Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 26
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UN CORAZÓN AMARGO

La caída a menudo era oscura e infinita, al menos al principio. Hacia el final conseguía ver un potente destello de luz blanquecina que se abría en la penumbra, como una flor en primavera, a medida que se acercaba a ella. La flor blanca se tornaba primero roja, luego negra. Y despertaba.

—¡No! —gritó sobresaltada, con una mano en el pecho y jadeando como si hubiera corrido una larga distancia.

Unas manos la rodearon por los hombros. Ella se irguió de golpe y sofocó otro grito.

—Soy yo, Mary —dijo alguien, y ella cayó en la cuenta de la presencia de Andrew a su lado—. Tranquila. Solo ha sido un sueño.

Mary, más sosegada, pensó: «Nunca es solo un sueño.

Y no sé lo que es». Respiró hondo, se pasó una mano por la frente perlada de sudor, y echó una ojeada alrededor en un intento absurdo por descubrir dónde estaba.

Enseguida supo que se hallaban en la habitación de Andrew.

No era la primera vez que estaba en ese lugar.

Aunque sí era la primera vez que se sentaba en su lecho.

Andrew la miraba directamente a los ojos, con el semblante impasible (como si intentara adivinar lo que Mary estaba pensando).

A ojos vistas hacía un esfuerzo por ocultar su inquietud por ella.

«Quizá espera que diga algo como que estoy bien, que solo me he mareado un poco. Como si eso fuera a servir de algo». Era evidente que no estaba bien. Y que no se había tratado de un simple desmayo ni nada parecido.

—¿Qué sucedió? —preguntó, en cambio. Como si no lo supiera. Una parte de ella esperaba que aquello también se hubiese tratado de solo un sueño. Se llevó una mano a la cabeza con un gesto contraído, y una centella de dolor la golpeó allí donde puso la mano.

La mano de Andrew seguía sobre su hombro.

—Tuviste un... —Hizo una pausa, bajó la mirada y, al cabo, se levantó de la cama—. Ha vuelto a ocurrir. Tuviste una visión. Como aquella vez, junto a la fuente, ¿recuerdas? —«¿Cómo olvidarlo?», pensó Mary, y asintió. Andrew continuó—: Pero... esta vez ha sido mucho, ¡muchísimo!, peor...

—¿Qué quieres decir?

Entonces percibió algunas dolencias que no experimentó en las ocasiones anteriores.

Estaba sobremanera fatigada y abatida, como si le hubiese caído encima la estructura de la mansión Katterblack.

Volvió a tomar aire y se reclinó contra el sólido respaldo de madera de la cama, olvidando por un instante que se trataba del lecho de Andrew.

Andrew caminaba de un lado a otro rumiando en voz baja un galimatías que Mary no alcanzaba a entender.

En otras circunstancias habría hecho el esfuerzo de prestar más atención a lo que decía el muchacho, que en ese momento lucía tanto asustado como nervioso por lo que sea que hubiera dicho ella durante su estado de avistamiento o lo que sea.

Andrew no había respondido su pregunta. A Mary se le ocurrió que tal vez pudo haber dicho algo terrible.

Se irguió de nuevo.

—¿Qué sucede, Andrew? —preguntó—. ¿Y qué quieres decir con «peor»?

Andrew se detuvo de golpe. La miró.

—Cuando estabas... ya sabes... —empezó, con una expresión reflexiva e intranquila.

Mary comenzaba a inquietarse—. Murmuraste algunas palabras en la lengua de las hadas.

Bueno, eso parecía. —Se acercó a la cama un paso o dos—.

Tenías la boca muy tensa. Apenas te podía entender.

La última vez habías dicho algo sobre el hombre de la mortaja. ..

—Sí —asintió Mary. Entonces se refería a Wallace Flint, el sepulturero de River Town. El hombre que obtenía los cadáveres para la creación del cuerpo de Darkling—. ¿Y esta vez?

Andrew se acercó un par de pasos más a la cama y, con una exhalación, se sentó en un costado.

—No estoy seguro —dijo el muchacho, y bajó la mirada—. ¿No recuerdas nada?

Mary caviló un instante.

—Sí recuerdo —dijo por fin—. Había oscuridad.

Andrew, mirándola con intensidad, se irguió hacia adelante.

—¿Qué más?

—Había un hombre. Tenía una flor roja en el cuello.

Estaba solo en la oscuridad, y lloraba. —Mary hacía un esfuerzo por recordar.

Pero su memoria estaba provista de una opacidad tal que a duras penas podía traer al recuerdo algún fragmento—.

Estaba en una celda. Lloraba, pero no sabía por quién.

No lo conozco, Andrew. Nunca antes lo había visto.

—Tranquila. —Andrew le puso una mano en el hombro. La miró con dulzura.

Mary sintió alivio al escucharlo. El malestar posterior a recobrar la consciencia había empezado a desaparecer gradualmente mientras hablaba sobre los recuerdos de aquel sueño (que no había sido en absoluto un sueño), y los traía a la realidad.

Centellas de dolor en su cabeza le hicieron contraer el rostro.

Andrew la rodeó con sus brazos y ella apoyó la frente en su hombro. El dolor remitió muy levemente.

—¿Qué decía, Andrew? —quiso saber ella, mirándolo—. Has dicho que decía algo cuando estaba delirando. Pero no has dicho ¿qué? Dime.

—No he dicho que estabas delirando —dijo él, con una tenue sonrisa.

—Andrew.

Andrew apartó el brazo de su hombro y bajó la vista, como buscando las palabras en sus propios recuerdos. La alzó de nuevo al momento de decir:

— M’rte-horace . —Se encorvó—. Creí que era una sola palabra.

Como dije, tenías los labios muy tensos.

Apenas se te entendía. Pero en un momento de claridad comprendí que « M’rte-horace », quiere decir « M’rte Horace ».

Al principio pensé que eran palabras de la lengua de las hadas, pero estaba equivocado.

Ahora me doy cuenta de que en realidad son palabras en nuestro idioma. Y una de ellas es un nombre: Horace.

Mary no entendía.

—Eso ¿qué quiere decir?

—Quiere decir: «La muerte de Horace» —respondió Andrew—.

Creo que te refieres a Horace Holbrooke, el tío de Philip.

Si bien no comprendo por qué tú mencionarías su muerte.

Quizá es un presagio de lo que pasará hoy.

—Mary seguía sin entender. Andrew explicó—: Hoy el Gremio decidirá si Horace debe morir por sus crímenes, o pasará el resto de sus días encerrado.

—Una pausa—. Por cierto, Céline está afuera.

Ha permanecido en la sala desde que te desmayaste, y eso hará ya seis horas.

Abby ha tenido que irse para asistir a la reunión del Gremio.

—¿Y Sam? —preguntó Mary. Abrió mucho los ojos. Pensó en lo terrible que debió ser para su hermano verla en aquel espantoso estado.

—Elise lo ha llevado a la mansión. —Andrew sonrió sutilmente—. No había querido marcharse, pero empezaba a cabecear de sueño sentado en el sillón. Céline, en cambio, sigue allí, con pies de plomo, inamovible. Quizá debería...

Hizo ademán de levantarse. Mary lo detuvo tomándolo de la mano.

—¿Crees que lo condenen a muerte? —dijo de improviso—. ¿A Horace?

Andrew lo pensó un instante.

—No lo sé, Mary —dijo al final—. Abby llegará en cualquier momento y nos comunicará la decisión. —Y añadió tras quedarse reflexivo unos segundos—: Si Horace es condenado, sería la primera de tres muertes que anunció la señora Richmond.

De nuevo, Mary no comprendió.

—¿Cuáles muertes?

Andrew la miró con ojos abiertos como platos. Un segundo después su mirada se suavizó y, con una voz más suave aún, le contó a grandes rasgos sobre la visión de la señora Richmond tras su rescate. «Habrá tres muertes en River Town antes de que la verdad te sea revelada».

—¿A qué verdad se refería? —preguntó Mary.

Andrew encogió los hombres.

—Ya me gustaría saberlo. La mujer no lo dijo. De hecho, no volvió a decir palabra después de aquella visión.

El muchacho se quedó pensativo y, a ojos vistas, preocupado.

Mary no necesitaba la doble vista para saber qué pasaba por su mente en ese momento.

«Es evidente que ya se siente responsable de aquellas muertes.

Con las manos manchadas de sangre». Mary puso su mano en la de Andrew y entrelazó sus dedos.

Andrew arqueó las cejas y esbozó una tenue sonrisa.

—¿Te preocupa algo más?

Andrew frunció el ceño.

—¿A parte del hecho de que casi te mueres en mis brazos?

—Estuvo a punto de reír, o esa fue la impresión que tuvo Mary; en cambio, se levantó y se acercó a la ventana, dándole la espalda.

Allí permaneció inmóvil un buen rato, contemplando el exterior, ya oscuro, como una criatura nocturna—.

Casi mueres —repitió, en voz bajísima—. Por un minuto, el más largo de mi vida, temí que la tuya fuera una de las muertes que predijo la señora Richmond.

Mary se limitó a escucharlo. No quería interrumpirlo. Presentía lo que vendría a continuación. El momento que tanto había esperado (o más bien, el que menos).

Andrew suspiró bruscamente.

—No olvidaré aquel brillo en tus ojos, el mismo que vi en los de Claudine cuando estuve en su maldita pocilga. —Resopló—. Ella es como tú. Era como tú, quiero decir. Especial.

«¡Tú! —Mary se estremeció al recordar las palabras de Claudine—. Eres uno de nosotros». Apenas había podido dejar de pensar en ellas desde aquel día.

—¿Especial? —repitió Mary.

Andrew se volvió.

—Eres especial, Mary —afirmó—. Ya te habrás dado de cuenta que nadie más tiene la habilidad que tú sí.

.. Pero ese don... Ese no sé qué estuvo a punto de matarte.

Parece que empeora con cada episodio. Yo.

.. Yo... —Calló y volvió a darle la espalda.

La voz se le había quebrado. Nunca imaginó ver a Andrew en un estado tan vulnerable como el que mostraba en ese momento.

Se levantó de la cama y avanzó hacia el muchacho, que admiraba la noche, a pie enjuto con lágrimas en los ojos.

—¿Tú qué , Andrew? —preguntó con cuidado—. ¿Qué pensabas tú...?

Puso una mano en el hombro de Andrew. Estaba tenso como la cuerda de un tendedero. No se inmutó.