Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 20 #2
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—¿Cómo? —quiso saber Lloyd; la capucha calada ocultaba a medias una mueca similar a la de Abby. Junto a él, Gustav Wolfgang, que no había dicho una palabra en horas (quizá días), habló.

—Tuvo una visión —dijo—. De nosotros. De nuestra llegada.

—Sí. —Abby asintió, seria, mirándolo—. Dice que Haskell no se encuentra en el pueblo, pero que no tardará en regresar. Sus sombras están al corriente de nuestra presencia aquí. Y nos acechan. Dice... Dice que invoquemos la luz de nuestras armas.

—Eso no las ahuyentará —dijo Grace.

—No —repuso Abby—. Pero hay que estar preparados.

Tocó la puerta. Al otro lado, en el estudio, una voz cordial respondió que podía entrar.

Mary sintió un escalofrío en la espalda mientras cruzaba el umbral, asaltada de pronto por el recuerdo de los sucesos que tuvieron lugar allí.

El humo blanco, la risa siniestra. Hasta ese momento había tenido la impresión de que aquello se había tratado solo de una pesadilla o de un recuerdo tan lejano que bien pudo haberle pasado en otra vida, uno que no se desvanecería de su memoria por un largo tiempo.

Allí estaba Leonard, viva imagen de su difunto padre, detrás del regio escritorio. Había un montón de papeles y cartas esparcidos encima. Su primo alzó la mirada y esbozó una sonrisa.

—Oh, Mary —dijo, con tono de dicha—. No esperaba verte. Creí que se trataba de Céline o madre.

—En ese caso, espero no importunar —dijo Mary.

—Claro que no. —Leonard le indicó con un gesto de la mano que tomara asiento—.

Siempre eres bienvenida. Aunque, claro está, me ha tomado por sorpresa.

—Mary se sentó en una de las sillas con elegante acabado frente al buró; después, su primo hizo lo propio antes de agregar—: No recuerdo haberte recibido aquí ni una sola vez desde que ocupo este lugar.

Supongo que esta estancia no te trae buenos recuerdos.

—No —admitió Mary, mientras emplazaba la mirada por los rincones del estudio.

La sensación de escalofrío persistía. «Serás una reina de las sombras —había prometido Darkling allí mismo— y gobernaremos juntos»—.

La primera vez que tuve aquí, tras los sucesos de mi llegada, el señor Katterblack me reveló la existencia de la magia.

“Luz y oscuridad”, me dijo entonces. “De eso se compone nuestro mundo”.

Leonard rio.

—Sí. Padre me dijo las mismas palabras cuando era un poco más joven que Samuel. Una frase que es una verdad como un templo. Y puedes jurar que la diré a mi propio hijo cuando llegue el momento.

—La segunda vez... —siguió Mary, pero no acabó la frase. ¿Cómo explicaría aquello sin que Leonard pensara que estaba como una cabra?

Leonard, frunciendo el cejo, se inclinó hacia adelante; tenía los dedos entrelazados sobre el escritorio.

—¿Qué ocurrió, Mary? —preguntó.

—Nada —mintió ella. Suspiró hondo—. Esa vez tuve la impresión de ver las cartas de tu padre en este escritorio. Quería saber...

—¿Cuáles cartas?

«Entonces no lo sabe». Mary miró a los ojos al nuevo señor Katterblack.

Al parecer no estaba al corriente de las cartas que sus padres intercambiaron cada año durante la última década; lo confirmó mientras se lo explicaba punto por punto, y le revelaba el contenido de las de su padre (si bien omitiendo adrede las menciones sobre el extraño comportamiento de Sylvia).

Al final, previendo la respuesta que obtendría, le peguntó si tenía alguna idea de dónde pudieran estar las cartas del señor Katterblack. Leonard caviló un instante.

—No —dijo, al cabo de unos segundos—. Lo siento, Mary. He estado revisando los archivos de mi padre desde hace semanas, que no son pocos, y no he encontrado hasta ahora las cartas que mencionas. Te prometo que, si llegó a hacerlo, estas irán enseguida a tus manos.

Mary asintió, forzando una leve sonrisa.

Por supuesto, la respuesta de su primo no la había sorprendido.

Lo que no quería decir que esta no fuera menos decepcionante.

Si no hubiese visto al fantasma del antiguo mensajero de Katterblack de pie junto a la fuente de la trucha, minutos antes, tal vez no se habría acordado de aquellas cartas en un largo tiempo.

Le dio gracias y buenas noches al primo Leonard antes de enfilar la puerta.

Una vez fuera, el corazón le dio un bote en el pecho cuando se encontró con Elise, que al parecer pasaba por aquel pasillo.

La chica, a ojos vistas sorprendida también (como si la hubiera sido pillada en el acto en pleno robo a un banco), iba envuelta en su bata de dormir; se llevó una mano a la espalda al escuchar el grito sofocado de Mary.

—¿Qué haces aquí? —preguntó esta, bajando la voz.

—Yo... yo... —balbuceó Elise, y bajó la mirada—. No estoy segura.

—¿Acaso has caminado dormida? —«Aunque no parece que acabaras de despertar cuando me has sorprendido», pensó Mary.

—Eso... creo.

No parecía segura. Mary se ofreció a acompañarla.

A lo que Elise accedió con una expresión nerviosa, distante, la mano a la espalda como si ocultara un objeto que Mary no logró descifrar qué era durante el trayecto hasta la amplia escalera del recibidor, donde Elise argumentó que iría a la cocina a por un poco de leche tibia para dormir; que podía seguir su camino sin ella.

Mary le preguntó si estaba segura. Elise asintió enérgicamente, la mano oculta.

Sin decir más, ella siguió su camino.

Tesios Haskell, amo nigromante del clan Haskell, estaba más cerca de lo que pensaba la señora Richmond.

Apareció en medio de un torbellino de hollín pocos minutos después de que sus sombras sin origen, armadas, se alzaron de sus nichos como una empalizada traslúcida frente a la fachada de la estructura abandonada.

Al vislumbrarlos, Andrew extrajo sus dagas.

Calculó que debía tratarse de más o menos medio centenar esperando una orden para atacar.

Aquello confirmaba los rumores que habían oído de camino a aquel lugar.

El hospital era un nido de sombras: un terreno maldito donde las almas de hombres y mujeres inoculados en vida por la oscuridad escapaban del plano de los muertos para servir a los propósitos de aquel que le abría las puertas al mundo de los vivos.

En este caso, los de Tesios Haskell, que se limitaba a observar a los intrusos con una amplia sonrisa como si le agradara su vista.

Bajo y musculoso. Llevaba el cabello blanco recogido en una cola de caballo.

Vestía de cuero y gabardina negros como el carbón de la cabeza a los pies.

Usó la mano derecha para quitarse el sombrero ala ancha que hacía sombra a la parte superior de su pálido rostro.

Andrew distó un extraño movimiento de su brazo izquierdo.

¿Acaso no tenía? ¿Aquel viejo en Brinson había olvidado mencionarlo?

Le quitó importancia. Por ahora. Tenía otras cosas de las que preocuparse.

Como el hecho de que al parecer habían caído en una trampa (si bien tenía la sospecha de que no era para ellos).

Andrew echó un vistazo hacia el flanco derecho del edificio y advirtió que unos matorrales se agitaban en esa parte como si de una tenue brisa se tratara.

Pero no. Al volver la vista encontró su mirada con la de Lloyd, que estaba a su lado, aferrando con fuerza sus fraxs .

Había sido su idea entretener a los hombres sombras mientras Abby y Grace liberaban a la señora Richmond de su encierro y la ponían a buen resguardo.

Ulises y Gustav Wolfgang también habían desenfundado sus armas al ver a los espectros alzarse; Wolfgang aferraba una espada larga con puño dorado, en el que estaba tallado un lobo aullando a una media luna; Ulises, una guadaña de mano con el puño de marfil y bronce.

Haskell adelantó un paso. A simple vista parecía desarmado.

«Tiene una falange de alrededor de medio centenar de hombres sombras armados a su disposición —pensó Andrew—.

Y puede evaporarse en una nube de hollín.

Quizá el desgraciado piensa que no va a necesitarlas».

Hizo un esfuerzo por contener una sonrisa.

—Sabía —empezó Tesios Haskell— que Richmond no vendría a buscar a su mujer en persona. Que en cambio rogaría a los seguidores de la luz por ayuda.

—Por supuesto —repuso Andrew, impasible—.

El señor Richmond es inteligente. En mi opinión, ha tomado la mejor decisión para este caso.

Solo un loco imprudente se atrevería desafiar a un clan de nigromantes sin dones ni armas mágicas.

Habría sido un acto suicida. —Enarcó una ceja—.

Supongo que estás de acuerdo conmigo, ¿no?

Haskell amplió la sonrisa. Seis de nigromantes emergieron de las sombras a sus espaldas.

Iban armados hasta los dientes.

—Yo no estaría tan seguro —dijo Haskell—. Por lo que puedo ver solo ha enviado a cuatro muchachos, a pie enjuto aprendices.

—Tienes razón —dijo Lloyd; sonreía de medio lado, una sonrisa afilada—. Somos aprendices. No tenemos ninguna oportunidad contra tu mesnada de oscuros. Quizá nosotros somos los locos imprudentes por haber venido aquí. Eso ya lo veremos.

—Sí, ya lo veremos. —Tesios Haskell frunció sus finas cejas blanquecinas. Se inclinó ligeramente hacia adelante como si fuese a besar el aire. Al cabo sonrió, recuperando su postura—. Pero si son las capas verdes.

Andrew arrugó el entrecejo. No pudo evitarlo. Cruzó un atisbo con Lloyd. A ojos vistas pensaron lo mismo en ese momento: «¿Sabe quiénes somos?»

—Mahlon West —siguió Haskell—. Estuvo aquí poco después de que su intento por raptar una privilegiada fuera impedido por un grupo de niños seguidores de la luz.

Andrew se preguntó por qué West había acudido a ese lugar después de aquel suceso. Entonces miró directamente a los ojos a Tesios Haskell. Y supo la respuesta.

—Sí. Niños —intervino Ulises; Andrew advirtió con sorpresa el denuedo en su voz—. Aun así, lo vencimos. A él y a sus subordinados buenos para nada. Eso debería darte una idea de lo que te deparará a ti y a tu grupo de buenos para nada.