Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 22 #2
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—Supongo que ella también hará parte de esto —dijo Abby—. Mary.

Andrew miró a su hermana fijamente. Y pensó: «En efecto. ¿Y cómo no lo haría? Aquella criatura ha querido poseerla todo este tiempo. Ella más que nadie lo necesita».

—Te necesita —atajó Abby, y alzó una ceja.

La expresión de Andrew fue como si le hubiera tocado una herida abierta.

Inhalo profundo. Y asintió mientras pensaba: «Ambos sabemos que en parte esa es la razón por la que acepté hacer esto.

Quiero que esté a salvo. Y quiero tenerla de nuevo cerca de mí.

—Bajó la mirada—. En primer lugar, nunca debí alejarla».

Abby asintió.

—Tienes razón: nunca debiste hacerlo —dijo—. ¿Por qué lo hiciste?

—Porque no podía darle lo que me pedía. —La voz de su hermano era quebrazada como una hoja seca.

La mirada vidriosa, distante. Suspiró—. No quiero compartir esta sombra con ella.

No quiero decirle todas las cosas que me hizo Mahlon West..

. Siento asco y vergüenza... Y no quiero que ella sienta eso por mí.

—No lo hará.

Andrew rio, sin mirarla, negando con la cabeza.

—No puedes estar segura.

—Lo estoy. —Abby se acercó a su hermano y puso una mano en su brazo.

Notó la tensión en sus hombros, en sus labios.

Quiso abrazarlo, pero no era eso lo que Andrew necesitaba en ese momento—.

Recuerda que puedo oír sus pensamientos.

Conozco sus sentimientos. Una parte de ella siente culpa. Y quiere ayudarte a sanar.

—Ella no tiene la culpa. Ninguna culpa.

—Pues díselo. Y si no puedes compartir con ella aquella sombra, hazlo conmigo. No la guardes para ti como cuando se fue nuestro padre...

Andrew se apartó de su lado. El ceño sobremanera fruncido.

—Eso fue totalmente diferente. Y no tiene nada que ver con este asunto.

Padre me partió el corazón, yo solo tenía doce años cuando lo vi marcharse a mitad de la noche.

—Su mirada se ensombreció—. En cambio, Mahlon.

.. Mahlon me llevó a una oscuridad a la que jamás creí que llegaría. Y por eso debo asesinar a ese infeliz.

—¿Crees que la sombra no te seguirá después de que lo hagas?

—Tal vez sí. Pero no tengo nada que pender.

—Yo creo que sí —dijo Abby—. A Mary.

Andrew la miró directamente a los ojos un instante. Luego apartó la vista, dándole la espalda. Sobrevino un largo silencio.

—¿Cuándo empezamos? —preguntó Abby.

Andrew se dio la vuelta.

—¿Qué?

—El asunto de Katterblack.

Andrew asintió y desvió la mirada; acto seguido, caminó hacia uno de los sillones de la sala de estar y se dejó caer como abatido.

—Mañana —respondió—. Mientras más pronto empecemos, mejor. Palabras de Katterblack. Por cierto, ¿cómo estuvo la reunión de hoy?

Abby parpadeó. Se tomó un instante para responder. Y lo que dijo al cabo fue:

—Bien.

Su hermano le echó una mirada seria, con ojos como rendija, cruzando los brazos.

Abby empezó a contarle como de pasada la resolución del Gremio de aquel día.

Describió punto por punto la expresión en las caras de Reedstter y Startclyde («eran poesía»), también la del principal Oakwater, cuyo voto en contra aún le sorprendida.

Qué más daba. Ahora era miembro oficial del Gremio, podría asistir a los que Andrew llamaba «aburridos cenáculos», y hacer parte de la toma de importantes decisiones sobre la suerte del pueblo.

Estaba feliz. Y podía ver en la cara de Andrew que éste compartía su felicidad, aunque a su manera.

—Madre estaría orgullosa —dijo él.

—También padre.

Tardó un instante en darse cuenta de lo que había dicho.

Miró a Andrew. No parecía enojado o atónito.

Había una sombra en sus ojos, pero nada más.

Al cabo se limitó a una escueta sonrisa.

Abby también sonrió un poco parca y enfiló la cocina.

Aquella noche no habría sobras de la mansión Katterblack.

Abby era la cocinera designada. Estaba manos a la obra cuando escuchó los pensamientos de su hermano en la sala de estar.

Flotaban hacia ella como el humo de una fumarola.

«A veces me pregunto dónde está. Si está muerto o vivo.

Quisiera saber por qué se marchó. Y si nos amaba.

Si de verdad nos amaba. A veces siento que sería capaz de regresar a los brazos de Loreen para obtener respuestas.

A veces pienso que no tendré descanso hasta que lo descubra.

A veces deseo que ojalá estuviera muerto. ..

»Así sería más fácil...»

Abby, con lágrimas en los ojos, escuchó cada palabra hasta el final.

Gustav Wolfgang contemplaba la noche desde su magnífica alcoba de invitados en la mansión Reedstter.

Alzó la mano con la taza de té y dio un profundo sorbo.

Pensaba en el motivo que meses atrás lo había traído a River Town y que lo había hecho quedarse incluso tras la partida del delegado Morozov, una semana después de los sucesos en la casa Holbrooke.

(En realidad eran dos los motivos por el que había decidido quedarse en aquel enigmático pueblo, y era hasta ahora que caía en cuenta del segundo.) Con un suspiro, apartó la taza y la dejó de vuelta en la mesita.

Aquella vista del jardín postrero de los Reedstter le traía recuerdos de su hogar, en Suecia.

El castillo de su familia tenía varios jardines como aquel.

Gustav disfrutaba pasar largos ratos mirando sus arbustos y estatuas: rememorando el pasado, planeado su futuro.

«Es esto o soportar la irritante compañía de Reedstter —pensó Gustav—. Mi primo».

En River Town se respiraba un aire un tanto diferente al que se apreciaba en cualquiera de los lugares en el mundo en los que había estado Gustav.

Enseguida había comprobado que era cierto lo que afirmaban algunas historias sobre el pueblo en el que murió Ben Holbrooke: en alguna parte se ocultaba una magia tan antigua como poderosa que por años había sido el objeto de deseo de muchos nigromantes.

«La luz y la oscuridad se encontraron como viejas compañeras en una tierra yerma donde nada florecía, donde los caminos estaban trazados por ríos de fuego y solo la noche regía en el cielo», decía un pasaje de Luces del Horizonte .

Era probable que River Town se alzara en el lugar donde ocurrió aquel canónico encuentro. Donde la magia tuvo su origen. Donde la luz venció en su primera batalla contra la oscuridad.

Y si esto resultaba cierto, el poder que resguardaba permitiría a cualquier criatura cambiar el mundo, el espacio, el tiempo, todo lo que era conocido, y todo lo que estaba por conocerse. Al menos eso le había dicho su orador de conocimiento.

De nuevo acudieron a su cabeza los recuerdos de la batalla en Fort Hill.

Había sido una contienda feroz en la que habrían sido superados en número por las sombras sin origen.

Pensó en Lloyd Blackfell. En lo maravillosamente bien que habían luchado juntos, espalda contra espalda, hasta que Gustav blandió el illuminatus y mermó las hordas de Tesios Haskell en un santiamén.

Recordó la mirada que le echó Blackfell en los segundos posteriores.

Atónita y desconfiada. El joven Blackfell ya debía sospechar cómo había previsto Gustav que les haría falta un bastón de luz para vencer en aquella contienda.

También debía intuir que tenía un motivo oculto para permanecer en River Town además de velar por que el Gremio acatara las órdenes de los Altos Seguidores.

Podía verlo claramente en sus profundos ojos color ámbar. Gustav disfrutaba gozar de su atención.

No era este el caso con Reedstter. Gustav había arribado a la morada de sus parientes lejanos mientras la familia estaba en duelo tras la pérdida de uno de sus miembros: Caroline, la primogénita de Stephen.

Al parecer había sido asesinada por la criatura resultado de la maldición de los Hornwood.

Y, hasta donde sabía Gustav, aquella no había sido la única pérdida que habían tenido que afrontar los señores Reedstter, aunque no de modo tan definitivo.

Ian Reedstter fue encerrado en las celdas encantadas del pueblo tras confesar su participación en los planes para asesinar a Richard Katterblack.

«Los Reedstter llevan el veneno de la oscuridad en la sangre —decía su padre, el señor Wolfgang, sobre sus parientes lejanos—.

Así ha sido generación tras generación».

En consecuencia, la mansión Reedstter parecía habitada únicamente por Stephen, Gustav y Nathaniel, de nueve años, el más joven de los hijos de la familia.

La señora Reedstter, Barbara, apenas salía de sus aposentos desde que asesinaron a su hija y encerraron a su hijo.

Y la servidumbre, bastante numerosa, era tan gris como un cielo encapotado.

Con todo, Stephen Reedstter mantenía un carácter regio y se deshacía en atenciones con Gustav.

Quizá lo hacía con la esperanza de conseguir el favor del hijo del Principal de los Altos Seguidores.

No era un mal hombre. Solo ambicioso. Y para Gustav eso no era del todo malo.

No la mayoría de las veces. El rostro del señor Reedstter siempre reflejaba satisfacción al ver a Gustav.

Como si su mera presencia fuera una clase de premio de consolación tras un día difícil.

Pensó: «Quizá vea en mí a los hijos que perdió. O quizá su alegría atienda a motivos ocultos».