Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 26 #4
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Mary asintió y procedió a contarle sus sospechas sobre aquel ataque de lobos Fenrir, de la que Philip y ella salieron ilesos de perillas.

Sospechaba que Loreen los había enviado a asesinarla.

Ella estaba segura; lo había notado en su voz al decir la palabra «peligro» en su oído.

Loreen, además, tuvo oportunidad de salvarlos a ella y a su hermano el día del asalto en el camino del bosque.

Avisada por la voz en el viento, pudo haber impedido que Mahlon West se llevara a Sam, enviando a la hueste de centauros. Pero no lo hizo.

No hizo nada.

—Loreen es malvada, lo sé —añadió Mary—. Hace cosas terribles. No debería ser la Líder del Bosque.

—No —dijo Andrew, sombrío—. Y yo me encargaré de que eso cambie.

—¿Qué quieres decir?

«Espero que no haya dicho en serio lo de matarla». No le preocupaba que Andrew se manchara las manos con la sangre de su tía — su sangre—, sino que el propio muchacho pudiera acabar herido en el intento, o algo mucho peor.

Andrew apartó la mirada y suspiró.

—Ya te lo dije: juré que la mataría.

—¡No puedes hacer eso!

—Claro que sí —repuso Andrew; la miraba con dureza. Esta vez sus ojos, más que escalofrío, le causaron terror. Cuadró los hombros—. Ciertamente no podré hacerlo mientras sea líder, porque me acarrearía la pena de muerte a manos de los Hijos del Bosque. Primero planeo que ellos la depongan.

—¿Cómo harás eso? —preguntó Mary. La idea le inquietaba.

—Los Hijos saben que Loreen ya no es la mujer que aparentaba ser hace años. Tengo que demostrar que sirve a propósitos oscuros y ponerlos en su contra.

—Te cuidado —dijo Mary.

—Estaré bien. —Andrew suavizó su expresión—. Loreen no tanto.

Mary asió fuerte sus manos.

—No quiero perderte —murmuró—. No otra vez.

—Y no me perderás, te prometo eso. —La miró con fervor—. Yo tampoco quiero perderte.

Mary sonrió. Quiso besarlo, como aquella última vez, pero Andrew no estaba listo; lo supo de algún modo.

Se arrimó a él y descansó la cabeza en el hueco de su hombro.

En tanto Andrew la rodeó por la espalda con su brazo, y le acarició el cabello con sus finos, gráciles, dedos.

Sin decir nada. Y así estuvieron largo rato, juntos en el silencio, compartiendo el calor de sus cuerpos mientras los sonidos de la noche se colaban por la ventana.

Elise recorría los solitarios pasillos de la mansión Katterblack. En otros tiempos habría estado aterrada: habría pegado un bote ante el más leve sonido, o habría gritado al ver su propia sombra proyectada en una pared. «Pero ya no soy una niña —pensaba—. Aquellos tiempos quedaron atrás».

Iba descalza. Vestía su camisón de dormir, el cual oscilaba entre sus piernas como un velo fantasmal cada vez que las tenues corrientes de aire soplaban en su dirección.

En otro escenario esta nocturna incursión habría infundado temor en su pecho, sí, pero hace casi dos meses que se sentía más valiente, decidida.

En aquel momento su mayor temor, sin embargo, era que alguna de las mucamas (Olee, Tara, Giinet, o cualquiera) la pillara en medio de su faena, truncando sus planes.

Se detuvo antes de cruzar el sombrío recibidor, y comprobó que no estuviera cerca ninguna de las mucamas (o miembros de su familia).

No había ni un alma, observó. Suspiró aliviada.

Podía continuar. Y lo hizo: siguió por uno de los pasillos laterales del recibidor y avanzó hacia el estudio del señor Katterblack.

Su hermano había vuelto de su última reunión con el Gremio hace algunas horas; Elise lo había visto furtivamente desde una de las ventanas de la planta superior que daba vista a la entrada.

Leonard no parecía satisfecho o feliz, se fijó en su cara.

Aquel día se había decidido el destino de Horace Holbrooke.

Elise quería saber qué habían decidido sobre el tío de Philip. Aquel era el verdadero motivo que la acarreaba a realizar aquel recorrido nocturno.

Hacía frío.

Debió haberse puesto una frazada, pensó, no tardarían en entrechocarle los dientes.

No había querido provocar un susto de muerte a quien pudiera toparse en el camino.

Piénsalo: baja, pálida, y con un pesado manto encima.

Fácilmente podrían tomarla por un fantasma en el mejor de los casos, o por un invasor, en el peor.

Cundiría el pánico. Desechó la idea de inmediato.

Aunque, debía admitir, se sentía un poco desnuda solo con el camisón como única prenda encima. En fin, qué más daba.

Finalmente llegó a la puerta del estudio.

Escuchó voces del otro lado. Como había previsto, su hermano estaba reunido con su madre para contarle los sucesos de ese día en el salón de los Viejos Conjuros.

Elise intentó abrir la puerta una rendija para intentar oír con la mayor claridad posible.

Pero estaba cerrada con llave. Por supuesto, su hermano no quería que los interrumpieran y, mucho menos, que oyeran lo que tenía para decirle a su madre.

A Elise se le ocurrió una idea. Mágica.

Hace una semana la señorita Atwood les había enseñado cómo aguzar sus sentidos (vista, oído, olfato, tacto, gusto) con asistencia de uno de los hechizos que hacían parte del programa de defensa mágica que empezaron a llevar a práctica pocos días después del último intento de Darkling por raptar a Mary y esta lograra engañarlo realizando un encanto de medianoche.

Aquello le había salvado la vida a la chica.

Antes —y Elise sospechaba que esto había sido disposición de su padre—, Val no había estado muy dispuesta a llevar a práctica las lecciones de conjugación mágica.

Por ello, resultó una auténtica sorpresa para Elise y su hermana que Atwood cambiara de opinión sin previo aviso.

«Y fue justo el mismo día que Darkling intentó raptarla», pensó Elise. Un hecho un tanto curioso y extraño.

En realidad, todo alrededor de Mary resultaba un tanto curioso y extraño, se dijo.

Como lo ocurrido esa misma tarde, en el jardín.

Sin más, su prima se había desmayado en los brazos de Andrew, que alcanzó a atraparla de perillas.

Convulsionaba mientras balbucía una palabra ininteligible.

Los ojos le brillaron como un par de llamas azules. Fue como si tuviera una visión...

Apartó aquel escalofriante recuerdo de su mente moviendo la cabeza.

Acercó la oreja a la puerta del estudio.

El hechizo requería una conjugación distinta para cada sentido.

En este caso, el oído: auditus incantatores.

Musitó las palabras como si fueran una plegaría a los Primeros Seguidores.

Inhaló hondo, y exhaló. «Por favor, que funcione —pensó—; qué funcione.

..» Los dientes ya le entrechocaban a causa del frío que imperaba alrededor.

Elise esperaba que su hermano no hubiese dicho ya lo que a ella le interesaba saber. Al oír las voces, claras e inteligibles, desde el otro lado de la puerta cerrada, supo que el hechizo había funcionado. «Ojalá pudiera contárselo a la señorita Atwood».

—¿Muerto? —decía Alice Katterblack. Por su tono, era evidente que no daba crédito a lo que acababa de escuchar.

Elise se preguntó quién estaba muerto. Y cuándo.

—Hoy —dijo Leonard, como en respuesta al pensamiento de Elise—. En su celda. Lo hizo con sus propias manos. Stephen Reedstter y Lloyd Blackfell estaban presentes cuando ocurrió. Al parecer Horace prefirió la muerte antes que revelar el paradero de sus sobrinos a través de un hechizo localizador.

«Horace», pensó Elise. Sintió que la cena de esa noche se le revolvía en el estómago. Con todo, siguió escuchando.

—Pobre hombre —murmuró Alice Katterblack, anonadada.

—Lo mismo dijo Belwolf —dijo Leo—. Pero Startclyde lo rebatió.

—Startclyde es un hombre severo. Pero un buen hombre, al fin y al cabo. —Profirió un suspiro; Elise lo escuchó claramente—. Al contrario que el despreciable de Stephen Reedstter, a quien perdonaste por las tramas de sus hijos contra tu padre. Yo nunca olvidaré que intentaron asesinarlo.

—Tampoco yo, madre —repuso Leonard—. Pero Caroline está muerta e Ian está encerrado...

—Un año y luego afuera. —La voz de su madre estaba cargada de amargura. Elise jamás la había oído hablar así—. Ian y su hermano menor continuarán con el legado de asesinos, traidores y mentirosos de los Reedstter. Para mí, ese no es suficiente castigo.

—Y ¿cuál lo sería para ti, madre? ¿Que mueran todos los Reedstter?

—No estaría mal. Sin embargo...

—Sin embargo, madre —la cortó Leo—, no querrás adoptar la misma postura de los Reedstter. Stephen no tiene la culpa de que su progenie intentara asesinar a mi padre. Yo le creo, aunque eso no lo absuelve del todo. Y ahora que aludimos a los Reedstter, hay otra cosa que debes saber...

Oyó que Alice se desplazaba por el estudio, sus zapatos de tacón golpeando el suelo de madera.

—¿Qué es? —preguntó.

Elise (como su madre, supuso) oyó lo que Leonard tenía para decir a continuación.

Lo que escuchó la horrorizó. Tuvo que ahogar un grito tapándose la boca con la mano.

Los Altos Seguidores habían condenado a muerte a Philip y Horace Holbrooke, había dicho su hermano, y habían ordenado que Jason Holbrooke fuese enviado a Moscú tan pronto fuera posible (es decir, tan pronto como Philip estuviera muerto).

Elise sintió como si el tiempo se ralentizara por varios largos segundos.

Mientras su corazón latía de bote y voleo.

—Hubo una votación —siguió diciendo Leonard—.

Tuvimos que decidir si cumplir las disposiciones de los Altos Seguidores sobre Philip y Jason Holbrooke, o negarnos y apelar por sus vidas.

Ya sabes lo que dicen sobre los Holbrooke y el papel que jugarán en el futuro cuando el Mal Más Oscuro sea liberado.

La gran mayoría de los miembros votó no cumplir las órdenes de los Altos y proteger a los jóvenes Holbrooke.

Nadie jamás se ha opuesto al Alto Gremio.

—¿Y tú qué votaste, Leonard? —preguntó Alice.

Elise se había hecho la misma pregunta. ¿Su hermano sería capaz de condenar a Philip?

Leonard suspiró.

—Voté sí —dijo.

Elise había escuchado suficiente. Se apartó de la puerta, percibiendo que los efectos del hechizo se desvanecían (o quizá solo perdía efecto porque se alejaba del estudio y no había más voces a su alrededor; debía preguntárselo a Val en la próxima lección).

Continuó avanzando por los pasillos. En lugar de doblar la esquina hacia el siguiente, que la llevaba al recibidor, y de ahí a su habitación, Elise siguió avanzando por el mismo hacia el final, donde bajó unas escaleras y caminó por otro corredor, si cabe, más estrecho y oscuro que cualquiera de la mansión.

Elise no tenía miedo. Aunque a veces tenía que recordárselo.

No así en esa ocasión. Ya no volvería a temer a las sombras.

Ni a la oscuridad. No sería más la joven frágil y asustadiza que todos esperaban que fuera.

Ella había apuñalado a Darkling (o lo había intentado), y nadie le dio crédito.

La única persona que la había congratulado estaba oculta en la oscuridad.

Abrió la puerta. Las bisagras oxidadas rechinaron.

El sótano era una boca oscura, como una cueva sin fondo a la que se podía bajar por unas escaleras de madera.

Pensó que debió traer una vela, una frazada, o al menos un poco de comida.

Pero no quiso arriesgarse a que alguien la pillara infraganti.

No sabía mentir con facilidad e inventar excusas se le daba fatal.

Empezó a bajar la escalera. Una vez abajo, tuvo la sensación de que allí hacía mucho más frío que arriba.

Elise se rodeó con sus brazos. Olió los típicos aromas de humedad, polvo, y el olvido.

Avanzó tanteando con los pies y las manos.

No quería tropezar con algún objeto y provocar un estruendo que alertara a todos en la mansión.

No, eso era lo que menos quería en la vida.

Evadió todo cuanto había en su camino.

Al final, vio un haz de luz atravesando una ventanilla cuadrada. Se detuvo a veinte pasos de ella. «Es la distancia segura —dijo una voz familiar en su cabeza—. Aquí es donde tu valentía es puesta a prueba». Inspiró hondo.

—¿Philip? —llamó, primero cuidadosamente—. ¿Estás allí?

Nadie respondió.

En cambio, escuchó el tintineó de unas cadenas.

A veces era otro el que le respondía: una voz reseca, gutural, como nacida de las entrañas de una bestia, nada que ver con el tono garboso del muchacho que esperaba encontrar más adelante. Elise avanzó un paso, y otro, y volvió a llamar. Las cadenas tintinaron.

—¿Phil? —intentó una última vez. Empezaba a preocuparse.

Una mano se alzó de pronto entre el haz de luz. Una mano humana, fuerte y lozana.

—Sí, Elise —respondió Philip—. Soy yo. Esta vez soy yo.