Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 30
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EN TODAS PARTES

—¡Señorita! —La voz de Tara, que entró acto seguido a la habitación, se oía alarmada; su rostro estaba rubicundo y tenía una expresión de vivo terror que Elise no le había visto jamás—. ¡Señorita! ¡Señorita!

—¿Qué sucede?

Tara se detuvo, jadeante, frente a Elise. Inhaló profundo, y exhaló.

—Ha sucedido algo terrible —dijo por fin; tenía los ojos húmedos—.

Ha venido el sheriff Sawyer, señorita. Está abajo.

.. La han encontrado en el sótano. Había sangre y cristal en todas partes, señorita.

Es espantoso, ¡espantoso! —Después, se echó a llorar.

Elise se acercó a ella y le ofreció su hombro.

«En el sótano», había dicho. El corazón de Elise palpitaba con el mismo frenesí que el de una avecilla atrapada.

Temió por Philip, que se escondía en el sótano.

Pero Tara acababa de decir que la habían encontrado a ella , no a él , así que albergó esperanzas de que no se tratara de Phil.

Sin embargo, eso no tenía ningún sentido.

Tara dejó de llorar; sorbió por la nariz y se enjugó los ojos. La cofia se le había torcido un poco, pero Elise no hizo ademán de arreglársela como habría hecho en otro momento. En aquel instante sólo le importaba lo que la criada estaba por decirle. Y por qué el sheriff Sawyer estaba allí.

—Porque la han encontrado muerta, señorita —repuso Tara cuando Elise le hizo la pregunta. Le entraron ganas de llorar, pero se aguantó como era debido—. La señorita Céline bajó al sótano y la encontró muerta. Había sangre y cristales rotos a donde uno mirara, señorita, ¡en todas partes!

—¿A quién encontró? —preguntó Elise. La faltaba el aire.

—A Olee, señorita —dijo Tara. Y empezó a llorar de nuevo.

Esta vez, Elise no la consoló. Salió como posesa de la habitación y cruzó el pasillo hacia el inicio de la escalera que descendía hacia el recibidor.

Ya desde arriba vio como el sheriff Sawyer y sus hombres se llevaban encadenado a Philip.

Su madre, Coselin, Sam y Leonard también estaban allí; y Adler y Giinet, ambos con sendas lágrimas en las mejillas.

El aire de pronto se percibía tan denso como la mantequilla, irrespirable.

El corazón de Elise latía de bote y voleo; le tomó una fracción de segundo recobrarse antes disponerse a bajar a escalera con premura.

—¡Phil! ¡Philip! —gritó ella.

Todas las cabezas giraron hacia Elise al unísono como si se tratase de una pesadilla.

Ella corrió hacia Philip. Escuchó a su madre diciendo su nombre con voz queda.

Sin más se arrojó sobre el muchacho y lo abrazó por el cuello, hundiendo el rostro en su pecho mientras sus lágrimas se fundían en la suave tela de su camisa de lino.

Philip le habría devuelto el abrazo, estrechándola por la cintura, si en ese instante no tuviera las manos sujetadas a la espalda; ella notó cómo sus músculos se tensaban y apoyaba la cabeza en la suya.

Elise no reparó en la sangre hasta que se apartó y levantó a la vista.

—Philip... —susurró, con voz queda—. ¿Qué ha...?

El muchacho tenía un aspecto fantasmal, más pálido y demacrado de lo que ella se había imaginado; tenía las mejillas hundidas, los labios quebradizos, y profundos surcos oscuros bajo los ojos.

Salpicaduras de sangre en las mejillas, la barbilla y en el pelo, que tenía pagado como costras parduzcas a la cabeza.

La ropa también estaba ensangrentada, observó Elise con horror; las manos, lo pies, el regazo, y el cuello.

En el suelo de mármol del recibidor había un rastro de pisadas sanguinolentas que pertenecían a Philip.

Elise miró a los ojos al muchacho. Sobrevino un absoluto silencio.

—¡Aléjate de él; es peligroso! —oyó decir a una voz gutural.

Tardía, Elise reparó en la figura del señor Startclyde, que estaba inclinado junto a un cuerpo robusto envuelto en una mortaja con borrones rojos (Olee, pensó).

Elise no prestó atención a las palabras de Startclyde.

Volvió la vista hacia Philip, flanqueado por dos oficiales. Sawyer estaba en la puerta, aguardando.

—Obedece, Elise —dijo Céline, hipando, entre su madre y Coselin—. Es un asesino. Es peligroso.

—¡No! —gritó Elise, desolada—. No lo es. Philip no lo hizo. Darkling, ¡fue Darkling! —Giró la cabeza hacia Philip—. Díselo, Phil, díselos.

Philip mantuvo la boca cerrada. Una sombra oscurecía el bello color marrón de sus ojos.

—Lo siento, Elise —dijo, y bajó la cabeza.

Desde la puerta, Sawyer dio una orden. Sus hombres sacaron a Philip encadenado.

El muchacho no opuso resistencia, ni siquiera la miró.

Elise gritó e hizo ademán de correr de nuevo hacia él, pero unas manos (las de su hermano, miró de refilón) la envolvieron por la cintura y tiraron de ella en sentido contrario, y por un instante tuvo la sensación de que eran niños otra vez, de que aquello en realidad no estaba ocurriendo, de que era un sueño del que estaba a punto de despertar.

Así y todo, Ella pateó, sollozó y gritó: «¡Phil, diles que fue Darkling!

» a viva voz mientras los oficiales y el señor Startclyde, con el cuerpo de Olee en la mortaja, salían en procesión por la puerta y esta se cerraba. Elise no llegó a escucharla.

La estancia quedó en completo silencio. Adler y Giinet, quien lloraba, se retiraron a la cocina. En el recibidor solo quedó la familia.

Elise, que había estado gimiendo entre lágrimas a los pies de su hermano, se enjugó la cara con el dorso del brazo y se levantó. Alice abrazaba a Sam, que parecía afligido. Mary... Mary no estaba allí, observó Elise. Ella también habría insistido en la inocencia de Philip.

—Madre, lleva a Sam a su habitación —pidió Leonard—. Elise y yo debemos hablar. En privado.

—No creo que sea una buena idea —intervino Céline; tenía los ojos inyectados en sangre y sorbía cada tanto por la nariz, que se cubría con un pañuelo blanco. Había estado llorando—. Todavía está muy afectada.

«Hablan como si no estuviera aquí —pensó Elise—. ¡Como si yo estuviera loca!» Fue invadida por la cólera. Se giró con acritud hacia su hermana. No necesitaba su maldita compasión ni mucho menos.

—Es tu culpa —le espetó—. Entregaste a Phil al Gremio porque sabes que lo amo.

Eres malvada, Céline; no te detienes por nada.

Te revuelcas cada noche en secreto con Roland Falahee porque sabes que jamás serás feliz con un negro fuera de la alcoba.

Si tú no eres feliz, nadie tiene derecho a serlo. Eres egoísta...

—Elise, ¡basta! —prorrumpió Leonard.

Una vez más, silencio.

—Elise tiene razón —dijo Céline, con voz calma.

Sus ojos tenían un brillo vidrioso, como si las lágrimas se le hubiesen congelado dentro de las órbitas.

Suspiró—. Soy egoísta e infeliz. Pero eso no quiere decir que yo haya entregado a Phil para hacerte daño, Elise.

Él... o Darkling... asesinó a Olee, mi querida Olee.

¿Qué se supone que debía hacer? Esto no hubiera ocurrido si él no. ..

—Céline no llamó a Sawyer —se adelantó Leonard—. Lo hice yo.

Elise evocó las palabras de su hermano la otra noche. «Voté sí», había dicho; para ejecutar la disposición de los Altos Seguidores y condenar a muerte a Philip. Aquel recuerdo se le clavó como una daga al rojo en el vientre. Giró la cabeza, mirando a los miembros de su familia, uno a uno.

«Mi familia», pensó. Y subió las escaleras.

De vuelta en la mansión Katterblack, justo antes del mediodía, Mary encontró a Giinet baldeando salpicaduras rojas en el suelo de mármol del recibidor.

Tardó un instante en asimilar que aquellas salpicaduras tenían forma de pies descalzos, y que, de hecho, ella estaba parada sobre una en ese momento.

Se apartó y siguió el recorrido de las pisadas hasta la puerta que acababa de cruzar, sin haber caído en la cuenta de ellas, y que probablemente se extendían hasta los escalones de la entrada.

«Oh, no —pensó entonces, llevándose la mano al pecho—. ¿Qué ha sucedido?»

Giinet, inmersa en una laguna de pesar, tal como se reflejaba en su rostro, ni siquiera había reparado en ella; al verla, Mary decidió que no era la más indicada para darle aquella respuesta.

Mary esquivó las pisadas y subió la amplia escalera. Encontró a su hermano en su habitación, leyendo.

—Mary —exclamó Sam, con opaco entusiasmo—. Has vuelto.

Ella asintió.

—Por supuesto.

—Ha ocurrido algo malo —dijo él—. ¿Ya te has enterado?

—No. —Entró a la habitación y cerró la puerta—. Pero vi la sangre en el recibidor. ¿Qué ha sucedido? ¿Están todos bien?

—Si te refieres a la familia, todos estamos bien. —Sam suspiró. Mary se acercó a la cama de su hermano y se sentó en el borde, junto a Sam, que cerró el libro La Isla del Tesoro y se enderezó mientras ella se preguntaba qué había querido decir con eso—. En cuanto a los demás...

—¿Qué, Sam? —quiso saber Mary.

Temió lo peor. Y con justa razón, pensó Mary, tras oír de su hermano lo sucedido.

Olee estaba muerta. Mary apenas escuchó el resto del relato de Sam después de que este hiciera aquella revelación.

«¿Muerta?», se repitió un par de veces como si intentara convencerse.

Olee, que era su favorita de entre las mucamas, estaba muerta.

Al parecer había sido asesinada la noche anterior.

«No es posible —vislumbró Mary—. La tercera muerte».

La visión de la señora Richmond se había hecho realidad.