Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 24 #5
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—¿Qué crees que estás haciendo? —dijo Andrew; su tono era severo y comedido al mismo tiempo—. Estás distraída. Y te has movido muy rápido. Aún no hemos llegado a esa parte.

—Lo siento.

—No importa. Respira de nuevo.

Ella lo hizo: respiró hondo. Andrew había dicho que no podía olvidar respirar.

Que era fácil olvidar hacerlo durante una pelea cuerpo a cuerpo o en una batalla y aquello conllevaba a un cansancio prematuro.

Y a la muerte. Para sus adentros, se preguntó por qué se habrían apartado del resto.

No podía evitar pensar en ello. ¿Acaso Andrew quería decirle algo en privado?

¿Cuándo? ¿Qué? Si bien su último encuentro no había acabado en buenos términos, Mary había notado una actitud diferente en el muchacho ese día (un poco menos enfadado, tal vez).

—Sí. Así —asintió Andrew.

Mary tenía los ojos cerrados, de manera que no pudo verlo. Sin embargo, percibió su presencia mientras pasaba junto a ella, causando una tenue vibración en su pecho, y luego se situaba, firme, detrás de ella. Alza los brazos, le dijo, y Mary lo hizo como si fuera un autómata.

—Bien. —Sintió la respiración pausada de Andrew en el lóbulo de su oreja derecha.

Tuvo que hacer un tremendo esfuerzo para no estremecerse—.

Ahora, deslízate hacia adelante. No, no tan rápido.

—La voz suave—. Así. Mueve el brazo hacia ti, e inténtalo de nuevo, imagina que eres atacada por un hombre sombra.

«Tal vez no lo sepas, pero no he visto un hombre sombra en mi vida», pensó Mary. Aun así, imaginó que se trataba de Darkling quien la atacaba; que quería llevarse a Sam. Con los ojos cerrados, hizo lo que Andrew le decía. Se movió a toda velocidad. Oyó una risita.

—Bien hecho —apremió Andrew.

Ella abrió los ojos. Suspiró. Y sonrió confundida.

—Ahora —continuó el joven orador en tanto la rodeaba para mirarla a la cara—, intenta hacerlo con los ojos abiertos. Hazlo conmigo. Si puedes.

—No creo...

—¿Acaso tienes miedo? —dijo Andrew—. No te preocupes. No soy la mitad de delicado que parezco. No voy a romperme. Una vez me diste una bofetada, ¿recuerdas? —Mary se ruborizó; claro que lo recordaba—. Puedo ver en tu cara que sí lo recuerdas. Ya ves, lo que no te mata te hace...

Mary le asestó un zarpado en la mejilla.

Andrew retrocedió algunos pasos, atónito; con la mano en zona enrojecida, las cejas arqueadas, una expresión entre divertida y adolorida.

Mary se llevó las manos a la boca. ¿Qué había hecho?

A cierta distancia, escuchó la risa de Abby.

Andrew se descubrió el pómulo, donde tenía una perfecta impresión de la mano de la muchacha. Seguía sonriendo.

—Lo siento —se disculpó Mary—. No sabía cuándo tenía que...

—No te preocupes. Yo te estaba instando. —Suspiró—. Ha funcionado, ¿no? Al menos tienes factor sorpresa.

—Factor ¿qué?

Andrew sonrió.

—Tu mejilla...

—Ya pasará. —Hizo un ademán para restarle importancia—. No hay nada que el tiempo no cure.

Mary, encantada por la indeleble sonrisa de Andrew, vio una oportunidad.

—Andrew —dijo, eligiendo bien sus palabras—. Yo quería disculparme contigo. Hace unas semanas... ya sabes... no quería...

—Sé exactamente qué intentabas, Mary. —Andrew echó un vistazo hacia el lugar donde estaban su hermana, las Katterblack y Sam—. Y te lo agradezco. Abby me ha hecho entender algunas cosas.

—¿Cuáles? —quiso saber Mary. A veces, solo no podía mantener la boca cerrada.

Andrew caviló un instante.

—Sobre la culpa —dijo por fin—. Sobre mis errores. Estar solo. Enfrentar a la sombra. —Sonrió sacudiendo la cabeza—. No lo entenderías...

—Puede intentarlo —respondió Mary al instante.

Andrew la miró directamente a los ojos. Mary tuvo la sensación de que aquella era la primera vez que lo hacía, y casi se quedó sin aliento.

—Mary —dijo él—, no fui a Collin’s Meadow porque tú me lo pediste o porque de verdad solo quería salvar a tu hermano y al señor Blackfell.

Me motivaba mi pueril ansia de gloria. Terminé en ese horrible agujero por voluntad propia.

Y lo que pasó después... —tomó una profunda bocanada de aire— tampoco ha sido tu culpa.

Fue Mahlon West. Y Darkling. Y también Loreen tuvo algo que ver.

Ya sé que sabes que la Líder y yo tuvimos un.

.. romance o lo que fuera... Y sé que Loreen es tu tía. Abby me lo contó.

—Podemos hablar de eso si quieres —dijo Mary. En realidad, no quería hablar de Loreen y lo que hubo entre ellos. «Loreen es un ser despreciable», era un pensamiento que mantenía sobre la hermana de su madre, y no merecía perdón por lo que había hecho.

Loreen se había aprovechado de Andrew incluso antes de que Mahlon lo hiciera.

No le sorprendería descubrir que la Líder también había estado haciendo parte de los planes de Darkling todo este tiempo.

Las Líderes del Bosque escuchaban la voz en el viento, o eso había leído Mary en la Enciclopedia; escuchaban en lo relativo a su dominio.

River Town y sus alrededores eran el dominio de Loreen. Era imposible que no lo supiera.

—Sé que no quieres hablar de Loreen —dijo Andrew.

—Y tú no quieres hablar de Mahlon West —apuntó Mary—. Ninguno de los dos sanará hasta hacerlo.

Los ojos de Andrew se ensombrecieron. Allí estaba otra vez, observó Mary, aquella mirada antítesis.

—¿Acaso he dicho algo sobre sanar? —Se volvió en redondo—. ¡Por hoy, la lección ha terminado! —anunció a viva voz para que todos lo escucharan—. Ya es suficiente...

Una centella iluminó el cielo. La siguió un estruendo.

—Andrew... —dijo Mary; avanzaba hacia el muchacho.

Se detuvo, de golpe, al ver la fluorescente presencia de Sutr caminando hacia ella.

Lo hacía con una soltura e intrepidez que ella no le vio en vida.

Restalló otro trueno. La tempestad se desató, húmeda, ventosa.

Andrew se volvió; debió ver una expresión (¿sorpresa?

, ¿terror?) en el rostro de Mary, porque fue hacia ella a la vez que lo hacía Sutr. El mayordomo tenía la delantera.

Al llegar a Mary, esta sintió que se estampaba contra una pared.

Una sensación familiar. Lo mismo que cuando vio el fantasma de su madre y, noches más tarde, el del mensajero de Silas Katterblack en el estudio.

Mary gritó. El piso ascendió hasta ella.

No hubo dolor. Ni siquiera era consciente de sus gritos.

Ni de las manos de Andrew que la sostenían por la espalda.

Una corriente vibrante anegó su cuerpo, sacudió su espíritu, la vista se le nubló un instante. Al otro, vio imágenes.

Un hombre solo en una celda. Tres siluetas avanzaban hacia aquel pobre prisionero.

Estaba indefenso. Uno de ellos tenía luz en su cara (lo reconoció); los otros dos estaban cubiertos de sombras negras como una cueva sin fondo.

El hombre en la celda estaba llorando, su rostro no le resultaba familiar a Mary, aunque tenía la impresión de saber quién era.

En el fondo. Hubo una discusión entre los cuatro.

El hombre que lloraba se llevó una flor a la boca —era roja y con un brillo mortífero—, si bien los tres visitantes intentaron evitarlo. Gritaban su nombre.

Al final, la oscuridad se los tragó a todos. A Mary también.

—¿Por qué han venido? —preguntó Horace. Miró a los tres hombres con suspicacia; uno de ellos, Lloyd Blackfell, que reconoció tardíamente, cerraba la puerta mientras los otros dos se aproximaban.

—Vaya —dijo Reedstter, con chanza—. Por lo visto nuestro estimado camarada no se alegra de recibirnos. Pensé que sería lo contrario, estando aquí, tan solo, noche y día sin descanso, rogando por el perdón de tus pecados a los fantasmas de tu familia. —Suspiró con dramatismo—. Pobre, pobre Horace.

Stephen se volvió hacia los dos hombres que lo acompañaban.

—Horace —siguió Reedstter—. Ya conoces a Gustav Wolfgang, que ha venido en nombre de los Altos Seguidores. Su padre es Nils Wolfgang, el actual Principal de este altísimo gremio. Y... —Se giró hacia Lloyd—. Bueno, supongo que ya conoces al hijo de Elio Blackfell.

El hijo de Elio, observó Horace por el rabillo del ojo, tenía bajo el brazo un rollo de piel de oveja que parecía encerrar algo.

El rostro de Lloyd, que recordaba por su ligero parecido con su progenitor a su edad (y porque lo vio al despertar tras los funestos sucesos en la casa Holbrooke y en su declaración ante el Gremio, poco después, en el salón de los Viejos Conjuros), tenía una mirada turbia como si estuviera conteniendo sus verdaderas emociones a pura fuerza de voluntad; Wolfgang también.

—Esta mañana hemos recibido un mensaje oficial de los Altos Seguidores, escrita a puño y letra por el padre de Gustav, donde se emite una sentencia para ti y tus sobrinos.

—Stephen, como cosa rara dado su proceder inicial, hablaba con tono formal.

Sin risa—. Se te ha condenado a muerte —dijo—.

Y también a Philip, cuando se lo encuentre, claro está.

«Muerte», pensó Horace. Y se llevó la mano al cuello. Stephen, Lloyd y Gustav debieron percibirlo como un reflejo de inquietud ante el destino que le deparaba. Y a su sobrino.

—¿Por qué Philip? —quiso saber Horace, cuando salió de su aparente impresión.

—Los Altos Seguidores creen que Jason soportará mejor los rigores del estudio de su.

.. condición... al ser más joven que Philip, por ende, planean que la maldición sea transferida a Jason, quien será enviado a la postre a Moscú —explicó Lloyd, sombrío.

Tal vez no estaba de acuerdo con todo aquello.

La irrupción en la celda incluida—. Hemos venido a darte una oportunidad.

—¿Oportunidad? —Horace no entendía. Ya estaba sentenciado a muerte.

—Sí: una oportunidad —aseveró Gustav Wolfgang, impasible—. Tu muerte es irreversible, me temo; pero podemos cambiar el destino de tus sobrinos si nos ayudas a encontrarlos antes de que el Gremio se entere esta tarde de la sentencia de los Altos.

—¿Encontrarlos? —repitió Horace.

—Sí, mi amigo —repuso Reedstter—. Queremos que hagas un hechizo localizador para nosotros.

El resto del Gremio no está al tanto del mensaje de los Altos.

Todavía. Nosotros hemos decidido adelantarnos algunos pasos.

El mundo no puede quedar libre de Holbrooke.

Los necesita, ¿recuerdas? Y queremos procurar que el legado no acabe con tus sobrinos. Recuerda la profecía del Liberador.

Horace la recordaba. Ben Holbrooke, su bisabuelo, había dicho hace ochenta años que el oráculo del futuro le había anunciado la venida del Mal Más Oscuro.

Y que solo el Liberador, un ser mágico nacido de la luz y oscuridad (algo hasta ahora imposible), podría detenerlo.

La Comunidad Mágica daba por hecho que el Liberador vendría del linaje de los Holbrooke por el amplio historial heroico que poseían los miembros de esta familia.

Horace no estaba tan seguro. Como fuera, echó un vistazo a Lloyd: la piel de oveja y la Rhiptus , que seguramente tenía envuelta con ella, eran instrumentos para realizar un hechizo localizador.

Alzó la mirada. «Pero no es necesario hacer el hechizo —pensó—.

Yo sé dónde están mis sobrinos». Stephen Reedstter tenía una perversa sonrisa de oreja a oreja en la cara.

—¿Qué dices, Horace? ¿Cooperarás?

Horace recordó algo que su padre, William Holbrooke, decía sobre los Reedstter: «Ellos siempre consiguen lo que quieren.

A cualquier precio». Y, claramente, Stephen intentaba conseguir algo a cambio de salvar la vida de sus sobrinos.

No era un secreto que los Reedstter llevaban odiando a los Holbrooke durante generaciones por ser más reconocidos en la historia mágica que su estirpe de traidores encubiertos.

—No —respondió Horace lacónicamente.

La celda encantada quedó en silenció un instante. La sorpresa tardó en traslucirse en el rostro del señor Reedstter.

—¿No? —repitió confundido. Obviamente había dado por hecho que lo tenía en sus manos.

—Estás cometiendo un grave error —profirió Wolfgang.

Lloyd no dijo nada. Stephen, a continuación, estalló en cólera. Intentó atacar a Horace a puño limpio, pero sus otros dos compañeros lo impidieron.

«Es tiempo de ser valiente —pensó Horace.

Y se preguntó si lo que estaba a punto de hacer era de valientes.

Suspiró—. Mi familia y Arthur me esperan».

Cerró los ojos, metió la mano por el cuello de su camisa de lino y sacó el collar de plata mientras los tres hombres debatían entre sí.

El dije que sostenía Horace entre sus dedos parecía un rubí, pero no lo era. Lo alzó.

—¿Qué hace? —oyó decir a Lloyd Blackfell.

—¡Horace...! —gritó Reedstter.

Las últimas palabras de Horace Holbrooke, antes de meter la roca de cianuro en su boca, fueron:

—Lo siento.