Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 29 #2
82%

29 #2

En efecto, era tenebroso. No había vuelto a ese lugar desde que era niña y jugaba a las escondidillas con Elise.

Elise nunca se atrevía a pisar aquella sección de la mansión.

En aquellos tiempos Céline no temía a la oscuridad, ni a las sombras.

No sabía cuándo exactamente dejó de ser así.

No importaba. Bajó los peldaños y, antes de que su temor afectara su cordura, atravesó la negrura hacia el haz de luz que destellaba en la lejanía, una ventanilla.

Avanzó entre los montones de enseres acumulados por los Katterblack en casi un siglo.

Y se detuvo, conteniendo el aliento; había oído un retintín cerca del origen de la luz.

Enfocó lo vista, sin dar un paso más, entre las sombras reconoció dos siluetas caladas a medias por el resplandor de la mañana que penetraba la ventana en la parte superior de la pared del fondo.

La llama de la vela temblaba como enloquecida en su mano. «Soy yo».

Oyó de nuevo el retintín de... ¿Cadenas? Luego, un llanto contenido.

Así los encontró Céline, cuando avanzó unos pasos más, y entre la luz copiosa y las penumbras a medias, un reguero de sangre vertido en el suelo y fragmentos de cristal que reflejaban el horror.

El muchacho lloraba con el cuerpo de una mujer en su regazo.

Céline quedó como hipnotizada, inmóvil, al ver toda aquella sangre, que no fue capaz de gritar en ese momento.

—¿Philip? —susurró en cambio, casi instintivamente, cuando lo reconoció.

El muchacho alzó la cabeza; tenía sangre en las mejillas y en el pelo.

Entonces Céline pudo ver en todo su esplendor la profunda muesca en el cuello de su mucama. Enseguida echó a correr como alma que lleva el diablo.

Sorprendentemente, la vela seguía en su mano al salir del sótano, su llama aún encendida.

La taberna Hornwood’s, vista desde fuera, exhibía un aspecto descolorido.

El edificio de tres plantas (que, según tenía entendido, combinaba la taberna y el hostal regentado por los Hornwood) se ubicaba en el cruce entre las calles East River y Long River Side, en el corazón del pueblo, que en aquellas horas parecía deshabitado.

Sin embargo, ya empezaban a abrirse puertas y ventanas, las chimeneas cesaban sus humaradas, y los primeros habitantes asomaban en las calles.

El mercado, a lo largo de Long River Side, comenzó a recibir casi enseguida a sus primeros vendedores y clientelas.

El cielo estaba nublado, y el aire era tan frío como sería en invierno.

Mary se puso los guantes y se caló la capucha del abrigo antes del bajar del coche.

Jeffrey, uno de los cocheros de los Katterblack, había sido muy amable en traerla al pueblo esa nebulosa madrugaba.

Mary se preguntó si todos en la mansión se habían enterado ya de su ausencia.

«Sí, seguramente». Como decía Tara, Giinet, con quien se había topado mientras intentaba salir bajo cuerda de la mansión, tenía la lengua tan larga como una lagartija.

Mary había dicho a la mucama que, en caso de que estallara el pánico por su ausencia, tranquilizara a todos (en especial a la tía Alice) diciéndoles que estaría de vuelta antes del mediodía. .. O al menos eso esperaba Mary.

Suspiró. El cartel de madera —que rezaba HORNWOOD’S en letras grandes y, en otras más pequeñas, TABERNA y HOSTAL —, pendía de una fina cadena de hierro trabada en la parte inferior de un palco sobre la puerta principal y se mecía tenuemente con el soplo del viento.

Mary se acercó hasta que la regia sombra del edificio de paredes de granito con revestimiento de madera y acero la cubrió del todo, y tuvo cerca la puerta.

Allí se detuvo. «Me dijo que estaría esperándome —pensó; estaba nerviosa—.

Tal vez ni siquiera tengo que tocar la puerta».

Esperó que ésta se abriera sola al cabo de un instante.

No ocurrió.

Mary respiró profundo y, entrecerrando los ojos, dio varios golpecitos con el puño enguantado. En seguida, la puerta se abrió.

—¿Sí, señorita? —dijo el chico en el umbral.

—Eh... —empezó Mary.

El chico se adelantó.

—Aún no hemos abierto, señorita —dijo educadamente—. Si es la taberna lo que le interesa. Si quiere hospedarse en el hostal...

Era alto, observó Mary, más que ella. Tenía brazos musculosos y un pecho amplio.

Una mata de cabello cobrizo claro que llevaba alborotado y ojos hundidos en el rostro.

Si bien su aspecto le diera la apariencia de tener diecisiete años o más, su voz y su cara sobremanera juveniles recordaron a Mary que el primogénito de Henry Hornwood había muerto hace unos meses en las celdas encantadas del pueblo.

Por tanto, aquel debía ser uno de sus hermanos menores.

«Quizá deba decirle mi nombre», pensó ella, con la esperanza de que la reconociera de algo.

—Me llamo Mary Cartwright —dijo.

El joven Hornwood abrió mucho los ojos.

—Oh, señorita Cartwright —dijo—. Es usted la sobrina de la señora Katterblack.

Mary, si bien un poco decepcionada (¿acaso esperaba que dijera: «Oh, ¿es usted mi hermana bastarda?»), esbozó una sonrisa y asintió.

—Hemos escuchado mucho de usted, señorita. Y de su hermano. —El chico sonrió de nuevo—. La estaba esperando.

—¿A mí?

—Sí... —Hizo una pausa—. Quiero decir, yo no, sino la señora Winter. Está dentro. Ha estado despierta toda la noche, observando por la ventana, esperando por usted. Quizá la vio venir. —Enserió la expresión y alzó una ceja—. Quiere entrar, ¿supongo?

Mary asintió.

El joven se hizo a un lado con un gesto de cortesía.

Mary se fijó, a la vez que pasaba por su lado, que llevaba calzones sencillos, una camisa de lino sin teñir, e iba descalzo.

Se preguntó si no tendría frío. Aquella mañana estaba guarnecida de un viento gélido y neblinoso de los que había creído solo podían encontrarse en los puertos de Boston.

Los sonidos del pueblo, en pleno despertar, quedaron silenciados súbitamente cuando el joven cerró las puertas a sus espaldas.

Dentro, estaba tenuemente iluminado. El aire, por supuesto, era mucho más cálido; aún se podían apreciar las ascuas del fuego que ardió en el hogar la noche anterior, y, por tanto, también su calor.

El lugar estaba limpio, se fijó Mary, a medida que el joven Hornwood se acercaba a las ventanas y abría los postigos de madera. La luz entraba en raudales opacos.

—¿Cuál es tu nombre? —se oyó preguntar ella, en tanto se quitaba el pesado abrigo.

El joven se volvió con expresión avergonzada.

—Clayton Hornwood, señorita —dijo, y tomó el abrigo de Mary mientras hacía una pequeña inclinación—. Para servirle.

—Clayton —repitió Mary, recordando que era uno de los nombres que había mencionado Val.

—Sí, señorita —asintió el chico, con una amplia sonrisa—.

Pero todos me llaman Clay, para acortar.

Aunque mi nombre no es tan largo como él del señor Startclyde, y a él nadie lo llama Fred para acortar.

—Había arrugado el entrecejo. Le aflojó y dio un ademán para quitarle importancia, lo que arrancó una sonrisa a Mary—. Como sea, para servirle.

Otra inclinación y otra amplia sonrisa. Mary estaba conmovida. Ese chico era su hermano.

Escuchó pasos que bajaban la escalera del fondo.

Clay y Mary volvieron la cabeza. La taberna, imbuida por el resplandor límpido y blanquecino que proveía esa mañana, pareció iluminarse aún más con la entrada de la señora Winter (sorprendentemente, Mary no albergaba dudas de que aquella mujer era la viuda de Silas Katterblack y no la viuda de Henry Hornwood).

Aida Katterblack lucía tan blanca como un fantasma en pleno amanecer.

Clay cruzó la estancia hacia las escaleras, detrás de la señora Winter.

Avisó que las dejaría a solas para desempeñar otras tareas en el hostal, antes de subir los peldaños con brete.

Y de pronto Mary y la mujer hadúna, blanca de pies a cabeza, eran las únicas en la estancia.

Aida Katterblack, de soltera Winter, habló por primera vez desde que puso un pie en el salón.

—Te estaba esperando, Mary —dijo. Sonreía ampliamente, pero con una serenidad que Mary jamás había visto en la señorita Atwood; la imagen que proveía era vibrante como si su mera visión oscilara entre lo que era real y lo que no—. Toda la noche. Tu madre te ha enviado hasta mí.

—¿Cómo...? —empezó Mary.

—Tu madre —se adelantó Aida— fue una privilegiada .

La voz de Claudine resonó en su cabeza como eco a las palabras de Aida: «¡Tú! Eres uno de nosotros —decía—. Uno de nosotros».

Mary sintió como si una pared invisible golpeara su visión.

No vio cuando la señora Winter se acercó a ella, pero, de pronto, la tenía a su lado tomándola por los hombros y llevándola con delicadeza hacia una de las mesas vacías de la taberna, donde la instó a sentarse.

Mary la miró a los ojos, fijamente, aunque en ese momento su mente estaba tan vacía como el recinto; dudó si hacerlo o no.

Finalmente, se sentó.

Aida Winter hizo lo propio, envuelta por de sereno misticismo que parecía seguir allá donde fuera.

Mary recuperó el aliento al cabo de un minuto. O tal vez dos.

—¿Qué quiere decir con privilegiada ? —preguntó. Ciertamente había oído eso antes; la última vez, de una ardilla parlante en el bosque junto al jardín Katterblack—. ¿Y por qué es tan importante?

—Porque tu vida depende de ello, querida —repuso Aida, con una tierna sonrisa—.

Y también de los designios de Darkling. Verás, las hadas privilegiadas como tu madre y sus hermanas, y como yo, somos una clase distinta de hadas, una que posee un vínculo mágico que conecta al mundo de los muertos con el de los vivos, el pasado con el presente próximo.

Nosotras, aquellas que tenemos el don de shaadet , somos las únicas criaturas vivas que podemos atravesar la barrera infranqueable entre la luz y la oscuridad.

Por un instante, Mary no supo qué decir. No había leído tal cosa —ni nada parecido— en la Enciclopedia. Al cabo, preguntó:

—¿ Shaadet ?