Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 29
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SHAADET

—De todas las malas ideas esta se lleva la palma —exclamó Abby—. Podrías morir. Loreen tiene leales entre los Hijos del Bosque que con gusto te ensartarían con una lanza ante la más mínima amenaza contra su Líder. Rumos, como bien sabes, sería el primero en intentarlo.

—Pues, que lo intente —dijo Andrew.

—Hablo en serio.

—Yo también.

Andrew, resuelto, cruzó los brazos sobre el pecho y curvó una ceja. Abby lo fulminó con la mirada. «A veces eres tan terco como una mula briosa». Su hermano esbozó una amplia sonrisa en aquel preciso momento, como si hubiera oído su pensamiento. Y lo aprobara.

—Sé lo que estás pensando —afirmó Andrew—.

Qué soy un tozudo, ¿no es cierto? —No esperó respuesta; era verdad—.

Tienes razón: Loreen tiene leales acérrimos entre los Hijos del Bosque.

Rumos, el primero. No obstante, hay quienes no están satisfechos con las recientes gestiones de su Líder.

Otros, incluso, le guardar profundo rencor por la muerte de su antecesora, dicen (muy discretamente), que Loreen tuvo que ver con los sucesos en torno a su muerte.

—Rumores —replicó Abby, y caminó hacia la ventana. Fuera hacía un día precioso, aunque el cielo empezaba a adquirir un color ceniciento—. Loreen tiene más leales que contrarios.

—Querrás decir más enemigos que amantes —atajó Andrew. Abby volvió la vista, el ceño fruncido. Su hermano descruzó los brazos y suspiró—. Somos como piezas en su juego, Abby; esa es la forma en la que ella nos ve. Solo podremos vencer a Loreen jugando bien su propio juego.

—Pero ¿debes hacerlo tú? —repuso Abby, intentando contener las lágrimas—. No tienes que sacrificarte. Otra vez no.

—No me sacrificaré —dijo Andrew. Parecía seguro. Se acercó a ella, con una sonrisa aleteando en sus labios; la abrazó y la besó en la frente, luego añadió—: Me arriesgaré. Será por el bien de todos en el pueblo. Sé que tú lo harías también. Loreen me quiere a mí.

—Y te tendrá. —Abby se echó a llorar, hundiendo el rostro contra el pecho de su hermano.

Andrew susurró.

—No será por mucho tiempo. —Le acarició el cabello—. Ya verás. Te lo prometo. Vamos a estar bien. Nadie saldrá herido esta vez. Salvo Loreen.

—¿Crees que de verdad sabe dónde está nuestro padre? —inquirió Abby sorbiendo por la nariz. Lo miró directamente a los ojos—. ¿Cree que de verdad sigue con vida? Nuestro padre.

—Sí —respondió Andrew; había convicción en su voz. Y en su pensamiento; Abby lo percibía—. Por eso, y por las razones que ya conoces, debo ser yo quien encare a Loreen, allí, donde cree que es intocable: en el bosque, frente a todos los hijos que juró proteger.

Abby se apartó de su lado.

—Iré contigo —dijo, sabiendo de antemano que una vez más su hermano se negaría diciendo: «Sé cuidarme solo». En cambio, para su desconcierto, Andrew sonrió—. Iré contigo, Andrew —insistió ella—. Y no podrás evitarlo.

Andrew le acarició la mejilla.

—No lo evitaré —dijo—. Lo juro.

Aquellas palabras consolaron y extrañaron a Abby a partes iguales.

Arrugó el cejo. Su hermano sonrió y procedió a contarle su plan para terminar con el infame liderato de Loreen.

Le refirió más detalles que la vez anterior.

No era tan descabellado como había creído al principio.

Desde luego que tenía sus riesgos. El último cabo (y el más importante) que debía atar Andrew tenía que ver con los centauros.

—¿Henna? —repuso Abby, confundida. Se había enjugado las lágrimas mientras oía el plan de su hermano. En aquel momento su campo visual de Andrew y la salita de la cabaña, bañada por la límpida luz que entraba por las ventanas, eran una visión tranquilizadora a la sazón de las circunstancias.

—Henna siempre ha tenido sus recelos sobre Loreen —le explicó Andrew—. O eso me dijo Cleo en una ocasión. Henna está casi segura (aunque no tiene las pruebas para demostrarlo, por supuesto), de que Loreen estuvo implicada en la muerte de Rowina, su predecesora en el liderato del bosque.

Rowina, una ninfa mitad hadúna, tenía casi medio siglo siendo la líder del bosque de River Town cuando una cuadrilla de argones penetró en la frontera septentrional.

Al parecer estaban hambrientos. Querían sangre mágica a cualquier costo.

Se lanzaron sobre los hijos del bosque cerca de aquel límite con un salvajismo formidable.

Apenas un fauno (Tamlin, más tarde líder de los faunos) consiguió escapar del ataque.

Para entonces la líder había sido advertida por la voz en el viento, y había encomendado a una hueste de centauros, con Henna a la cabeza, ir a enfrentar a los argones al lugar donde había acontecido la masacre.

Sin embargo, la voz en el viento no previno a tiempo a la líder del inminente peligro que se acercaba: algunos argones se dirigían hacia el corazón del bosque, indefenso por sus guardianes centauros, y asesinaron a diestra y siniestra a cualquier criatura que encontraban a su paso.

Según se contaba, los argones emergieron de las entrañas de la tierra como nunca se les ha visto hacer.

Todo ocurrió muy rápido. Pocos vivieron para contarlo, y Rowina no estaba entre ellos.

Hasta donde se sabía los argones solo cumplían las órdenes de los servidores de la oscuridad (aunque Isidora, su progenitora, había sido una mujer hadúna).

Aquello sucedió cuando aún no habían llegado los primeros seguidores de la luz al pueblo.

Y ningún nigromante se adjudicó aquel ataque. El misterio continuaba al presente.

—¿Por qué Henna actuaría contra Loreen? Quiero decir, ¿por qué ahora?

—Lo estoy pensando —dijo Andrew, encogiéndose de hombros. Por supuesto que no iba a reconocer que hasta ese instante no se había hecho esa pregunta, pensó Abby; aquello no sería propio de su naturaleza. Sonrió turbado—. Ciertamente, la respuesta no va a tocarnos la puerta.

Y, como eco a sus palabras, en aquel momento golpearon la puerta. Los hermanos se miraron perplejos.

—¿Dónde está Olee? —preguntó Céline, extrañada al ver a Tara entrar a la habitación con un manojo de flores frescas: hortensias azules, sus favoritas. Olee nunca estaba demasiado agobiada o cansada para atender a Céline; o escucharla siempre que ella lo necesitase.

—No lo sé, señorita —dijo Tara—. Adler y el resto no la hemos visto desde anoche.

—Qué extraño.

—Lo mismo pienso, señorita. —Dejó las hortensias en el jarrón de la cómoda junto a la puerta y se irguió como un palo—.

La señorita Mary ha salido. Giinet la vio partir en las primeras horas de la mañana.

Aunque iba con apuro, al ver a Giinet se detuvo y le pidió que no participara al resto de la familia de su salida; que estaría de regreso antes del mediodía.

Ya conoce a Giinet, señorita Céline, tiene la lengua más larga que una lagartija.

Me lo contó mientras le preparaba el desayuno y, luego, hizo lo mismo con la señora Alice.

Leo, según dijo Tara, logró sosegar la preocupación de su madre asegurándole que buscaría a Mary en el pueblo. Leo había partido para cumplir con su palabra después de dilapidar su desayuno a base de frutas trozadas y té, puntualizó Tara. Céline le pidió que omitiera los detalles banales.

—Sí, señorita —dijo Tara, ruborizada.

—Continúa.

Tara asintió.

—Luego busqué a Olee; antes de ir al jardín por las flores, señorita; pues no me perdonaría que hiciera su trabajo. Pero no estaba en su dormitorio. O en los cuartos de baños. Tampoco en el cuarto de lavado u otras habitaciones de la mansión.

Céline preguntó:

—¿Buscaste en el sótano?

Tara frunció el ceño.

—¿El sótano? No, señorita.

—Ya.

Céline asintió. Evocó el rostro de la criada la noche anterior cuando fue a notificarle de su extraño descubrimiento: la visita de Elise y Mary al sótano.

Era un lugar oscuro y frío, lleno de polvo, malos olores, y humedad; había todo tipo de insectos y roedores que, de solo pensarlo, le erizaban la piel a Céline.

Tara seguía de pie junto a la cama, las manos cogidas a la espalda.

—Señorita —preguntó, tímidamente—. ¿Por qué cree que Olee estaría en el sótano?

—Solo aventuraba, Tara. —Céline, aparentemente tranquila, bosquejó una sonrisa ambigua—. Puedes irte.

Cuando la criada se hubo ido, Céline se levantó de la cama y cogió su bata de dormir; se la colocó mientras se acercaba a cómoda, donde aspiró el aroma de las flores frescas, y abrió uno de los compartimientos.

Sacó una vela. Una vela mágica. Salió a toda prisa de su habitación no sin antes fijarse que no hubiera nadie cerca.

No la había. Allá a donde iba no llegaba la luz del día.

El sótano estaba en la sección más recóndita de la mansión.

El corazón de Céline latía velozmente. ¿Sería posible que Olee hubiera regresado al sótano la noche para averiguar qué ocultaba Elise allí?

, se preguntó; ¿lo habría hecho de verdad?

Era probable. Céline tenía un presentimiento.

Los pasillos y el recibidor, más adelante, los encontró desiertos, aunque la voz de Sam se oía desde una de las recámaras contiguas.

Tenía que darse prisa. Nadie debía verla.

Caminó con prisa. No cayó en la cuenta de que iba descalza hasta que sintió el frío del suelo en las plantas de los pies cuando llegó al tétrico corredor donde, se fijó con repelús, la puerta que llevaba a las profundidades del sótano estaba abierta. Alzó la vela. Respiró profundo.

— Maqo lhe Yhight —murmuró.

La vela se encendió. Volvió a respirar profundo.

Y miró hacia la boca negra que era el umbral del sótano.

Un escalofrío recorrió su espalda como el roce de las manos de un cadáver.

«Qué tenebroso», pensó atemorizada. Luego se le ocurrió que abajo debía haber ventanas.

La mano que llevaba la vela le temblaba, por tanto, la llama también lo hacía.

«Tranquila, Céline. Respira hondo». Acató a su propia exhortación y, acto continuo, entró al sótano.