Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 27 #4
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—No. —Gustav no le quitaba los ojos de encima—. Stephen ha ido a la botica de un tal... ¿Baal? Me pidió que esperara aquí, pero ya ha pasado mucho tiempo desde que se fue. No sé si debería preocuparme o regresar a casa antes de que caiga la noche.

—Volverá —le aseguró Céline. Si algo tenía Stephen Reedstter, era que siempre cumplía su palabra.

Gustav suspiró.

—Eso espero —murmuró, desviando los ojos un instante. Luego preguntó—: Y tú, ¿has venido sola al pueblo?

Ella negó. Fue lo único que pudo hacer. A continuación, estalló el caos en el mercado («De nuevo», pensó Céline en ese instante.) Primero, se oyeron gritos, gritos agudos, de espanto.

Después, un barullo de voces, y la gente empezó a caminar en tropel hacia la calle Yellowfield.

Por alguna razón, Céline, aferrando con fuerza la manzana en su mano, siguió el flujo de personas.

No divisaba a su madre o a Coselin o la carriola de Vincent por ninguna parte. Tuvo miedo.

De pronto un brazo rodeó el suyo y la condujo con delicada firmeza entre el gentío curioso que iba hacia el origen del caos, en Yellowfield; específicamente, en el edificio de tres plantas del ayuntamiento.

Había una multitud creciente al frente. Algunos apuntaban con sus manos hacia la azotea.

Allí, Céline vislumbró la silueta de un hombre recortada por la luz de media tarde.

Estaba de pie en el borde del edificio. A treinta metros del suelo.

¿Acaso pensaba arrojarse? Entre las personas que estaban en la entrada del ayuntamiento, mirando hacia arriba, reconoció al sheriff Sawyer, el alcalde Oakwater y el doctor Startclyde.

A quien Céline no lograba distar era al hombre que estaba en la azotea, mirando el cielo, inmóvil.

La multitud crecía. Llenaba la tensa atmósfera con sus voces.

Gritaban. Pedían que alguien hiciera algo.

Apuntaban arriba. Céline sentía su corazón golpeando su pecho in crescendo.

Volvió la mirada hacia los tres hombres distinguidos que reconoció hace un instante —Sawyer, Oakwater y Startclyde— y vio que entraban en el ayuntamiento de prisa y corriendo.

El hombre en la azotea también debió verlos porque, un segundo después, saltó al vacío.

Al atardecer Elise, Mary y Sam regresaron a la mansión tras sus lecciones de combate.

Entraron por la puerta de la cocina —el único acceso por el que se podía salir al jardín desde esa parte de la casa, el otro sería rodearla—, donde Adler les esperaba con una amplia sonrisa, galletas de mantequilla recién hechas y leche fría, para saciar la sed.

Los tres, exhaustos, comieron con ojos alegres propios a los de unos niños de tres años.

Sam se llenó el buche con tres galletas a la vez.

Elise y Mary se echaron a reír cuando el chico empezó a toser, llevándose una mano al pecho, los ojos húmedos. Y se asquearon cuando Sam expulsó una flema parduzca con trozos de galleta masticados. Entonces fue el turno de Sam de reír.

—Señoritas. Sam. Están aquí —dijo Tara, al irrumpir en la cocina en medio de las carajadas del chico. Parecía intranquila.

—¿Qué ocurre, Tara? —preguntó Adler, con tono jovial, arrugando el ceño y con una sonrisa en los labios. Por lo visto Mary no era la única que había advertido aquella inquietud en la mucama.

—Sí, Tara, ¿qué ocurre? —dijo Elise.

La mucama parecía al borde de las lágrimas.

—La señorita Céline acaba de regresar del pueblo —informó—. Y parece que algo terrible ha sucedido en el mercado.

—¿Dónde está Céline? —preguntó Mary.

La encontraron en la sala común un minuto después.

Estaba sentada en uno de los muebles, sollozando desconsolada en el hombro de su hermano.

Leonard le acariciaba el hombro con la mano que le rodeaba la espalda y miraba ceñudamente a su madre y a su esposa, Coselin, que estaban en la misma estancia, la última con el pequeño en sus brazos.

Al entrar, todas las miradas se volvieron hacia los tres recién llegados.

—Allí están —dijo Alice—. Qué alivio.

Elise cruzó la estancia. Se sentó junto a su hermana y Céline paró de llorar un breve instante para cambiar el hombro de Leo por el de Elise.

—Hoy ha acontecido algo terrible en el mercado —informó Leonard—. Un hombre saltó de la azotea de la comisaria frente a una multitud. Céline lo presenció. —Los sollozos de Céline aumentaron al oír aquello. Leo continuó—: Se trataba de Wallace Flint.

—¿Wallace? —repitieron Elise y su madre al unísono.

El nombre por supuesto resultó familiar a Mary. Sin embargo, era el vaticinio de la señora Richmond en lo que pensaba en aquel momento. «Habrá tres muertes en River Town antes de que la verdad te sea revelada». Acaso ¿la de Flint era la primera de tres?

—Wallace era cómplice de Horace Holbrooke en la creación del cuerpo de Darkling a partir de miembros de nuestros difuntos —explicó Leonard, breve—.

Por ello había sido acusado y confinado a pasar lo que le quedaba de vida en las celdas encantadas, donde ni sus sombras podrían ayudarlo a escapar.

—No obstante, deducía su primo, había recibido asistencia de alguien.

.. un infiltrado dentro del ayuntamiento, tal vez.

.. quien le abrió la puerta desde fuera.

Este era el único modo de salir de aquellas celdas.

Flint evadió a los oficiales que rondaban el edificio y subió a la azotea, donde medio pueblo lo vio saltar al vacío a continuación.

Algunos curiosos, que se acercaron antes que el hombre tocara fondo, fueron salpicados de sangre, sesos y trocitos del hueso del cráneo, que quedó hecho un amasijo.

Otros, más observadores (quizá demasiado para su propio bien), aseguraron a las autoridades que el hombre estaba poseído. Aun así, nadie lo detuvo.

—¿Qué hay del sheriff Sawyer? ¿Dónde estaba? —preguntó Elise.

Céline había parado de llorar a mitad del relato de su hermano.

Parecía abstraída. Enjugó sus lágrimas con un pañuelo de seda blanco que le tendió su madre y siguió prestando atención con el mismo interés que si no hubiera presenciado aquel suceso con sus propios ojos y oídos.

A lo mejor desconocía algunos detalles, pensó Mary.

—Estaba en el mercado —alegó Céline—. Yo lo vi. Sawyer estaba entre la multitud mirando a Wallace en la azotea; Oakwater y Startclyde lo acompañaban.

—En efecto —asintió Leonard—. Los tres estaban allí. Intentaron evitar la tragedia, pero cuando entraron al edificio el pobre desgraciado de Wallace Flint decidió que su hora de partir había llegado.

—Leonard, ¿crees que haya sido obra de Darkling? —preguntó Alice.

La sola idea pareció estremecer a todos los presentes. A Mary la que más. Con todo, no pudo evitar fijarse en lo serena que pareció Elise ante la posible implicación de Phil en lo ocurrido. A duras penas alzó una ceja. Ella había esperado una rotunda negativa, aunque en vano.

Leonard reflexionó.

—No estamos seguros —dijo por fin, suspirando—.

Ni siquiera estamos seguros de que Flint estuviera realmente hechizado o, puede incluso, poseído.

Es una posibilidad. En términos mágicos.

Y está el otro asunto que no podemos pasar por alto: Darkling se esconde en alguna parte del pueblo.

Ideando su siguiente movimiento. No se atreverá a asomar la cara mientras habite en el ser de Philip Holbrooke, por quien se le puede reconocer fácilmente.

Aun así, dicho esto, no se descarta del todo su participación en la liberación, o lo que sea, de Wallace Fli. ..

—¡No fue Darkling! —lo cortó Elise—. Estoy segura.

Los miembros de su familia pusieron su mirada en ella. Elise se encogió como una chiquilla asustada. O más bien nerviosa, pensó Mary.

—¿Por qué estás tan segura, Elise? —inquirió Leonard, ceñudo.

—Yo... yo... —barbotó Elise—. Una corazonada. Además, ¿qué obtendría Darkling asesinando a Wallace? ¿Librarse de un cabo suelto? ¿Qué podría haber dicho el viejo para que le costara la vida? Darkling no tiene tiempo para perder en juegos, eso quedó claro en su última acometida.

Tenía razón, debía admitir Mary. Pero había algo extraño en la voz de Elise, en el brillo de sus ojos. Sabía algo más que no estaba dispuesta a decir en aquel momento. Quizá la razón de sus extrañas desapariciones. Quién sabía.

Mary decidió descubrirlo.

—Puede que tengas razón —asintió Leo—. Sin embargo, es una posibilidad que no podemos descartar. Darkling sigue libre, por lo tanto, debemos cubrirnos las espaldas. —Se volvió hacia Céline. La miró severamente—. ¿Lo has entendido?

Céline le devolvió la vista, increpada. Se refería a su fuga de los adiestramientos de combate de esa tarde.

Se limitó a asentir.

—Parece que todos los que están vinculados a la creación del cuerpo de Darkling están condenados a morir —dijo Alice Katterblack—. Por su propia mano. Cobardes.

Mary no daba crédito a lo que estaba oyendo. ¿Acaso...?

—¿Eso quiere decir que Horace está muerto?

—Oh, Mary —dijo Céline, acercándose a ella—, ¿no lo sabes?

Despacio, Mary negó con la cabeza. Al parecer Horace Holbrooke se había quitado la vida en su celda el día anterior. «Cuando Phil lo sepa... —pensó, dando por hecho que no lo sabía a la sazón—. Pobre». Al mismo tiempo no pudo evitar pensar que con esa ya eran dos muertes. Quedaba una.

«... la verdad te sea revelada».

—Pues bien —dijo Leo, satisfecho. Y se puso en pie—. Ya hemos tenido suficientes tragedias. Esta noche cenaremos todos juntos en el comedor —agregó—. En familia.

—Flint ha muerto. —Reedstter sonreía de oreja a oreja—.

Yo mismo vi su cabeza hecha un amasijo frente a nuestro regio ayuntamiento.

Maldita sea. Debiste verlo, Ephraim: los sesos esparcidos, los gritos de pavor de los pueblerinos, la sangre, ¡mucha sangre!

, salpicada en todas partes. —Suspiró—. Parecía una obra de arte.

Ephraim bufó.