Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 28 #2
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En algún momento de la velada había reparado en Elise, que observaba su plato, casi intacto, con una mirada reflexiva.

Las mucamas reaparecieron en el comedor para retirar los platos de los señores.

Mary vio a Elise tomar del brazo a Tara en el instante en que la mujer hadúna se inclinaba para tomar su plato; Elise le susurró algo al oído antes de dejarle terminar lo que disponía a hacer.

«Es probable que no tenga hambre ahora y quiera comer el resto de aquel cordero en su habitación.

Sin tener que cuidar sus modales —pensó Mary, que la habría entendido—.

Como ha estado haciendo con las comidas estos meses».

Entonces recordó la férrea certeza en la voz de su prima cuando se aludió la culpabilidad de Darkling (más bien, Philip) por la muerte de Wallace Flint.

«Elise sabe algo. Y debo averiguar ¿qué?»

Cuando acabó la cena, la familia se diseminó por toda la casa. Era el momento, sí, Elise intentaría desparecer sin llamar la atención. Antes vio cómo Tara le entregaba lo que seguramente eran los restos de su comida envueltos en un fino pañuelo blanco. «¿Por qué hace eso falta?»

Mary había sido la primera en dejar el comedor, una vez finalizada la cena familiar.

Sam la acompañó hasta el recibidor, pero le pidió que se adelantara a su habitación, porque tenía un asunto que atender.

Su hermano le echó una mirada suspicaz antes de subir las escaleras.

Ella, acto continuo, se ocultó en el umbral del pasillo que llevaba hacia la cocina.

Allí, las sombras la cubrirían. Vio a Céline, a la tía Alice y a Coselin enfilando sus respectivos dormitorios; Leonard, en cambio, estaría redactando algunos recados en el estudio antes de irse a dormir.

En fin; luego aparecieron Elise y Tara, y la criada le entregó el fardo a Elise antes de irse con premura, gracias a Dios, en sentido contrario.

Elise echó un vistazo en derredor para comprobar que no había nadie cerca.

Mary reculó un paso, la sombra la cubrió del todo como una cortina.

Su prima prosiguió.

Tal como imaginó, Elise enfiló la planta superior, hacia su dormitorio.

Mary, velada, siguió sus pasos a través de varios pasillos, algunos que no recordaba haber recorrido en previas ocasiones.

Todavía le sorprendía lo enorme que era la mansión Katterblack.

Tenía la sensación de que nunca acabaría por conocerla del todo.

Como fuera, aquellos pasillos estaban poblados de sombras e imperaba un frío que calaba hasta los huesos.

Elise continuó. En algún punto se detuvo para quitarse los zapatos —habría advertido el golpeteo que producían sus soportes contra el suelo, sin duda— para encubrir su velado recorrido.

«¿Adónde vas?», pensó Mary.

Por fin, Elise se detuvo ante una puerta, la abrió, y se perdió en la oscuridad que imperaba al otro lado.

Al acercarse, Mary escuchó el susurro de los pasos de Elise bajando una escalera.

Aquello debía ser el sótano de los Katterblack.

La negrura vista desde fuera era absoluta.

El recuerdo de Richard Katterblack enseñándole el secreto arsenal por primera vez asaltó su mente: antes de que las antorchas se encendieran, el Arsenal le había provisto una imagen similar a la de la boca de un lobo.

Un escalofrío le subió por la espalda y, por un segundo, la hizo dudar si debía bajar o no.

«Pero Elise está allí —pensó—. Ella bajó a la boca del lobo. Y lo hizo sin vacilar».

Ella tampoco lo haría. Bajó.

Lo primero que pensó al terminar el tramo de las escaleras fue que debió llevar una vela consigo.

Sin embargo, se dijo, ¿cómo pudo haber previsto que Elise la conduciría hasta el sótano?

A lo mejor si su don se lo hubiera mostrado minutos antes de lanzarse a aquella persecución.

Lo cual no fue el caso. Avanzó unos pasos hacia la que podría la misma dirección que siguió Elise y, pasados varios segundos, entrevió una luz distante que entraba por una ventanilla.

Oyó voces a medida que se acercaba a la luz nocturna. Una era de Elise; la otra, no alcanzaba a reconocerla.

—Elise —llamó Mary, manteniendo la calma. No sería por mucho tiempo. Siguió avanzando hasta que vio la silueta de su prima.

En efecto, no estaba sola. Entonces escuchó el tintinar de unas cadenas. Sintió como la piel del brazo se erizaba, los latidos de su corazón se aligeraban. Avanzó despacio, cautelosa, hasta que la fría luz despejó las sombras y descubrió el rostro de la silueta del joven que acompañaba a su prima.

—¿Elise? —decía Mary—. ¿Qué haces...? —No podía creer lo que estaba mirando. Se llevó una mano al pecho y abrió mucho los ojos. «Oh, por Dios»—. Philip.

Céline se marchó a su habitación después de cenar, acosada por los fatídicos recuerdos de ese día y de la noche en que murió su padre.

Apenas probó la comida. Su estómago era un torbellino incontrolable.

No había podido comer más de unos cuantos bocados del famoso cordero de Adler.

Exhaló hondo y abrió la puerta. «No debo pensar más —se dijo—, solo dormir».

Tardía, mientras intentaba quitarse el corsé (había rehusado del acompañamiento de Olee; quería estar sola), cayó en la cuenta de que había alguien más en la recámara.

A través del espejo ovalado de cuerpo entero divisó una sombra a sus espaldas que avanzaba a pasos certeros hacia ella.

Céline se volvió sobresaltada, dispuesta a gritar. Pero unas manos cubrieron su boca.

—Shhh... —susurró el intruso—. Soy yo, Céline. Roland.

Apartó las manos de ella. Céline resoplo, airada.

—Roland, ¿qué diablos haces aquí? —«Qué estúpida; siempre vienes aquí, cuando todos duermen»—. Quiero decir, ¿qué haces aquí esta noche?

Roland le rodeaba la cintura con sus fuertes brazos de ébano.

—Me enteré de lo ocurrido hoy en el mercado —comentó—. Y de que estuviste allí. Cuando Flint acabó con su miserable vida. Quería asegurarme de que estuvieras bien, Céline. —La besó apasionadamente en los labios. Céline tardó un instante en corresponderle—. Ahora lo sé.

—Sí. Estoy bien. —Céline se apartó de Roland y fue hacia la cama, donde se sentó con gesto cansino y dejó caer la cabeza en las manos como si esta le pesara sobre los hombros—. Fue... terrible —suspiró.

—Lo puedo imaginar —dijo Roland.

«No, no puedes», se abstuvo de decir Céline.

En ese instante estaba experimentando una mezcla de emociones que jamás había esperado sentir.

¿Qué le estaba sucediendo? ¿Acaso estaba perdiendo la cabeza?

No era posible. Alzó la mirada y vio que Roland, de pie, seguía en el mismo lugar donde lo dejó como si le diera espacio para respirar.

Lo que a ojos vistas hacía. Y ella lo agradecía en silencio.

Extendió la mano. Roland, siempre presto, se acercó de prisa y se sentó a su lado.

Cogió la mano de Céline entre las suyas y murmuró «Shhh, mi amor» para consolarla de sus turbios pensamientos.

De aquellas emociones. Eso también lo agradeció.

Quería ser consolada, sí, quería que la arrebataran de su cuerpo y la despojarán del mundo.

Olvidarse de Darkling. Olvidarse de su padre muerto.

Olvidarse de todo. Recostó la cabeza en el pecho de Roland y cerró los ojos.

Roland le acarició el cabello como solía hacer su padre para sosegar sus sollozos tras lesionarse mientras jugaba a las escondidillas con Elise y las mucamas en el jardín.

—Tranquila, mi pequeña —decía, y le acariciaba el cabello con sus dedos gráciles—. Ya pasó.

«Basta de pensar en padre —se dijo Céline severamente—. Está muerto. Ya no eres una niña».

Lágrimas rodaron por sus mejillas al apartar aquel recuerdo de su cabeza.

Dolían y, al mismo tiempo, la reconfortaban aquellas lágrimas.

«Tranquila, mi pequeña. Ya pasó». Suspiró hondo.

Se apartó del resguardo que le proporcionaba Roland con sus brazos.

Quería ser consolada, pero no de la misma forma que hizo su padre.

—¿Qué haces? —murmuró Roland.

—Shhh... —Céline se sentó sobre su regazo y le rodeó el cuello con los brazos—. Bésame.

Roland era más alto que la mayoría de los hombres del pueblo, de piel oscura; tenía brazos fuertes y una barbilla solemne; su cabello era negro y rulo, y sus cejas pobladas profundizaban su mirada.

Su padre había calificado la raza de Roland como un defecto; su piel marrón, la ruina de su familia.

En cambio, Céline pensaba que era su atractivo más destacable.

Y también aquella sonrisa de dientes tan blancos como fina porcelana.

—Bésame —repitió Céline.

Y Roland lo hizo.

A Mary le tomó un tiempo —acaso minutos— encausar en su cabeza la historia que Philip iba contando sobre los acontecimientos de aquella noche en la casa Holbrooke.

Resultaba increíble. Y trágica. Al parecer el muchacho permanecía oculto en el sótano de los Katterblack desde hace casi dos meses (el mismo tiempo en que Elise empezó a comportarse extraño, o más bien misteriosa, reflexionó Mary; ahora tenía sentido).

Escuchó sobre la irrupción de Mahlon West y, más tarde, la de Darkling acompañado por el encanto de medianoche. Y terminó con los sucesos posteriores.

—¿Una semana después? —repitió Mary, plegando el entrecejo—. ¿Dónde estuviste todo ese tiempo? El Gremio te buscó en todos los lugares posibles.

—Jamás salí de River Town —respondió Philip—. Estuve escondido en el bosque. Loreen y los hijos del bosque nos ayudaron a mi hermano y a mí. Nos ocultamos en una pequeña cueva secreta que los centauros y los trolls erigieron para nosotros por orden de la Líder.

—¿Loreen?

—Sí. —Phil sonrió nervioso.