Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 24 #2
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—He venido a traerte esto. —Alzó la prenda que antes tenía colgaba del antebrazo—.

Supongo que Olee ya te ha informado. —Mary asintió—.

Y también te habrá contado de la algarabía que hizo Céline cuando supo que debía usar pantalones.

Leonard previó cuál sería su reacción, por supuesto.

Como padre, aprendió hace muchos años a lidiar con los intensos arrebatos de Céline.

Mary apartó la sábana y se levantó. Elise le tendió los pantalones cuando estuvieron de pie una frente a la otra.

Mary los aceptó, los extendió y, por último, hizo un esfuerzo por evocarse a sí mismo llevando aquellos pantalones antes de, en efecto, llevarlos.

—Son cómodos, debo admitir —comentó Elise—. Aunque la sensación de... estar denuda es un poco inquietante. No sé cómo puede usarlos Abby. Supongo que con el tiempo uno acaba por acostumbrarse, ¿no crees?

Mary asintió.

—Sí —dijo. Miró con disimulo cómo aquellos pantalones se ceñían a las delgadas piernas de su prima. Frunció el ceño—. ¿Por qué ahora debemos llevar puestos estos pantalones?

Elise no sabía; encogió los hombros.

—¿Reedstter?

La criada asintió varias veces.

Lloyd arqueó las cejas y reclinó la espalda contra el respaldo de la silla que solía ocupar su padre. Intentó recordar la última vez que Stephen Reedstter puso un pie en la residencia Blackfell, pero al cabo de unos segundos se dio por vencido. Aquello lo inquietaba.

Al final pidió a la criada que llevara Stephen Reedstter al salón. La mujer asintió y, presta, enfiló la puerta del estudio. Pero se detuvo antes de cruzarla como si de pronto acabase de recordar algo importante. Al parecer el señor Reedstter venía acompañado.

Ya solo, Lloyd reflexionó sobre lo extraño que resultaba la permanencia de Gustav Wolfgang en el pueblo, tras la partida del delegado Morozov, hace casi de dos meses.

No era la primera vez que reflexionaba sobre ello.

O sobre la naturaleza de aquellos motivos ocultos que en primer lugar lo hacían quedarse, tal parecía, por un tiempo indefino.

Por el momento, Lloyd aún no había deliberado un motivo lo bastante razonable que explicara el insólito proceder de Wolfgang.

Solo había hecho puras especulaciones que terminó descartando por carecer de sentido.

«Tengo que descubrir qué está tramando —pensó, tocándose el puente de la nariz—.

Me debe algunas explicaciones como aquel asunto con el bastón de luz». No lo olvidaba.

Lloyd sacudió la cabeza. «Basta de pensar en Gustav Wolfgang. —Se levantó—. He hecho esperar a Reedstter más de lo que habría de considerar apropiado». El hombre, estaba seguro, se lo echaría en cara.

Pero no. El señor Reedstter esperaba con una amplia sonrisa en sus finísimos labios; tuvo la cortesía de levantarse del diván donde estaba sentado y de extender su mano, sin dejar de mirarlo mientras lo hacía con aquellos sagaces ojos terrosos que ocultaban fines sombríos.

Lloyd no tenía idea de cuál podía ser el motivo de aquella inesperada (e inédita) visita de Reedstter.

«Nada bueno —pensó, esbozando su mejor sonrisa—, de eso puedo estar seguro».

Gustav Wolfgang, que por lo visto disfrutaba de admirar el paisaje desde la ventana del salón, se aproximó con las manos tomadas a la espalda.

Advirtió algo extraño en su semblante, ya no asomaba en sus labios esa tenue sonrisa jactanciosa que solía a verle en cada encuentro desde los sucesos en Fort Hill. Parecía intranquilo.

En cambio, Reedstter lucía exultante; a ojos vistas hacía un esfuerzo por encubrir su contento y dar la impresión de estar preocupado; una sonrisa, sin embargo, se escurría como un hilillo de saliva de entre las comisuras de sus labios.

Tomaron asiento, los tres.

—Lloyd —empezó Reedstter, en tanto volvía a tomar la taza de té que había dejado en la mesita de centro antes de levantarse.

Su tono era obsequioso. Lloyd no recordaba haberle escuchado antes hablando de esa forma—.

Lamentamos profundamente tener que presentarnos de este modo, sin avisar, pero te aseguro que el motivo apremia.

Supongo que tus obligaciones como el nuevo señor Blackfell te deben tener extenuado.

—Y tras dar un sorbo a su taza añadió—: Elio, dondequiera que esté, estaría orgulloso de su muchacho.

«¿No que el motivo apremiaba? —Lloyd contuvo el impulso de responder cortante.

Apretó las manos a los lados de sus muslos.

Vio que Gustav se fijaba en ello, pero no le importó—.

¿Qué estás tramando Reedstter?» En aquel momento la criada entró en el salón llevando una taza de infusión para su señor en una escudilla.

Lloyd desvió la mirada hacia Gustav y, por primera vez, reparó en el documento plegado como un pergamino que tenía en sus manos.

Amplió su mejor sonrisa.

—Mi madre dice lo mismo —dijo—. En realidad, no para de repetirlo. Como si quisiera convencer a alguno de los dos de que está diciendo la verdad

Reedstter soltó una carcajada lo justo breve.

Lloyd cruza otra mirada con Wolfgang, que mantenía una expresión pétrea.

Por lo visto la sombra de la preocupación había remitido en algún momento, al menos en apariencias.

«Si tuviera la doble vista ahora mismo estaría escarbando en tu cabeza como una lombriz», pensó Lloyd, mientras el señor Reedstter recobraba la compostura y daba otro sorbo a su té.

—Cuéntame, Stephen —dijo Lloyd—. Me inquieta pensar que la razón de tu visita se deba a malas noticias. ¿Ha acontecido...?

—No —se adelantó Reedstter—. Quiero decir, no ha acontecido ninguna tragedia si eso estabas a punto de preguntar.

En cuanto a las malas noticias... —Se inclinó, bajó su taza y suspiró profundo—.

Como sabes, hoy se tomará una decisión sobre el asunto de Horace Holbrooke —Se aclaró la garganta—.

Pero parece que los Altos Seguidores ya han tomado esa decisión por nosotros.

Wolfgang se inclinó y tomó su taza, ya servida, bajo la atenta observación de Lloyd. Aunque, a decir verdad, el documento plegado que tenía en su regazo era lo que tenía su atención.

—¿A qué te refieres? —preguntó Lloyd, el ceño fruncido.

—Hemos recibido un mensaje oficial de los Altos Seguidores, esta misma mañana, con la respuesta al informe que les entregó el delegado Morozov tras su breve visita por nuestro amado pueblo —continuó Reedstter, más formal—.

Me temo, Lloyd, que los Altos han tomado una decisión con respecto al destino de Horace y sus sobrinos.

Lloyd se encorvó hacia adelante.

—¿Y qué decidieron?

Gustav le tendió el documento plegado: el mensaje oficial de los Altos Seguidores.

—Léelo tú mismo —dijo—. Fue escrito por el puño y letra de mi padre.

Lloyd, vacilante, lo tomó con cuidado como si fuera una pieza de carbón ardiente y temiera quemarse.

Pensó que más tarde tal vez desearía que lo fuera.

Respiró hondo. Acto seguido, extendió el documento y empezó a leer.

Confirmó sus temores a medida que las palabras pasaban frente a sus ojos como flechas encendidas: «condenado a muerte», «ejecutado», «cuerpo interfecto», «Y prevén una posibilidad —aunque mínima— de supervivencia», «Esperamos no haya ninguna oposición».

Lloyd, horrorizado, alzó la mirada hacia los otros dos hombres en el salón. Aquello no podía ser cierto.

—Tenemos que evitarlo —soltó, poniéndose en pie.

—Y lo haremos —dijo Stephen.

—Al menos con los chicos —añadió Gustav Wolfgang.

—En efecto. —Reedstter asintió—. Durante el cenáculo de hoy se avisará al Gremio de los dictámenes de los Altos Seguidores.

Tristemente no podremos interceder para evitar aquel destino al pobre Horace.

Su muerte será lo único que tal vez logre aplacar la ira de los Altos Seguidores cuando el Gremio se niegue a cumplir una de aquellas órdenes.

Lloyd no entendía. «Al menos con los chicos».

—¿Y qué ocurrirá con Phil y Jason? —dijo. Y se sentó.

—Vamos a salvarlos, Lloyd —contestó Reedstter. Otra vez lucía exultante—. Pero necesitaremos tu ayuda.

Lloyd seguía sin entender; cruzó una mirada enigmática con Wolfgang.

Esperaba descubrir en sus ojos, un par de zafiros azules, si había algún engaño detrás.

«¿Puedo confiar en Reedstter? —hubiera querido preguntarle—.

Y, más importante, ¿puedo confiar en ti?

» En ese instante tuvo la impresión de que la mirada de Gustav se suavizaba y asentía.

—¿Qué quieres que haga? —preguntó Lloyd, al final.

—Que vengas con nosotros —dijo Reedstter, y se inclinó para echar mano a su taza. Le quedaba un sorbo—. Haremos una visita a las celdas encantadas.

Durante casi un minuto Val se limitó a mirar con aparente desconcierto el atuendo que lucían sus jóvenes aprendices.

Tenía la misma expresión de alguien que hace cálculos matemáticos.

Al cabo, terminó profiriendo una fuerte carcajada que le hizo doblarse a la mitad con las manos apretadas contra el estómago.

Mary cruzó una mirada atónita con sus primas.

—No es gracioso —refunfuñó Céline, cruzando los brazos.

—No, claro que no, querida. —Atwood se enjugó los ojos, en un desatinado intento por recobrar la compostura—. Pero... tu rostro... parece como si no te hubiera ocurrido nada peor en toda tu vida.

Mary pensaba lo mismo. El rostro de Céline —o su expresión— era de una chiquilla avergonzada, a la vez que airada, por los inusitados designios de su hermano mayor.

Sus mejillas estaban rubicundas. A regañadientes había accedido a la demanda de su hermano de vestir pantalones.

Por alguna razón su prima no apartaba las manos de su entrepierna como si alguien pudiera ver más allá de la tela basta que la cubría.