Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 22 #3
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Al menos tenían eso en común. Gustav no había decidido permanecer en River Town para alejarse una temporada de las tramas políticas de Europa o la creciente burocracia en la sede del Alto Gremio.

Tenía sus propios motivos ocultos. Tan ocultos que ni siquiera el delegado Morozov lo sabía.

Lo cierto era que había sido enviado para esclarecer algunos misterios que interesaba especialmente a los Altos Seguidores.

Entre ellos, el paradero del oráculo del pasado y de algunas de las gemas de la corona de Isidora.

Hasta ahora solo había descubierto que la Gema de la Muerte en efecto lo estuvo en este pueblo, que los Hornwood la habían mantenido escondida durante años hasta que la criatura llamada Darkling la sustrajo para su ritual.

Y que en aquel momento su ubicación era tan incierta como la de los chicos Holbrooke.

En cuanto al oráculo, tendría que visitar la casa Holbrooke para despejar sus sospechas.

La puerta de la alcoba se abrió con estruendo. Gustav giró en redondo.

—Oh, Gustav. —Era Stephen—. Por supuesto que estás aquí.

Admirando el paisaje. —Parecía más animado que aquella mañana en el último cenáculo del Gremio.

La decisión de incluir a una muchacha entre los miembros lo había hecho rabiar durante todo el trayecto a casa. «¿Por qué este cambio tan repentino?»

—Me recuerda a casa. —Gustav sonrió e hizo un educado gesto con la taza de té en la mano.

—Sí, la vista es sublime. E imagino que debes echar de menos tu hogar.

—Gustav quiso decirle que muchísimo. Prefirió callar.

Reedstter se acercó a la ventana con las manos tomadas a la espalda.

Suspiraba con aire nostálgico como si tan bien extrañara su hogar.

Habló con enfado a pesar de su humor inicial—.

Hoy ha sido un día terrible, sí, terrible.

Y todo por culpa del hijo de puta de Katterblack.

—Apretó los puños a sus espaldas—. El Gremio ha sido mancillado.

Ahora hay una mujer entre nosotros, ¡y no cualquier mujer!

, sino Abigail Treddaway. —Miró a Gustav—.

¿Recuerdas que te hablé de ella? La muchacha que está envuelta con la hija de Frederick Startclyde.

Gustav asintió. Aunque habría preferido no tener que haberlo escuchado.

Al mismo tiempo le hacía gracia oír aquel desprecio efervescente manar de los labios de Reedstter como agua emponzoñada.

Aquello le hizo pensar en otro de los motivos por el que su estadía en aquel pueblo sería más llevadera el tiempo que durase.

—Tanto da. —Una sonrisa maliciosa asomó en los labios de Reedstter—. Todo esto acabará pronto.

Gustav frunció el ceño.

—¿A qué te refieres?

Stephen lo miró fijamente, esta vez a través del cristal de la ventana.

—Pronto lo sabrás —respondió—. Pronto. Él está por venir.

Mary no entendía qué quería decir Céline con «libros mágicos».

Ella pensaba que se refería a los volúmenes que había ojeado de pasada en la biblioteca de la mansión que contenían historias sobre seguidores de la luz y servidores de la oscuridad, de los hijos del bosque y de seres del mar oculto; o aquellos que ilustraban sobre la creación de hechizos y pociones.

Pero estaba equivocada. Céline sonrió al escucharla.

—Me refiero a novelas y poemarios escritos con magia por seres mágicos. Volúmenes envueltos en magia desde la cubierta hasta la tripa —dijo Céline. Mary empezó a comprender—. Esos textos solo pueden ser leídos por seres como nosotras: de sangre mágica.

—¿Qué pasa si uno de esos volúmenes cae en manos de gente común? —preguntó Mary.

—Solo vería un montón de páginas en blanco engastadas en una preciosa cubierta de cuero sin grabados —dijo su prima, satisfecha—.

Los Katterblack contamos con una pequeña colección de libros mágicos, pues son muy raros.

Lo son todavía más aquellos que no son novelas o poemarios. Como el libro Blanco...

—... y el Grimorio —atajó Mary, absorta.

Céline asintió despacio.

—Sí. Y cuestan una fortuna: no suelen producirse más de uno o dos ejemplares de cada uno. En el caso de libro Blanco y el Grimorio son ejemplares únicos e invaluables.

No tenía ni qué mencionarlo. Mary sabía lo importantes que eran.

Habían transcurrido algunas horas desde que Céline la había dejado sola en la biblioteca.

En este lapso había leído un libro mágico y ya iba a mitad del segundo.

Se llamaba Luna y sombras , del autor hadúno Arthur Hillsbury.

Tratada sobre el romance idílico entre una seguidora de la luz y un servidor de la oscuridad en vísperas de la Guerra del Eclipse Rojo.

El servidor de la oscuridad era vástago de la mano derecha de Cletus II Mormont (al parecer era una obra basada en hechos históricos de la comunidad mágica; en la nota inicial el autor ponía que era ficción; tal vez era una composición de ambos).

En fin, Mary preveía el final, propio de una obra de William Shakespeare.

«Criden, herido en el pecho por la espada del seguidor de la luz, cayó en los brazos de su amada; brotaba sangre negra por la herida y la comisura de sus labios.

No apartó la mirada, una despedida silente, ni un solo instante hasta el final.

El Submundo lo esperaba... —Mary leía para sus adentros.

Echó un vistazo a su hermano, que estaba en uno de los sillones contiguos, leyendo una novela de aventuras de Stevenson.

Mary secó la lágrima que rodaba por su mejilla.

Siguió leyendo—. Ella miró al cielo: tenía el color de la ceniza.

El mismo que su amado cuando este se desintegró en sus brazos».

Oyó un bostezo y desvió la mirada. Sam estaba desperezando.

Tenía los brazos extendidos y una «o» pronunciada en la boca.

El libro de Stevenson, amenazando con caer al piso, pendía de la punta de sus dedos y rozaba el suelo con la cubierta.

Sam miró a su hermana con ojos cansados.

Mary sonrió y contuvo el impulso de alborotarle el cabello.

A menudo tenía que recordarse que ya no era un niño.

Al cabo, su hermano se acurrucó en el cómodo sillón, con el libro bajo el brazo, y se durmió.

Mary se cubrió la boca para contener una risa.

«Quizá debería enviarlo a su habitación —pensó—.

Quizá ambos deberíamos ir a dormir, sí».

Pero antes quería terminar el libro. Le quedaba un capítulo para terminarlo.

Y no tenía sueño.

—Mary.

La tía Alice estaba de pie en umbral de la puerta. Desde aquella distancia, su voz se extendió como un eco distante por toda la biblioteca Katterblack. Alice, la ceja enarcada, echó un vistazo hacia el sillón contiguo. Y bufó una sonrisa.

—Ya es tarde —dijo—. Deberías dormir. Y lleva al pequeño Sam a su habitación.

Mary asintió. Entonces fue sorprendida por un repentino bostezo. Cubrió su boca con premura.

—Me queda un capítulo —dijo—. Uno y lo terminaré. Cuando lo haga, prometo llevar a Sam a su dormitorio. Yo haré lo mismo.

Alice compuso un mohín divertido.

—Está bien. —Descruzó los brazos—. Espero no tener que encargar a las mucamas que los lleven en brazos a sus alcobas avanzada más la noche.

—Se la quedó mirando con una leve sonrisa—.

Oh, pequeña, me recuerdas mucho a tu... —La sonrisa se diluyó.

Bajó la mirada y se fue, sin decir siquiera «buenas noches».

Después de eso, Mary no sería capaz de terminar la novela. Lo sabía bien. Se levantó y dejó el libro sobre la mesita. La luz de la luna pasaba a través del ventanal como una estela traslúcida. Se la quedó mirando un largo rato, sin darse cuenta.

—¿Quiere que la ayude con el pequeño, señorita? —la voz vino de atrás, donde antes había estado la tía Alice.

Mary se volvió, arrancada de sus ensoñaciones. Un leve escalofrío le cruzó la espalda.

—No —respondió—. Yo me ocuparé. Gracias.

El viejo mayordomo, encorvado y envuelto por un halo de luz tan blanco como el de la luna, asintió solemne.

—Está bien, señorita —dijo, en voz baja—. Buenas noches.

—Buenas noches, Sutr.