26 #3
Ya de noche, Stephen y Gustav cruzaron la entrada de la mansión Reedstter.
Gustav había permanecido fuera del salón de los Viejos Conjuros, sentado en las gradas de la iglesia Saint Peter, durante la reciente reunión del Gremio.
Lo había hecho por propia voluntad pues no quería tener nada que ver en la resolución de sus miembros sobre la decisión de los Altos Seguidores sobre los Holbrooke.
Y porque conocía las oscuras intenciones de Reedstter, quien, terminado el cenáculo, había salido con un semblante sombrío, sin decir palabra.
Aquel silencio los había acompañado todo el trayecto hacia la mansión Reedstter.
Stephen observaba sin ver por la ventana, callado, con un gesto reflexivo en el rostro.
«¿Qué está pasando por la retorcida mente de Reedstter?
Algo no debió haber salido de acuerdo a sus planes».
Gustav recordaba cómo el hombre había entrado campante, su sonrisa de oreja a oreja, llevando el documento oficial a simple vista en las manos.
¿Cuándo sería el momento indicado para preguntarle qué decisión había tomado el Gremio?
No hizo falta.
—Estimado Gustav, me temo que deberás escribirle a tu padre esta misma noche —comentó Stephen. Lo miraba a través de las sombras del interior del carruaje, que en ese instante pasaba por el portón de la entrada de la propiedad de Reedstter—. Me temo que hoy el Gremio ha firmado su sentencia.
—¿Qué quieres decir? —preguntó Gustav. «Parece que, en efecto, nada ha salido según tus planes —pensó—. Primero Horace Holbrooke y ahora con el Gremio».
Stephen suspiró.
—Sé lo que estás pensando —aseguró—. Un fracaso tras otro. Por desgracia.
—No... —empezó Gustav. Pero no acabó. A decir verdad, estaba boquiabierto por la capacidad de deducción de Stephen.
Este dio un ademán.
—No te preocupes —dijo—. Este apenas es el comienzo.
Y ahora, escúchame bien. El Gremio ha decidido no cumplir las órdenes de los Altos Seguidores.
Los corazones de estos necios, por lo visto, se han ablandado y han elegido proteger a los Holbrooke, pese a los corolarios que esto puede suponer para todos nosotros.
Y todo porque creen que, de ellos, los Holbrooke, dependerá el futuro del mundo y la magia, tal como dijo el oráculo de tu familia.
Orah , pensó Gustav. En realidad, el oráculo del futuro no le pertenecía a su familia.
Si bien era cierto que solo un Wolfgang podían invocarlo (la razón por la que pusieron en tela de juicio el encuentro entre Ben Holbrooke y el oráculo, hace casi ya ochenta años; el señor Wolfgang de aquel entonces había confirmado las alegaciones de Holbrooke ante el consejo de los Altos Seguidores).
No obstante, Gustav zanjó que ese no era el mejor momento para hacer aclaraciones, estaba absorto por la revelación de Reedstter.
Si el Gremio se negaba a acatar las disposiciones de los Altos Seguidores, estos podían enviar a sus emisarios para disolverlo, algunos podían ser condenados por traición e insurrección al encierro, o a la muerte. Correría sangre.
—¿Cómo...? —quiso saber Gustav.
Stephen le contó todo lo acontecido durante la reunión con sus pares del Gremio, incluyendo detalles tales como quiénes votaron a favor y en contra (tal vez para que Gustav legitimara ante su padre quiénes se habían opuesto al fallo de los Altos Seguidores cuando estos se presentaran el River Town para condenar a los insubordinados) de cumplir las disposiciones de la máxima autoridad mágica.
Gustav le preguntó a Reedstter qué debería escribirle a su padre en el mensaje.
Stephen, satisfecho con la cuestión, le proporcionó algunas ideas para atraer la atención (o alarma) de los Altos Seguidores sobre la situación en el pueblo.
Y que su intervención fuera lo más pronto posible.
—Y no olvides poner a Katterblack como uno de los que votó en contra... —añadió.
Gustav frunció el ceño.
—Pero has dicho que votó a favor.
—Sí, sí, sí, pero esas no son sus verdaderas intenciones: solo se cubría las espaldas.
—«¿Cómo tú?», pensó Gustav, pero se mantuvo impasible.
Reedstter continuó—: Créeme, Gustav, Leonard es como su padre: taimado y mentiroso.
No desaprovecha las oportunidades. Hay que jugar en su contra.
Ir un paso adelante. Además, creo que he encontrado a un nuevo aliado.
—¿Aliado?
—Ephraim Westwick. —Stephen sonrió maliciosamente—. Hoy me ha sorprendido su proceder. No se parece a su patético hermano. Ephraim nos será de mucha ayuda.
—¿Ayuda? ¿En qué?
—Sí: ayuda. —Reedstter se volvió hacia la ventana. Gustav lo imitó. El coche en el que viajaban se había detenido frente a la mansión Reedstter, y Gustav no sabría decir exactamente cuándo—. Tengo planes —dijo Stephen—. Y espero contar contigo para llevarlos a cabo.
—Por supuesto. —¿Qué otra cosa podía decir? Reedstter lo estaba hospedando en su morada. Además, Gustav tenía sus propios planes—. En cuanto al mensaje a mi padre, creo que sí podré darle la... urgencia... que requiere el asunto; las cosas no van tan bien como aparentan.
—No, claro que no. —Stephen sonrió.
De pronto, el cochero abrió la puerta y los hombres bajaron.
El cielo estaba igual que el alma de Reedstter: negro.
Sin rastro de luna o estrellas. Stephen subía las escalinatas de la entrada mientras Gustav admiraba aquella oscura extensión sobre su cabeza.
«Te seguiré el juego Reedstter —pensó—. Al menos hasta que pueda comprobar mis sospechas».
Al cabo, suspiró hondo y enfiló la mansión.
Cuando entró al recibidor, Stephen hablaba con una de sus criadas.
—¿... visita? —le oyó decir Gustav.
—Sí, señor. —La criada bajó la voz. Gustav no pudo oír de quién se trataba.
Mientras entregaba su abrigo la otra criada, Gustav lo olisqueó en el aire: «Hollín». Era muy tenue, como si el visitante hubiese recorrido aquella misma estancia hace un rato, y dejado una estela a su paso.
—¿Quién está de visita, Giselle? —le preguntó a la joven criada en voz baja.
La criada, de entre unos trece o quince años, era un tanto distraída. Y habló sin más.
—La señora Dur —dijo.
—¿Dur? —repitió Gustav.
—Sí, señor. Cateryna Dur. No es la primera vez que visita esta casa.
La criada se alejó con su abrigo. «¿Cateryna Dur?
—pensó Gustav, boquiabierto—. ¿Acaso se refiera a la Flecha Quebrada?
» Si no, ¿quién más? No creía que aquel fuera un nombre común en aquella parte del mundo.
Y ese aroma a hollín... Además, era bien sabido que la Gran Ama del clan Dur había estado rondando aquel pueblo en meses anteriores. Y que se había cobrado una vida.
Stephen, serio, se le acercó.
—Me temo, Gustav, que debo atender otros asuntos —dijo, con tono nervioso—.
Te verá mañana. Espero que tengas tiempo esta noche para redactar la carta a tu padre.
Mientras más pronto se entere, más rápido acabaremos con esto.
—Le hizo un gesto a la criada (Giselle) para que se acercara—.
Acompaña a Gustav a su aposento, querida; y provéelo de suficiente tinta y papel —añadió—, tiene mucho que escribir esta noche.
Al terminar, Andrew tomó una profunda bocanada de aire.
Como si hubiese estado conteniéndose desde que empezó a hablar.
Estaba sentado en la cama con los hombros encorvados y sosteniendo las manos de Mary entre las suyas.
Miraba sin ver hacia la ventana, con la cabeza ligeramente inclinada como si estuviera diciendo una plegaria. Guardaba silencio.
Mary tenía los ojos anegados de lágrimas, lágrimas de rabia, dolor, y culpa.
Si bien Andrew había insistido en que lo que le sucedió no tuvo nada que ver con ella, Mary no podía evitar sentirse un poco —aunque un poco era mucho decir en este caso— responsable por lo sucedido.
Quería abrazarlo. Quería decirle que todo había acabado.
Pero algo la detenía. Y sabía bien qué era: no tenía certeza de que aquello fuera cierto.
El tiempo era el único que podía decirlo.
—El resto ya lo conoces —continuó Andrew.
Dio otra profunda exhalación—. Abby, Lloyd y Ulises me sacaron de la oscuridad cuando mis esperanzas se habían agotado.
En realidad, se habían agotado mucho antes siquiera de que hubiesen emprendido la búsqueda.
Mucho antes de que pisaran Collin’s Meadow.
Recuerdo el rostro de Abby cuando me vio en aquella celda, encadenado, desnudo y echado sobre mis despojos.
Demacrado. —Se estremeció—. Nunca lo olvidaré. Y puedo jurar que ella tampoco.
Mary recordó un detalle del relato de Andrew.
—Dijiste que había dos razones que te mantenían cuerdo —inquirió—. ¿Cuál era la segunda?
Andrew ladeó la cabeza, la miró fijamente. Mary sintió un escalofrío en el cuello al ver cómo sus ojos se ensombrecían.
—Loreen —dijo—. Loreen era la otra razón. Juré que si salía con vida de aquel lugar la mataría.
—¿Loreen...? —Mary no supo qué decir en ese momento. Todavía no podía creer que ella, su tía, hubiera hecho parte de todo.
—Sé que es tu tía, Mary. Y que era hermana de tu madre, que acabas de conocerla.
—Andrew tenía la mandíbula apretada, las mejillas encendidas—.
Ella sabía cómo acabaría y, aun así, me condenó.
Ella estaba al tanto de que Sam estaba con Claudine.
Desde el principio lo supo. Y sabía que Mahlon West estaba en los restos de la fábrica Cartwright, y que allí también se encontraba Elio Blackfell.
Lo sabía, porque la voz en el viento se lo dijo.
Tiene un corazón amargo. Siempre ha sabido dónde está mi padre, pero no ha querido revelármelo para tenerme a sus pies.
—Lo sé —dijo Mary.
—¿De verdad?