21 #2
—Según el testimonio de Atwood, ella estuvo en la casa Holbrooke horas antes de los sucesos de esa noche.
Al parecer, la extraña ausencia de Philip en las lecciones de piano de ese día con Elise Katterblack les dio mala espina.
También a Val, que se ofreció a hacer la visitar.
Dijo que Horace fue quien abrió la puerta y aseguró que sus sobrinos estaban bien; que Philip y sus hermanos estaban haciendo sus respectivos quehaceres hogareños o, en el caso de Phil, estaba en el pueblo.
Val ni siquiera pensó en una razón para no creerle; estaba sorprendía de ver a Horace después de tantos años.
—Horace —prorrumpió Reedstter—; todo este tiempo se trató del maldito Horace Holbrooke.
—En efecto —convino Lance Greystar. Alto, fornido y ceñudo.
Lloyd se preguntó cuál era el motivo de la ausencia del viejo Arnold Greystar, su padre (aunque más parecía su bisabuelo), que estaba siempre a su lado en las reuniones del Gremio —.
Fue Horace. Wallace Flint mantuvo en secreto su identidad durante su interrogatorio; el sepulturero se apegó a la mentira improvisada que soltó Philip para proteger a su tío. Wallace aceptó la culpa sin más.
—¿Y han vuelto a interrogar al maldito Flint? —preguntó el señor Reedstter, con enfado.
—Sí —asintió Sawyer—. Y ha confirmado nuestras sospechas. Que llevaba las partes de los cadáveres a Horace Holbrooke, quien estaba creando un cuerpo hecho a la medida para Darkling... o lo que demonios sea que eso signifique. Wallace exigió, por su confesión, que se le pusiera en libertad.
Reedstter se echó a reír.
—Maldito viejo —bramó—. Mintió al Gremio, saqueó tumbas, y utilizó a sus sombras para llevar a cabo su aportación a los planes de Darkling. No hay confesión que pueda librarlo de las celdas encantadas, salvo que sea muerto.
—Stephen tiene razón —dijo Startclyde, y dio la impresión de contenerse de decir: «Aunque odie reconocerlo»—.
Wallace Flint no debería dejar jamás las celdas encantadas, y lo mejor para él sería morir atrapado entre sus muros como condena.
Dada su vejez, dudo que su martirio dure mucho. Y tampoco debería Horace.
Tras los aciagos eventos de aquella noche en la casa Holbrooke, hace dos meses, Horace fue llevado al hospital del pueblo, donde fue sanado por el médico hadúno Hiralm y, posteriormente, confinado a las celdas encantadas.
Todavía no se había realizado un juicio por el Gremio ni por las autoridades del pueblo (dada la casualidad de que el alcalde de River Town era también el principal del Gremio, Felix Oakwater).
«Pobre», decía Eudoxio Belwolf; «solo lo ha hecho para proteger a sus sobrinos».
Al contrario, Stephen Reedstter decía: «Obtuvo su merecido, Horace y su grupillo de revoltosos.
Sobre todo el primogénito, Philip, que resultó ser un vil mentiroso».
Al oírlo esto, Lloyd pensó que Stephen era el menos indicado para emitir un juicio al respecto.
Con todo, el Gremio no había llegado a un consenso sobre las culpas de Horace tanto por su velada colaboración en los planes de Darkling como por los hechos de aquella terrible noche, en la que murió uno de sus sobrinos.
Si tuvieran que elegir Startclyde, Reedstter y Oakwater, el destino de Horace sería la horca.
En más de cien años de historia nadie había sido ahorcado en River Town, pero, dada la naturaleza de las culpas, bien podría ser este un nuevo comienzo.
Felix Oakwater comentó:
—En vista de la ausencia de Leonard Katterblack, me temo que tendremos que aplazar de nuevo la votación sobre la sentencia de Horace. —Frunció el ceño—. Por cierto, ¿alguien sabe por qué no está con nosotros?
—Yo sí.
La voz, salida aparentemente de la nada, sobresaltó a Eudoxio Belwolf, que se santiguó incontinenti; Startclyde bufó y entornó los ojos. Reedstter soltó un resoplido cuando descubrió quién había irrumpido de pronto en la estancia. Era Leonard Katterblack, observó Lloyd. Y no venía solo.
—¿Qué hace ella aquí? —increpó el señor Startclyde. Se refería a Abigail.
Era una grata e inesperada sorpresa para Lloyd ver a Abby aparecer entre las sombras, precedida por Katterblack. A su lado también emergió Ephraim Westwick, hermano del difunto Joseph, según oyó murmurar a Eudoxio al santiguarse por tercera o cuarta vez.
Leonard se adelantó al centro del círculo, las manos tomadas a la espalda. Al verlo era inevitable evocar a su difunto padre en una postura similar.
—El Gremio necesita nuevas voces —explicó—. Y yo he traído un par que bien nos valdría escuchar. Al menos eso espero. — Echó una mirada risueña a los nuevos integrantes. Un gesto que asimismo evocaba a su padre. Abby y Ephraim asintieron.
Lloyd no pudo evitar pensar en las palabras que dijo Reedstter en una ocasión: «Darkling ha dejado más huérfanos que la peste que años atrás arrasó con la población de Collin’s Meadow».
El silencio abismal que había seguido a aquellas palabras recordó a Lloyd que él mismo era uno de esos huérfanos.
Aunque Darkling no había blandido el arma que acabó con la vida de su padre, fue quien orquestó el plan para obligar al Gremio a intercambiarlo por Mary.
En aquella ocasión había mirado con enojo a Reedstter, que esbozaba una sonrisa tan amarga como una naranja descompuesta.
Y pensó en decir: «En tu caso, Darkling te quitó una hija».
Al final contuvo la lengua. Advirtió que varios de los miembros también se contenían de soltarle una réplica similar.
Un agravio doloroso. Ninguno habló. Lloyd se preguntó si su padre habría aprobado su comentario de haberlo dicho.
Claro que no; Elio Blackfell jamás se habría rebajado a tanto.
Lloyd parpadeó. Enfocó al señor Startclyde, ceñudo, echando una mirada ponzoñosa al nuevo señor Katterblack.
Y a Abby, que fingía no darse cuenta. Cerca, Stephen Reedstter tenía una mueca de desagrado, como si la simple presencia de la muchacha le causara una profunda indignación.
A ojos vistas estaba conteniendo la lengua para no expresar su opinión como bien sabía hacerlo, pero ¿por cuánto más lo conseguiría?
Los demás —Eudoxio, Oscar, Felix e incluso el sheriff— todavía se mostraban un poco confundidos.
Como si no acabaran de creer que de verdad Katterblack estuviera sugiriendo que una joven debería tomar un lugar en el Gremio.
Al cabo, el padre de Grace dio un paso al frente.
—¿De qué estás hablando, Katterblack ? —Dijo el apellido como si este le produjera un regusto amargo en la boca. Miró a Abby con el mismo desprecio con el que miraría un bicho, y soltó —: Y tú no deberías estar aquí. Vuelve a casa. Y más vale que olvides la idea de...
—Te equivocas, Startclyde —atajó Leonard, con una sonrisa afilada que bien legó de su padre—.
Quizá hace falta recordarte que los Treddaway son seguidores de la luz y sus antepasados, como los todos nosotros, miembros fundadores de este pueblo.
Por tanto, Abigail, la primogénita de Agustin, merece ocupar un lugar en este magnífico cenáculo.
Hace más de cinco años que su familia Treddaway no cuenta con un representante en este Gremio. Como corresponde...
—No es culpa nuestra —replicó Reedstter—. Agustin dejó este pueblo sin dar razones. No le importó su lugar entre nosotros. Y, por lo visto, tampoco le importó abandonar a sus retoños.
Abby, furiosa, avanzó un par de pasos hacia Reedstter.
Leonard levantó un brazo, deteniéndola. Ambos cruzaron una mirada.
El nuevo señor Katterblack debió trasmitirle un pensamiento tranquilizador, pues la joven, sin decir palabra, retornó a su lugar un segundo después. Leonard tomó de nuevo la palabra:
—Como decía, Abigail Treddaway merece ocupar un lugar en el Gremio.
Y debería hacerlo desde ahora. Hemos perdido a varios de los nuestros en los últimos meses.
Tiempos oscuros se avecinan y, por ende, tendremos que tomar decisiones importantes para mantener a salvo a los habitantes de este pueblo, nuestro hogar.
—Observó a cada uno de los miembros del Gremio—.
Si para eso hace falta romper algunas reglas, y hacer nuevas, pues más vale que actuemos pronto —añadió—.
El enemigo acecha. Y no descansará hasta que solo quede cenizas de nosotros.
Hubo un silencio. Lloyd cruzó una mirada con Gustav, que parecía estar disfrutando aquella situación. Sonreía por debajo de cuerda.
Felix Oakwater dio un paso al frente.
—Tienes razón, Leonard —repuso—. Ya hemos discutido la admisión de la joven Abigail. En esa ocasión hubo una votación, y la propuesta de Lance fue rechazada. —Suspiró, bajando los hombros—. Lo mismo sucedió con su hermano.
—Pues exijo que se haga una nueva votación —espetó Leonard—. Abigail debe tener por derecho de nacimiento un lugar en el Gremio de River Town; su calidad de mujer no debería importar, sino su condición de seguidora de la luz y habitante de este pueblo.
—Me niego —increpó el señor Startclyde—. Me niego rotundamente. No permitiré que este Gremio se convierta en un... un...
—Te entiendo, Frederick —dijo Reedstter, con un tono templado—. Y yo tampoco lo permitiré.
«Ninguna sorpresa», pensó Lloyd, torciendo los ojos.
Leonard continuó como si no hubiera escuchado a aquellos dos.
—Ya he consultado a algunos miembros presentes —dijo— y he conseguido su respaldo para realizar de nuevo la votación. Entre ellos, Lance y Oscar.
—Ja —soltó Reedstter—. ¡Por qué no me sorprende!
Lance asintió; tenía los brazos cruzados ante el pecho y un amago de sonrisa en los labios.
—Bien pues —dijo Oakwater—, en ese caso creo que deberíamos realizar una nueva votación. Y supongo que la presencia de Ephraim atiende a la misma motivación: ocupar el puesto de su hermano en el Gremio.
—En efecto. —Ephraim, solemne, asintió—.
Jamás podré ocupar el lugar de Joseph; lo conocieron mejor que yo, y él a ustedes.
Solo he venido a tomar el puesto que me corresponder por derecho de nacimiento.
—Ephraim había retornado al pueblo hace una semana tras pasar una larga temporada en el Seminario de Magia, en Nueva York.
Solo los mejores podían entrar a uno; Lloyd aspiraba hacerlo algún día—.
Me presento ante ustedes, en nombre de mi familia, de mi hermano.
—Bien pues. —El Principal Oakwater, alzando ambas manos, procedió a ocupar el centro del cenáculo—. Es tiempo de votar.
Y votaron. Esta vez, Abby obtuvo seis votos positivos y cuatro contrarios.
Entre los que votos contrarios, por supuesto, estaban Reedstter y Startclyde; Felix Oakwater, como principal del Gremio, usó su voto doble para negar la admisión de Abigail.
La decisión de Oakwater tomó por sorpresa a Lloyd, quien había esperado que el Principal tuviera una postura más permisible al ser uno de los miembros más jóvenes del Gremio.
En cambio, Ephraim, al que ciertamente la mayoría apenas conocía, sacó ocho votos a favor y dos en contra.
El señor Belwolf, uno de los que votó en contra, creía poco sensato que un joven que solo había vivido menos de la mitad de su vida en River Town tuviera derecho a decidir sobre el bienestar del pueblo.
Lloyd lo entendía. Y por eso, y también porque Ephraim le generaba cierta escama, votó en contra.
Sin embargo, para desdicha de unos y desagrado de otros, se unieron dos nuevos miembros al Gremio.
La reunión finalizó. Lloyd esperó que Ephraim no le guardara resentimientos cuando se le aproximó a estrecharle la mano; Westwick, en cambio, torció los ojos, le dio la espalda y se alejó con premura antes de que Lloyd tuviera ocasión de extender su mano.
Lloyd y Gustav se miraron divertidos. Estaban a punto de echarse a reírse cuando se acercaron Abby y Lance Greystar.
—Andrew no va a creer cuando le cuente lo que ha pasado —dijo Abby—. Probablemente querrá asistir a la próxima reunión solo para corroborarlo.
—Estoy seguro de que lo hará —asintió Lloyd, con una sonrisa—. Admito que yo también estoy sorprendido.
—El principal Oakwater... —empezó ella, y su felicidad pareció empañarse un instante.
—Sí —dijo Lloyd—. Y también Startclyde. Por un segundo pensé que dimitiría tras la votación.
—No hay que preocuparse por Frederick... o por Stephen —afirmó Lance—. Pasarán página. Con el tiempo.
—Eso espero. —Abby, por lo visto, no estaba tan segura—. En cuanto al asunto de la próxima reunión, no me emociona en absoluto participar.
Se refería a la sentencia de Horace Holbrooke. A Lloyd tampoco le entusiasmaba.
—Ya habrá tiempo para esas inquietudes —dijo Greystar—. Ahora, de nuevo, cuéntenme sobre esa visión.