29 #3
—El don del privilegio —explicó Aida—. El que hace posible que puedas ver a tu madre y a otros seres hadunos fallecidos.
Sé que el espíritu de tu madre no es el único que has visto; los ancestros hablan de otros encuentros.
En la mansión Katterblack, que alguna vez fue mi hogar, abundan fantasmas de seres hadunos.
Mi esposo, Silas Katterblack, empleó a familias mágicas, sobre todo seres hadunos (algunos miembros de mi familia incluidos; así nos conocimos), mientras estuvo entre nosotros.
—Suspiró con nostalgia—. Pero aquella es otra historia.
Mary estaba absorta. «Uno de nosotros —repetía la voz de Claudine en su cabeza, tortuosa e incesante—.
Uno de nosotros. Uno de nosotros. Uno de nosotros.
Uno de...» Se detuvo, de golpe, cuando la mano de Aida cubrió la suya sobre la mesa.
Su mirada entrañaba la serenidad que solo podía tener una criatura que había visto suficientes muertes y nacimientos para más de una vida mortal. Su sonrisa, un bálsamo.
—Mary, hoy no te contaré mi historia —dijo Aida—, sino la tuya. Tú historia.
¿Quién podría ser?, pensaba Lloyd, atándose el cinto del batín a la cintura después de que unos golpes incesantes contra la puerta de su habitación lo avivaran en el mejor momento de su ensoñación; los golpes tenían cierta resonancia apremiante, familiar.
Supo quién era antes de oír la voz al otro lado.
—Lloyd —oyó decir a su madre, en murmullo—. Te esperan abajo.
Lloyd abrió. Tenía el rostro hinchado por el sueño y los labios, resecos. Se pasó la mano por el cabello.
Su madre tenía la frente perlada de sudor, aunque hacía una mañana friolenta.
—¿Quién? —le preguntó Lloyd. «¿Quién vendría a visitarnos con las primeras luces?
—dijo para sus adentros. Y se le ocurrió quién—.
A lo mejor es Sawyer». El sheriff Sawyer acostumbraba a irrumpir a cualquier hora del día, siempre con noticias apremiantes; sobre todo, trágicas.
Posiblemente aconteció algo terrible mientras el pueblo dormía.
Lloyd tuvo una corazonada.
Y, entonces, su madre respondió.
—¿Loreen? —repitió Lloyd con voz demasiado aguda. No podía creerlo. No tenía sentido—. ¿Le has dejado entrar?
—Sí, Lloyd. Está en el salón. Pero...
—¿Qué?
—No vino sola.
Lloyd habría querido preguntar de quién se trataba.
Pero la corazonada empezaba a punzarle con más ímpetu, así que decidió indagar él mismo la razón de la imprevista visita de la Líder del Bosque.
Calzado solo con un par de chinelas de algodón, salió de la habitación a paso decidido. Su madre le pisaba los talones.
Cuando bajó la escalera principal, se detuvo y se volvió hacia la señora Blackfell.
—Vuelve a dormir —le dijo—. Yo me haré cargo de Loreen. No quiero que nadie nos interrumpa...
—Pero... —empezó su madre.
—Nadie.
La señora Blackfell asintió, con una expresión tribulada, y empezó a subir de nuevo la escalera. Debió preguntarle qué quería decir con que Loreen no venía sola, pensó. Así estaría preparado para encarar a la aviesa mujer hadúna. Fuera lo que fuese preveía que estaba a punto de descubrirlo.
—Señor Blackfell —saludó la Líder, con una extensa sonrisa—. Lamento importunar su mañana. Supongo que ha tenido un sueño maravilloso. Le prometo que esto no le tomará mucho tiempo. De verdad.
Al principio, Lloyd no la había reconocido.
No llevaba puesto su atuendo habitual. Lucía un modelo elaborado por la señora Tawney, de color verde silvestre con encaje negro, que resaltaba su preciosa palidez.
El cabello rubio platino lo llevaba recogido en un suntuoso tocado con algunos rizos oscilándole en la frente.
Estaba hermosa, sublime. Parecía humana.
Lloyd tardó un instante en recuperar el aliento.
—Está bien —dijo por fin—. Por suerte esta mañana dispongo de tiempo suficiente. Siéntese.
Señaló con un gesto los mobiliarios. Loreen sonrió.
Acto continúo, se sentó. Lloyd hizo lo propio mientras pensaba en una maldición al recordar que debió decirle a su madre que les trajera un poco de té aunque sea para demostrar cortesía.
Luego se acordó de la última vez que vio a la Líder del Bosque, antes de emprender el viaje a Collin’s Meadow.
—¿Y bien? —empezó Lloyd, directo al grano—. ¿Por qué has venido?
Loreen se rozó el hombro con la mano con delicadeza. «Cielos —pensó—. Qué suerte ha tenido Andrew; no me imagino por qué habría querido acabar su idilio con Loreen». Lo cierto era que sí lo sabía. Mary.
—He venido a reclamar un castigo —dijo Loreen.
Lloyd frunció el ceño.
—¿Para quién?
Loreen suspiró.
—Para mí. —Se llevó un blanquecino mechón tras la oreja—. He cometido traición contra el Gremio de River Town; he roto los juramentos que hace décadas hicieron los Hijos del Bosque y los Seguidores de la Luz... Yo oculté a los hermanos Holbrooke tras los acontecimientos de hace dos meses.
—¿Qué? —Lloyd no daba crédito a sus palabras.
El Gremio había visitado el bosque al menos una docena de veces para asegurarse de que Philip y Jason no estuvieran ocultos en sus límites.
Nunca encontraron el menor rastro de los hermanos.
Claro está, pensó, los Hijos (y no solo su Líder) debían estar envueltos en el asunto, de otro modo no hubieran conseguido esconderlos con éxito por tanto tiempo—. ¿Cómo?
Loreen le contó, obediente como una niña, cómo llegaron los hermanos Holbrooke al bosque; cómo y dónde los habían ocultado de los miembros del Gremio sin aludir la participación de otros hijos del bosque.
Reveló que una semana después de los hechos de la casa Holbrooke, Philip huyó para evitar que la maldición de Darkling (que en efecto había recaído en él tras asesinar a Richard Katterblack) intentara hacerle daño a su hermano o a cualquier de los hijos del bosque a fin de lograr que se doblegara a su voluntad.
Así que Loreen le dio cadenas de plata para que pudiera anular su propia magia, y lo dejó partir.
—¿Sabes dónde está? —le preguntó Lloyd.
—En la mansión Katterblack —contestó Loreen, sin vacilar—. Está oculto en el sótano. Lo sé, porque la voz de la Madre me lo reveló poco después de su partida.
—¿Por qué has venido a contarme esto ahora? —inquirió Lloyd—. ¿Por qué a mí?
—Porque eres amigo de Philip. Y procurarás que nada le suceda cuando el resto del Gremio lo tome cautivo —respondió—.
Sé que lo quieren muerto; los Altos Seguidores lo han condenado, y que ustedes se han rehusado.
Esa decisión traerá devastadoras efectos para los habitantes de River Town.
—Suspiró hondo—. Quiero proteger a los chicos.
Son buenos, y les tengo mucho aprecio. Como si fueran sangre de mi sangre.
Sé que no les harán daño. Y la mejor forma de protegerlos es salvándolos de sí mismos.
—¿Qué quieres decir? —Lloyd no entendía.
—Jason sigue melancólico por la muerte de su hermano. Y Philip ha cometido un asesinato.
—¿Qué? —se horrorizó Lloyd—. ¿Quién?
Loreen le contó lo que sabía. «La voz de la Madre me lo ha revelado».
—No ha sido Philip —dijo Loreen al final—.
No en realidad. Phil es un chico bueno, valiente y noble, como su padre, y también afectuoso, como mi hermana.
—Lloyd seguía sin confiar en la Líder del Bosque, pero debía admitir que su tono mortificado parecía auténtico.
Además, ¿qué quería decir con su hermana?
—. Lo hizo la criatura que habita en su interior, la sombra que opaca la luz de su corazón. Darkling. Deben salvarlo. A Philip.
Loreen tenía una única y límpida lágrima rodándole por la mejilla.
—He traído a Jason —prosiguió Loreen—. Como muestra de mi arrepentimiento.
Aunque, a decir verdad, no hay mucho de lo que me arrepienta.
Aun así, espero que el Gremio comprenda mis razones y no tomen mis acciones como una falta a nuestros pactos largo tiempo fundados de cuidarnos las espaldas.
—Se puso en pie—. Jason está afuera, inconsciente, al cuidado de Rumos.
Debemos salvarlos, Lloyd. Somos su única esperanza.
Mary pensó, una vez Aida terminó de contarle su historia (la historia que, según ella, siempre debió saber), fue que era muy diferente a la que le contó Loreen meses atrás en el bosque.
Lo cual no debería sorprenderle. Aida Katterblack, tal como aseguró Val, había hecho de partera a Sylvia Cartwright cuando alumbró a su primera y única hija.
—Sé qué pensaste cuando viste al joven Clay —dijo Aida, con fijación—. Que es tu hermano.
Mary abrió mucho los ojos. Se preguntó si acaso la doble vista era uno de los dones de los privilegiados , y si acabaría por desarrollarlo alguna vez.
—No, Mary —afirmó Aida; una sonrisa mariposeaba en sus labios—, escuchar los pensamientos no es uno de nuestros dones.
Sé que es la primera vez que ves a un miembro de la familia Hornwood después de enterarte que Henry.
.. Bueno, ya sabes, es natural que ese haya sido lo primero que pensaras cuando viste a Clay, que, si bien no es tan parecido a su padre como Kenneth, sí que tiene algunos de sus rasgos, como aquellos ojos hundidos y el perfil aguileño.
En cuanto a los dones que desarrollan los privilegiados, puede que solo tengamos un sentido común más agudo que el resto, pero eso es todo.