Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 29 #4
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Minutos antes, Aida le había explicado que el shaadet era el don más significativo de los privilegiados; era el que otorgaba el privilegio de conectar con los hados muertos, y, por tanto, con su conocimiento, saber lo que aconteció en el pasado y, posiblemente, lo que ocurrirá en el presente próximo.

Era un don poderoso, y la explicación de por qué Mary había estado cinco días inconsciente tras el asalto de Mahlon West y sus subordinados en el camino del bosque.

Al parecer las hadas privilegiadas empezaban a desarrollar su shaadet entre los dieciséis y dieciocho años, y solo en algunos casos, como en el de Mary —que tenía quince—, sucedía antes.

Aida sugería que los eventos en torno a su llegaba a River Town aceleraron la aparición de su don del privilegio.

Probablemente Mahlon West y Darkling estaban al corriente de ello, y por eso habían arreglado el rapto a su llegada al pueblo (un pueblo con una tremenda carga mágica).

Y no antes cuando, por ejemplo, estaba en Boston.

Shaadet quería decir «a través de las sombras» en la lengua mancillada del pueblo hadúno.

Mary evocó la noche anterior en tanto Aida Katterblack expresaba sus sospechas en tono conspirativo, sin mirarla.

Pensó en la presencia intangible de su madre aparecida en su habitación y en cómo, con voz apenas audible, le había pedido que se reuniera con Aida en la taberna de Hornwood.

Mary habría partido de inmediato, en ese preciso momento, e incluso se disponía a hacerlo cuando su madre la atravesó por el pecho con su mano espectral, y la sensación de estamparse contra un muro que no sintió al principio cuando se abrazaron, la asaltó de pronto, dejándola sin conocimiento hasta la mañana siguiente.

Mary le preguntó a Aida si le ocurría lo mismo.

—Al comienzo, sí —dijo la viuda Katterblack—. Después, con la guía del maestro Maelon, el dolor se desvaneció y el shaadet se volvió soportable.

—¿Maelon?

Maelon, le dijo Aida, era el guía de los Privilegiados y Guardián de Borash.

«Borash», pensó Mary. Alzó la mirada.

—Conoces a Amsu, ¿cierto?

—Sí. —Aida sonrió—. El maestro lo ha enviado a por ti para llevarte a Borash. Allá aprenderás a controlar tu shaadet y formarás parte de nosotros. La elección es tuya, Mary; venir con nosotros, quiero decir. —Soslayó la taberna cuando oyeron pasos que bajaban la escalera. Clay reapareció.

—No quiero interrumpir —dijo, algo tímido—. Pero madre me ha ordenado baldear antes de abrir a mediodía.

—Descuida, Clay —repuso Aida, gentil—. Tu presencia no nos molesta en absoluto.

Clay sonrió y caminó hacia la barra; llevaba un trapo y un balde con agua en las manos. Se puso a trabajar mientras Aida y Mary retomaban su conversación.

—No te preocupes. —Aida miró a Mary—. Podemos hablar con confianza. Clay no dirá una palabra de lo que escuche.

Mary echó un vistazo hacia Clay, que parecía absorto en su ocupación: puliendo el mesón.

Aida se inclinó hacia atrás.

—Como te decía —continuó, a pesar de sus palabras, con tono bastante discreto—, Amsu fue enviado por Maelon para llevarte hasta a Borash. Nuestro querido analim te ha vigilado desde la primera vez que tu don se manifestó: cuando viste el fantasma de tu madre hace unos meses.

—Mi hermano —dijo Mary—. Sam. ¿Él no es...?

—¿... privilegiado? —atajó Aida—. No. El don no se manifestará en él hasta que esté en edad. Por su sangre humana, puede que nunca lo haga. Sam es un jovencito mitad hada, nada más.

—Yo soy mitad hada también —alegó Mary.

—Y mitad seguidora de la luz, no lo olvides.

—Aida desvió sus resplandecientes ojos jade hacia la barra, donde Clay continuaba con su labor—.

Eres una Hornwood, como bien sabes. —Dijo aquello último en voz bajísima—.

La magia llama a la magia, Mary, no lo olvides.

Tú, querida, eres una criatura híbrida como pocas, que nació de la unión entre un ser hadúno privilegiado de sangre pura y un seguidor de la luz.

La magia corre por tus venas a partes iguales como un caudal embravecido.

Guardaron silencio. Clay rodeó el mesón y subió las escaleras de nuevo como si acabara de recordar algo.

—¿Dónde estuviste todo este tiempo? —preguntó Mary a Aida.

—En Borash —respondió—. No habría salido de allí jamás si el maestro Maelon no me hubiera pedido hacer esta misión tan especial.

Mary, no fue a mí a quien acudió Sylvia para convencerte de venir con nosotros.

Acudió directamente a Maelon. —Suspiró hondo—.

De lo contrario, como te dije, no habría abandonado Borash ni el reino de escarcha para regresar a este pueblo en muchos años o nunca.

En este pueblo murieron mi esposo y nuestros hijos, nuestros nietos, y quienes continuaron a estos, algún día también morirán; no quise verlos partir; llevaba apenas diez años sin pisar el mundo exterior; antes había hecho de comadrona para las familias de seguidores de la luz del pueblo.

Clay regresó al salón con humeantes tazas de té y emparedados en una escudilla.

Dispuso todo servicialmente en la mesa que ocupaban Mary y Aida, que agradecieron su gentileza con sonrisas y palabras gentiles (o un poco tímidas, en el caso de Mary).

Mary sintió que los ojos se le hacían agua al probar el emparedado; no había comido desde la cena familiar, la noche anterior.

Acto seguido, Clay, con una sonrisa timorata, se marchó escaleras arriba.

Mary devoró su emparedado y lo pasó todo con la infusión medio fría. Aida, por el contrario, apenas probó el té y nada del emparedado.

—Entonces debo ir a Borash, ¿no? —preguntó Mary, tras dilapidar su efímero desayuno.

—Sí. —Aida extendió su mano y tomó la de Mary, un gesto con infinita ternura—. Serán pocos meses, no te preocupes. El joven Sam estará en buenas manos al cuidado de los Katterblack... y de Abigail y Andrew Treddaway. Puede incluso que estés de regreso antes de tu cumpleaños.

—¿Qué hay de...? —empezó Mary. Cuando cayó en la cuenta de lo que estaba a punto de decir, cerró la boca y apartó la mirada de Aida Katterblack, ruborizada. Su hermano no era el único que la necesitaba.

—Parece que te preocupa el bienestar de alguien más, Mary, ¿no? —comentó Aida, que estaba dotada con un sentido común agudo. Mary alzó la vista; Aida, una ceja—. Se trata de Andrew, ¿no es cierto? El hijo de Agustin Treddaway. Supe, cuando llegué al pueblo, que algo terrible le había sucedido.

—También estuviste allí, ¿no es cierto? —repuso Mary—. En el nacimiento de Abby y Andrew.

Aida suspiró.

—Sí —dijo—. Aquel día, la vida y la muerte se encontraban en la misma habitación. La madre de los pequeños murió dando a luz. Y Agustin quedó abatido. Había hecho un trato para salvar dos vidas, sin saber que serían dos bebés los que nacerían del vientre de Anne.

—¿Un trato? —Mary no entendía. De pronto se le ocurrió—: ¿Sabes dónde está el padre de Andrew y Abby?

Aida la miró con tristeza.

—No —dijo—. Ella lo ha enviado lejos para cumplir su parte del trato.

—¿Quién? —preguntó Mary. Y lo supo. Ella misma debía tener un sentido común bastante agudo después de todo—. Loreen.

—En efecto, Mary —asintió Aida—. Quizá tengamos tiempo para una historia más. Esta vez será la de los Treddaway.

Aquella mañana, cuando tocaron la puerta, Abby pensó sin más que se trataba de la respuesta a la cuestión de cómo convencer a la líder de clan de los centauros a unirse a su causa para deponer a Loreen de su dominio del bosque; pensó cándidamente que Henna, la líder centauro, acudía en persona para expresar su disposición a participar en aquel cometido.

No fue así. Andrew se había acercado a la puerta dando largas zancadas sin esperar que la persona (o criatura) al otro lado se anunciara.

Abby no tuvo tiempo de oír los pensamientos de su hermano en ese momento, pero estaba segura de que no pensaba lo mismo sobre Henna.

Andrew abrió. Y, en vez de decepción, ambos se llevaron una grata sorpresa encontrar a Grace al otro lado, con el entrecejo ligeramente fruncido y algunos mechones de su cabello oscuro surcándole la cara.

Andrew se hizo a un lado, ella entró, y acto continuo, había cerrado la puerta.

—¿Muerto? —había dicho Abby, absorta, al oír la noticia por la que Grace había acudido esa mañana a la cabaña.

—Sí. —Grace suspiró y, con el rabillo del ojo, echó un vistazo a Andrew, que tenía la vista baja—. Wallace Flint consiguió escapar de las celdas encantadas, subió a la azotea del ayuntamiento y se arrojó ante el horror de los habitantes de River Town. Sucedió ayer.

Abby miró a su hermano. Seguía con la vista baja, pensativo. Y lo que pensaba eran las palabras de la señora Richmond repetidas una y otra y otra vez en su cabeza como un bucle interminable.

—Mi padre estuvo allí —continuó diciendo Grace—. También Sawyer y Oakwater. Al principio les tomó por sorpresa ver a Wallace fuera de las celdas encantadas. Nadie nunca ha podido escapar de ellas. Presumen que alguien abrió la puerta y lo dejó salir. No saben quién.

—Eso significa —dijo Abby, despacio— que la visión de la señora Richmond se está cumpliendo.

—¿Alguna vez dudamos que no lo hiciera? —habló Andrew; las miraba con una expresión endurecida—. Falta una.

—Sí —repuso Grace—. Y la verdad será revelada. ¿Acaso sabemos de qué verdad se refería?

Ninguno respondió. Y con eso la estancia quedó sumida en un silencio que, a la sazón, se había prolongado unos diez o quince minutos.

Grace, arrugando el entrecejo, preguntó:

—¿Qué sucede?

Los hermanos cruzaron una mirada. Abby escuchó a Andrew pensar: «Deberíamos decirle. Al fin y al cabo, terminará sabiéndolo». Fuera su expresión perduró invariable. Abby asintió. Suspiró hondo, se dio vuelta y empezó a contarle a Grace el plan para acabar con Loreen.