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MIENTRAS TANTO: EN EL BOSQUE
En el centro del bosque, en medio de la colina, la tierra se estremeció y se agrietó con un estruendo que sacudió los árboles y espantó a las aves de sus nidos a medida que una poderosa ráfaga se propagaba a lo largo y ancho de sus predios.
La tribulación sobrevino sobre los Hijos del Bosque que cercaban la zona donde tuvo origen aquella terrible agitación.
Las sátiras, rayanas al lugar, estuvieron entre los primeros en sentir el potente soplo que rozó sus caras, y el temblor que estremeció sus cuerpos, casi al mismo tiempo.
—¿Qué ha sido eso? —preguntó Misa a nadie en concreto; dirigía una discusión sobre la misteriosa desaparición del cadáver de Loreen.
Nadie respondió. Nadie lo sabía. Las sátiras compartieron una mirada llena de zozobra y miedo.
Más allá del sitio donde estaban las sátiras, Cleo y su madre (Henna, líder de los centauros) viraron sus cabezas al unísono.
Luego intercambiaron una mirada. Tenían buen oído, y aún mejor percepción, y sabían perfectamente dónde había tenido lugar aquel acontecimiento.
Partieron de inmediato. Las siguieron otros seis centauros de su alta confianza.
Los trolls, que no estaban ni mucho menos cerca del corazón del bosque (siempre pernoctaban apartados del resto de sus pares hijos del bosque), sintieron los rigores de la fuerte brisa, junto a la agitación, que llegó hasta ellos algo reducida por la distancia, y los arrancó de un profundo sueño que los mantenía en pie.
Tamlin y el resto de los faunos, un grupo constituido por doce (en realidad, once; no había rastro de Salim, que desapareció misteriosamente junto con el cuerpo de Loreen, aunque sus iguales aún no habían caído en la cuenta de ello), fueron sacudidos por el fuerte temblor y la poderosa brisa.
Tamlin aseguró a los demás, sobresaltados, que lo recién acontecido no fue una manifestación de la Madre.
Hilig, otro de los faunos, le preguntó cómo estaba tan seguro de ello.
Tamlin respondió del único modo que se le ocurrió en ese instante: encogió los hombros.
Rumos y Tormus, a pesar de la traición de sus hermanos centauros, zanjaron no marcharse después de la muerte de la Líder, a diferencia de lo que el resto de los hijos del bosque creía.
Rumos estaba buscando el cadáver de Loreen a partir de un exiguo rastro de sangre que iba desde el corazón del bosque hasta el límite norte del boscaje.
«Fue Salim, maldito sea», se decía, cuando la tierra empezó a temblar bajo sus patas, y sus compañeros de búsqueda se alzaron en sus cuartos traseros, enarbolados.
Rumos permaneció inamovible, alerta... Entonces la fuerte brisa lo golpeó en el rostro con un roce vehemente que quebró su gesto invariable.
Alrededor, árboles y arbustos se agitaron.
Rumos irguió el cuello. «Mi señora», pensó. Luego se echó al trote hacia el corazón del bosque.
Y así ocurrió con todos los Hijos del Bosque cerca o lejos del origen.
Salvo los ogros. Ellos siguieron tan inmóviles como troncos en sus lechos fangosos.
Únicamente Gargamello, su cabecilla, entreabrió los ojos y plegó su monstruoso ceño.
Cuando la extraña brisa lo golpeó en los párpados, espabiló, salió con languidez de su lecho pantanoso, y avanzó con andar pesado hacia el centro del bosque.
Por supuesto, Misa fue la primera en salir de la espesura y en recibir los primeros rayos de luz que la luna vertía sobre el blanco y antinatural sabino que coronaba la colina en el corazón del bosque.
Ladeó la cabeza. El silencio era absoluto.
Como antes del temblor y la fuerte brisa, pensó la sátira.
Alzó la mirada. Entonces la vio: una mano con dedos engarfiados surgiendo de la tierra resquebrajada.
Los dedos se movieron. Acto continúo, se irguió la silueta de un hombre cubierto de tierra y raíces.
Su rostro era una máscara oscura debido a la suciedad, y su cabello, una maraña mugrienta que Misa comparó con un pintoresco sombrero de plumas negras, aunque algunos mechones dorados relucían entre la tierra que le recubría la cabeza.
El hombre (como revivido de entre los muertos, diría más tarde Misa) daba profundas bocanadas de aire como si hubiera estado contenido la respiración por un larguísimo tiempo. Quizá así había sido.
Ella, Misa, respiró hondo y avanzó hacia él.
Apreció que estaba totalmente desnudo a medida que acortaba la distancia.
Sus muslos sobresalían de la tierra y el pasto como colinas más pequeñas.
Sus ojos, de un azul intenso, se clavaron en Misa.
Parecían dos luceros llameantes. Ella contuvo un respigo y se detuvo en la que pensó sería una distancia segura.
—¿Quién eres? —le preguntó al desconocido—. Y ¿qué te ha ocurrido?
El hombre sosegó su respiración. Ladeó alerta la cabeza cuando escuchó el galope de Henna, Cleo y el resto de los centauros que salieron de la espesura del bosque hacia la colina en ese preciso instante. El hombre fijó de nuevo sus ojos en Misa con evidente temor.
—¿Do-Dónde estoy? —barbotó. A simple vista, y por lo que se percibía en su voz, estaba asustado y confundido.
—El bosque de River Town —dijo la sátira. Y, en éstas, algo en la voz del hombre le resultó familiar—. ¿Agustin? —preguntó, atónita.
Los centauros se acercaban en tropel. Henna los encabezaba. Cuando el hombre la vio, pareció notablemente aliviado. Con una mano se sacudió la tierra del cabello y los hombros.
—Sí —contestó—. Soy Agustin Treddaway. Y quiero ver a mis hijos.