Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 27 #2
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—No —espetó Andrew, sacudiendo el hombro donde su hermana le había puesto la mano—. Eso es lo que ella, Céline, quiere... Y no permitiré que se salga con la suya. —E hizo ademán de avanzar hacia la mansión, pero se detuvo.

Mary siguió su mirada.

—¡Vaya! —profirió Andrew, alzando las manos, con una brusca sonrisa—. ¡Miren quién ha decidido aparecer!

Elise se acercaba al lugar de entrenamientos, corriendo, la frente perlada de sudor.

Mary no había esperado ver nunca a una de las hermanas Katterblack en aquel estado.

Dudaba que alguna vez viera a Céline de ese modo.

Una nunca sabía. Cuando llegó, jadeaba exhausta, tenía las mejillas rubicundas y la frente brillante.

Elise respiró hondo antes de encarar a su orador de combate.

Andrew la fulminaba.

—¿Dónde está tu hermana?

Elise parpadeó.

—¿Céline? —Ladeó la cabeza—. No vendrá.

—¿No? —espetó Andrew.

—No.

—¿Por qué?

Elise regresaba de su habitación, donde se había puesto no con poca dificultad los pantalones para asistir a los adiestramientos de ese día (Tara no estaba cerca, dijo), cuando se encontró a su hermana, a su madre y a su cuñada, con el pequeño Vincent en brazos, saliendo por la puerta principal.

Elise corrió hacia Céline, para detenerla, pero su hermana apresuró el paso y se marchó con el resto de las mujeres Katterblack.

El coche ya las esperando para ir al pueblo.

Céline no dio explicaciones, finalizó Elise, simplemente huyó.

Andrew escuchó atento, impasible, el relato de Elise. Cuando esta terminó, resopló bruscamente y se volvió. Por supuesto, no había nada que pudiera hacer, pensó Mary. No podía ir a buscar a Céline en el pueblo. Esta vez había ganado. Leonard se haría cargo cuando fuera informado.

—Pues bien —dijo por fin Andrew, girando sobre sus aprendices—. Empecemos.

Abby dio un paso al frente.

—Hoy aprenderán a usar las armas de los seguidores de la luz —dijo—. Escogerán ustedes con cuál quieren empezar. Aunque Andrew y yo hemos planeado enseñarles a utilizarlas todas. Al menos hasta que encuentren su predilecta.

Hizo un gesto con la mano para señalar la mesa que habían dispuesto antes siquiera de que Mary y Sam llegaran al jardín.

En la mesa había todo tipo de armamento.

Mary recordó haber visto algunas en una de sus visitas al arsenal de los Katterblack.

Había dagas, espadas, sables, guadañas, látigos (de seis colas o simple), un hacha, una lanza, una ballesta, un arco y flechas.

.. Sam, a ojos vistas maravillado por todos aquellos objetos, se decantó por la ballesta.

La tomó con dificultad, puesto que a simple vista era un mecanismo pesado de madera y hierro; la sopesó y la alzó, con un brillo vibrante en sus enormes ojos jade.

—Es fantástica —murmuró.

—Y muy grande y pesada —añadió Andrew en tono categórico. Sonreía—. Quizá debas intentar con esto.

Sam bajó la ballesta y cogió la daga que le tendía Andrew.

—¿Qué es?

—Se llama daxarus —dijo Andrew—. Es una daga de hoja larga. Una de las más letales. Tiene un equivalente oscuro, que utilizan los nigromantes, llamada adamantus . —La sonrisa se amplió en sus labios.

Sam abrió muchos los ojos y separó los labios con asombro.

Luego sonrió. Blandió la daga contra el aire.

Andrew se echó a reír. Abby retrocedió un paso, precavida.

Mary miró a su hermano con cierta aprensión.

Por supuesto que le inquietaba la visión de su hermano con un arma filosa, letal, como aquella.

Pero hacían parte de los adiestramientos.

«Si quiero que esté a salvo —pensó como único consuelo—, debo permitir que se haga fuerte.

No será un niño siempre. Ninguno lo somos».

Sonrió con un suspiro.

—Yo empezaré con lo básico —oyó decir a Elise.

Mary se volvió. Su prima cogía lentamente un arma que ella reconoció enseguida.

Recordó la primera vez que tomó una nuxus , susurró su nombre, y la hoja se iluminó en sus manos.

Y un segundo después la dejó cuando Andrew la interrumpió.

Parecía que había transcurrido un siglo desde entonces.

La nuxus , como había leído Mary en la Enciclopedia, fue la primera arma mágica que se inventó para el uso exclusivo de los seguidores de la luz (claro está, después de las espadas familiares).

Un arma de hoja corta y curveada, y empuñadura envuelta en cuero en lugar de marfil u otro material sólido que solían tener las armas manuales.

—Gran elección, Elise —apremió Abby con una sonrisa escueta. Después, se volvió hacia Mary y preguntó—: ¿Y qué elegirás tú?

Ésta volvió la vista hacia las armas en la mesa e identificó un bastón blanco con un pomo de cristal ( illuminatus , recordó de pronto; había leído sobre los bastones de luz en la Enciclopedia). Se acercó y estuvo a punto de cogerlo cuando otra arma llamó su atención.

—¿Estás segura? —preguntó Abby, con el ceño fruncido.

Mary asintió, con el objeto de su elección en las manos.

—Sí.

Abby dudaba; se le notaba en la cara.

—Aprender a disparar con lleva muchos, muchos años de entrenamiento —explicó—. Yo comencé a los nueve, y soy buena (o eso me han dicho) porque he practicado el tiro cada día de mi vida desde entonces.

—Puedes encontrar un rastro de árboles magullados en el bosque con los que Abby ha practicado, si buscas bien —intervino Andrew, ligeramente divertido—. Creo que no tenemos mucho tiempo para enseñarte a usar el arco. Quizá después.

Mary bajó la vista, abstraída, hacia la preciosa arma que tenía en sus manos.

El arco, que pesaba lo mismo que una rama seca, había sido tallado de la madera de un olmo blanco con un fino acabado en oro.

Las fechas, que eran de otro tipo de madera, tenían el metal mágico en sus letales puntas e iban adornadas con plumas negras de cuervo.

Mary no se había decantado por el arco porque quisiera aprender a usarlo.

No ahora. En realidad, el arma, a la vista, había llamado su atención.

Abby se acercó a Mary.

—Me lo obsequió mi padre hace mucho tiempo —explicó, con una sonrisa nostálgica—. No sé por qué lo he traído. Pero cuando lo vi allí, donde estaba guardado desde que mi padre se fue hace cinco años, en un viejo baúl de mi habitación, no pude devolverlo a su lugar.

Mary asintió. Luego le entregó cuidadosamente el arco a Abby.

Andrew, se fijó Mary por el rabillo del ojo, tenía una expresión disoluta en el rostro, la vista puesta en su hermana.

—¿Qué tal si nos haces una demostración? —propuso.

Abby alzó la mirada y arrugó el ceño.

—¿Qué?

—Sí —instó Sam, alegre, con la daxarus aún en sus manos—. Muéstranos.

Abby echó otro vistazo al arco blanco. Luego, trazando una tenue sonrisa, se enjugó la humedad de los ojos con el dorso de la mano, aferró el arco y tomó una flecha de la mesa.

Acto continuo, adoptó su posición de tiro: separó los pies, bajó y alineó los hombros en tanto tensaba la flecha en la cuerda, y enderezó la espalda.

Tenues ráfagas de viento agitaron mechones de cabello dorado ante su cara.

Abby los apartó con un gesto de la mano antes de volver a coger el arco.

Mary, emocionada, contuvo un instante la respiración.

Se fijó en la postura de Abby, en la concentración que traslucía en su mirada inescrutable.

Parecía que se adaptaba al arma que tenía en sus manos a la perfección.

Y así era. Abby apuntaba hacia un árbol en el inicio del bosque que se erguía el jardín de los Katterblack del flanco occidental. Inhaló hondo, y exhaló

Y soltó la cuerda.

La flecha zumbó en el aire como una enorme abeja, y desapareció entre los árboles, en lo profundo del bosque. Abby había fallado su tiro, pero eso no parecía molestarle. Sonreía de oreja a oreja, aferrando el arco con sus manos con fervor, como si se tratara de la mano de su padre.

— ¡Yo voy a por ella!

Mary oyó que alguien corría. Apenas vislumbró un amago de su hermano enfilando el bosque a toda prisa antes de perderlo por completo de vista.

—¡Sam! —gritó.

—Déjalo —intentó tranquilizarla Andrew—. Estará bien. Que la busque.

—No —dijo Mary. Y echó a correr hacia el bosque, oyendo el llamado de Andrew a su espalda.

En el bosque correría peligro. A Sam podía atacarlo un Fenrir o un argón.

Como sucedió a Kedr, el mensajero de Silas Katterblack.

Andrew tal vez no conocía la historia. Pero ella sí, el difunto Sutr se la había contado en una ocasión.

El bosque la engulló. Al menos esta fue la inquietante sensación que advirtió Mary, cuando las copas de los árboles taparon su visión del cielo.

El día soleado, de pronto, quedó eclipsado por la espesura de las copas de los árboles, y el entorno se encontraba plagado de sombras y siluetas, y una brisa aullaba por lo bajo.

Un escalofrío le rectó a Mary por la espalda.

El aire era fresco e inquietante. Sus pies al menos pisaban tierra firme, y no pozos pantanosos como en el bosque de River Town, pensó, recordando días anteriores, fríos y lluviosos.

Sam gritó: «Mary, ¡por aquí!», y ella, con la garganta encogida, echó a correr hacia él.

Lo encontró inmóvil, con el brazo que aferraba la daxarus caído a un lado del cuerpo. Mary casi se abalanzó sobre él, lo tomó por los hombros, y lo escrutó de arriba abajo para asegurarse de que estuviera bien. Lo estaba. Sin embargo...

—Sam —exclamó—, ¿has pedido la cabeza? Aquí es peligroso.

Su hermano no pareció escucharla. Miraba a la distancia por encima del hombro de Mary.

—Mira —dijo su hermano, y apuntó con la hoja de la daxarus .

Ella se volvió y miró. A escasos pasos de distancia estaba una ardilla, de reluciente pelaje rojizo, mirando a los hermanos con unos inteligentes ojillos oscuros. La flecha de Abby estaba a sus patas.

Mary se volvió hacia Sam.

—Debemos irnos.

—Habla —dijo Sam.

Ella arrugó el ceño.

—¿Qué?

—La ardilla —señaló el jovencito— habla.

Mary se volvió.