24 #3
Mary, por el contrario, experimentaba una sensación diferente: libertad.
Sí, libertad. Podía moverse con más soltura, sin tropezar con la falda; dar pasos largos, o inclinarse sin la necesidad tomarse los laterales, o de alzarlos, para no ensuciar el bordillo.
Mary era más o menos de la misma estatura que Elise, pero los pantalones le estilizaban las piernas y lucía más alta.
Al menos esa fue la impresión que tuvo al verse en el espejo una vez puestos.
Claro estaba, aquella sensación de estar desnuda era inevitable; la tela se ajustaba a sus piernas como una segunda piel, una piel que quedaba expuesta.
Pensó en lo que dirían sus conocidos de Boston si la vieran en ese momento.
«Mary, ¿has enfermado?», serían las palabras de Elizabeth Vaughan, hija de antiguo jefe de su padre, cuyo rostro exhibiría una expresión poética de espanto.
En otras circunstancias, Mary habría reído al pensar en ello.
En cambio, dejó escapar un suspiro de añoranza por su vida pasada.
Echaba de menos esa época en Boston, sí, pero en River Town había descubierto que las historias de su madre eran ciertas.
Un mundo colmado de infinitas posibilidades, y peligros incontables («pero en la vida cuándo no los hay», diría su madre), le había abierto sus puertas, y ella no estaba dispuesta a retroceder.
Y, además, en este pueblo había encontrado una nueva familia y conocido personas —y criaturas— maravillosas.
A veces el destino sabía lo que hacía. Y por qué.
A veces.
Céline, cruzada de brazos, en efecto lucía diferente con aquel atuendo impuesto.
Había legado el porte y altura de su padre, lo mismo que Leonard, y los pantalones la hacían parecer mucho más alta, recia, como una emperatriz rusa en su trono elevado.
Su mirada, crispada e incapaz de esconder sus sentimientos, reflejaba lo mucho que desearía estar en otro lugar, menos allí.
Y precisamente era esa la mirada que causaba gracia a la señorita Atwood.
—Hoy, queridas —repuso Val; ya solo esbozaba su sonrisa habitual—, les enseñaré cómo realizar un pentagrama mágico.
—Aquellos hechizos, conjuros y encantamientos que requieren de un pentagrama son los más poderosos —comentó Elise. Y frunció el ceño—. Dicen que se utiliza un pentagrama para invocar el Conjuro Negro. ¿Es cierto?
«El Conjuro Negro». Mary sabía lo que era porque lo había leído en la Enciclopedia.
Era, básicamente, uno de los conjuros más poderosos de los servidores de la oscuridad porque era el que los convertía en nigromantes.
Sabía, además, que era necesario que el seguidor de la luz —todos los nigromantes alguna vez fueron seguidores— debía tener más de dieciocho años y renunciar, mediante un sacrificio familiar, a sus vínculos con la luz.
Solo entonces se realizaba la ceremonia.
Val enarcó una ceja.
—En realidad, Elise, no sé conocen todos los detalles del ritual de conversión de los nigromantes —dijo—.
Salvo, con seguridad, que el conjuro se debe leer directamente del libro Oscuro, y el nigromante en ciernes debe tener una especie de padrino servidor de la oscuridad.
El resto sigue siendo el secreto mejor guardado de los oscuros.
Horas más tarde, una vez terminadas las lecciones con Val, Leonard se presentó de imprevisto en la sala común (Mary estaría faltando a la verdad si dijera que no llevaba esperando ese momento todo el día).
«Finalmente el misterio de los pantalones será develado», pensó, mientras veía al joven señor Katterblack cruzar la estancia con una moderada sonrisa. No venía solo.
—¿Por qué están ellos aquí? —inquirió Céline. Arrugando el entrecejo, siguió con la mirada a los hermanos Treddaway, que avanzaban en pos de su hermano.
«También me gustaría saberlo», pensó Mary.
Aquello fue antes de que fijara los ojos en Sam, que entró en la sala común junto a Leonard y los Treddaway.
Tenía el cabello bien recortado e iba vestido con un trajecito gris con pantalones cortos.
Alzó una mano y saludó. Mary le devolvió tardía el saludo.
Sam arqueó levemente las cejas —¿qué intentaba decirle?
— antes de volver la vista al frente con una tenue sonrisa parecida a la de Leo.
Andrew y Abby, por el contrario, tenías rostros inexpresivos.
—¿Acaso no es evidente, Céline? —El tono de Leo era calmoso—.
Vienen conmigo. A partir de ahora Andrew y Abigail serán sus oradores de combate.
Nuestro padre no dio importancia a sus enseñanzas de defensa personal y, con ello, cometió un terrible error.
Un error que estoy dispuesto a enmendar.
Muchas tragedias se pudieron haber evitado si. ..
—¡Acaso ¿has perdido la cabeza?! Padre no hubiera querido que... —estalló Céline.
—Padre está muerto, Céline —la cortó Leonard, sin alzar la voz.
—Pero... pero... —Céline bajó la mirada—. Somos señoritas. Y no deberíamos luchar... Nosotras...
Sus ojos se fijaron un instante en Abby. Abby no pareció notarlo. Leonard tomó la palabra.
—Te equivocas —dijo—. Abigail es una fantástica luchadora, me lo ha asegurado Lance Greystar.
Y yo mismo lo presencié la noche del baile del solsticio.
—Echó un vistazo hacia Abby, que se había ruborizado por los cumplidos, con la mirada al frente como un soldado—.
Grace Startclyde sigue los pasos de su madre, una Treddaway, quien también fue una magnífica guerrera, y se enfrentó a Mahlon West..
. En Boston, Nueva York y San Francisco, y en otras ciudades desde hace más de medio siglo, los Seminarios Mágicos permiten que las mujeres se sumen a sus filas como aprendices.
—Se acercó a Céline y le puso una mano en el hombro—.
Vivimos tiempos oscuros en River Town. No siempre estaré cerca para protegerte cuando la oscuridad se presente en la puerta. Y tampoco padre. Nunca más.
Por su expresión, Céline parecía alguien que acababa de recibir una fuerte bofetada. Una lágrima rodó por su mejilla.
—Pero ¿por qué deben ser ellos? —dijo ella, al final. Y apuntó a los Treddaway con su dedo índice.
—Sí —intervino de pronto Andrew, para sorpresa de todos—.
¿Por qué nosotros? —Parecía no comprender realmente la cuestión—.
Abby, podríamos irnos ahora mismo. No estamos obligados a hacer esto, ¿o sí?
—Miró a Leonard. Y sin esperar respuesta—: Salta a la vista que la señorita no quiere que nosotros seamos sus oradores; es más, dudo que ella quiera que alguien más haga nuestro trabajo. —Hizo ademán de enfilar la puerta.
—Ella no —profirió Mary—. Pero yo sí. —«¿Qué estoy haciendo?»
Lentamente, Andrew se giró tras haber quedado inmóvil al punto.
Estaba tan tenso como una tabla para lavar ropa.
Apuesto, el cabello rubio un poco despeinado, los ojos del azul profundo como un océano del cual el sol arrancada destellos de la superficie.
«Debo estar soñando —pensó Mary. Sentía las mejillas ardientes.
No podía creer que hubiera dicho aquello—.
Por favor, que sea un sueño». Forzó una sonrisa.
Andrew, advirtió Mary, estaba por devolverle la sonrisa. Parecía tener una lucha interna por contenerla.
—¡Yo también! —soltó Elise.
Hubo un silencio. Leonard, Sam, Elise y Abby pusieron sus ojos en Céline.
Mary y Andrew tenían sus ojos el uno en el otro.
Andrew no acabó de sonreír, pero el destello que Mary vio en su mirada se mantuvo hasta el final.
Y era tanto mejor que su sonrisa. La sala común pareció detenerse en el tiempo.
Al cabo, Céline torció los ojos y resopló (más bien masculló a regañadientes) que había perdido la contienda o algo parecido.
Mary y Elise rieron y la abrazaron en un intento por darle ánimos.
—Ya verás: será divertido —dijo Elise, y dio un beso a su hermana en la mejilla.
—Lo dudo —refunfuñó Céline, de nuevo cruzando los brazos y torciendo los ojos.
Leonard, sin decir más, también se acercó a su hermana y la rodeó con sus brazos. Un breve gesto que, a ojos vistas, alivió el pesar de Céline.
Acto seguido, Leonard se volvió hacia Sam.
—En cuanto a ti, jovencito —le dijo—, ya tienes nueve años y, según la tradición de los seguidores de la luz, estás en edad para empezar tus entrenamientos y lecciones en las cinco disciplinas mágicas.
—Le puso una mano en el hombro y entrecerró los ojos con un asomo de sonrisa en su mirada—. Espero tú no pongas objeción.
—No, señor. —Sam, entusiasmado, negó con la cabeza. Un segundo después frunció el ceño—. Pero no soy seguidor de la luz. Y Mary tampoco.
Leonard echó una mirada de refilón a la aludida.
Mary a duras penas pudo ocultar sus sentimientos.
De nuevo pareció que el tiempo se detenía.
Sam no sabía la verdad. No todavía. Mary no había reunido suficiente valor en los meses que siguieron a su rescate para contar a su hermano que Michael Cartwright no era su verdadero padre.
Sam había olvidado las palabras del Richard Katterblack en la que fue su última cena.
(«Michael siempre supo que acabarías sabiendo la verdad aun en contra sus deseos, porque por tus venas corre sangre de seguidores de la luz».
—No importa —intervino Andrew, la mirada templada—. Hadas y seguidores de la luz deberían ser entrenados por igual. Al final, deben enfrentarse a un enemigo en común. Y los seres hadunos son la especialidad de los servidores de la oscuridad. Eso deberías saberlo ya, listillo.
— ¡Andrew! —Abby le clavó el codo en las costillas a su hermano.
—Pues bien —dijo Leonard, con una radiante sonrisa de satisfacción en el rostro—. Ya que hemos acabado aquí. Ahora, debo atender otros asuntos. Y no quiero retrasar más sus adiestramientos.