Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 30 #2
87%

30 #2

Céline, según ella misma le aseguró entre lágrimas al sheriff Sawyer, bajó al sótano aquella mañana para descubrir la misteriosa razón del comportamiento de su hermana de esas últimas semanas, y allí los encontró.

Mary reflexionó sobre cómo las sospechas de Céline desbocaron en el sótano; se le ocurrió que a lo mejor había enviado a Olee a seguir a Elise.

La mucama había sido herida en el cuello y en el vientre con fragmentos del cristal de un espejo.

Había sangre en todas partes. Céline echó a correr, gritando, asustada, y en el camino se encontró a Leonard, que regresaba del pueblo tras buscar fallidamente a Mary.

Leonard convocó al sheriff Sawyer y el señor Startclyde para que se llevaran al muchacho y al cadáver, respectivamente.

—Philip no lo hizo —afirmó Mary—. Fue Darkling.

—Lo mismo piensa Elise —dijo Sam—. Que no fue Philip. Pero éste no dijo lo contrario.

—Claro que no —repuso Mary para sí, en voz alta—. Philip debe sentirse culpable. Él y su familia no merecen sufrir más desgracias después de la muerte de su hermano. Debería ayudarlo. —Entonces pensó que en Borash podría encontrar una respuesta—. Debo hablar con Elise.

Se puso en pie. Sam la imitó.

—No quiere hablar con nadie —dijo él—. Se ha aislado en su habitación desde que Sawyer se llevó a Philip. —Arrugó el ceño—. Tú lo sabías, ¿verdad? ¿Que Philip estaba oculto en el sótano?

Mary asintió.

—Sí. —No tenía motivos para mentir—. Hay muchas cosas que debo contarte sobre Philip, Sam. —«Pero este no es el momento —se dijo—. Aida me estará esperando en el bosque al atardecer». Desde allí se marcharían a Borash. Antes de partir, Mary tenía que resolver un asunto—. Será cuando regrese.

—¿A dónde irás? —preguntó Sam.

—Haré un viaje largo al reino de las hadas.

—¿El de las historias de nuestra madre?

—El mismo. —Mary sonrió.

El entusiasmo traslucía en los ojos de su hermano.

—Llévame contigo —le pidió—. Seré bueno, lo prometo.

—Me temo que no será posible, Sam. —Le puso las manos en los hombros a su hermano y lo miró fijamente—. Esta vez no. Debo realizar el viaje yo sola. Pero estaré de vuelta pronto. Y te prometo que la próxima vendrás conmigo.

—¿Y por qué debes ir? —quiso saber Sam.

«Porque allí aprenderé a controlar mi don y podré ver a nuestra madre sin morir en el intento —quiso decirle—. Estaré rodeada de privilegiados como yo. Seré uno de ellos». Suspiró profundo. Sonrió.

—Te lo diré todo en cuanto regrese —dijo en cambio—. Te lo prometo. Ahora, debo ir...

—¿Te vas ahora? —la interrumpió su hermano.

—No —respondió—. Al atardecer. Y voy a necesitar un favor, Sam.

Sam asintió con entusiasmo.

—Lo que sea —dijo.

Mary le dijo de qué se trataba. Era una tarea sencilla y tenía que hacerla una vez ella se hubiera marchado.

Su familia tal vez intentaría buscarla, o pensaría que Darkling había logrado raptarla, por fin, con éxito.

También Andrew. Querrían buscarla y el espectro podría valerse de ello a su favor.

Por esta razón la misión que encomendó a su hermano era de vital importancia.

Cuando acabó de explicarle, enfiló su habitación.

Encontró papel, tinta y plumas en uno de los cajoncillos de su peinadora.

Enseguida empezó a escribir. Ya era mediodía.

Pasado el mediodía, Abby y Grace seguían en el salón de la cabaña, tal como Andrew las había dejado al marcharse. ¿Acaso habrían estado allí todo este tiempo, esperando con ansias su regreso?

—Entonces —dijo Abby, turbada. Andrew no necesitaba el donum lucis de su familia para saber que su hermana albergaba miedo por lo que fuera a decir bajo aquella máscara de inexpresividad que exhibía su rostro—. ¿Nos dirás qué ha ocurrido?

—Por supuesto.

Andrew se acercó a los muebles del salón y, con hizo un gesto con la mano, indicó a Abby y Grace que hicieran lo mismo.

Abby, demasiado nerviosa para sentarse como una niña obediente (aunque intentaba ocultarlo) rehúso el asiento y se mantuvo rígida junto al umbral del pasillo de las habitaciones, el entrecejo fruncido a más no poder, los brazos cruzados sobre el pecho.

A la espera. Andrew habló sin más preámbulos.

—He logrado el apoyo de Ulloa —dijo—. No fue difícil meterle en razón de que Loreen estaba detrás de la muerte de Saelon de algún modo. Sin embargo, el cabecilla de los trolls está convencido de que su apoyo no será suficiente para deponer a Loreen.

—Y tiene razón —convino Grace—. Debes contar con el de todos los líderes y cabecillas de todas las especies de Hijos del Bosque. No solo de los más numerosos o importantes.

—¿Qué hay del resto? —preguntó Abby.

—Gargamello, por los ogros, y Tamlin, por los faunos, están de nuestro lado. Misa y otras sátiras, también.

La expresión de su hermana siguió inexorable, puesta en él.

—¿Y Henna? —preguntó Abby.

Andrew no soportó más la presión que volcaba sobre él la mirada de su hermana.

Se levantó. Caminó hacia la ventana frotándose la parte posterior de la cabeza para aliviar un extraño escozor que empezó sentir bajo el cuero cabelludo de camino a casa.

Allí permaneció, mirando el bosque en derredor de la cabaña y dándoles la espalda a Grace y Abigail, acaso un minuto o dos.

Pensó que Abby leería su mente, o que sacaría sus propias conclusiones basándose en su actitud y su silencio.

Al cabo, Andrew se dio vuelta y reparó que las jóvenes seguían tan rígidas como estatuas de jardín, esperando su respuesta.

—Henna no cree que remover a Loreen de su liderato del bosque sea del todo correcto —dijo Andrew, por fin.

Inspiró hondo antes de seguir—: Si bien los líderes y cabecillas de todas las especies de Hijos del Bosque están de acuerdo con que Loreen ya no es digna de ocupar su actual posición, entre los Hijos sigue habiendo quienes la aman y respetan como lo que es.

Henna no hará su voluntad, me dijo, basándose en rumores de antaño.

“La muerte de Rowina a manos de argones fue una tragedia, sí (fueron las palabras de Henna), pero eso no quiere decir que Loreen participó directamente en el ataque de esas bestias”. ..

—¿Los demás también lo piensan? —inquirió Abby, abriendo mucho los ojos—. ¿Le contaste al resto... los otros motivos?

—Sí.

Andrew le había contado a Henna que Loreen lo había manipulado para llevárselo al lecho valiéndose de la información del paradero de su padre, la cual prometió proveerle después de yacer juntos.

Henna le dio la impresión de que eso ya lo sabía, así como los detalles de los encuentros entre la Líder y él.

«Prometió que me diría dónde está mi padre», insistió.

Henna solo lo miró, sin decir nada, inmóvil. Andrew no se dio por vencido.

—Siempre supo dónde estaban Samuel Cartwright y Elio Blackfell. Y no lo comunicó al Gremio —había argüido Andrew—. Me dijo a mí dónde buscarlos y acabé en las manos del nigromante.

—Loreen afirma lo contrario —dijo Henna—. Dijo que la voz en el viento no se lo había revelado hasta que tú acudiste a ella una noche. Que la Madre probablemente sintió el deseo de tu corazón la disposición que tenías para encontrar a su sobrino y al señor Blackfell, y se compadeció de ti...

—Miente —replicó Andrew—. Siempre miente.

—¿Cómo saberlo, Andrew? —La voz de Henna adoptó un tono de infinita afabilidad (casi maternal, pensó Andrew al recordarla).

La líder de los centauros cruzó los brazos sobre su pecho descubierto, y prosiguió—: Yo tampoco confío en Loreen, muchacho.

Pero estamos hablando de iniciar una rebelión; habrá quien querrá defender su honor.

Podrían morir hijos del bosque, mis hijas, mis hermanos centauros.

.. Y todo por una simple figuración. No hay prueba de las maquinaciones de Loreen.

Solo palabras. Y las palabras se las lleva el viento.

Mientras hablaba, Henna, que habitualmente tenía un talante regio e imperturbable, parecía cada vez más preocupada. Andrew supo que aquello era una causa perdida.

Entonces retornó a casa.

—Y eso fue todo —dijo al cabo—. Henna no dará su apoyo; por lo tanto, tampoco lo hará ninguno de los centauros de su clan. Y sin los centauros, protectores y guerreros de la vanguardia del bosque, los demás clanes de Hijos tampoco querrán enfrentarse a Loreen.

Sobrevino un largo silencio en el salón tras las palabras de Andrew.

Abby parecía aturdida, decepcionada; Grace, turbada, con la mirada perdida en las manos que tenía tomadas en su regazo.

El aire era denso como una papilla. Pero aún se podía respirar, pensó Andrew con elocuencia.

En ese instante, Abby clavó sus fieros ojos azules en él.

Quizá había escuchado su tonto (y descolocado) pensamiento. Quizá no.

Abby, ceño fruncido, cuadró los hombros.

Andrew notó que algo extraño estaba sucediendo. Y al parecer, era el último en caer en la cuenta de ello, pues Grace empezó a levantarse del mueble y a desenfundar una daga de su cinturón.

Abby se aproximó cautelosamente a la puerta.

Con seguridad trataba de prever los pensamientos del inesperado visitante antes de que este irrumpiera.

Acercó la oreja tanto como pudo a la planicie de madera para escuchar.

Un segundo después se apartó y le hizo una seña a Grace para que guardara la daga. Grace, todavía alerta, acató.

Abby se irguió y abrió la puerta. Al otro lado, observó Andrew, estaba una mujer de blanco a la que bien pudo haber confundido con un fantasma (o con la propia Loreen, pensó fugazmente).

Era una mujer hadúna sin duda alguna; lo supo al ver su cabello blanco como nieve y sus ojos de color jade, un rasgo característico de los de su clase.

La sonrisa gentil y permanente de un hada no traslucía en su rostro; en cambio, tenía una expresión de calma, serenidad, que casi resultaba contagiosa.

Abby seguía escudriñándola con la mirada, como si intentara penetrar un muro de piedra con su pensamiento.

—¿Quién eres? —preguntó Andrew, adelantándose.

La desconocida lo miró y amagó una sonrisa.

—Me llamo Aida Winter —respondió—. Naturalmente no me recuerdan.

—¿Por qué habríamos de hacerlo? —dijo Abby.

—Fui yo quien los trajo a este mundo. Sin quitarle méritos a su madre.

Andrew se preguntó de qué estaba hablando.

Abby le lanzó una mirada de qué se supone que haga a continuación , pero Andrew no lo sabía, de modo que solo se encogió de hombros y volvió la vista hacia la desconocida.

Siempre había creído que Vallery Atwood había hecho de comadrona en su nacimiento, aunque ese nunca fue un tema que tanto él como su hermana quisieran discutir. Su madre había muerto en el parto.

—Te pareces a tu padre —dijo Aida Winter a Abby, con una mirada risueña—.

Y tú, Andrew, a tu abuelo Peter, que murió poco antes de tu nacimiento.

Quizá hayas oído hablar de él. —Suspiró.

Luego, más seria, continuó—: He venido a contarles la historia de su padre, Andrew y Abigail; la verdadera razón por la que Agustin abandonó a sus hijos a mitad de la noche hace cinco años.

Quizá les ayude en sus planes para acabar con el dominio de Loreen.

—¿Cómo sabes...? —empezó Abby.

—Aquí no —la interrumpió Grace—. Ella puede oírnos.

—No puede, querida —replicó Aida—. Hace años que la Madre abandonó a Loreen. —Y, tras una pausa en la que echó un vistazo en derredor, agregó—: Aunque otros pueden prestar sus oídos por ella.

—¿Qué quieres decir? —preguntó Andrew. Pero supo la respuesta mucho antes de que la mujer hablara.

—Aquí no —repitió Grace con reserva. Sin duda había entendido la insinuación de Aida. «Quizá Loreen ya no pueda oír a la Madre —pensó Andrew en ese instante—. Pero aún podría tener informantes en las sombras». Era la única explicación—. Mejor adentro —añadió.

Todos estuvieron de acuerdo. Entraron.