26 #2
—Pensé que te perdería. —Se volvió. Entonces estaban tan cerca el uno del otro que podrían besarse; la respiración de Andrew le daba en las pestañas, cálida, acelerada; Andrew parecía oscilar como una hoja seca a punto de desprenderse de las ramas de un árbol temporalmente muerto.
Mary también—. Pensé que te perdería, Mary.
Y que no tendría oportunidad de decirte lo que siento.
Y me sentí perdido. La última vez que me sentí de ese modo fue en aquella oscura celda, en la antigua fábrica Cartwright, esperando el frío beso de la muerte.
—Eso jamás sucederá —musitó Mary. Y apoyó la cabeza en el pecho de Andrew, donde escuchó su corazón latiendo con el mismo ímpetu que una avecilla enjaulada.
—Tenías razón —dijo Andrew—. Las palabras son la prueba de que vivimos. —Exhaló hondo—. Veamos si me ayudan a sanar aquella herida que sigue sangrando en mi interior.
—No esperaba encontrarte todavía aquí —dijo Abby.
Había tardado unos segundos, después de haber entrado a la cabaña y haber cerrado la puerta, en caer en la cuenta de la presencia de Céline en la estancia.
Su mente estaba anegada por los recuerdos de la reciente reunión con el Gremio, bien pudo haber seguido el camino a su habitación sin reparar en ella en ningún momento.
Suavizó la expresión de su rostro y caminó despacio hacia el conjunto de muebles.
Céline Katterblack apenas le echó un vistazo, sentada en una de aquellas antigüedades de madera en torno a una mesita con una vela, parecía compungida.
«Debería haber despertado ya», pensaba la joven Katterblack, y Abby escuchaba. «La he oído, quizá ya despertó».
Abby frunció el ceño y preguntó:
—¿Mary no ha despertado aún?
Céline alzó la mirada.
—Es evidente que no. —Aunque sus palabras insinuaban la molestia que sentía de estar allí, lo mismo que sus pensamientos al dirigirlos a Abby, su voz había sonado un poco más apacible de lo habitual.
«Yo no estaría aquí», pensó Céline. Suspiró y se recogió un mechón de cabello tras la oreja—.
Pero me pareció haber oído su voz hace un rato; no estoy segura.
Abby asintió.
La sala estaba escasamente iluminada: una lámpara de gas por aquí y una vela, allá. A Céline esto no parecía molestarle.
—Prepararé un poco de leche tibia y un trozo de tarta de manzanas de Adler —dijo Abby al tiempo que caminaba hacia la enjuta cocina que quedaba a la vista de Céline. Sin proponérselo, agregó—: ¿Quieres un poco?
Céline puso los ojos en blanco. «¿Me lo pregunta a mí?»
Abby oyó aquel pensamiento con claridad. Se estaba preparando para una afable (y a la vez desabrida) negativa de la joven Katterblack.
—Sí —dijo Céline—. Me encanta la tarta de manzanas de Adler.
Abby asintió y puso manos a la obra. Extrañada, Abby imaginó que Céline debía tener hambre, después de todo, no había salido de la cabaña desde que ella y Andrew llevasen a Mary allí durante uno de sus escalofriantes ataques.
Además, había notado, Céline seguía llevando los pantalones que, amablemente, Abby les había prestado a las hermanas Katterblack y Mary para las instrucciones de combate.
Ella había jurado que Céline se desharía de ellos inmediatamente después de terminar las lecciones de ese día.
Puso los vasos con leche y los platos con tarta en la mesita de centro, ante a Céline, cuyos ojos brillaron.
Por lo visto estaba famélica. A lo mejor no había comido en horas, pensó Abby.
Y de pronto ya no se sentía tan mal por desperdiciar un trozo de su tarta preferida en Céline, después de todo, los Katterblack debían contar con un suministro inagotable de tartas de manzanas de Adler. Los Treddaway, en cambio, no.
Céline dio un profundo sorbo a la leche y tomó con la mano (para entera sorpresa de Abby) una porción de la tarta que tenía en su plato.
Abby la contempló absorta.
Céline abrió los ojos y se ruborizó cuando cayó en la cuenta de la mirada de la otra joven.
—Lamento mi tosquedad —dijo, cubriéndose la boca con una mano—. Pero no he comido nada desde la merienda.
—Descuida. —Abby hizo un ademán para quitarle importancia. Ella misma tomó una porción de tarta con las manos—. No he traído utensilios. —Y echó un vistazo por encima del hombro antes de añadir en voz baja—: Nadie nos está viendo.
Céline rio levemente antes de imitarla. Luego preguntó:
—Hoy el Gremio ha llegado a una resolución sobre el destino de Horace Holbrooke, ¿no es cierto?
Abby tragó.
—No fue necesario —respondió. Y dio un trago al vaso de leche antes de seguir, pues lo requería—. Horace Holbrooke está muerto.
Un ligero levantamiento de cejas fue la única impresión que obtuvo de Céline tras el anuncio de aquel funesto hecho. «Bueno, jamás lo conocí», la oyó pensar Abby. «Se lo merecía o no, es algo que no me corresponde a mí juzgar. Pobre Phil, dondequiera que esté».
Al oír aquellos pensamientos, Abby pensó con sorna que tal vez Céline Katterblack no era la joven que todos creían que era. Tenía sentimientos.
Como te dije, me sentía perdido. Mi alma, mis pensamientos, mi cuerpo.
.., ninguno de estos me pertenecía. En la oscuridad esperaba la muerte, hora tras hora, escuchando el murmullo del aire entre las grietas de las paredes, y el silencio mortecino y profundo que me rodeaba, junto al fétido aroma de mis propios despojos.
Solo dos razones me mantenían cuerdo, ponían a raya la locura que me asechaba desde las sombras. Y una de ellas eras tú, Mary.
Había hecho aquel viaje para salvar a tu hermano y al padre de Lloyd, sí, pero también quería gloriarme con este cometido y, más que nada, asesinar a Mahlon West con mis propias manos. Nada de eso ocurrió, claro está.
Todo lo que quería —deseaba— era morir. «Pronto, pronto», me decía. Y la muerte, que antes se había mostrado dispuesta a darme su beso, nunca asomó sus narices. Pero rondaba mi celda, lo sé, aquel frío y las sombras que se movían, no eran naturales, y para seres como nosotros, eso es decir mucho.
West me quería a mí a cambio de dejar ir a tu hermano.
De algún modo retorcido yo le recordaba a Margot Treddaway, a quien asegura haber amado.
Absurdo, ¿no? Dudo que ese monstruo haya amado a alguien más, salvo a sí mismo, en su puta vida.
Pero eso decía. Y aquel no era el lugar ni el momento para expresar mis opiniones al respecto.
«Pronto, pronto», me decía. Y seguía esperando.
Acepté.
Mahlon West no me dio otra opción. Si moría, también lo haría tu hermano, antes siquiera de que yo pereciera, me dijo el nigromante. Yo pensé que sí lo permitía nada habría valido la pena.
Los subordinados me llevaron hasta la sala principal, al menos, los restos de aquella estancia que aún se mantenían en pie después del incendio que arrasó con la fábrica Cartwright hace medio siglo. Allí, informé mi decisión a West y, en seguida, cumplí con mi parte del trato.
Me desnudé cuando lo solicitó. Me ordenó acercarme a una mesa, y yo lo hice.
El cuerpo me temblaba. No había llegado a tocarme, pero ya sentía asco de mí mismo.
Lo imaginé que me acariciada con sus dedos grises, que sus labios morados rozaban mi piel, que el brillo de su ojo seguía cada uno de sus movimientos, segundos antes de que todo aquello en efecto ocurriera. Y me estremecía.
Cuando se acercó, por fin, las piernas me flaquearon; West me tomó por la cintura, con una firmeza impresionante.
Quise apartarlo, pero sus dedos se me clavaban en la piel descubierta del muslo como unas pinzas de acero.
Eran fríos, como había previsto. Como los dedos de un muerto.
Aquellos dedos gélidos hurgaron entre mis nalgas y rasguñaron mi espalda y, por último, se asieron en mi cuello y ejercieron presión para inclinarme sobre la mesa.
Sabía lo que haría a continuación Mahlon West.
Lo sabía, porque lo había intentado con Loreen cuando éramos amantes. Sabía, asimismo, que era doloroso.
Mahlon West no jadeaba, algo que seguramente se daba a su condición nigromante, ni siquiera cuando dio la primera embestida lo hizo.
Pero sí suspiró, riendo, satisfecho, regocijándose.
Yo, al contrario, experimentaba un dolor inigualable, inconmensurable.
«Pronto, pronto», me decía. Fueron los minutos más largos de mi vida.
Mientras el nigromante embestía, mi abdomen golpeaba contra el borde de la mesa, y me centré en aquel contacto hasta el final.
Me olvidé. Y me perdí.
Cuando acabó, creí que sería todo. Que me llevaría a mi celda antes de asesinarme, tal vez enviando a uno de sus subordinados a hacer el trabajo sucio, o, con suerte, me liquidaría allí mismo. Pero no. Mahlon West es incansable. No sé cuántas cosas más me hizo por detrás... y por delante.
Él me puso en su boca.
Apreté los párpados, eché la cabeza hacia atrás.
Respondí inevitablemente. Pensé en Loreen, en lo que ella me hacía en el bosque, desnudos.
Pensar en ella me asqueaba aún más, pero me ancló cuando me sentía perdido.
Tras aquel breve instante de placer —tan breve que dudo haberlo experimentado en realidad—, West me poseyó de nuevo.
Al terminar sus sirvientes me llevaron a mi celda. Había vomitado y apenas era consciente de lo que ocurría... El nigromante aún tenía que cumplir su parte del trato. En mi celda, encadenado, y con una vela para alumbrar el pálido rostro de la muerte cuando esta se presentara, esperé impaciente.
«Pronto —me decía—, pronto, pronto...»