Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 27
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ARCO Y FLECHA

Al día siguiente, Elise volvió al sótano.

Esta vez también respondió Philip cuando ella lo llamó. Fue un verdadero alivio.

—Traje un huevo y un emparedado —dijo Elise. Y le tendió el comestible al joven, que se arrastró hasta sus pies como un cachorro encadenado. El huevo duro y el emparedado de carne estaban envueltos en un delicado pañuelo de lino blanco—. Además, te he llenado la cantimplora.

—Gracias, Elise.

Philip tenía la voz un poco carrasposa. Cogió la vasija y le dio un profundo sorbo.

Ella sonrió cuando lo oyó suspirar satisfecho.

Phil empezó a comer. Elise se lo quedó viendo con una leve sonrisa en los labios.

Aunque, pensó, no debería reír en absoluto en vista de su precaria situación.

Pero no podía evitarlo. Recordó la primera noche que se encontraron: fue una semana después de la muerte del padre de Elise.

Regresaba a su habitación tras haber dado un paseo por jardín, llorando por su padre, cuando una sombra la tomó sorpresivamente por detrás.

Ella intentó gritar, pero una mano suave y llena de tierra le cubrió la boca.

«No grites, por favor», le había susurrado al oído.

Ella lo reconoció al instante.

La sombra la soltó y, cuando ella se volvió, aún sobresaltada, se encontró a Philip.

El joven estaba cubierto de tierra, pasto y sudor, tenía la ropa desgarrada y sucia, e iba descalzo.

Su aspecto era en general deplorable. Sin embargo, cuando se vieron cara a cara, una sonrisa se amplió en el rostro de Phil y el corazón de Elise se enterneció como nunca antes al verlo.

No pudo evitarlo. Ella no sabría decir exactamente por qué hizo lo que hizo a continuación (o más bien prefería omitir este detalle de sus recuerdos).

Se arrojó sobre Phil, lo abrazó... y lo besó.

Sí. Así fue como Elise Katterblack dio su primer beso.

Philip la había estrechado por la cintura con una delicadeza tal como si temiera romperla.

Se fundieron en aquel beso hasta que ella cayó en la cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Se apartó, asustada y nerviosa, y le dio la espalda a Philip.

Él, naturalmente —como todo un caballero—, intentó atribuirse toda la culpa por aquel arrebato.

Elise no lo permitió: se volvió y lo besó de nuevo.

«Fue mi culpa —había dicho ella, en el instante en que sus labios se separaron—, y no me arrepiento».

Se ocultaron entre los árboles del bosque colindante del jardín.

Allí, Phil procedió a contarle que había estado escondido en el bosque de River Town desde los sucesos en la casa Holbrooke.

Loreen, la líder del bosque, los había encubierto a Phil y a Jason durante la búsqueda que montó el Gremio cuando estos se presentaron en el hogar de los Hijos del Bosque.

Philip había decidido dejar a su hermano al cuidado de Loreen (quien era su tía, le confesó) para evitar que, llegado el momento, Darkling intentase hacerle dañarlo para herir al propio Phil.

—Pensé en venir aquí —explicó Philip—. Antes he ido a la casa de Atwood, pero está vigilada por hombres del sheriff Sawyer.

Con todo, me encontré con ella a través de una ventana que da hacia el sótano, evadiendo a los oficiales.

Ella me aconsejó irme del pueblo por un tiempo, pero no puedo abandonar a Jason. .. Él es...

No acabó la frase. Elise le puso una mano en el hombro.

—Lo sé —le dijo. «Jason es lo único que te queda».

En aquel momento, Philip se recargó en ella y lloró en su hombro. Elise lo consoló, acariciándole el cabello, susurrándolo que todo estaría bien, aunque ella no tuviera la certeza de que fuera cierto. No se le ocurrió, entonces, que Darkling podía emerger en cualquier segundo y estrangularla.

En el sótano de los Katterblack había todo tipo de trastos viejos (muebles, estantes, cuadros, adornos imponentes) cubiertos con mantas blancas, lo que le daba el aspecto de Purgatorio con todos aquellos fantasmas vagando hasta la eternidad.

Pensar en eso la hizo estremecer. El lugar era tétrico.

Y no había mejorado en absoluto con la llegada del muchacho.

Philip estaba encadenado por los tobillos y las muñecas con cadenas de plata, un material que servía para neutralizar los poderes de los seguidores de la luz y los servidores de la oscuridad.

Loreen las había conseguido para él, explicó Phil a Elise.

Las cadenas estaban retenidas en argollas empotradas a la pared de piedra, que, por casualidad, Elise y Philip descubrieron la primera vez que bajaron al sitio oscuro para una rápida inspección.

Elise había sustraído temporalmente varias prendas de ropa del guardarropa de su hermano para Philip, entre ellas la blanca camisa de lino y los pantalones que llevaba puesto ahora.

Ante al chico, y reclinado contra un escaparate cubierto con una sábana blanca, estaba un espejo con un precioso marco de hojas doradas.

Elise no recordaba que estuviera allí antes, al menos no descubierto.

Se preguntó si habría sido Philip, o...

—No deberías venir aquí... tan seguido.

Phil habló mientras engullía su emparedado; la miraba desde abajo con una expresión impasible, ceñuda. Qué atractiva era su mirada, pensó Elise. Esbozó una tenue sonrisa. Aquel no era el momento reparar en las partes atractivas que componían al muchacho, ni mucho menos. Suspiró.

—¿Y quién te traerá comida y ropa? —repuso—. ¿O cambiará tu balde de desechos? ¿O te leerá? ¿O...?

—Es muy peligroso —insistió Phil. Y con justa razón.

Aunque ella aún no lo había visto en persona (algunas veces había escuchado su voz), sabía que la maldición de Darkling ya estaba causando efectos en su nuevo anfitrión.

Phil se puso en pie con una honda exhalación, lo que hizo tintinar las cadenas—.

Además —añadió, extendiendo su mano para acariciar la mejilla de Elise—, yo soy bastante capaz de leer sin ayuda. Gracias.

—Pero... —quiso protestar Elise.

Philip le puso un dedo en los labios.

—Sí, debo admitir, tú lo haces mucho, mucho mejor.

Luego se inclinó hacia adelante, para besarla, pero se detuvo, mirándola de arriba abajo con el ceño fruncido.

—¿Por qué estás vestida así? —le preguntó.

—¿Qué...?

Elise siguió la mirada ceñuda del muchacho, fija en sus pantalones.

Phil no parecía escandalizado por su peculiar atuendo, sino divertido y ligeramente confundido.

Elise había olvidado por completo contarle sobre las lecciones de combate, que empezaron el día anterior, con los hermanos Treddaway como oradores.

—¿Abby y Andrew? ¿De verdad? —Phil daba la impresión de contener una sonrisa. No una sonrisa sardónica o vanidosa, sino de gusto.

—Sí. —Elise sonrió—. Son maravillosos.

—Lo sé. ¿Y de quién ha sido la idea?

—Leonard —dijo ella—. Quiere protegernos, o que podamos protegernos nosotras mismas, en caso de que se presente alguna eventualidad o...

La calmosa expresión de Philip no varió, aunque por un brevísimo instante Elise vio una sombra atravesando su mirada como si hubiera oído el resto de la frase en sus pensamientos: «... o aparezca Darkling». A lo mejor no hacía falta que las hubiera oído. Fácilmente podría adivinarlas.

—Yo creo —repuso, por fin, Philip— que tu hermano es un hombre astuto. Es una idea estupenda. Y, ciertamente, tú, Céline y Mary aprenderán mucho de los Treddaway. —Frunció el ceño—. Por cierto, ¿Céline también lleva puesto uno de estos pantalones?

Elise sonrió.

—Sí. Por supuesto tuvo un arrebato. Pero Leonard supo hacerle cambiar de parecer. Aún no está muy contenta.

—Dudo que algún día lo esté. —Philip carcajeó. Y añadió—: Vaya, parece que ese es otro atributo que podemos acreditar al nuevo señor Katterblack.

«El nuevo señor Katterblack», pensó Elise.

No olvidaba, ni mucho menos, que el “anterior señor” había sido su padre, asesinado por el hombre que tenía en frente, y a quien amaba con todo el corazón.

Dolía, sí. Pero estaba dispuesta a soportar este dolor.

Quería estar al lado de Philip cuando el inevitable momento llegara.

Oyó el tintinar de las cadenas y salió de su ensimismamiento. Phil la contemplaba con ternura y pesar.

—No debí decir eso del nuevo señor Katterblack —dijo—. Lo siento, Elise.

—Descuida —dijo ella, esbozando una fina sonrisa. Se puso de puntillas y le dio un ligero beso a Phil en los labios. En otra época esto le habría parecido un sueño lejano. De pronto se acordó que llegaba tarde para sus adiestramientos—. Debo irme ahora, o todos empezarán a buscarme.

—¿Estás segura de que nadie sospecha?

Ella sonrió. Otro beso.

—Sí —dijo—. Estoy segura.

—¿Dónde están? —preguntó Andrew, irritado, a nadie en cuestión.

Abby, Mary y Sam se miraron unos a otros y, al unísono, encogieron los hombros. Aquello pareció aumentar la ira de Andrew, que empezó a caminar de un lado a otro como un energúmeno, refunfuñando.

Abby se cubrió los labios, intentando ocultar una sonrisa. Sam hizo lo mismo al ver que la actitud del orador de combate divertía a su hermana.

Mary, asimismo, contuvo una risita al pensar que el comportamiento de Andrew le recordaba al arrebato propio de un niño de seis años (al pequeño Sam, tal vez), lo cual resultaba tierno y comprensible.

Comprensible, pensó, porque su enfado por la ausencia de Céline y Elise en el jardín lo justificaba.

Mary no sabía dónde estaban sus primas. Céline seguramente se estaba haciendo de esperar adrede para hacer rabiar a Andrew.

Elise, por otro lado, había desaparecido misteriosamente (lo mismo que desde hace dos meses) tras las lecciones con la señorita Atwood.

«A lo mejor ha ido a su habitación a ponerse su indumentaria: pantalones de hombre y su camisola sin teñir», supuso Mary.

Sin embargo, había tardado demasiado tiempo. ..

—Podríamos comenzar sin ellas —sugirió Abby.