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—Oh, por favor —dijo, respingado—. Me alegro de no haber visto una escena tan espantosa.
Y rodeado de púlpito. Estaba en la iglesia Saint Peter, acompañando a mi viuda cuñada, cuando nos enteramos de los acontecimientos.
El reverendo detuvo su sermón para calmar a los presentes, pues un loco entró de sopetón al templo y gritó a viva voz que el sepulturero se había arrojado de la azotea del ayuntamiento y estaba muerto. La algarabía estalló.
Gustav se limitaba a escuchar a aquellos dos.
No tenía ningún interés en intervenir en la conversación ni mucho menos revivir los recuerdos de aquel día.
Había estado en el mercado durante el escalofriante sucedo de esa tarde; de hecho, presenció desde no mucha distancia al hombre que saltaba al vacío.
En aquel momento lo acompañaba la señorita Katterblack, quien, atónita, había dejado caer de nuevo su manzana.
«Se llama Céline», recordó. Era una belleza, de la clase de señorita que su padre aprobaría para un potencial matrimonio. Como si su padre no conociera sus... gustos.
Gustav tuvo la impresión de que la joven Katterblack se desmayaría en plena calle.
Había gritado como loca llevándose ambas manos a las mejillas como la mala actriz de una pésima obra de teatro.
Salvo que en su caso no era una actuación.
Había estado aterrada de verdad. Gracias a Dios no sucumbió.
En cambio, había suplicado a Gustav que la ayudara a encontrar a su madre y su cuñada, con quien había estado hace un instante entre la gente del mercado.
Él, por supuesto, accedió como un caballero de brillante armadura.
A quien Gustav no vio durante la conmoción causada por la muerte del sepulturero, fue Stephen, quien lo había dejado a su propio cuidado en el mercado para atender un asunto con un boticario hadúno llamado Baal. Al menos eso había dicho antes de alejarse. Y que no tardaría demasiado.
De no haber tardado Gustav no hubiera conocido a la preciosa—y un poco melodramática— Céline Katterblack.
—¿El resto de los miembros del Gremio ya está al tanto de lo ocurrido? —se oyó preguntar Gustav.
Stephen amplió la sonrisa.
—Por supuesto —dijo. Entrelazó los dedos—. Ya lo saben. Todo el pueblo lo sabe, en realidad. Es la comidilla.
Más tarde, cuando Ephraim Westwick hubo partido de la morada de los Reedstter, Gustav tuvo la oportunidad para encarar a Stephen.
Stephen se estaba levantando del cómodo asiento tras el elegantísimo escritorio de caoba con remaches de oro cuando Gustav le pidió que se quedara allí, un poco más.
La expresión que se bosquejó en el rostro del señor Reedstter era una paradójica mezcolanza entre inquietud, desconcierto y la diversión.
Gustav volvió a tomar asiento. Iba a necesitar de todos sus bríos para poder actuar (y hablar) con mucho cuidado.
—Aún no te he preguntado, Gustav —inquirió Stephen—. ¿Cómo estuvo tu velada de anoche? ¿Ya escribiste el mensaje a tu padre?
—Sí —dijo, lacónico, Gustav—. Esta mañana la he enviado mágicamente a Moscú.
Stephen, por lo visto impresionado, arqueó las cejas.
—¡Vaya! —exclamó—. Eso ha sido muy rápido.
—Ha sido lo que tú me has solicitado. Si mal no recuerdo.
—Me hubiera gustado echarle una ojeada antes —dijo Reedstter—. Pero, supongo, lo importante es que ya debe estar en buenas manos. Confío en tu criterio, Gustav. Somos familia después de todo. —Esbozó una amplia sonrisa lineal—. Ahora dime, ¿qué me querías decir?
Gustav cuadró los hombros.
—Cateryna Dur —empezó—. ¿El nombre te suena familiar?
—Dur —repitió Stephen, como sopesándolo.
Arrugó el ceño. Al cabo sonrió—. Por supuesto que sé quién es Cateryna Dur, Gustav: es la Gran Ama del Clan Dur, a quien apodaron la Fecha Quebraza en honor a su padre, Arrow Dur, conocido también como la Flecha Veloz.
Los Dur son muy antiguos entre los servidores de la oscuridad. ..
—Estuvo aquí —lo interrumpió Gustav. No le interesaba oír la cháchara histórica de los nigromantes. Ya sabía lo único que necesitaba saber: y eso era que los Dur habían asesinado a varios miembros notables de la familia Wolfgang en el pasado—. ¿No es cierto?
Anoche, tras enterarse de la visita de Cateryna, Gustav decidió que debía persuadir a Stephen para que lo llevara ante ella y vengar por fin a sus antepasados.
«Padre estará orgulloso —pensó. Cateryna era la última de la antiquísima estirpe de nigromantes Dur. Si le daba muerte, los Altos Seguidores podrían darle un escaño en el consejo y, quizá, algún día incluso podría ocupar el puesto de su padre como Principal—. Eso es todo lo que quiero».
Reedstter se irguió hacia atrás.
—¿Cómo lo sabes? —preguntó.
—El aroma de los nigromantes es inconfundible. Como bien sabes. Lo noté apenas entré a la mansión.
—Ya. —Reedstter no pareció convencido. Tampoco parecía aterrado de que Gustav hubiera descubierto sus vínculos con oscuros, lo que podría traerle consecuencias terribles a él y su familia.
El secreto de las relaciones entre los Reedstter y los servidores de la oscuridad era el secreto mejor guardado de esta familia.
O al menos así era hasta la noche anterior.
Stephen arqueó una ceja—. Pero ¿cómo podías saber que se trataba precisamente de Cateryna Dur?
—Giselle —reveló Gustav, sin más—. Sabe quién es Cateryna Dur, lo que me hace pensar que no es la primera vez que viene aquí. Has dejado entrar a una nigromante a tu hogar, lo que podría poner en peligro las vidas de tu esposa y tu hijo Nathaniel. ¿Has pensado en eso?
—Sí. —Stephen sonrió con descaro—. Y nada les ocurrirá, Gustav. Cateryna Dur no está en el pueblo para atacar a los leales a su amo.
«Leales», pensó Gustav, escondiendo su asombro.
Reedstter se refería a Mormont. Helio IV Mormont era el Gran Amo a quien le rendía lealtad el clan Dur que presidía Cateryna.
Reedstter le estaba confesando que era un vil traidor.
Con todo, mantuvo el semblante impávido.
«Acabaré con dos escorias al mismo tiempo —se le ocurrió—.
Mataré a Cateryna Dur y entregaré a este traidor a los Altos Seguidores.
El nombre de Reedstter quedará manchado para siempre».
—¿Qué harás al respecto, Gustav? —preguntó Stephen. Hablaba con infinita calma. Sus manos no estaban a la vista.
Gustav respondió:
—Nada.
Si aquella palabra sorprendió a Stephen, este no dio muestra de ello.
—¿Por qué? —preguntó.
Gustav ya había previsto esa cuestión.
—Porque —contestó— desde que mi antepasado Richard Wolfgang ocupó el lugar de su hermano como patriarca de la familia, hace casi ochenta años, nosotros hemos servido en secreto a los Mormont. Y esto, Stephen, es algo más que tenemos en común.