Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 28 #4
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Andrew compartió una mirada con su hermana.

Abby se la devolvía con un brillo esperanzador en sus bellos ojos azules.

Quería ver a su padre, por supuesto, pero no a cambio de su hermano.

«Lo haré —pensó Andrew, sabiendo que Abby lo escuchaba.

Ella negó ligeramente con la cabeza. Él agregó—: Tenemos confianza, Abby, tú y yo. Confía en mí».

Andrew se volvió hacia Loreen.

—Está bien —dijo—. Lo haré. Mañana. Al atardecer.

Loreen esbozó su mejor sonrisa. Afilada y preciosa.

—Has elegido sabiamente, Andrew. Como lo hizo tu padre.

Mary y Elise subieron la escalerilla del sótano.

La primera se asomó antes de salir al corredor y, ladeando la cabeza de un lado a otro, comprobó que no hubiera muros en la costa.

Entre risas murmuradas, siguieron su camino, tomadas del brazo la una de la otra como parejas en un baile hacia sus respectivos aposentos.

Mary sentía que flotaba en una burbuja de felicidad, eso había causado en ella su reciente encuentro con Phil.

«Tienes más familia de la que crees», pensó Mary.

Y se abrigó con aquellas palabras. Nunca más volvería a estar sola en el mundo.

Las pérdidas de sus padres y la señorita Green, y por la breve desaparición de Sam, le había hecho temer por un tiempo que estaba sola: su peor miedo.

Ahora hacía parte de la familia Katterblack y tenía primos por el lado de su madre.

También, para bien o para mal, tenía una tía que era sangre de su sangre.

Y quizá algún día formaría parte de los Hornwood, con lo que tendría otros hermanos.

No estaba sola y no lo estaría jamás. En River Town había encontrado una parte de sí misma que no sabía que había perdido, fragmentos escondidos en un entresijo de sombras del pasado.

Sonreía; no podía dejar de hacerlo.

Mary preguntó, en tanto atravesaban el ominoso pasillo que llevaba al recibidor:

—Elise, ¿tú también viste el espejo?

Al principio Elise pareció no entender. Luego, su sonrisa se desvaneció lentamente. Mary deseó no haber dicho nada.

—Sí —dijo su prima.

—¿Crees que...?

—No lo sé —Llegaron al recibidor y se detuvieron al pie de las amplias escaleras. Suspiró hondo, la vista baja—. He querido preguntarle a Phil; fue él quien me pidió que lo colocara allí después de que lo encadenara. A veces creo que tiene conversaciones con... con...

No acabó la frase. Se estremeció.

—Darkling —terminó por ella Mary, y le puso una mano en el hombro.

Elise asintió. El recibidor estaba en penumbra y solitario a partes iguales.

—¿Alguna vez lo has visto? —preguntó Mary—. A Darkling, quiero decir.

Elise abrió mucho los ojos.

—No —dijo—. Pero, a veces, lo he escuchado. Antes de acercarme a Phil, lo llamo. Casi siempre responde Philip. Otras veces no.

Guardaron silencio. Se volvieron hacia las escaleras y empezaron a subir en silencio.

Minutos después se despidieron frente a las puertas de sus respectivas habitaciones.

Antes de entrar a la suya, Mary visitó la de Sam, que estaba profundamente dormido.

Le subió la sábana hasta el cuello —hacía mucho frío— y lo besó en la frente. Entonces enfiló su propio dormitorio.

Al entrar, la abrazó un aire tan friolento como el toque de las manos de un muerto.

Extraño, pensó; las ventanas estaban cerradas.

No debería haber corrientes de aire en la habitación.

Se desvistió con premura mientras admiraba la pila de libros sobre su mesita de noche y tanteaba la idea de leer un poco antes de dormir, con la esperanza de que le ayudara a conciliar más rápido el sueño.

Un profundo bostezo anuló aquella idea enseguida.

Al acabar, se colocó su camisón, se metió entre las sábanas y cerró los ojos.

— Mary.

Esta abrió los ojos de golpe.

«No, no, no», pensó, al tiempo que se erguía.

Se subió la sábana hasta la mitad de la cara y movió la cabeza.

Había reconocido la voz, sí; le era inconfundible.

Sus ojos se anegaron de lágrimas al comprobar que se trataba de su madre: estaba bajo el haz de luz de luna que penetraba por la ventana, tal y como la recordaba de aquella noche en el jardín Katterblack.

Se apartó la sábana de la cara y se enjugó las lágrimas.

—Mamá.

— Sí, cariño. —Su madre extendió los brazos hacia ella—. Soy yo.

Mary se levantó de la cama y echó a correr hacia su madre como la última vez. «Como la última vez», fue el eco de su propia voz la que cruzó su cabeza una fracción de segundo antes de que la recibieran los brazos de su madre. Pero ya era demasiado tarde. Aquellos brazos se cerraron en torno a ella.

Y en esta ocasión, no sintió nada. Nada en absoluto.

Tocaron la puerta, apenas unos golpecillos.

Nada que temer. Roland irguió la cabeza.

Céline se llevó un dedo a los labios y susurró, pidiéndole que guardara silencio al mismo tiempo que ella misma lo hacía.

«Se trata de Olee», quiso decirle, pero se limitó a levantarse de la cama.

Cubrió su desnudez con una sábana y cruzó la habitación.

Echó una mirada a Roland, metido entre las sábanas, antes de abrir la puerta; él seguía erguido y con un gesto tenso en el rostro.

Le guiñó un ojo y le obsequió una pícara sonrisa.

Acto continuo, abrió.

Se trataba de Olee, en efecto. La criada tenía una mirada vibrante, nerviosa.

Céline había notado cierto comportamiento extraño en Elise (es decir, más extraño que el de las últimas semanas) durante la reunión que tuvo lugar en la sala común, tras el espantoso acontecimiento en el mercado de River Town.

Y después en la cena. Sospechaba que su hermana estaba ocultando algo, pero no se había interesado tanto hasta esa noche.

(En realidad tampoco le importaba demasiado, ¡vamos!

, era Elise.) Así que encargó a Olee que la vigilara y le pisara los talones cuando fuera a donde sea que iba. Con discreción.

—¿Has descubierto algo? —le preguntó Céline a la mucama.

—Sí, señorita.

—¡Vaya! Eso fue más rápido de lo que pensé. —Y agregó en voz baja—: Cuéntame.

Olee obedeció.

Al parecer, Elise ocultaba algo en el sótano, Olee no se atrevió a descubrir qué era.

El sótano le parecía un lugar oscuro y tenebroso (la rolliza criada se estremeció como un flan al describirlo), y Céline estuvo de acuerdo con ello.

Y lo que era más curioso, añadió al final: Mary estaba al tanto de lo que escondía Elise.

Le vio entrar en él tras la cena de esa noche.

Ambas chicas no salieron del sótano pasado un largo rato.

Olee se había acercado al umbral para intentar oír.

—¿Y qué oíste? —preguntó Céline. Estaba asomada a medio cuerpo en el pasillo. Sentía la mirada de Roland en su espalda. Lo sentía acercarse.

—Voces —contestó Olee; la voz le temblaba—. Tres voces, me parece, señorita.

—Tres —repitió Céline. Pensó un instante a quién podría pertenecer la tercera voz, pero no llegó a adivinarlo. Sintió una mano agarrándole el muslo y sus reflexiones se detuvieron en el acto. Vio que Olee empezaba a bajar la mirada—. Gracias, Olee —se apresuró a decir—. Eso es todo. Buenas noches.

—Señorita, no quiere saber que...

La mano de Roland se deslizó bajo su bata rozándole la parte interna de los muslos. Céline se estremeció.

—No —dijo, tan firme como le fue posible—. Mañana. Iré... yo... misma... Buenas noches.

Sin más, cerró la puerta.

La luz de luna lo reconfortaba. En ocasiones, como esta, admiraba su haz de luz blanca que surcaba la ventanilla del sótano hasta que sentía pesadez en los ojos y el inevitable momento llegaba.

Con un profundo bostezo, Philip se acostó en su lecho improvisado, haciéndose un ovillo.

Sin darse cuenta, esbozó una sonrisa mientras evoca su reciente encuentro con Mary; los abrazos, las lágrimas, las palabras. ..

Pensó que nunca más volvería a estar solo. Y eso le hizo sonreír como no lo había hecho en semanas. No, tras la muerte de Lucas. Le echaba de menos cada día sin falta. Su añoranza a menudo ensombrecía cualquier amago de dicha o felicidad que pudiera sentir. Sin embargo, esta vez era diferente.

Bostezo una vez más. Ya se disponía a dormir cuando escuchó la voz en su cabeza. «Familia. —Era Darkling—. Mi niña y tú son familia y hasta ahora lo descubres».

Philip intentó ignorarlo, relegarlo a un rincón oscuro de su mente donde no pudiera abrumarlo al menos por esa noche.

No lo consiguió. Nunca lo hacía. Aquella criatura era escurridiza como un pez en un río a la medianoche: anidaba en su subconsciente, cada vez más insufrible con el pasar de los días.

La maldición de los Hornwood había empezado a manifestarse de forma diferente a lo que sabía Phil; las cadenas de plata tenían mucho que ver, pensó; desde que la maldición se transfirió a los Holbrooke, Philip no se había trasformado del todo en Darkling, como en otrora les ocurriera a sus antecesores.

Con todo, Darkling estaba presente en su mente —y de cierto modo en su entorno— en todo momento, aunque guardara silencio a ratos.

Como si le respirara en la nuca, percibía su cercanía.

A veces afloraba. Mínimamente. A veces la voz grave y cascada del espectro salía de sus labios, incontenible, para atemorizar a Elise.

A veces algunos de sus miembros (como aquellas espantosas manos cadavéricas o la mitad derecha de su cara, llena de protuberancias) asomaban a la superficie.

Philip oponía resistencia y, casi siempre, vencía en aquella lucha interna.

Pero Darkling se hacía más y más fuerte; podía sentirlo, nutriéndose de su fuerza vital como hacían los nigromantes con la gente común.

«Regina y Sylvia fueron hermanas —seguía diciendo Darkling—.

Loreen, la mujer hadúna que te arrimó el hombro cuando más lo necesitaste, también.

La muchacha tiene razón, Philip, la Líder del Bosque no es de fiar.

Y le has entregado en bandeja de plata el único hermano que te queda.

Pobre chico». Phil deseó haber tenido una vela, la luz con calor tendía a sofocar aquella incesante voz en su cabeza; se dijo que se la pediría a Elise en su próxima visita; le pediría varias.

«Y pídele también un beso —se burló Darkling—.

Así pues, cuando se acerque, podré estrecharla fuertemente entre mis brazos».

Phil abrió los ojos de golpe y se irguió.

—¡NO! —gritó.

Y, de pronto, allí estaba la criatura que se escondía bajo su piel, reflejada en el cristal del espejo erguido ante él como si fuera otra persona.

Entre las sombras, reconoció la inhumana figura del lado derecho de su rostro: la piel grisácea que brillaba como plata expuesta ante la luz de la luna, y aquellas feas protuberancias en la frente, los pómulos y el mentón, como si cuernos intentaran salirle de debajo; sus dientes eran amarillos, unos rotos y otros picados de caries; y su ojo.

.., Dios, su ojo era tan negro que parecía una cuenca vacía.

Philip llevó sus manos a aquella mitad de su cara y palpó. No sintió protuberancia ni frialdad, solo piel cálida y tersa sobre los huesos. Aquello lo habría aliviado. No obstante, cuando fijó su atención en el espejo, Darkling seguía allí, sonriendo de oreja a oreja, sombríamente.

«Puedes verme, lo sé —musitó—. No puedes evitarlo, aunque lo intentes, Philip. Ahora soy parte de ti. Y fuiste tú quien tomó la decisión. Mírate. Ahora estás atrapado. No tienes salida. Salvo...»

—¿Qué? —soltó Philip, furioso. Haría lo que fuera para librarse de Darkling, pensó. Lo que fuera.

Darkling debió haber oído aquel pensamiento —a mansalva lo hizo, al fin y al cabo, compartían la misma mente—, pues amplió más aquella media sonrisa atroz.

«Ya lo sabes, Philip, tienes ambos instrumentes en tu poder.

—Suspiró—. Si quieres librarte de mí, antes deberás convertirte en el Liberador.

—Lo dijo con notable ironía, refiriéndose a la profecía de Ben Holbrooke, su antepasado.

Philip sabía perfectamente lo que Darkling—.

En efecto. Tendrás realizar la ceremonia que me dará mi cuerpo.

Así acabará esta pesadilla para ti. Y tu hermano no tendrá que sufrir las consecuencias».

Philip, sin creer las palabras del espectro, preguntó:

—¿Cómo?

«Ya te dije, Philip, tienes en tu poder los tres instrumentos necesarios para llevarlo a cabo: el cuerpo, la gema de la muerte y, ahora, a la muchacha».

—¿Mary? —repitió en un murmullo. Luego vociferó—: ¡NO!

No dejaré que le hagas daño. Me has quitado a mi hermano y a mi tío, no me quitarás a la familia que me queda.

Si ese es el precio que debo pagar, pues prefiero la muerte.

—Cogió el pesado volumen de su última lectura con Elise ( El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha ), que tenía a un lado de su lecho, y lo arrojó contra el espejo; el cristal se agrietó y cayó en pedazos.

Phil continuó—: Nunca más dejaré que le hagas daño a nadie. Siempre seremos uno, tú y yo. Siempre.

Acto seguido, se recostó, agradecido de no volver a oír la voz de Darkling.

A la mañana siguiente, cuando se despertó, tenía sangre en las manos.