Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 24 #4
63%

24 #4

Cuando Leonard se hubo ido, dejando una aura tensa y silenciosa, Andrew y Abby compartieron una mirada y se volvieron hacia sus aprendices. No empezarían en la sala común, aclaró la hermana; sino en el jardín Katterblack. Y allí se dirigieron a continuación.

Sufría de pesadillas más seguido que durante su estadía en el ático.

Pesadillas vívidas. Pesadillas que no acababan al abrir los ojos, que te perseguían en el mundo existente.

Horace despertaba de golpe, llorando, con la parte posterior de la cabeza adormecida, su corazón golpeando duramente su pecho.

Se hacía un ovillo, sin moverse de su lugar (aquel fino catre que era su lecho desde hace, ¿qué?

, ¿dos meses?), mientras pensaba: «Lo siento, lo siento», sin parar, hasta que de nuevo el sueño lo vencía. Al menos en el ático tenía al espejo.

Así y todo, Horace aún albergaba la cándida esperanza de que la próxima vez que despertara estaría en casa.

No ocurría. «Lo siento».

Había pasado dos meses desde que dejó entrar la oscuridad a la casa Holbrooke.

«Ha sido mi culpa. —Se enjugó las lágrimas con el puño cerrado y sorbió por la nariz.

No había parado de llorar en casi una hora—.

Yo permití que Mahlon West entrara». El nigromante había asesinado brutalmente a Lucas.

Horace no había hecho nada para impedirlo.

Nada. Solo mirar al otro lado. Intentaba convencerse de que lo que decían sus guardas, a mansalva con el fin de mortificarlo todavía más, no podía ser verdad; que el nigromante no se había cebado con el cuerpo exánime de su pequeño sobrino, después de que este quedara paralítico tras el golpe que recibió en la cabeza durante la breve riña en la sala de estar.

Decían que lo había hecho tras llevarlo a su habitación, justo antes de proceder a estrangularlo.

Maldita sea. Tuvo que haberlo previsto. Ya sabía de los actos retorcidos cometidos por el nigromante, su interés por los jovencitos.

Lo había intentado con Philip. Había visto aquella perversa sombra en su único ojo, recordó, y en aquella sonrisa del color de una magulladura.

Debió proteger a sus sobrinos. Asegurarse de que no sufrirían ningún daño.

«Lo siento, lo siento. —Le decía a Lucas, su hermano, a quien defraudó.

No por primera vez—. Lo siento también, Regina; te hice una promesa. Y fallé».

— Pudiste haber hecho más, Horace —decía una voz desde las sombras. Su cuñada.

—Lo hice, sí, te lo juro —respondía Horace. Lágrimas rodaban cuesta abajo por sus mejillas.

Mientras Mahlon llevaba a Lucas a su habitación, Horace había dispuesto todo para cuando Phil despertara.

Había aflojado las amarras de su sobrino y había colocado la daga sobre la repisa.

Sabía que Philip actuaría debidamente. Y no se había equivocado.

(«Hijo de su padre», pensó.) Las piezas encajaron una vez que su sobrino se reveló contra Darkling, justo a la medianoche, cuando la gemela mágica de Mary Cartwright desapareció.

«Lo siento, lo siento, lo siento...» Sollozó; no sabía a quién se lo decía en ese momento. ¿A su hermano y a su cuñada? ¿A su sobrino muerto, Lucas? ¿O a su antiguo amante, cruelmente asesinado años atrás?

Arthur. Se llamaba Arthur. Nunca lo olvidaría.

En Boston, Darkling le prometió que, si funcionaba con él, Horace podría intentarlo con Arthur.

Traerlo a la vida. «Y ese fue el principio del fin.

El comienzo de la pesadilla». Una oferta difícil de rechazar.

Ni siquiera tuvo que pensarlo demasiado.

Habría hecho cualquier cosa — cualquiera — por tener de vuelta a Arthur a sus brazos.

En aquella época, casi al mismo tiempo, Horace había recibido una carta de su cuñada.

Había quemado aquella carta por petición de la misma Regina, pero aún recordaba las palabras con las que ésta anunciaba con angustia su partida del mundo de los vivos.

«Mi tiempo se acaba, Horace —había escrito.

¿Cómo era capaz de saberlo? Nunca se lo preguntó—.

Te lo ruego. Eres la única verdadera familia que les queda. Te necesitan. Te necesito».

Unas semanas después, Horace estaba en la casa donde había pasado su infancia.

En realidad, había sido la nostalgia de volver a casa lo que le hizo regresar al pueblo que juró nunca volvería a pisar.

Eso, y su trato con Darkling. Pensó que en el ático podría llevar a cabo su cometido sin interferencias (primero realizaría el cuerpo de Darkling, después haría uno para su amado Arthur; tan fácil como eso).

Nada tenía que ver la carta de Regina o el deseo de reencontrarse con sus sobrinos, el recuerdo vívido del hermano que le dio la espalda.

Horace había cargado en brazos a Philip recién nacido, y ya entonces tenía un parecido indiscutible con su progenitor que bien podía tratarse de su gemelo mágico a esa edad.

En cambio, poseía el carácter protector de su madre; o eso descubrió al poco tiempo de su regreso a River Town.

A Jason y Lucas los conoció cuando estos tenían seis y cuatro años, respectivamente.

El más joven, Lucas, le recordaba mucho a sí mismo, pensó Horace.

Por eso lo había tomado como su pupilo y su único confidente en la casa.

Sabía que el pequeño no diría a sus hermanos una palabra de lo que Horace hacía en el ático.

Lucas tenía —como el propio Horace a su edad— un sentido de la lealtad inquebrantable.

«Y era valiente —pensó Horace. Quizá en eso distaban sus personalidades. Recordó el ímpetu con el que Lucas intentó defender a su hermano de las perversas intenciones de Mahlon West—. Lo siento. Lo siento». Sollozó un rato más.

Llevaba meses haciéndolo: sollozar inconsolablemente.

Si sus lágrimas pudieran traer a la vida a aquellos que perdió, a esas alturas ya habría revivido incluso a su bisabuelo Ben Holbrooke.

No, sus lágrimas no eran mágicas en absoluto.

Lo hecho, hecho estaba. Los muertos seguían muertos, el tiempo seguía su curso.

No había vuelta atrás. Ojalá pudiera ver una vez más a Arthur.

Cada noche, después de acabar su trabajo con el cuerpo de Darkling, y antes de pernoctar, le pedía a Tarrik , el oráculo del pasado, que le mostrase recuerdos de su amante fallecido.

Con eso se aseguraba de recordarse el por qué estaba haciendo lo que hacía, con lo que se había mantenido cuerdo todos esos años de encierro.

«Mi expiación. Y mi condena».

Hecho un ovillo, cambió de posición y volvió su espalda a la pared, con la puerta de hierro de frente, la cual era apenas una tenue mancha entre las sombras.

La muerte, que le colgaba de cuello, se deslizó como un reguerillo de agua fría por su pecho y se escondió por la comisura de su axila.

Se estremeció. La luz mortecina que se filtraba por la ventana superior se derramaba por el costado de su cuerpo hasta el piso como una estela fantasmal.

Horace se la quedó viendo fijamente: la luz.

Se preguntó si alguna vez saldría de aquella celda encantada. Probablemente no. El Gremio llevaba semanas deliberando su destino, aún sin consenso, pero el roce de la muerte pendía de su cuello. «Me ahorcarán. —Sorbió por la nariz—. Merezco algo mucho peor».

—Arthur me estará esperando —se confortó en voz baja—.

Y Lucas, mi hermano. Regina. Lucas, mi sobrino.

Mamá y papá. —Los evocó a todos reunidos, esperando por él con los brazos abiertos.

¿Sería posible que las puertas del Cielo se abrieran para una criatura tan deleznable como Horace Holbrooke?

Un traidor. Horace nunca había sido devoto a ninguna religión —como la mayoría de los seguidores de la luz—, pero se levantó con las articulaciones adormecidas y se arrodilló en el suelo frente a la luz mortecina que atravesaba la pequeña ventana.

Juntó las manos, inclinó la cabeza, y empezó a rezar un fragmento del Padre Nuestro. .., o al menos lo que recordaba.

A sus espaldas se abrió la puerta de hierro, con un fuerte estruendo de bisagras oxidadas.

Horace se giró sobresaltado y, con cierta dificultad, se puso en pie. Casi al instante reconoció al primero de los recién llegados.

—Saludos, Horace —dijo Stephen Reedstter.

—Despacio. Así —dijo Andrew, la frente sobremanera contraída—. Continúa.

Mary extendió su brazo despacio, acatando la indicación de su orador de combate.

Estaban apartados del resto. Elise, Céline y Sam estaban a pocos metros de distancia, practicando movimientos de defensa.

Eligieron un área del jardín con un amplio piso de mármol con forma circular donde a veces la familia solía desayudar o merendar, o realizar alguna recepción al aire libre.

Richard había entrenado al primo Leonard en ese mismo lugar, y en el pasado, otros señores Katterblack había hecho lo mismo con su prole al cumplir los nueve años.

Al menos esto les había dicho Abby de camino.

El cielo estaba nublado, con una promesa de lluvia latente, y las ráfagas de viento soplaban gélidas reafirmando aquella promesa.

Extraño, pensó Mary —extendiendo los brazos, las manos como puños—, la época de lluvias no empezaría hasta la próxima semana.

¿Qué dice? Otoño estaba en puertas. Si esto fuera Boston, habría diluvios desde agosto.

Respiró hondo, y exhaló. Volvió a extender el brazo.

Despacio. La atenta mirada de Andrew en sus brazos la inquietaba.

Golpeó con el puño. Volvió a respirar. Y golpe.

Por alguna razón podía concentrarse mejor en la lección cuando pensaba en cualquier otra cosa —el clima, por ejemplo—, cualquier cosa menos la vista crítica de Andrew: en sus labios fruncidos, en la curva de sus cejas, en sus dedos acariciándose la barbilla.

Sus ojos azules profundos como lagunas. Mary se estremeció.