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NINGUNA CULPA
Mary se acercó al ventanal para admirar la vista del jardín Katterblack desde la sala común, donde acababa de terminar sus lecciones con la señorita Atwood; aquella vista correspondía al mismo ángulo que mostraba la mayoría de las ventanas de ese flanco de la mansión, con la fuente de la trucha como piedra angular en todas ellas.
Aquella vez, sin embargo, no fue la fuente lo primero que vio Mary. Apenas pudo contener una exclamación de sorpresa al divisar a Andrew.
Pero, se preguntó, ¿por qué debía sorprenderse?
Después de todo ella había presenciado el regreso del muchacho y su hermana el día anterior.
Además, Andrew y Abby eran jardineros de los Katterblack.
Como fuera, mientras veía distraídamente a Andrew, Mary pensó en el enorme esfuerzo que debía suponer el mantenimiento de aquel vasto jardín: árboles y arbustos que irrigar y podar, flores de diferentes clases que requerían el debido cuidado, la limpieza de las fuentes, mantener a raya la maleza proveniente del bosque.
.. Dios, debía ser exhaustivo para solo dos personas.
Sin añadir que los Katterblack tenían su propio huerto, donde se cultivaba una asombrosa variedad de frutas y vegetales (aunque era probable que Adler y las mucamas echaran una mano en esta área).
También pensó que quizá esa era la primera vez que miraba a Andrew realizando las habidas labores de jardinero desde su llegada a la mansión.
Y que bien podría mirarlo hacerlo todo el día.
Suspiró.
Andrew, dándole la espalda, estaba a escasos metros, podaba algunos arbustos con unas enormes tijeras.
El sudor fijaba su camisa de lino a su espalda y brazos.
Sus brazos, gráciles pero fuertes, se tensaban con cada arremetía que lanzaba contra aquellos engendros de hojas y ramas que se interponían en su camino.
Había cierta elegancia en sus movimientos.
El modo en el que se secaba la frente con el dorso de la mano enguantada en cuero.
.. Mary tenía la impresión de que el tiempo se había ralentizado mientras contemplaba esta imagen sublime.
Volvió a suspirar.
—No pude evitar fijarme que hace un espléndido día.
Mary abrió los ojos como platos. Apenas, o eso esperaba, disimuló un sobresalto en tanto se daba la vuelta.
Era Céline. Pensó que no debería ocultarlo, o quedaría más en evidencia ante su prima.
Este la miraba con travesura. Saltaba a la vista que había actuado adrede.
Volvió la vista a frente mientras Céline se situaba a su lado con una amplia sonrisa.
—Lo siento, Mary —dijo—. No quise causarte un susto. No pensé que estuvieras tan embebida por el panorama, ciertamente encantador.
Se miraron. Y luego se rieron en complicidad.
—¿Dónde está Elise? —preguntó Mary, al percibir tras un breve vistazo la ausencia de su prima en la sala común.
En aquel momento, Olee estaba cerca del moblaje recogiendo la escudilla con la merienda de esa tarde, casi intacta.
—No lo sé. —Céline encogió los hombros—. Ya sabes que últimamente tiende a esfumarse sin razón. Nadie sabe a dónde va. Intenté seguirle el rastro hace unos días y fallé. Lo mismo que Olee. —Y alzó la voz hacia la mucama que estaba a punto de salir de la estancia—. ¿Verdad, Ol?
—Sí, señorita.
Mary también lo había notado. Elise llevaba semanas actuando extraño. Desaparecía con un talento impresionante. Aprovechaba hasta la más mínima distracción para escabullirse. ¿Adónde iba entonces? Nadie lo sabía. Casi parecía un truco de magia.
—He pensado en realizar un hechizo localizador —dijo Céline—, pero se requiere mucho esfuerzo y, a decir verdad, no creo que resolver el misterio en torno a las desapariciones de Elise lo merezca.
Quizá esté leyendo alguno de los textos prohibidos de padre en la comodidad de un armario, o esté aprendiendo la técnica del beso francés con alguno de nuestros apuestos cocheros.
—Mary la miró horrorizada. Céline suspiró con aire cansino, sin apartar su mirada de la ventana; la luz menguante de la tarde se reflejaba en sus ojos—.
Por cierto, el joven Sam, que al parecer se lleva de maravillas con el pequeño Vincent, ha salido a dar un paseo por el jardín junto a Coselin, el pequeño y madre.
“Han pasado dos meses”, dijo Alice Katterblack (ya conoces a mi madre), “y Coselin no conoce estos terrenos de punta a punta”. De modo que esa es su idea.
Alice Katterblack, a quien ya se le llamaba la viuda de Katterblack, había decido ceder la alcoba principal a los nuevos señores, Leonard y Coselin, quienes habían intentado convencerla de que no era necesario.
Ante lo que la viuda de Katterblack alegó que no volvería a poner un pie en aquella habitación mientras estuviera con vida.
«Y si quieren cerrarla a cal y canto para el olvido —había dicho—, esa será su decisión. Yo ya he tomado la mía».
—Y Leonard... —decía Céline. Calló de pronto. Mary, que había apartado la vista de ella un instante, volvió a fijarla con una arruga en el entrecejo. Céline tenía la misma expresión de desconcierto, aunque más pronunciada. Mary siguió la orientación de su mirada. Y descubrió el porqué.
Leonard estaba allí mismo, en el jardín, hablando con Andrew.
Andrew, la piel brillante de sudor, el antebrazo a la altura de la frente para mitigar los efectos del sol en sus ojos, atendía al nuevo señor Katterblack con una mueca de profunda concentración en el rostro.
Leonard, al parecer, estaba dándole directrices de algún tipo.
Andrew asentía sin decir palabra. Y, de repente, ambos pusieron su atención en el ventanal en el que estaban Mary y Céline.
Leo, notablemente sorprendido a la vez que feliz de verlas, alzó una mano para saludar.
Céline fue la única que se lo devolvió, a ojos vistas confundida.
Mary y Céline cruzaron una mirada tardía.
—¿Sobre qué habrían hablado? —preguntó Mary cuando vio que el primo Leo se alejaba. Andrew hizo lo mismo, dándole la espalda.
—No tengo idea —murmuró Céline, aún confunda—.
Mi hermano es una caja de sorpresas. En muchos aspectos se parece a padre.
En muchos otros no. Hace unos días dijo que habría algunos cambios en la mansión.
“Algunas cosas cambiarán, Céline”, me dijo con un tono presuntuoso.
—Mary no creía que el primo Leonard tuviera un tono presuntuoso, pero se reservó su comentario.
Céline continuó—: No sé a cuáles cosas se refería.
Solo espero que no se le ocurra dejarnos sin servidumbre.
Leonard es un poco mojigato. La verdad, no sé a quién ha salido.
«Lo mismo dirías de Elise», pensó Mary.
—Yo tampoco —dijo. Su prima no le prestó atención.
—Da igual —suspiró Céline—. Debo irme. Por favor, Mary, si encuentras a mi querida y ausente hermana, dile que quiero hablar con ella. Dile que es importante. —Y, dicho eso, dejó la sala común.
Mary y sus pensamientos se quedaron allí solos.
—A decir verdad, la repentina petición del nuevo señor Katterblack me ha tomado por sorpresa —comentaba Andrew—. El anterior jamás me habría confiado la vida de sus retoños.
—No puedes estar seguro —repuso Abby. Si bien a ella también le había pillado la petición Leonard Katterblack, pensaba que era apropiado en vista de los sucesos de los últimos meses—.
Richard Katterblack, puedes apostar, te lo habría pedido a ti antes que recurrir a Lance Greystar.
Nunca estuvo de acuerdo con que Lance acogiera a los huérfanos del pueblo como sus aprendices de combate.
—¿Cómo lo sabes?
—Lance me lo dijo. El mismo Katterblack propuso una votación para que Greystar cesara como orador de combate de los huérfanos del pueblo en una ocasión.
—Ya.
No le sorprendía. El señor Katterblack no era tan compasivo como parecía a veces. Ocultaba secretos, mentía, traicionaba, como cualquier hombre.
—¿Y bien? —quiso saber Abby, arqueando una ceja—. ¿Aceptaste?
Andrew se la quedó mirando. Abby era incapaz de adivinar cuánto había sanado el alma de su hermano en los últimos meses tras los terribles sucesos en Collin’s Meadow.
A veces parecía volver a ser el mismo de antes.
Todavía sufría pesadillas de lo ocurrido, si bien no tantas como en aquellos primeros días después de su rescate.
En la misión de Fort Hill, Andrew había sido el mismo por unos días (salvo por aquella predisposición de hacer que lo maten), pero esto había cambiado tras oír las palabras de la señora Richmond.
Y con razón. A Abby también había inquietado el vaticinio de aquella mujer.
Tardaría semanas, meses quizá, en sacar de su cabeza aquella imagen de la señora Richmond con los ojos brillantes, la boca en una mueca espantosa.
«Habrá tres muertes en River Town antes de que la verdad te sea revelada».
¿A cuál verdad se refería? ¿Y quiénes habrían de morir antes de conocerla?
Las capas verdes habían estado especulando durante el trayecto de vuelta a casa.
Solo llegaron a la conclusión de que aquella verdad podía tener que ver con su padre.
Y que las muertes estarían vinculadas a Andrew.
Andrew estuvo callado durante todo el viaje.
Abby temió por momentos que volviera a ser el Andrew de aquellos días recientes a su rescate: los gritos a mitad de la noche; la mirada baja, taciturna; el rostro macilento; el silencio.
Abby esperaba que Mary siguiera intentando cumplir la promesa que hizo a su hermano a pesar de la acalorada discusión (de la que Abby estaba al tanto gracias a los pensamientos de su hermano) que tuvieron un día antes de la partida hacia Augusta.
Ella no sabría decir exactamente qué intentaba la sobrina de la señora Katterblack —¿salvarlo, acaso?
—, pero debía admitir que aquellas visitas le habían hecho bien a su hermano.
Andrew se rascó la barbilla.
—Sí —dijo por fin, con un suspiro resignado.