29 #5
—¡Esta es la peor idea que haya escuchado!
—exclamó Grace; y eso que solo había escuchado la primera parte del plan de Andrew—.
No albergo duda alguna de que la líder del bosque es una criatura perversa, retorcida y mentirosa, que no merece menos que el exilio.
Pero ¿acabar con ella? ¿Acaso se han vuelto locos?
Miró a Abigail, como si esperase encontrar en ella una pizca sensatez; Abby solo se encogió de hombros.
—Puede funcionar —dijo.
—No pienso participar en esto —replicó Grace, cruzando los brazos—. Esta vez no me arriesgaré.
Abby cruzó la sala y tomó las manos de la joven con dulzura. La miró a los ojos.
—No te lo estamos pidiendo, Gracie —le dijo—.
Solo queríamos que lo supieras. Sabemos que es una auténtica locura y que hay mucho en juego; yo misma expresé hace un momento que era la peor idea que ha tenido mi hermano, y vaya que ha tenido algunas terribles, pero cuando oigas el resto tal vez cambies de parecer.
Y así fue. Cuando revelaron todo el plan —el cual, al final, no sería posible sin el apoyo de la líder de los centauros—, la faz crispada de Grace había cambiado por una expresión levemente perpleja. Y confundida.
—¿Cómo lo harán? —preguntó; se refería a convencer a Henna de unirse a ellos—. ¿Y qué hay de Ulloa? ¿También los apoyará?
Ulloa, el imponente cabecilla de los trolls; según Andrew, sería fácil de persuadir después de que su hijo, Saelon, fuera asesinado hace unos meses por un lobo Fenrir.
Grace, recuperando otra vez el pliegue de su frente, preguntó qué tenía que ver una pieza con la otra.
Andrew le explicó que meses atrás, casi al mismo tiempo, Mary y Philip fueron atacados por Fenrirs durante una visita al bosque, lo cual era prueba de que la líder del bosque también tenía hijos de Isidora a su disposición.
Mary, sobrina de la propia Loreen, estaba convencida de que las bestias habían sido enviadas por su tía para asesinarlos.
—No es posible —dijo Grace, absorta—. Pero..., creí que Mary era su sobrina.
—En efecto; eso ya lo dije —repuso Andrew.
Y añadió con un ademán—: Como sea; ¿ya entiendes por qué debemos acabar con Loreen?
¿Por qué debemos hacerlo ahora? Es malvada, manipuladora, y no le interesa el bienestar de los hijos del bosque ni de los habitantes del pueblo.
Ni siquiera la de aquellos que son su familia.
Ella siempre supo el paradero de Sam y del padre de Lloyd.
Y previó cómo acabaría yo al enviarme a Collin’s Meadow.
—Hablaba con rabia, las manos apretadas como puños—.
Así que ahora mismo iré al bosque y me reuniré en secreto con Ulloa y Tamlin, el líder de los faunos, que perdió a un hermano en el ataque de argones en el que también pereció Rowina, la anterior líder de bosque.
Estoy seguro de que el buen Tam me dará su apoyo.
—¿Y qué hay de Henna? —preguntó Abby. Esa seguía siendo la gran cuestión.
—Pensaré en algo sobre la marcha —dijo Andrew—. Quizá, al conseguir el apoyo de Ulloa y Tamlin, no sea necesario persuadir con palabras a la líder de los centauros. Sino con hechos. Además, sé que Cleo abogará por mí ante su madre.
Y, dicho aquello, tomó sus dagas y se marchó sin mirar atrás. Como hacía siempre.
Abby y Grace pasaron las siguientes tres horas, la mayoría en silencio, esperando el regreso Andrew.
Al cabo, Abby perdió la paciencia, resopló y abrió la puerta de golpe.
Salió al bosque. Caminó por el sendero de piedra hasta el jardín Katterblack con Grace pisándole los talones.
A lo mejor un recorrido entre los árboles, los arbustos, las flores y las estatuas le ayudaría tranquilizarse, pensó. Con Grace a su lado, seguro que sí.
Pensó que debió traerse un abrigo. Pero no hizo falta: Grace le puso su brazo sobre los hombros y una mano en el antebrazo.
Su tacto era cálido. El gris sólido del cielo no había remitido con el pasar de las horas; hacía un frío vivificante y el jardín tenía aquel resplandor que solo adquiría con el rocío de la mañana.
La compañía de Grace lo hacía todo mejor.
—¿Crees que lo consiga? —preguntó Abby—. Convencerlos.
—Pues, me ha convencido a mí. —Suspiró antes de añadir—: Aunque debo admitir que no es Henna la que más me preocupa; Loreen es peligrosa y está rodeada de leales que darían su vida, o cegarían la de otros, por ella; Rumos, Tormus, Salim, entre otros.
Nunca está sola. —Hizo una pausa—. Además, Loreen cuenta con el don de las líderes del bosque: oye la voz en el viento.
Con lo que podría prever lo que está tramando Andrew.
Me preocupa lo que pueda hacer al respecto.
Abby tenía que admitir que no había pensado eso hasta ese momento. Su corazón empezó a latir con prisa.
—Sí —dijo, en voz baja—. También me preocupa.
... Anne Treddaway estaba débil; temía que muriera incluso antes de nacer la pequeña.
Entonces creíamos que sería solo un retoño.
Vallery —dotada con un talento innegable para adivinar el sexo del bebé en el vientre de su madre en un periodo relativamente temprano— no había advertido la presencia del segundo pequeño.
Debes saber, Mary, que traer a un seguidor de la luz al mundo es una labor sobremanera difícil para una humana común, como lo era Anne. Con dos, el riesgo era inminente.
Aun así, no sospechábamos de la existencia del segundo bebé. Las premisas del alumbramiento llegaron más pronto de lo que era debidamente necesario para que el bebé superviviera.
Supe, con solo mirar a la mujer en su primer día de parto, que no lo sobreviviría. Pero me prometí que haría lo que fuera necesario para impedir que la pequeña Abigail sufriera el mismo destino que su madre, que cada día estaba más débil, consumida. Y, de pronto, un día dejó de estarlo.
Corría el mes de mayo de 1875, y la inminente llegada del bebé estaba por suceder.
En aquella época varias familias de seguidores de la luz habían encargado un retoño a la cigüeña.
Entre ellos, los Hornwood, los Belwolf y los Blackfell.
El día que Anne alumbraría a su pequeña Abigail, la señora Blackfell también meritó de la asistencia de Vallery para el nacimiento de su primogénito.
Así que yo tuve que hacer labores de partera en su lugar a la señora Treddaway.
Cuando Anna acabó de cumplir el ciclo de preñez tras una misteriosa e inusitada recuperación momentánea, yo estuve a su lado. También Agustin, de cierta forma.
El primer día, recuerdo, cuando llegué a la cabaña Treddaway, el interior estaba en calma como nunca, Agustin dormitaba en una silla de madera que había en el salón.
No quise perturbar su descanso, lo necesitaba, por él y por su esposa; estaba profundamente dormido; tenía ojeras color magulladura bajo los ojos.
Sin más, atravesé la sala y caminé hacia la alcoba matrimonial.
Anne acababa de despertarse, abrió mucho los ojos cuando me vio atravesar el umbral de la puerta.
No sabía quién era yo, aunque no hicieron falta presentaciones.
La mujer parecía una granada a punto de estallar: tenía el cuello y la frente rubicunda, perlados de sudor y la expresión contraída, los ojos le sobresalían de las cuencas.
En otras circunstancias, aquello me habría causado un ataque de risa.
Puse manos a la obra. Anne se abrió de piernas y yo eché un vistazo.
Aún no había coronamiento. «Demasiado pronto», me dije, y oculté mis emociones tras una sonrisa.
Peter Treddaway, el padre de Agustin, había muerto a finales del invierno pasado; eso me había dicho Val.
Cuando advertí la presencia de Agustin en el vano de la puerta, demacrado y con una expresión absorta que poco lo favorecía, pensé de inmediato que se trataba del fantasma de su padre.
Reprimí un sobresalto. Le hice una seña con la mano para que se acercara.
Cuando pasó la contingencia, y la alcoba recuperó su calma con la madre hundida entre las almohadas, dormida, me aparté un poco para darle algo de privacidad a los jóvenes esposos.
Yo tuve partos difíciles, e inevitablemente me vi reflejada en el sufrimiento de Anne.
Estuve a punto de morir. Silas jamás se apartó de mi lado. Nunca.
Éramos felices.
Recordaba aquellos tiempos, cuando, de pronto, raparé que había estado contemplando fijamente a los esposos.
Agustin me pidió que usara magia para salvar a su joven esposa, pero hay cosas que ni siquiera el hechizo más poderoso puede conseguir.
.. O eso pensaba yo entonces. Lamentablemente, le comuniqué que no había nada más que yo pudiera hacer por Anne, que la trágica e inminente muerte de la madre (y la pequeña, tal vez) llegaría pronto.
Salí de la habitación antes de que Agustin me viera llorar.
Al poco tiempo, y cesadas las lágrimas, Agustin también emergió.
Había decisión, y algo más, en su rostro.
«¿Se ha vuelto loco? ¿Qué estaba haciendo?
», pensé entonces. En cambio, le pregunté, desde la cocina, donde me había preparado un bálsamo de jengibre, a dónde iba. Agustin no se volvió en ningún momento.
—Al bosque —respondió simplemente. Después, salió.
No llevó consigo un abrigo. Pensé que quizá no iría tan lejos. Fuera hacía un frío que ralentizaba el corazón.
Así que esperé junto a la ventana su regreso.
Anne seguía durmiendo plácidamente; era lo mejor, que tuviera energías para enfrentarse a los siguientes espasmos del parto.
La mañana, pluviosa, iluminó el bosque que cercaba la morada de los Treddaway; presencié aquel espectáculo desde la ventana, donde seguía esperando.
Había llovido de noche, y yo no dejaba de pensar que Agustin no se había llevado el maldito abrigo.
«¿Cómo lo pudo haber olvidado?», me decía para mis adentros; «si está junto a la puerta, en el perchero».
Me preparé otra infusión de jengibre, pero esta vez lo aderecé con un poco de ron que había en la alacena.
En fin; me omitiré los detalles nimios a partir de ahora, Mary; sé que lo agradecerás.
Supongo que no te interesa saber qué bebí y cuándo tiempo vagué por el salón trazando círculos esperando la llegada de Agustin, o que Anne despertara, o las veces que estuve a punto de sucumbir de sueño junto a la estúpida ventana.
¿Está bien? Me adelantaré un poco. Casi es mediodía, y Clay regresará pronto para abrir la taberna a los más pintorescos habitantes de River Town.
Continuemos...
Agustin regresó cerca del amanecer. Tenía mejor semblante, aquellos ojos azules tenían un brillo efervescente que me contagió de su buen humor.
Estuvo en el bosque, efectivamente. Se encontró con Loreen.
Hicieron un trato, me dijo Agustin. Dos vidas a cambio de una misión que debía realizar para la líder del bosque.
Le daría doce años para cuidar de su familia antes de emprender su misión, una cuyo propósito el propio Agustin desconocía.
«Te daré doce años, Agustin. Doce años. Y una vez culmine este periodo, vendrás a mí una noche y entonces te revelaré tu misión —le había dicho Loreen—. Doce años. Luego, me servirás».
Agustin, que había ido al bosque con una decisión en mente, aceptó sin más.
Loreen, a cambio de una promesa y un poco de la sangre de parte de Agustin, le entregó una posición lunar.
El frasquito de cristal contenía la medida exacta para salvar las dos vidas que Loreen prometió.
Anne, tras bebérsela, consumó su ciclo de preñez.
Sorprendentemente, y contra mis propias mis ideas sobre el daño que pudiera causar a la madre y a la criatura una poción lunar —cuyos efectos, dada su naturaleza, podían suponer la muerte para ambos—, funcionó.
Claro que funcionó. Salvó dos vidas.
Sé por tu mirada, Mary, más que por mi agudo sentido de perspicacia, lo que estás pensando. Y sí.
Loreen lo engañó. Siempre supo que Anne llevaba en su vientre a más de un retoño.
Que, llegado el momento, la madre moriría, pero los bebés vivirían.
Lo sabía. Por eso le concedió a Agustin doce años, para que cuidase de los pequeños el tiempo suficiente; tiempo que aprovechó para instruirlos en las artes del combate y de dominación, del conocimiento, de los idiomas mágicos y de la conjugación, y supieran protegerse a sí mismos cuando llegase el inevitable momento de la partida.
Yo me marché del mundo exterior siete años después.
Agustin, según las historias, se esfumó a mitad de la noche hace cinco años.