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CLARO DE LUNA
El sótano de los Katterblack, que parecía abandonado desde que se edificó la mansión, estaba oscuro como un socavón.
No hacía frío, lo que confortaba a Philip; eso y aquella cálida luz dorada que se vertía en su lecho desde una ventanilla en la parte superior.
Fuera debía hacer un día hermoso, pensó.
Y se preguntó si llegaría a vivir para ver uno como aquel de nuevo.
Probablemente no.
Él ni siquiera debería estar allí, se dijo airado. Debería estar muerto, como su madre, su padre y Lucas. No debió haber elegido vivir, porque era doloroso. El recuerdo de aquella ominosa noche lo agarrotaba cada vez que cerraba los ojos. En las penumbras, los fantasmas asechaban.
Pasado algunos minutos inconscientes tras haber herido a Darkling con la Rhiptus , Philip, angustiado, había despertado en el frío suelo de la Habitación de los Conjuros.
El lugar estaba sumido en una opacidad escalofriante y en un silencio tan profundo como aterrador.
Hacía mucho frío. Lastimado por la brutal golpiza que le propinó Mahlon West, Phil se arrastró hasta la mesa donde estaba el cuerpo que Horace había hecho para el espectro.
Se apoyó en el borde y, afanosamente, logró ponerse en pie.
Murmuró Maqo lhe Yhight , «hágase la luz», y las antorchas de la habitación volvieron a resplandecer.
Vislumbró a su tío, tendido en el suelo.
No estaba herido, observó Phil (cuando más descansado logró arrodillarse junto a Horace para examinar sus heridas), no le había dado tiempo a Darkling de causarle mayor daño, sin embargo, un golpe en la cabeza lo había dejado sin conocimiento.
Estaría bien, viviría, más de lo que podían decir otros.
Richard Katterblack, por ejemplo. «Y Lucas», pensó desconsolado.
El señor Katterblack estaba tendido de lado sobre un creciente charco de sangre.
Cuando Philip se acercó a Katterblack, se fijó en que este tenía los ojos abiertos y que su pecho subía y bajaba a duras penas.
«Está vivo», había pensado. Se aproximó más.
El hombre, en sus últimas, aferró con fuerza la mano de Philip para instarlo a que se acercara más a sus pálidos labios.
Quería decirle algo. La voz le salió sofocada y bajísima entre toses sanguinolentas.
—Esconde —decía—. Esconde.
Phil frunció el ceño.
—¿Qué? —preguntó.
—La... gema.
Entonces percibió un objeto frío y duro en la mano que sostenía la de Katterblack.
La gema de la muerte. Philip la tomó sin vacilación.
La contempló un largo instante. Cuando volvió la vista hacia el señor Katterblack, este tenía una expresión serena y la vista en el techo, sin vida.
Había perdido demasiada sangre. Philip no habría podido sanarlo con hada-sanación en una segunda ocasión.
Al cabo, se levantó, fue hacia su tío y lo sacó de la Habitación de los Conjuros, arrastrándolo por las manos.
Lo mismo hizo con Richard Katterblack. Limpió la sangre lo mejor que pudo con una sábana blanca y movió los viejos muebles de su lugar.
Así, cuando encontraran los cuerpos —uno vivo y otro muerto —, no buscarían el sitio donde en realidad ocurrieron los hechos.
Echó un vistazo hacia el espejo del pasado y comprobó que seguía oculto bajo una sábana, en una esquina del ático como si no se tratara de uno de los objetos mágicos más poderosos del mundo.
Quien lo viera jamás sospecharía que se trataba del secreto mejor guardado de River Town.
Phil metió la gema de la muerte en su bolsillo y bajó a la segunda planta.
Encontró a sus hermanos en ella, en la habitación que compartían, guiado por un tenue sollozo que llegaba hasta el pasillo.
Reconoció la voz de Jason mucho antes de abrir la puerta de la habitación de sus hermanos.
El ambiente era frío y denso en el interior.
«No, por favor —había pensado Phil—. No, no, ¡no!
¡Lucas!» Cegado por el dolor, entró de prisa y corriendo al dormitorio y se acercó a la cama de su hermanito.
Jason sollozaba a lágrima viva —como nunca lo había visto Phil— con el rostro allanado en la sábana que cubría los pies de su hermano muerto.
Philip se sentó a su lado, le puso una mano en el hombro.
Jason se irguió de súbito, asustado. Tenía el rostro congestionado por las lágrimas, el cabello rubio revuelto, sangre (de Lucas, supuso) en las mejillas.
Cuando vio que se trataba de Phil, su rostro se relajó y empezó a llorar de nuevo.
Esta vez, Philip se le unió; lo abrazó y lo consoló.
Como si ambos no compartieran el mismo dolor de la pérdida.
Lucas estaba tendido en su lecho, plácido, como si hubiese muerto en un sueño del mismo modo que su madre años atrás.
«No fue así», pensó Phil. Su hermano tenía marcas violáceas en el cuello y sangre coagulada en el cabello producto del golpe que recibió cuando West lo arrojó contra el suelo en el altercado en la sala de estar.
Mahlon West lo habría asfixiado después de aquel incidente, especuló, mientras una rabia inconmensurable se iba avivando como una llama en su pecho.
Y no solo eso. Bajo las sábanas, se fijó, la piel de su hermano contaba otra historia: la más repugnante y vil de todas.
«No». Sacudió la cabeza; mejor no pensar en eso. Al menos no ahora.
Aquel gesto provocó que las cadenas de plata tintinearan.
Philip vio su reflejo en el espejo (una de las tantas antigüedades que los Katterblack guardaban en aquel sombrío lugar), inclinado contra un escaparate cubierto con una sábana blanca.
Era poco lo que Phil podía ver de su rostro en aquel cristal: apenas un contorno esbozado por la luz nocturna que entraba a través de la única ventanilla del sótano, y un lado del perfil de su nariz.
Y también el centelleo de sus ojos entre las sombras.
Después de llorar a su hermano, Philip y Jason dejaron la habitación como criaturas taciturnas vagando en la madrugada.
Los miembros del Gremio no tardarían en llegar.
Presentía que lo harían tarde o temprano.
De algún modo lograrían seguir el rastro de Darkling tras haber dejado la mansión Katterblack.
(Y al final no se había equivocado.) Philip pensó de forma involuntaria: «Debemos escapar».
Jason tenía la mirada perdida y la mente embotada, por lo que Phil tuvo que decirle repetidamente que bajara a la sala y aguardara por él ahí.
Jason, por primera vez en mucho tiempo, no lo cuestionó. Obedeció sin más.
Philip había aprovechado aquel tiempo a solas en la planta superior para ocultar la gema de la muerte en un compartimiento secreto (donde previamente ocultó la carta de Darkling a Mary) que había en el suelo de madera de su habitación.
Murmuró un hechizo — purgare viam — para cubrir su rastro.
Después, regresó al ático (en realidad, a la Habitación de los Conjuros) y se cargó al hombro el cuerpo que Horace había hecho a la medida para Darkling.
—¿Qué es eso? —había preguntado Jason cuando se reunieron en la puerta principal.
—La obra de Horace.
—¿De qué hablas?
Phil tensó la mandíbula. Le dolían las costillas.
—Ya habrá tiempo. Ahora debemos irnos de aquí.
—¿A dónde iremos?
Phil se limitó a responder:
—El bosque.
El estómago le rugió. Se movió y sus cadenas cantaron.
Echó otro vistazo a su reflejo en el espejo.
Esta vez, en lugar de su rostro, halló una profunda hondonada.
Pensó que debía ser noche cerrada fuera, la oscuridad se había extendido.
Sus tripas clamaron una vez más. Phil contrajo la cara.
Se irguió cuando oyó un sonido de pasos entre las sombras.
—¿Philip? —llamó Elise, desde una distancia segura donde Phil pudo reconocer su silueta—. Phil, ¿eres tú?
—Sí. Elise. —No pudo evitar una sonrisa—. Soy Phil.
La joven emergió de la oscuridad como un ángel salvador.
Su ángel. Elise se acercó con cautela. Philip se levantó de su lecho improvisado (varias sábanas amontonadas en el suelo cerca de las argollas que asían sus cadenas) y mantuvo las distancias.
Ella avanzó otro paso, Phil, por instinto, retrocedió otro; las cadenas repicaron.
No se creía capaz de olvidar la maldición que llevaba dentro, una maldición que podía irrumpir en cualquier momento y herir a Elise.
«Yo no lo dejaré. Moriría antes de que Darkling le ponga sus manos encima —pensó—. Mis manos ».
De pronto, un eco en su cabeza le recordó: «Si tú mueres, él regresará a través de Jason».
—Te he traído un poco de la cena de esta noche —dijo Elise. Alargando las manos, le entregó los alimentos envueltos en un pañuelo blanco.
Phil los tomó.
—Gracias, Elise.
Ella le devolvió la sonrisa. Phil pensó que no había visto nunca nada más hermoso.
De pronto escuchó una voz que venía desde atrás y varios pasos que se acercaban.
Elise y Philip, atemorizados, se volvieron al unísono.
—¿Elise? —dijo la inesperada visitante. Philip reconoció su voz antes de ver su cara—. ¿Qué haces...?
No acabó la frase.
La cena fue una velada tranquila, llena de silencios.
Por lo visto, Mary no era la única a la que el comedor le traía perturbadores recuerdos de la última vez que estuvo en él.
Lo podía ver en las caras de sus primas.
Encubrió un estremecimiento cuando evocó la imagen más vívida que tenía de aquella noche: el rostro de Richard Katterblack siendo suplantado por la horrible faz de Darkling.