Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 27 #3
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—En efecto —oyó decir a la ardilla—. Puedo hablar. Mi nombre es Amsu. Y, como ven, soy un analim.

Mary casi desfalleció. En cambio, soltó un grito mientras pegaba un bote hacia atrás. Sam se echó a reír, como si hubiese oído una ocurrencia del animal parlante.

«Eso es —pensó Mary, recobrándose de su impresión—. Es un animal parlante». Había leído sobre los analims en la sección de criaturas mágicas en la Enciclopedia. Eran una especie de Hijos de Bosque rara vez vistos. Se crían extintos. Claramente no lo estaban.

—¿Qué quieres? —preguntó ella, la voz temblorosa.

La ardilla dio unos rápidos pasitos hacia Sam, con la flecha de Abby en su pequeño hocico. Se las entregó y retrocedió velozmente. No como si les temiera, observó Mary, sino como para prevenir que se asustaran. Sam tenía la flecha en una mano y la daga en otra.

Amsu sonrió.

—He venido a entregarte un mensaje, Mary —dijo. Su voz era inusual, ceremoniosa, como de un sabio—. Vengo del Reino de Escarcha, ¿lo conocen?

Los hermanos asintieron al mismo tiempo.

—De Borash —puntualizó Amsu.

Mary no recordaba que alguno de los nueve reinos de las hadas tuviera ese nombre; los había memorizado. Frunció el ceño.

—¿Borash? —repitió.

—Sí. Borash. —Amsu amplió la sonrisa—. Es donde viven las hadas privilegiadas como tú.

Mary no entendía. Solo se le ocurrió preguntar, una vez más, qué quería.

—Acompañarte —respondió Amsu—. A Borash.

—¿Ahora?

—Pronto.

Mary echó una rápida mirada a su hermano, que observaba a la ardilla parlante con turbación.

—No puedo —dijo ella—. No puedo abandonar a mi hermano. Además, no sé qué es Borash.

—No abandonarás a tu hermano —dijo Amsu, paciente—. Bueno, no por mucho tiempo... Y Borash no es un qué , sino un dónde . Allí es donde aprenderás a controlar tu don. Donde te encontraras con otros seres hadunos como tú.

Mary sabía de qué don estaba hablando. «Se refiere a otros que pueden ver a los muertos». El oscuro rostro de Claudine emergió de sus tinieblas mentales, gritando como una desquiciada: «¡Tú! Eres uno de nosotros». Parpadeó. Amsu seguía viéndola con sus alegres ojos.

Oyeron la voz de Andrew, no muy lejos, que llamaba a los hermanos. Se acercaba.

—¡Mary! ¡SAM!

Una lluvia de hojas verdes estalló sobre Mary y Sam, sopladas por una fresca ráfaga de viento otoñal. Una luz dorada dotada de hermosura se arrojó como una evanescente catarata. En aquel momento, Andrew apareció.

—¿Qué hacen aquí? —preguntó. Fruncía el ceño.

Mary ladeó la cabeza y, sin sorpresa alguna, comprobó que la ardilla parlante había desaparecido como por arte de magia.

Andrew, cruzado de brazos, seguía esperando una respuesta.

Los hermanos compartieron una mirada cómplice.

Fue Sam quien habló por los dos, dando un paso al frente y alzando la mano con la que aferraba la flecha.

—¡La hemos encontrado! —exclamó.

El pueblo estaba concurrido. El aire estaba impregnado con un sinfín de olores y voces en murmullo que provenían de todas direcciones.

El cielo, aquella tarde, lucía un bello azul claro que ajustaba con el atuendo que vestía Céline.

Era un precioso modelo azul cobalto con encaje blanco, que acababa de adquirir en la tienda de la señora Tawney.

No deseaba pasar un día más llevando pantalones de hombre; además de incómoda, se sentía desnuda con ellos.

«No soporto a Andrew —pensó Céline—. Y mucho menos a su insufrible hermana».

En realidad, no toleraba la idea de que aquellos dos jardineros le dieran órdenes como si se hubieran invertido los papeles en una obra.

Sabía que su improvisada evasiva le traería serios problemas con su querido hermano, pero aquel era un mal necesario que estaba dispuesta a sobrellevar.

Ya pensaría en otros pretextos para evitar los estúpidos adiestramientos de combate.

—Has estado muy callada, Céline —comentó su madre, que la tomaba del brazo.

Andaban a través del mercado que se encontraba en la calle más extensa del centro, Long River Side, flanqueada por docenas de puestos de los más variados productos.

Coselin, un tanto ensimismada, caminaba empujando la carriola del pequeño Vincent.

Se fijó que su madre la miraba, la ceja arqueada, esperando una respuesta—.

Supongo que has estado recapacitando en lo que has hecho —dijo, antes de que Céline pudiera contestar—. Leo se enojará contigo. Y mucho.

—Lo sé, madre —dijo Céline, con desdé—. Lo sé.

Su madre, insufrible, continuó:

—Sabes bien porqué lo hace, ¿no? —Céline asintió.

Su madre no parecía notarlo—. Quiere protegerlas.

Aquella... criatura —bajó la voz— ha estado a punto de matarte a ti y a tu hermana en más de una ocasión.

Deberías preocuparte más en aprender en cómo cuidar de ti misma, en lugar de.

.., no sé, buscar marido y comprar finos vestidos.

Yo lo habría hecho si hubiera tenido la oportunidad.

Céline lo dudaba. Pero se abstuvo de decirlo.

—Tienes razón, madre —dijo en cambio—. Como siempre.

Su madre asintió, satisfecha y sorprendida por su pequeña (aparente) victoria. Pero Céline no había acabado.

—Tienes razón —repitió—. Ya tengo muchos vestidos. No necesito enriquecer más a la señora Tawney, o eso hubiera dicho padre. Y, con respecto a lo de buscar marido, hace mucho que he encontrado al pretendiente indicado.

Alice Katterblack enarcó una ceja.

—¿Te refieres a Roland Falahee?

Céline, sonriente, asintió.

—Sí, madre. ¿Quién más?

—Oh, Céline, ¿qué diría tu padre si te oyera?

—Ya jamás lo sabremos. Padre está muerto. —Estas palabras le supieron amargo—. Leonard tiene ideas más progresistas, como ha quedado evidente con el asunto de los pantalones y las lecciones de combate, y estoy segura de que me dará su aprobación.

—Te equivocas. Leonard, si bien puede ser un poco más compasivo que tu padre, jamás accederá a semejante locura. Y yo tampoco, Céline —dijo su madre. Y la miró de arriba abajo, como si quisiera decir algo sobre su atuendo, antes de añadir—: Richard se levantaría de su tumba si te casaras con...

— ¡Alice! —llamó Coselin, cerca de un puesto de juguetes artesanales. Agitaba un caballito de madera ante el pequeño Vincent, que llevaba cogido en brazos; el bebé, de un año, cogió el juguete y se lo metió a la boca.

Alice se alejó de Céline —no sin antes echarle una mirada de escarnio— y se acercó a su nuera y su nieto.

Céline odiaba tener que admitirlo: su madre tenía razón.

«Como siempre. Leonard nunca permitirá que un matrimonio con Roland —se dijo, a su pesar—.

La gente común lo prohíbe. Ningún hombre negro, aun con la fortuna de los Falahee, puede desposar a una joven blanca.

”Hay leyes”, diría padre. “No deberías empeñarte en perseguir un cometido imposible, Céline. Sería una pérdida de tiempo. Y el tiempo es dinero que se esfuma ante nuestros ojos”». Sí, esas serían sus exactas palabras.

Suspiró. Ladeó la cabeza. Llamó su atención un puesto de lociones para damas (en la proclama el proveedor aseguraba que eran traídas desde París, la ciudad de la luz y el amor), pero al final se decantó por un puesto donde el fresco esplendor de la tarde se reflejaba en las rubicundas mejillas de un montón de manzanas.

El puesto de frutas. La vendedora era una vieja rolliza que se cubría los escasos cabellos blancos con una pañoleta azul.

Su sonrisa era una mueca desdentada. Céline ocultó apenas su aversión.

—¿Quieres una, jovencita? —dijo la vieja, ofreciéndole una provocativa manzana.

Céline, de pronto, recordó el cuento que Leonard solía contarles a hermanas de niñas: Blancanieves.

Una historia con un final truculento. Sintió escalofrío.

«Es solo un cuento de hadas, Céline —se dijo, alzando los ojos—.

Coge la manzana». Dedicó una escueta sonrisa a la vendedora y tomó la manzana que esta le tendía; sin embargo, la fruta resbaló de su mano, cayó al suelo y rodó hacia la calle.

Céline siguió la trayectoria. Un reluciente calzado de caballero cerró su paso antes que llegara al otro lado. El caballero en cuestión se inclinó y la recuperó. Con ella en las manos se acercó a Céline.

—Creo que has perdido esto —dijo. Y le tendió la manzana.

—Sí. Gracias. —Céline la aceptó con coquetería, pensando en lo que había dicho su madre sobre conseguir marido.

Sonrió. Aquel parecía un magnífico candidato: elegante, apuesto y, por el calzado, debía tener riqueza.

Céline conocía a todos los hombres casaderos (o no) de River Town y sus cercanías y podía jurar que este era un forastero, y de una tierra lejana a juzgar por sus rasgos.

—Me llamo Gustav Wolfgang —dijo el desconocido, que de pronto ya no lo fue. Hizo una educada inclinación sacándose el sombrero de copa alta con una mano y tomando la mano de Céline, para besarla en el dorso, con la otra—. Soy un invitado de...

—Sé quién eres —se adelantó ella—. Llegaste al pueblo con el delegado de los Altos Seguidores y te hospedas en la morada de los Reedstter, quienes, tengo entendido, son tus parientes lejanos.

—Y añadió al ver la ligera expresión sorpresa en la cara del Wolfgang—: Como habrás notado, este es un pueblo pequeño.

Y aquí es bien conocida la frase: «En River Town no hay lugar para los secretos». Tampoco para intimidades.

Gustav sonrió. Tenía una risa agraciada, comedida.

—Es un placer conocerte...

«Qué tonta. No le he dicho mi nombre». Hizo una rápida inclinación cogiéndose los costados de la falda.

—Céline —dijo ella—. Céline Katterblack.

Gustav levantó un poco las cejas.

—Katterblack —repitió, como sopesando el apellido—. Tengo el gusto de conocer a tu hermano, Leonard, que es un hombre honorable y con mucha decisión.

«Eso último sin duda —pensó Céline, sonriendo cínicamente—. Y resulta irritante». En fin, no quería hablar de Leonard.

—¿Has venido solo? Al pueblo, quiero decir —preguntó ella.