Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 28 #3
78%

28 #3

Mary no pudo evitar fijarse en las cadenas que sujetaban a Phil a la pared del fondo.

Eran de plata. Sabía, gracias a la Enciclopedia, que aquel metal servía para anular la magia de los seguidores de la luz y algunos seres mágicos.

Quizá también anulara la magia negra que mantenía la maldición de Darkling.

No era probable, pensó, sino Phil llevaría un par de brazaletes de plata en sus muñecas en vez de pesadas argollas.

Aquella compresión reavivó su temor. «Darkling podía aparecer en cualquier instante —pensó con un escalofrío—.

Y pensar que estuve a punto de abrazarlo». Menos mal que Elise la detuvo a tiempo.

—Lamento la muerte de tu hermano, Phil —dijo Mary—. Y la de tu tío.

Phil bajó la mirada.

—Anoche Elise me informó que Horace que se quitó la vida, que el Alto Gremio me condenó a muerte, y qué Jason será enviado a Moscú para ser tratado como una rata de laboratorio.

Por fin obtendrá la atención que siempre ha creído merecer.

—Su voz, afligida, de pronto adquirió un tono de decisión—. No puedo permitirlo.

—El Gremio decidió no seguir las órdenes de los Altos Seguidores —intervino Elise—. No lo olvides.

—No lo olvido.

—¿Dónde está tu hermano, Philip? —quiso saber Mary, asaltada de pronto por la curiosidad. Al mismo tiempo recordó al joven de aviesa mirada jade y cabello rubio claro que conoció en el baile del solsticio—. Jason.

—En el bosque. —Philip la miró—. Yo decidí huir del bosque cuando se me ocurrió que Darkling podría intentar herir a alguno de los hijos del bosque o a Jason para someterme a su voluntad.

Loreen me sugirió que viniera aquí («Los miembros del Gremio no hurgaran bajo sus propias narices», me dijo); yo, asimismo, confiaba en que Elise estaría dispuesta a arrimarme el hombro.

—Atisbó a Elise, que estaba ruborizada e intentaba esconder una sonrisa.

Phil siguió—: Loreen se ofreció a mantener a salvo a Jason, en el bosque, mientras las aguas se calman.

Mary se horrorizó.

—¿Y los has abandonado? —exclamó—. ¡¿Al cuidado de Loreen?!

El muchacho, con expresión pesarosa, se encogió de hombros.

—No sabes de lo que Loreen es capaz, Philip —dijo Mary, alterada—. Es malvada, manipuladora, mentirosa, entregará a Jason cuando más le convenga. No sabes todas las cosas terribles que ha hecho. Debemos sacarlo de...

—No —la interrumpió Phil—. Loreen no le hará daño. Me lo ha prometido.

—No puedes creer en su palabra.

—Tiene un motivo para cumplirla esta vez

Mary avanzó un paso. Quizá si le propinaba una bofetada, Phil entraría en razón. «¿Acaso no me ha escuchado cuando dije que Loreen era manipuladora y mentirosa?» Si ese había sido el caso, una bofetada no serviría más que una simple reiteración. Sin embargo, Mary le dio una oportunidad.

—¿Qué motivo, Phil? —preguntó.

El muchacho suspiró hondo.

—Loreen —dijo, despacio— es nuestra tía.

Sin dar crédito a sus oídos, Mary observó el rostro inexpresivo de Philip buscando claridad sobre sus palabras. Echó un rápido vistazo a Elise, que parecía congelada en el tiempo. Movió la cabeza asintiendo.

Mary volvió la mirada hacia Phil.

—¿Qué...?

—Es cierto —afirmó Philip; había sólida convicción en su voz—. Darkling me lo dijo la noche irrumpió a mi hogar. Loreen es hermana de mi madre. —Hizo una pausa. Y agregó—: Y también tu madre, Mary. Nuestras madres fueron hermanas. Eso quiere decir que tú y yo somos...

—... primos —atajó Mary, absorta.

—En efecto —asintió Philip, con una sonrisa desvaída—. Y Loreen es nuestra única tía viva.

—Yo lo sabía —murmuró Mary para sí, la mirada baja.

Después la fijó en Philip—. Quiero decir, que Loreen era mi tía.

Pero tu madre... Debí sospecharlo... Yo no estaba segura si debía decírtelo.

.. yo... —Sus ojos se anegaron de lágrimas.

Y al cabo rodaron por sus mejillas. Quiso abrazar a Philip, sangre de su sangre, como no había querido antes nada en el mundo.

Pero se contuvo—. En el fondo, creo que lo sabía.

—¿Cómo? —preguntó Phil; también tenía los ojos empañados.

—La melodía que tocaste en el baile del solsticio —explicó Mary— es la misma que solía entonar mi madre cuando yo era una niña, a veces para sosegarme después de tener una pesadilla.

—Miró fijamente a Philip—. Me dijiste que tú madre la tocaba en el piano y que nunca lograba terminarla.

Me dijiste que no sabías cómo se llamaba.

—Se acercó al joven encadenado—. Yo sé cómo se llama, Phil.

Philip la miró con ojos como platos, y rompió a llorar.

Mary lo abrazó, sin más. Y entre lágrimas, le susurró al oído el nombre de aquella melodía que sus madres conocían.

Loune Chor . Que significaba: «Claro de Luna».

Soñaba con una mujer de blanco que se acercaba a la cabaña; llevaba puesta una corona de flores que destacaba sobre su cabellera nacarada y la sombra que sumía su rostro. De pronto abría los brazos, murmurando: «Ven aquí y dame un abrazo», mientras avanzaba y avanzaba. Cada vez más cerca...

—¡No! —vociferó Andrew. Se irguió de golpe y ladeó la cabeza de un lado a otro.

Una pesadilla, pensó con la respiración todavía agitada; solo había sido una pesadilla.

No había nadie más en su habitación. Ni siquiera Abby.

Qué extraño. Su hermana siempre acudía cuando despertaba abruptamente, gritando, tras un mal sueño como aquel.

«Como si pudiera defenderme de las quimeras», pensaba. A lo mejor su hermana se había acostumbrado. Quizá había decidido que podía defenderse él solo a partir de ahora.

Una vez sosegado el resuello, enjugó el sudor de su frente y su cuello con la sábana.

Salió de la cama y se calzó con unas botas de cuero que alguna vez fueron de su padre.

La única ventana de su habitación estaba cerrada, pero la luz de la luna atravesaba los surcos.

Había mucho silencio. Absoluto. De pronto, oyó voces. Andrew tuvo un mal presentimiento.

—Abby —llamó, saliendo del pasillo.

A medida que se acercaba a la sala, las voces que escuchaba cobraban más claridad.

La de su hermana le era inconfundible. Al entrar en el salón, divisó la silueta de Abby, de pie en el umbral de la puerta, dándole la espalda.

Estaba tensa. Al parecer estaba gritándole a alguien fuera.

Andrew también se fijó en el arcó y la flecha, ya dispuesta, con que la apuntaba hacia el bosque.

«El bosque no», pensó Andrew.

Entonces reconoció la otra voz.

—¡... vete ahora! —bramó Abby, airada.

—Lo haré, querida —contestó Loreen—, después de hablar con tu hermano.

Andrew se abrió paso a un lado de su hermana y salió a su encuentro con la Líder del Bosque, quien aguardaba a escasa distancia como un espíritu blanquecino.

Sonrió. A espaldas de Andrew, Abigail bajó el arco y la flecha a regañadientes, y no del todo.

El aire se elevó y agitó las hojas de los árboles.

El sonido que sobrevino no fue la de una canción.

—¿Qué quieres? —preguntó Andrew, con parsimonia. Cruzó los brazos. Hacía un auténtico esfuerzo por dominar el impulso de arrojarse sobre la mujer de blanco de sus pesadillas y asesinarla con sus propias. Era la primera vez que se encontraba con Loreen desde que esta lo envió a morir.

—A ti, mi amado —respondió ella con una sonrisa, y avanzó un paso.

Andrew desanduvo otro tanto, la expresión crispada.

—¿Qué quieres, Loreen? —Habló con más brusquedad. Ya no le importaba ocultar lo que en realidad sentía por su antigua amante—. ¿No has tenido suficiente de mí?

—No —aseguró Loreen, como si no advirtiera la rabia reverberante de Andrew—.

Nunca tendré suficiente de ti, mi amado Andrew.

Y he venido a recordarte que me debes una promesa.

La que me hiciste la noche que te dije dónde encontrar al hermano de Mary Cartwright.

Yo cumplí con mi parte. Ahora, es tú turno. ..

—Zorra... —bramó Abby, que pasó junto a Andrew con clara intención de atacar a la Líder.

—No —soltó Andrew. La tomó del brazo y la detuvo.

Loreen ni siquiera se había inmutado ante el apremiante arrebato de la muchacha, como si no temiera a la muerte.

Sabía que era intocable: su muerte a manos de un seguidor de la luz supondría una ruptura en la alianza entre los Hijos del Bosque y los Seguidores de la Luz del pueblo, que en consecuencia podría quedar desprotegido ante las hordas de hijos de Isidora que asechan constantemente en las sombras.

Abby y Andrew podrían ser exiliados... o condenados a morir.

El bosque guardó en silencio. Loreen amplió la sonrisa.

—Creí que teníamos confianza, Andrew —dijo. El viento hacía ondear su falda de tul blanco—. Yo aún confió en ti.

—¿Confianza? —Andrew (se habría reído en otras circunstancias) frunció el ceño—.

Me enviaste directo al infierno, Loreen.

Ahí estuve durante una eternidad. Y lo sabías.

Tú y esa maldita de Claudine. Por tu culpa fui capturado por Mahlon West. Sé que sabes lo que hizo el nigromante conmigo, lo sabes del mismo modo que sabes muchas otras cosas, ¿no?

Pudiste haberlo evitado, Loreen. Pudiste haberlo evitado todo.

Pero escogiste no hacerlo. Eres malvada. ..

—¡Tu padre...! —intentó Loreen.

—¡Ya no me importa mi maldito padre! Nos abandonó...

—¡... me hizo una promesa hace muchos años! Agustin y yo nos teníamos confianza. Él cumplió con su palabra, Andrew; la sigue cumpliendo. Tú debes hacer lo mismo. Tu padre volverá cuando haya terminado su misión.

—¿De qué estás hablando? —preguntó Abby, absorta.

—Tú padre está vivo —dijo Loreen. Y volvió a sonreír—. Yo sé dónde encontrarlo.

—No me importa —dijo Andrew.

—Andrew... —repuso Abby. Era evidente que a su hermana sí le importaba.

—Cumple tu promesa —siguió Loreen—, y yo cumpliré la mía.

—¿Cómo sabré que será así? —tanteó Andrew.

—Tenemos confianza, ¿no? —dijo cínicamente la Líder del Bosque.