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DE VUELTA EN RIVER TOWN
Aplausos.
Lloyd apenas pudo ocultar su sorpresa al escuchar aquel estruendo de palmas que, de algún modo, sonaba como música en sus oídos. Cruzó una mirada a la distancia con Gustav Wolfgang, que en ese momento estrechaba la mano al señor Reedstter, su pariente lejano.
Lloyd no olvidaba que Stephen Reedstter había sido uno de los miembros del Gremio que habían expresado su desacuerdo en participar en el rescate de la señora Richmond.
Ahora sonreía como un ratón. Como si hubiera sido el artífice de todo.
Como si hubiera sido su idea enviar a los aprendices de Lance Greystar a llevar a cabo la gestión.
En cambio, Frederick Startclyde, el otro en oposición, solo se limitó a dar unas palmadas y hacer un gesto de aprobación con la cabeza cuando ambos cruzaron una mirada.
En aquel momento Lloyd estaba rodeado por Greystar hijo (al parecer el Greystar padre no estaría presente en el cenáculo de este día), Felix Oakwater y Oscar Witheford, quienes les daban la enhorabuena con sonrisas, palmadas en el hombro y apretones de mano; el sheriff Sawyer y Eudoxio Belwolf ya habían hecho lo propio y habían vuelto a su lugar en el círculo.
La ausencia de Arnold Greystar no era la única que extrañaba a Lloyd. Con la muerte de Richard Katterblack, su primogénito debía tomar su lugar en el Gremio en representación de su familia. Empero, Leonard Katterblack se encontraba ausente en el salón.
Cuando cesaron los aplausos, el silencio se hizo por completo con el salón de los Viejos Conjuros.
Los miembros del Gremio retornaron a su posición, en el círculo alrededor del charco de límpida luz dorada que atravesaba el ventanal con motivos religiosos.
Había un sinnúmero de estos vitrales —de hecho, hasta donde alcanzaba la vista en ambas direcciones— a lo largo de ese flanco.
A espaldas del círculo, sin embargo, se erguían regias columnas de mármol encabezadas por ángeles con sus alas extendidas y rostros tanto fieros como hermosos.
Lloyd evitaba mirarlos; le daban un poco de repelús.
El lugar estaba hecho de magia antigua: de ahí provenía su nombre.
El salón había estado en esas tierras mucho antes de que los primeros seguidores de la luz llegaran a lo que, siglos más tarde, sería River Town.
Por entonces no se ocultaba tras la fachada de una iglesia como ahora, sino que se accedía a través de un bucle mágico. Al menos eso decían.
Lloyd aspiraba el frescor que se percibía en el aire (aunque viciado con el típico aroma a humedad y polvo del salón de los Viejos Conjuros) cuando Gustav se detuvo a su lado.
—¿Inesperado?
—Y tanto —contestó Lloyd.
Felix Oakwater, principal del Gremio, adelantó unos pasos hacia el centro del círculo y se aclaró la garganta antes de hablar.
—Enhorabuena —empezó—. A todos nos hace muy feliz el éxito de esta misión de rescate.
Tal vez con esto hemos saldado la deuda impagable que los seguidores de la luz de este pueblo tienen con los Richmond desde hace muchos años.
—Hizo una pausa. Sonrió—. O tal vez no. Jonah Richmond me ha informado esta mañana de sus planes para trasladarse lo antes posible a River Town con toda su familia.
No se siente seguro en Augusta. Y teme que no sea el único ataque que sufra su familia.
.. en especial su mujer, un visor... ya que Tesios Haskell consiguió escapar.
—Estupendo —expresó Stephen Reedstter, torciendo los ojos.
—¿Algún problema, Stephen?
—Sí. Muchos. Y vendrán en el mismo coche en el que lleguen los Richmond. Con eso ya tenemos más que suficiente.
—¿Y qué propones? —preguntó Christian Sawyer, los brazos cruzados—. ¿Negar la entrada a una familia de gente común que tiene una larga historia con los seguidores de la luz de este pueblo?
—Haskell tiene fuertes vínculos con el vástago de Blackstarr. Y si su afán de tener a la señora Richmond es tan ineludible como parece, es probable que pida su ayuda para obtener lo que quiere.
—Demasiado tarde —habló Lloyd. Lo hizo sin pensar. De pronto todas las miradas del salón estaban puestas en él—. Haskell no ha unido ni piensa unir fuerzas con Blackstarr. —Un segundo de silencio antes del añadir—: Ya lo hizo con Mahlon West.
Se elevó un murmullo de sorpresa entre los miembros del Gremio.
—¿Cómo lo sabes?
—Nos lo ha dicho la señora Richmond —respondió Lloyd, y por alguna razón echó un vistazo a Gustav Wolfgang, que lo miraba con una intensidad tal que si no hubiera estado presente en aquel momento tan extraño que las capas verdes habían tenido con la salvada.
Volvió la vista al frente—. Antes de partir de Augusta —siguió—, Marianne Richmond, en efecto un visor, nos reveló las maquinaciones de Haskell.
Su intención era mantenerla como rehén hasta volver a reunirse con Mahlon West, quien creemos es su amante, y entregársela.
Pensaba que Mahlon tal vez podría usarla como ventaja para prever el resultado de una futura batalla contra los seguidores de la luz de River Town.
Frederick Startclyde profirió un improperio. Stephen Reedstter soltó una carcajada alzando las manos. Los demás hablaron en murmullos.
—Afortunadamente —intervino Gustav, dando un paso al frente, alzando la voz—, no obtuvo una sola visión de la señora Richmond.
Lloyd asintió, echando un rápido vistazo a Gustav.
Había un montón de preguntas que quería hacerle a Wolfgang.
Por ejemplo, ¿por qué mantuvo en secreto todo este tiempo que tenía en su poder un poderoso illuminatus , el cual usó para desintegrar a los hombres sombras al servicio de Tesios Haskell?
¿Acaso lo llevaba consigo todo este tiempo?
¿Por qué ocultarlo? ¿Sería posible que lo hubiera llevado a esa misión porque sabía que tendría la ocasión de blandirlo contra una mesnada de espectros?
Al menos esa fue la impresión que le dio la mirada enigmática que compartieron luego de que Haskell se disipara en un torbellino de hollín.
Planeaba sonsacarle algunas respuestas mientras durase su estadía en River Town.
—Hay algo más.
Gustav ya no miraba a Lloyd. Su expresión era ceñuda.
—¿De qué se trata, muchacho? —dijo Eudoxio Belwolf.
—Habla —exigió Startclyde, aunque con un ligero timbre nervioso.
Gustav tomó aire, una pequeña bocanada. Y habló:
—La noche antes de nuestra partida de Augusta, después de llevar sana y salva a la señora Richmond a su hogar, ésta tuvo una visión durante la cena.
Sucedió al poner su mano sobre la muñeca de Andrew Treddaway.
Sus ojos se tornaron completamente blancos y echó la cabeza hacia atrás como si algo tirase de su cabello.
Ella... —Calló un instante. Lloyd le echó una mirada al mismo tiempo que recordaba lo sucedido con un escalofrío en la espalda—.
Ella le dijo a Treddaway que en River Town ocurrirían tres muertes antes de que la verdad fuera revelada. O algo así.
—¿Qué significa eso? —preguntó Lance Greystar, ceñudo.
—No sabemos —contestó Lloyd—. La señora Richmond no volvió a hablar en toda la noche. Y al día siguiente, en nuestra partida, no vimos rastro de ella.
Sobrevino un silencio. Bastante largo. En aquel momento imperó en el aire una inquietud tan cristalina que hasta un simple suspiro podría resquebrajarla.
Tres muertes anunciadas. ¿Acaso había algo peor que aquella latente zozobra?
De nuevo la sombra amenazante de la muerte se extendía sobre los seguidores de la luz de River Town.
«Que recuerde, la señora Richmond no indicó que morirían seguidores —pensó Lloyd, mientras regresaba a su posición en el círculo; Gustav a su lado—.
¿Acaso importa? Tres personas de este pueblo están sentenciadas a muerte. Y puede ser cualquiera de nosotros».
—Tres muertes —dijo Stephen. Y, con un ademán con la mano, añadió—: Tonterías.
Todos en este pueblo hemos estado sentenciados a muertes desde que los servidores de la oscuridad conocen su existencia.
Y dudo que esto cambie en algún tiempo próximo.
—Su tono vertía ácido sobre sus palabras—.
No es algo de lo que deberíamos preocuparnos.
—Stephen tiene razón —convino Oscar Witheford; a ojos vistas aquellas palabras le supieron a bilis—.
Han pasado dos meses desde los acontecimientos en la casa Holbrooke, y aún no tenemos pista del paradero de Philip y Jason.
Algunos todavía creemos que los jóvenes Holbrooke no pudieron haber ido lejos.
E incluso que puede que nunca dejaran el pueblo.
—¿Quieres decir que alguien... uno de nosotros, tal vez... los ha estado ocultado todo este tiempo? —dijo Eudoxio Belwolf, pasmado.
Con el rabillo del ojo, Lloyd advirtió la breve mirada de acusación que Stephen le echó a Lance Greystar, quien había acogido a los hermanos como aprendices de combate.
—Sí, Eudoxio —repuso Sawyer—. Mis hombres y yo hemos mantenido en vigilancia constante a los habitantes del pueblo que pudieron haber ocultado a los hermanos tras los hechos en la casa Holbrooke.
Además, claro está, de una debida requisa a sus moradas poco después de los aciagos sucesos de aquella noche.
—El oficial, como Reedstter, echó un breve vistazo a Lance—.
Empezando por la señorita Vallery Atwood, quien fue institutriz mágica de Philip. ..
«Entre otros sospechosos», pensó Lloyd, haciendo un esfuerzo para no mirar a su orador de combate.
El sheriff Sawyer prosiguió: