31
SANGRE EN LAS MANOS
A media tarde empezó a llover. Lloyd estaba junto a la ventana del estudio cuando la tormenta se desató, convirtiendo el cielo en un telón oscuro que se extendía hasta donde alcanzaba la vista; escuchó, y sintió, cómo los fragores del viento inclemente y truenos ocasionales comenzaron a elevarse al otro lado del denso cristal embebido por aquella imagen de la naturaleza indómita.
En ese instante un resplandor iluminó tanto el cielo borrascoso como el interior del estudio, seguido por un estruendo gutural que pareció manar de las entrañas de una bestia enfurecida.
Lloyd se sobresaltó; y aunque no dio bote, dejó caer al suelo el libro que tenía en las manos.
Lo recogió y lo dejó en el escritorio. Miró hacia la puerta al tiempo que se abría.
—Señor —dijo la criada—. Ha despertado.
—¿Quién? —preguntó Lloyd.
—El muchacho.
«Jason», pensó Lloyd, llevándose una mano a la cabeza.
Por supuesto que el hermano de Philip despertaría en algún momento; no estaba muerto sino dormido, después de todo.
Sin embargo, había olvidado reflexionar sobre qué le diría una vez recobrara la conciencia, en caso de que no estuviera al tanto de los planes de Loreen.
«Desde luego que no —se dijo—. Solo hay más que recordar cómo llegó en primer lugar: inconsciente, en vez de por sus propios pies».
¿Cómo tomaría Jason la traición de la líder del bosque?
Daba igual. Debió pensar en eso tras acomodar al laxo muchacho en uno de los dormitorios para huéspedes.
En cambio, había salido expedito a despedir a la Líder, prometiéndole que Jason estaría bien bajo su cuidado hasta que lo presentara ante el Gremio.
Loreen se había inclinado desde el lomo del adusto Rumos y le había besado en la mejilla. Y así, de pronto, se rompió el hechizo.
—¿Qué debo hacer, señor? —quiso saber la criada, preocupada.
—Nada —respondió Lloyd—. Yo me haré cargo.
Sin más, dejó del estudio, creyendo que en el recorrido hacia la alcoba en la que había confinado a Jason se le ocurría qué decir.
«Podría decirle la verdad —pensó—. Que Loreen lo ha dejado a su suerte para lavarse las manos con el Gremio.
Que la líder ya no toleraba tenerlo a su cuidado.
Que se ha deshecho de él». Cuando llegó a la puerta, sin embargo, se quedó sin palabras.
Jason, que a veces podía ser obstinado, no merecía escuchar tal crueldad después de todo lo que había tenido que sobrellevar: la muerte de su hermano, la de tío, la vida como fugado, lo que quizá hubiera aplacado un poco su insufrible temperamento. Al menos eso esperaba.
—¿Dónde estoy? —espetó Jason, las manos cogidas a la espalda.
Estaba junto a la ventana empañada, ni siquiera se volvió al oír que abrían la puerta.
Lloyd pensó decirle que lo entendería si se diera la vuelta.
A lo mejor no le importaba, después de todo lo vivido, saber en realidad si había sido raptado por nigromantes o era prisionero del Gremio (aunque Lloyd preferiría usar el término «huésped» dado que, de hecho, estaba en la casa de uno de los miembros del Gremio de River Town). Lo oyó suspirar.
—La mansión Blackfell —respondió Lloyd—. Y eso me recuerda que nunca antes has venido aquí.
Jason se volvió.
—¿Lloyd? —Fruncía el ceño. Si fuera el pequeño Lucas habría corrido a sus brazos, con lágrimas en los ojos—. ¿Cómo llegué aquí?
—Es una historia larga... —Lo pensó mejor—. Bueno, no tanto. Loreen te trajo.
—¿Por qué? —chilló Jason; los ojos le crisparon, sus pálidas mejillas enrojecieron. Al parecer no creía aquella afirmación.
Lloyd relató su llegada. Sin omitir detalle repitió las mismas palabras que Loreen, tan bien como las recordaba, en un intento por romper el hechizo que seguramente la líder del bosque había entretejido en torno al muchacho estos últimos meses.
Mientras hablaba, observaba con el rabillo del ojo como la lluvia amainaba a espaldas de Jason, su negra figura recordada contra la opaca luz de la tarde.
Vio cómo las gotas de lluvia rodaban por el cristal de la ventana como lágrimas en declive.
Sin embargo, no vio ninguna en el rostro de Jason, que permaneció inmóvil todo el rato, con las manos cogidas en la espalda.
Apenas se inmutó cuando Lloyd aludió la sentencia de los Altos Seguidores sobre su hermano.
—Si Philip muere —repuso Jason, con gesto reflexivo—, ¿la maldición se transferirá a mí?
—Sí. —«Eso es lo único que te importa —pensó Lloyd, conteniendo el impulso de tomarlo por la camisa y sacudirlo, o simplemente arrojarlo por la ventana que tenía a sus espaldas—: lo que te pueda suceder».
Disfrutó ver el rostro de Jason cuando le dijo que, una vez la maldición le fuera transferida, lo remitirían a Moscú, donde sería el objeto de pruebas para encontrar una reversión—.
Harán pruebas mágicas contigo, pruebas dolorosas, que podrían causarte la muerte —dijo.
Jason bajó la mirada. Guardó silencio un rato.
—Bueno —dijo al cabo, casi con entusiasmo—. Eso quiere decir que viviré más que Phil, ¿no?
—Sí —asintió Lloyd.
Jason avanzó hacia la enorme cama y, extendiendo los brazos a los lados, se dejó caer en ella.
Esbozaba una amplia sonrisa. ¿De verdad hallaba satisfacción o consuelo en saber que iba a vivir más que su hermano?
Sabía que Jason era competitivo, egoísta, presumido.
También sabía que, a veces, sus acciones podían rozar lo despiadado.
No esperaba que tuviera un corazón tan frío.
Pensó en una frase del evangelio de Mateo: «Y si la luz que hay en ti resulta ser oscuridad, ¡qué negra será la oscuridad misma! »
Jason suspiró. Tenía catorce años. Era el único de los hermanos que había heredado aquel extraordinario cabello rubio claro y los enormes ojos jade de su madre hadúna; Phil había sacado los atributos de su padre: cabello y ojos castaños, según contaba Val; Lucas, en cambio, había tenido tanto parecido de su padre como de su madre.
—Tengo hambre —anunció Jason—. Dile a tu grotesca criada que me traiga algo de comer.
—Yo mismo te serviré —dijo Lloyd.
Jason dio un ademán con la mano.
—Como quieras.
«Otra vez —pensó Philip, en tanto se subía a la cama enjuta, se ponía de puntillas y se aferraba al borde de la ventanilla, la única en su celda, parecida a la que había en el sótano de los Katterblack. Salvo que más angosta y con barras de acero encantado—. De vuelta a la oscuridad».
Apenas se podía ver el exterior. Lo único que alcanzaba a distinguir con claridad era la pared de ladrillos de un callejón sombrío; no muy lejos, se auscultaba el paso de los habitantes: sus voces, el traqueteo de sus carruajes y carromatos, el relincho de sus monturas.
El mundo seguía su curso allí fuera, ajeno, distante.
Suspiró hondo y bajó. No debería pensar en lo que vendría, se dijo.
Había elegido su destino en el momento en que le clavó la daga a Darkling en la Habitación de los Conjuros.
Sabía que su vida cambiaría para siempre a partir de entonces, que lo perdería todo, y probablemente sería la ruina de su familia.
Pero eso no lo detuvo. En el fondo también sabía que era lo correcto.
Lucas, su hermanito del alma, murió estando a su cuidado.
Debió protegerlo. No todo fue culpa de Horace.
Y Horace también estaba muerto.
Con todo, había puesto a salvo a Jason. «Ella prometió que lo cuidaría. Lo prometió por Regina, mi madre, que era su hermana». Eso le daba el alivio necesario para conciliar el sueño. Los miembros del Gremio jamás lo encontrarían.
—Dinos, Philip —había intentado sonsacarle el sheriff Sawyer, hace unas horas, cuando lo metieron a la celda—. ¿Dónde está tu hermano?
—A salvo —se limitó a responder Phil.
—¿Dónde? —bramó Stephen, tan rojo como la granada. Philip sabía que el señor Reedstter creía con seguridad que el asesino de su hija se escondía bajo su piel. Pero se contenía.
—Habla, muchacho —insistió el señor Belwolf, en un tono más conciliador—. Jason estará a salvo con nosotros.
—No —había dicho Philip—. No es cierto. Lo entregarán a los Altos Seguidores..., después de matarme.
—Nadie hará tal cosa, Philip. —La turbación de Felix Oakwater parecía auténtica, según Phil, pero no debía confiarse. El alcalde frunció el ceño—. ¿Cómo lo sabes?
—Eso no importa ahora. Solo lo sé. Y no dejaré que le hagan daño.
—«Es el único hermano que me queda», pudo haber dicho, pero se le ocurrió que los hombres frente a él ya lo sabían.
Se preguntó dónde estaba Lance Greystar, su orador de combate, que seguro lo habría escudado como su guardián, como el padre o el tío que perdió, o el hermano mayor que nunca tuvo—. Nunca lo encontrarán —añadió.
—Escapaste esa noche como si fueras un criminal, Philip, cuando tu deber como miembro del Gremio era entregarte a tus pares para proteger al resto de habitantes de este pueblo de la criatura que habita bajo tu piel —increpó el sheriff Sawyer—.
Ahora, se cuenta la primera muerte perpetrada por tu mano.
Asesinaste a la mucama de los Katterblack.
—¡Yo no lo hice! —estalló Phil. «¡¿Cuántas veces debo decirlo?!»—. Fue Darkling.
—Ya lo sabemos —dijo Sawyer.
Philip continuó como si no lo hubiese oído.
—Tenía un deber mayor que entregarme al Gremio. Y era proteger a mi hermano. El único que me queda...
—Exponiéndolo a las garras de Darkling —ironizó Stephen Reedstter, que seguía tenso como una vara, esperando la oportunidad para estrangularlo—.
No me hagas reír, muchacho. Quiero que me muestres al asesino de mi hija.
Quiero ver a la cara a ese monstruo... —Y se abstuvo de decir, en opinión de Philip: «Mientras lo estrangulo con mis propias manos»—.
Vamos, muéstranos al asesino de Elio Blackfell, Joseph Westwick, Kenneth Hornwood y muchos, mucho otros; muéstranos. ..