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CELDAS ENCANTADAS
El día, bastante frío, empezó como de costumbre.
Olee entró a la alcoba de Mary, con su sonrisa radiante habitual, llevando en una mano la escudilla de oropel con el comestible que había preparado Adler mucho antes de que las primeras luces asomaran por la ventana (o al menos así lo aseguraba el cocinero de los Katterblack).
El desayuno constaba de pan de centeno recién hecho, un huevo duro rociado con sal y tajado en círculos perfectos, frutos secos, y jugo de naranja.
—Buenos días, señorita —dijo la mucama. Y dejó la escudilla en la cama con una ligera inclinación.
—Buenos días, Olee. —De pronto un bostezo pilló a Mary por sorpresa.
Apenas alcanzó a cubrir la boca con la mano.
Olee rio. Mary, avergonzada, trató de esconder su rubor cubriéndose las mejillas con las manos, como si de verdad fuese a servir de algo (o hiciera falta).
Al final repuso—: Gracias. Y da las gracias a Adler de mi parte.
—No es necesario... —empezó a decir la mucama.
Calló al ver la mirada que le echaba Mary.
Se tomó las manos delante del delantal—.
Se lo diré, señorita —dijo—. Y el señor espera verlas a usted y sus primas en la sala común.
Dice que es importante, y que se ponga su atuendo más. .. cómodo. Que no use falda.
Mary frunció el ceño.
—¿Por qué? —«¿Que no use falda?». Aquello no tenía sentido—: ¿Y qué se supone debo usar?
—Pantalones —respondió Olee—, señorita.
—¿Te refieres a pantalones de hombre?
—Son los únicos que hay, sí. —La mucama encogió un hombro; la sonrisa, aunque liada, no abandonaba sus labios—. Abigail ha enviado algunos para usted y las señoritas Elise y Céline. Dijo que fueron hechos especialmente para una chica. El señor insiste en que deben llevarlos puestos.
—¿Qué opina al respecto Céline? —preguntó Mary.
Su prima tildaba de grotesco el atuendo que Abigail vestía para realizar sus labores en el jardín.
Y a diario. Prendas para hombres: camisas de lino holgadas, botas de cuero de suelas anchas, pantalones que se ceñían a sus piernas (eran especialmente los pantalones lo que escandalizaba a Céline).
En una ocasión, Mary pensó que de llevar pantalones a mansalva se sentiría como si una estuviese desnuda.
Sin embargo, se había acostumbrado a la ropa poco femenina de Abby tanto como a la joven que la llevaba puesta. Y no la podía imaginar de otra forma.
—Ya conoce a la señorita Céline. —Olee enarcó las cejas con una risita—.
Cuando le informé las directrices de su señor hermano, se calzó, cogió su bata despotricando contra el señor y salió de su habitación como alma que lleva el diablo, se presentó en el comedor, donde se encontraba el señor Leonard.
Leo no estaba solo, abundó Olee. Lo acompañaban en la mesa su esposa y su señora madre.
Desayunaban. Olee, que había seguido el paso vehemente de Céline, describió cuando esta abrió las puertas hacia dentro y se plantó frente a la mesa; sus pómulos rubicundos, aún hinchados por el sueño, parecían a punto de estallar.
— ¡ME REHÚSO! —había gritado.
—¡Céline! —increpó su madre, a ojos vista pasmada por el tosco proceder de su hija.
Céline, airada e imperturbable, gruñó:
—No me vestiré como una... —Y, sin acabar la frase, miró a su hermano de una forma desafiante que heló la sangre a Olee—. No usaré pantalones. No me vestiré con su ropa. ¿Para qué? ¿Por qué debo vestir con pantalones? ¿Acaso debo usar calzones también?
—Si tanto te molesta ponerte la ropa de Abby, despreocúpate, hermana —dijo el señor Leonard, indiferente.
Había crecido en la mansión Katterblack.
Tenía amplia experiencia en cuando a los berrinches de Céline; según Olee, era quien mejor los manejaba.
O casi tan bien como su padre—. Le he hecho varios encargos a la señora Tawney; pantalones para ti, Elise y Mary.
Pronto tendrás tus propias vestiduras para. ..
—No usaré pantalones, Leonard —insistió Céline—. Además, aún no sé por qué debo hacerlo.
—Lo sabrás, hermana. Llegado el momento. Y eso será esta tarde.
—No. Quiero saberlo ahora.
Leonard entrecerró los ojos, con una mirada fulminante. Aspiró hondo.
Céline cruzó los brazos, resuelta a no dar su brazo a torcer. «Se podía ver en sus ojos, señorita», dijo Olee. «Conozco esa mirada. Y también el señor Leonard».
—Maldita sea, Céline. —Propinó un golpe a la mesa que hizo vibrar la cubertería. Su madre y su esposa también dieron un bote—. ¿Por qué eres tan insufrible? Padre debió darte una debida lección para que aprendieras a comportarte como una señorita obediente y no como... como una loca piojosa.
— ¡Leonard! —dijeron la madre y la esposa al unísono: Alice, a ojos vistas indignada por el lenguaje soez de su hijo; Coselin, la esposa de Leo, intentó en cambio esconder de su suegra una carcajada tapándose con una servilleta, pero Olee (que también hizo conato de esconder su propia risa) lo notó.
Céline, más que indignada, estaba roja de furia.
Giró sobre los talones y salió del comedor como una banshee huyendo de la luz del sol.
Olee estaba a punto de seguirla, pero Leonard la detuvo; le pidió que informara esta orden a Mary y Elise, y que, si alguna tenía una queja que hacerle, estaría en el estudio.
—¿Y no dijo por qué debemos usar pantalones? —le preguntó Mary a Olee, como si no acabara de oír la respuesta.
—No, señorita.
—¿Tú qué crees, Olee?
La sonrisa se desvaneció un instante de los labios de la mucama y arrugó el ceño.
—No lo sé, señorita. —Se encogió de hombros—. Este nuevo señor actúa de formas más misteriosas que el anterior. Pero es buen hombre. —Al decir aquello, la sonrisa volvió a iluminar su rostro circular. Y, sin más, salió de la habitación.
Mary habría querido preguntarle si había creído que Richard Katterblack fue buen hombre.
Ella misma se habría respondido para sus adentros que sí, que solo había cometido terribles errores como cualquier otro hombre en el mundo.
Y que había intentado corregir aquellos errores cometiendo otros igualmente terribles.
Bostezó. Sentía un dolor sordo en la nuca y un hueco abismal en el estómago.
Había pasado casi toda la noche pensando en el fantasma de Sutr.
«Si de verdad había sido él», se dijo. Todavía no estaba segura.
Quizá había confundido a una de las mucamas con el viejo mayordomo.
No había otra explicación. Si bien, antes había tenido ya otros encuentros con fantasmas (uno de ellos el de su madre, incluso), ninguna de aquellas apariciones había sido de una naturaleza tan fortuita como la de la noche anterior.
Y ninguno tampoco le había hablado directamente.
«Puedo aliviar el hueco en mi estómago con el desayuno. Pero ¿qué haré con esta zozobra en mi pecho?»
Desde la noche en la que tuvo un encuentro cercano con la aparición del mensajero de Silas Katterblack (el segundo que tenía con el mensajero; el primero fue en la noche en la que Céline se valió de su estado para despojarla de las cartas de su padre), Mary no había vuelto a ver ningún fantasma.
Una semana había pasado desde entonces. Antes de eso, a decir verdad, había pensado que no volvería a tener otro avistamiento de ese tipo de nuevo; que aquel don, o lo que fuera, había desaparecido sin más para siempre. Pero no.
Mary recordaba la fijeza de los ojos de Claudine, ojos color jade brillantes.
También su inicua sonrisa. Sobre todo, recordaba sus palabras.
Había dicho: «¡Tú! Eres uno de nosotros».
Mary no había dejado de preguntarse qué había querido decir la mujer con uno de nosotros .
¿Acaso estaba relacionado con su don para ver a los muertos?
La propia Claudine estaba muerta: esto podría significar que o bien avistaría a su fantasma, o bien nunca sabría la respuesta a su pregunta.
Bien mirado, ambas eran opciones poco satisfactorias e inquietantes.
Sintió de nuevo la punzada en nuca, y gimió, pasándose la mano en tanto rodeaba la cama hacia el sitio donde Olee había dejado la escudilla de latón.
El pan de centeno olía delicioso. Le gruñeron las tripas al percibir su aroma.
Bebió un poco de jugo de naranja antes de empezar a comer.
Las preguntas habituales de cada mañana pasaron por su cabeza mientras cogía el tenedor, ensartaba una de las perfectas rodajas del huevo duro con sal y se lo llevaba a la boca sin apenas apreciar el gustillo: ¿Dónde estaba su hermano en aquel momento?
¿Acaso estaría despierto? ¿Habría desayunado?
¿Por qué siempre olvidaba hacer estas preguntas a Olee?
¿Vería a Andrew? Sacudió la cabeza. «No —pensó—, no es momento para pensar en Andrew.
Tal vez mañana». Ahora solo importaba Sam, que a pie enjuto estaba con Adler y Tara en la cocina.
Le gustaba pasar mucho tiempo en ese lugar por alguna razón.
Tara y Adler lo trataban con especial atención: se aseguraban de que el chico estuviera bien aseado y alimentado antes de mediodía, para sus lecciones con la señorita Atwood.
Mary acabó su desayuno. En aquel momento la puerta de su habitación se abrió de imprevisto.
—Elise —dijo, absorta.
Su prima, pálida como una muñeca de porcelana, avanzó hacia la cama.
Mary la observó, entre boquiabierta y avergonzada por su propia apariencia, desaliñada, con el pelo revuelto como un nido de pájaros, y ropa de dormir.
Elise, en cambio (para entera sorpresa de Mary), estaba vestida sobriamente: una camisa de lino blanca, pantalones negros y botas de montar.
Su cabello castaño oscuro iba recogido en una trenza intrincada, que destacaba la forma de corazón de su rostro.