir aquellos pares de ojos.
Phil no lo sabía. Su último recuerdo de la noche anterior fue haber arrojado el libro contra el espejo y haberse recostado, agradecido por no oír más la voz de Darkling en su cabeza; de hecho, le dijo al Gremio, no había vuelto a oírla desde aquel momento.
Lo que no dijo, sin embargo, era que percibía su oscura presencia en los huesos y bajo la piel como una sombra negra serpenteante que se enroscaba en su abdomen cada cierto tiempo. Seguía allí.
A la mañana siguiente, cuando despertó, tenía sangre en las manos.
No muy lejos unos ojos sin vida le devolvían la mirada.
Era Olee. Después, apareció Céline, que lo miró horrorizada con el cadáver ensangrentado de la mucama en su regazo.
La joven musitó su nombre y, sin más, echó a correr despavorida, con una vela en las manos (una vela mágica, al parecer, pues su llama no se apagó mientras la joven se alejaba). Eso era todo.
Las miradas de los miembros del Gremio que estaban en su celda (la misma celda donde estuvo Kenneth Hornwood después del incidente en la mansión Katterblack, intuía Philip, y donde más tarde fue encontrado muerto junto a Caroline Reedstter) seguían puestas en él, a la espera de una respuesta al misterio de una muerte de la que no tenía ningún recuerdo.
Philip calló. Bajó la cabeza y lloró en silencio.
Al final se quedó solo, en la oscuridad, tal como estuvo los últimos dos meses en el sótano de los Katterblack.
Al menos allí tenía las frecuentes visitas de Elise, su amada Elise, que lo consoló en los momentos más oscuros, donde sentía que no podía más, que el dolor de la pérdida lo quebrantaría.
Esperaba que Elise estuviera bien, a salvo.
En aquel momento sin duda lo estaba, lejos de la amenaza latente de Darkling.
Y Mary... Sobre todo, Mary, a quien Darkling deseaba para cumplir su cometido. ..
—¿Por qué has traído el cuerpo contigo? —preguntó Jason, tras cuatro o cinco días sin decir palabra desde los sucesos en la casa Holbrooke, la traición de Horace y la muerte de Lucas.
—Es nuestra única oportunidad —le dijo Phil.
Jason no pareció entender —o tal vez sí—, frunció el ceño y no preguntó qué quería decir con eso.
El cuerpo que Horace había hecho para Darkling también estaba escondido en el bosque, en el mismo refugio donde se habían ocultado los hermanos Holbrooke por una semana.
Extraño, pensó Philip, que el cuerpo (hecho con partes de cadáveres humanos tanto comunes como seguidores de la luz) no diera muestras de descomposición en todo ese tiempo.
Pensó en contarle su plan al Gremio en la siguiente reunión.
Transferir la maldición al cuerpo mortal y luego asesinarlo, diría.
La magia oscura de la banshee se perdería para siempre. Parecía fácil, alcanzable.
Antes tenía que convencerlos, lo que sería, sin duda, difícil.
Philip se acostó de lado en su enjuto y plano lecho.
Nada más poner la cabeza en la almohada, oyó el estruendo de la enorme puerta de hierro abriéndose paulatinamente.
Pensó que podía tratarse del señor Reedstter, que venía a estrangularlo, por lo que se irguió enseguida como un resorte.
Sin embargo, la persona que entró en la celda era mucho más alta que Stephen, se fijó. Y más joven.
—¿Philip? —dijo el visitante una vez cerró la puerta y se volvió.
—Sí. —Phil se puso en pie—. Soy yo, orador.
Lance caminó hacia él, sin un ápice de temor.
Lo abrazó como alguien abrazaría a un hijo.
A un tío. A un hermano. Phil recordó el día que Lance Greystar visitó la casa Holbrooke para ofrecerle, en ausencia de su padre, sus conocimientos en combate.
Aquel recuerdo le hizo soltar algunas lágrimas, que se enjugó tan pronto se separaron.
Lance lo tomó con firmeza por los hombros y lo miró de arriba abajo, con una amplia sonrisa en los labios, comprobando que estuviera bien.
Lo estaba, pareció concluir, salvo por los grilletes de plata que impidieron que Phil le devolviera el abrazo.
—Lo que ocurrió en la mansión Katterblack —dijo Lance—.
Sé que no fue tu culpa. Y tampoco lo que ocurrió en tu casa, Philip; sé que debes pensar mucho en ello, que pudiste haber hecho mucho más para salvar a Lucas.
Pero sí lo hiciste, hiciste mucho. —Sonrió otra vez.
Phil no estaba seguro de haber hecho mucho, pero sabía que Lance intentaba consolarlo antes del fin.
Entonces estaban sentados, muslo con muslo, en la enjuta cama—.
Nadie pudo haber hecho más que tú, Philip. Has sido valiente. Como tu padre.
—Lo dudo —se oyó decir Philip, con voz vacilante—. Ahora mismo tengo miedo. Mucho miedo.
—Está bien —dijo Lance—. Tener miedo no figura la carencia de valor. Reconocer la existencia del miedo ya es un acto de valentía en sí mismo.
Gustav entró al estudio, donde ya esperaban el señor y la señora Reedstter. Hacía una atmósfera friolenta que Gustav acreditó al reciente diluvio y a la inminente caída de la noche. Stephen, sentado tras su escritorio, alzó la vista y esbozó una sonrisa de oreja a oreja para recibirlo.
—La criada me ha dicho que querías verme —dijo Gustav.
Echó una rápida ojeada hacia la señora Reedstter, que, con las manos tomadas a la espalda, observaba a través de la ventana con gesto irreflexivo.
Extraño, pensó, Barbara Reedstter no había salido de su alcoba desde que encerraron a Ian en las celdas encantadas hace un par de meses.
Volvió la vista hacia Stephen—. ¿Se trata del mensaje de mi padre? ¿El Gremio ya lo sabe?
Como la ocasión anterior, la segunda carta enviada por los Altos Seguidores desde Moscú (también escrita a puño y letra por su Principal, Nils Wolfgang) había llegado a primeras horas del día a manos de Gustav.
En la carta, su padre ponía que los Altos habían deliberado sobre la decisión que el Gremio de River Town había tomado para preservar a la progenie de Holbrooke.
Y la resolución (unánime, destacó su padre) fue de entregar inmediatamente a ambos jóvenes al Alto Gremio.
Y esta vez, subrayó, no se admitiría oposición.
«Eso al menos supondrá un poco más de tiempo de vida para Philip», pensó Gustav tras haber leído el mensaje aquella mañana. Sabía que una vez tuvieran a los jóvenes Holbrooke en su poder, los Altos Seguidores llevarían a cabo por su propia mano la sentencia de los hermanos.
Ese mismo día, tras haber conocido la decisión del Alto Gremio, Gustav se había reunido con Stephen en el jardín para el desayuno acompañados por el pequeño Nate.
Stephen leyó la carta, sonrió, y la puso en su regazo prometiendo que convocaría un cenáculo con el Gremio, aquella misma tarde, para discutir la nueva resolución de los Altos Seguidores.
Stephen suspiró con aire dramático.
—No, todavía no. —Se irguió hacia atrás y entrelazó los dedos sobre el escritorio—. Me temo que he tenido un día muy ocupado. Como bien saber, no puedo desatender los negocios familiares.
—¿Ni siquiera tratándose de las vidas de los habitantes de este pueblo? —dijo Gustav.
Stephen hizo un mohín con la boca y se encogió de hombros, un gesto poco habitual en él.
Barbara Reedstter, inamovible, continuaba mirando el oscuro exterior a través del ventanal empañado del costado. Su actitud inquietaba a Gustav.
—En ese caso, ¿por qué me has hecho venir?
—preguntó, haciendo un esfuerzo por mantener la calma, valiéndose del pensamiento de que, a su regreso a casa, lo haría siendo un héroe tras quitarle la máscara al traidor de Reedstter, y haciendo que su padre se sienta orgulloso de él por primera vez. Miró a Stephen—. ¿Yo debería...?
—Deberías sentarte —atajó Reedstter. Y le indicó un asiento con un gesto de la mano—. Y esperar con nosotros.
Cuando dijo «nosotros», un escalofrío recorrió la espalda de Gustav, que dirigió la mirada hacia donde estaba la inmóvil señora... No. Aquella no era la señora Reedstter, comprendió en el mismo instante que advirtió el aroma a hollín en el aire del estudio. Sintió que se asfixiaba.
«Cateryna Dur —pensó Gustav, absorto—. Es ella».
En ese intervalo, la nigromante se giró, como llamada por el pensamiento de Gustav.
Era tal cual la describían: toda roja, blanca y oscura, pero provista de una belleza impetuosa.
La Flecha Quebrada, le decían. Su padre fue Arrow Dur, la Flecha Veloz, que por años engañó y asesinó a seguidores de la luz (entre ellos, varios Wolfgang), antes de convertirse en servidor de la oscuridad al servicio de Mormont.
Cateryna Dur, sin apenas inmutarse, retomó su contemplación por la ventana.
—Esperar ¿a quién? —preguntó Gustav, vacilante, al volver la vista hacia Stephen.
—Ephraim Westwick. —Reedstter se reclinó en el respaldo e inspiró profundo—. Vamos, Gustav, siéntate. Ya estamos por empezar.