20 #3
«Ya es suficiente», pensó Andrew. Si fuera menester habría prolongado su parloteo distractor algunos minutos más, o incluso media hora (por lo visto Haskell estaba disfrutando de este ameno momento porque estaba confiado en que aquel cuarteto de críos no podría contra su compañía de sombras), sin embargo, el plan de Lloyd demandaba que entraran en combate lo antes posible.
Haskell podía llegar a la conclusión de que aquello era una trampa, un método de distracción para liberar a la cautiva de su encierro (en lo cual estaría en absoluto equivocado) y, ya en éstas, mandaría a sus sombras a impedirlo.
Tesios Haskell era tan taimado como parecía. Y Andrew estaba seguro de que acabaría por descubrir el engaño si aquella cháchara se extendía un minuto más.
—Espera. —Haskell se tensó de golpe como un poste y volvió a arrugar el ceño en tanto la sonrisa empezaba a evaporarse de sus labios gradualmente.
Ladeó la cabeza como si intentaran vislumbrar a alguien en una multitud.
Andrew supo qué antes de que el nigromante lo mencionara—.
West señaló que eran cuatro las capas verdes, y que uno era una muchacha rubia que llevaba un arco —dijo—.
En efecto veo que son cuatro, ustedes. Pero ninguno es una muchacha.
.. y ninguno lleva un arco. Y ese de ahí ni siquiera viste una capa verde. —Se refería a Gustav—. ¿Dónde está?
Los cuatro guardaron silencio. Apenas se movieron. Mantuvieron la vista en el nigromante. El más mínimo gesto podía delatarlos.
Entonces Haskell plegó los labios como si pugnaran por soltar un injurio.
—¡Vaya adentro! —ordenó a voz en grito a los nigromantes a su espalda; solo dos se alejaron—. Asegúrense de que la señora Richmond sigue a gusto en su alcoba.
Se volvió hacia las capas verdes; esta vez su sonrisa era tan afilada como una navaja.
—Y ustedes —añadió Haskell— lamentarán haber venido. —Soslayó a sus sombras y murmuró—: Ataquen .
Por un instante, uno demasiado largo en tiempo de batalla, todo cuanto Andrew sintió y oyó eran los latidos de su corazón que retumbaba como un gran tambor japonés en su pecho.
Aquel pulso resonante llegaba a sus oídos.
Era incapaz de moverse. Perdió la noción del tiempo y el espacio y su campo de visión se tornó difuso, y a duras penas cayó en la cuenta de que no podía respirar. Las sombras se acercaban.
Una voz decía su nombre. Sonaba distante. Despierta, Andrew , decía. Se acerca el amanecer .
Andrew...
Andrew, despierta...
Andrew, Andrew, ANDREW...
Andrew parpadeó. Enfocó a Lloyd, que estaba sacudiéndolo por el brazo.
Llamándolo. En aquel momento una silueta traslúcida se arrojó sobre su amigo.
Andrew actuó rápido: apartó a Lloyd y neutralizó la arremetida del hombre sombra sin haber invocado la luz de sus dagas (aun cuando había olvidado que las estaba aferrando desde que emergieron las sombras).
El metal cantó. Entonces invocó el fulgor de sus nuxus .
El espectro pareció quedarse ciego por el resplandor inicial; reculó un par de pasos como trastabillando, y Lloyd se valió de ese instante para atravesar aquella sombra viviente por la espalda con una de sus dagas, al tiempo que también invocaba.
La luz que manó de ella explosionó a la sombra desde dentro.
Andrew no llegó a apreciar el estallido de humo negro al que se reducía el espectro al expirar. No tuvo tiempo. Media docena adversarios se acercaba. Y entre ellos estaba Haskell.
Ladeó la cabeza. Vio que Lloyd y Gustav Wolfgang ya estaban enzarzados con media docena de hombres sombras cada uno; Wolfgang blandiendo su regia espada, a la que llamó Alba al invocar su luz; y Lloyd, que en algún momento se había unido a Gustav en combate, con sus fraxs .
No muy lejos, Ulises hendía a diestra y siniestra su guadaña, que dejaba una estela de luz y otra de humo negro de los espectros que iba cercenando.
Andrew observó a sus colegas combatir durante una fracción de segundo antes de que Haskell, que caminaba despreocupado detrás de sus hombres sombras, estuviera tan cerca que casi podría oírlo susurrar.
Andrew, raudo, comenzó a anular con sus dagas las cargas de las sombras sin origen que precedían al nigromante. En tanto, éste hablaba.
—Cometieron un grave error al venir aquí —decía Haskell, más serio que nunca—. Muy grave.
La sombra que proyectaba cayó sobre Andrew, que apenas podía con la media docena de espectros que lo rodeaban. Volvió la cabeza.
Haskell, la sonrisa de oreja a oreja una vez más en su rostro, de pronto blandía con su único brazo una adamantus. El arma predilecta de los servidores de la oscuridad.
—Esa zorra no merece todo este esfuerzo —añadió Haskell.
—Entonces —repuso Andrew, mientras contrarrestaba las cargas de tres espectros que atacaban a la vez; una perla de sudor le bajaba por la sien—, déjala ir.
Tesios Haskell resopló una risita. Alzó su daga de hoja casi tan larga como la de una espada y empuñadura de azabache.
—No —dijo.
Andrew mantuvo los ojos abiertos mientras la mano de Haskell empezaba a bajar; llevaba meses viviendo en la oscuridad, y no estaba dispuesto a morir en ella.
Ya no. De pronto, el hombre sombra que lo atacaba en ese momento por el frente, se esfumó como si una fuerte brisa hubiese arrasado con ella.
Andrew solo llegó a ver la mezcla de confusión e intenso terror en el rostro del nigromante poco antes de que una luz blanquecina los tragara a todos.
Hacía un día radiante. Mary, Céline y Elise, asistidas por sus mucamas Olee y Tara, tomaban un refrigerio, pasada la media tarde, a la sombra de uno de los imponentes olmos del jardín Katterblack.
Céline, quien tuvo la idea del picnic, engullía con avidez un emparedado mientras las ponía al tanto de los últimos cotilleos de la alta sociedad de River Town.
Mary apenas le prestaba atención. Aunque se aseguraba de asentir con la cabeza y murmurar «ajá» cada tanto (y en una ocasión incluso fingió escandalizarse, sin ir demasiado lejos).
Aquello era más de lo que hacía Elise, quien tenía la mirada dispersa y apenas había dicho palabra, sin decir que no había probado su tentempié, desde que salieron al jardín.
No hacía falta poseer el don de la doble vista para saber en qué estaba pensando. O, más bien, en quién.
La brisa, fresca, era un suave murmullo.
El canto de las hojas de los árboles colindantes era un extraño acompañante para la cháchara incesante de Céline.
Mary se estremeció a la vez que ladeaba la cabeza y se fijaba en el trío de mariposas que, como diminutas danzarinas, volaba en su dirección.
Sonrió. Alzó una mano y una de ellas se posó en su índice, batiendo un poco las alas.
—Monarca —oyó decir a Elise. Sonó como la primera palabra que decía en años.
Mary, sin entender, miró a su prima.
—La mariposa —aclaró ella—. Así se llama. Padre tiene una colección de mariposas disecadas en su estudio. Solía memorizar sus nombres. Me fascinaba verlas a la vez que me horrorizaba —suspiró, bajando la mirada—, pero no podía apartar los ojos...
Mary vio que sus ojos se anegaban.
—Lo recuerdo —dijo, de pronto, Céline—. Padre decía que las mariposas monarcas recibieron este nombre el mismo año de mi nacimiento. —Elevó sus cejas y sacudió los hombros con un gesto divertido. Mary y Elise sonrieron—. También decía que eran portadoras de buenas noticias...
En ese momento, la mariposa emprendió su vuelo.
—Y puede que en eso también tuviera razón, señorita —añadió Olee—. Miren.
La criada apuntó con el brazo. Todas ladearon la cabeza. A la vez un par de siluetas emergía de la mansión. Una de ellas se detuvo y alzó su mano para saludarlas desde la distancia. La otra, cabizbaja, siguió su camino hacia el bosque.
—Andrew —murmuró Mary.