20
NIDO DE SOMbrAS
—Andrew —lo llamó Lloyd—. ¿Qué crees que estás haciendo? ¿Has perdido la razón? Vuelve aquí.
Andrew quiso decirle a su amigo que no tenía nada de qué preocuparse.
No hasta que hubiera anochecido del todo.
Y para eso faltaban unos quince minutos o más.
Lo que hizo fue levantar la mano sin darse vuelta mientras avanzaba despreocupado hacia el claro aparentemente vacío con sus dagas todavía enfundas.
En el fondo, Andrew sabía que faltaban menos de quince minutos —a lo mucho cinco— para que aquel terreno se volviera un hervidero de sombras.
Resultaba mucho más fácil acallar la pequeña voz de la sensatez desde que escapó de aquel infierno en Collin’s Meadow.
Tampoco era que en el pasado hubiese prestado demasiada atención a ese murmullo insistente en la parte de atrás de su cabeza.
Siguió avanzando. Soplaba una brisa indolente, gélida, que se mezclaba con las voces en susurro de Lloyd, Grace y Ulises pidiendo en que regresara de inmediato al callejón ruinoso en el que estaban ocultos; Abby y Gustav Wolfgang, que se había sumado inesperadamente y a último minuto a la incursión por invitación de Lloyd (Andrew no estaba al tanto de que estos dos se hubieran vuelto tan cercanos; ni en qué momento ocurrió), a pie enjuto se limitaban a mirarlo, de brazos cruzados.
«Quizá sí he perdido la razón —pensó Andrew—.
Esa sería la única explicación para lo que sea que estoy haciendo ahora».
Como si no supiera que lo que estaba haciendo era un acto suicida en toda regla.
Hacía cuatro días que habían emprendido la misión de rescate después de que varios miembros del Gremio recibieran un mensaje mágico de la familia Richmond, en Augusta, que notificaba el rapto de la señora Richmond y pedía ayuda para recuperarla sana y salva del amo nigromante Tesios Haskell, uno de los principales aliados del clan Blackstarr en ese extremo del país.
Lloyd se ofreció, y a sus amigos, los autodenominados «capas verdes», para realizar esta larga y peligrosa misión.
Por supuesto, hubo quienes se opusieron a esta idea.
El primero, Frederick Startclyde, el padre de Grace, quien arguyó que los Richmond no tenían derecho a pedir ayuda de los seguidores de la luz de River Town después de que dieron la espalda al pueblo hace una generación.
«Además —había añadido Stephen Reedstter, otro en oponerse—, son gente común.
Pueden suplicar asistencia a los seguidores de la luz en Augusta».
Lance Greystar rebatió que los seguidores de la luz de River Town tenían una deuda con los Richmond desde la batalla del Eclipse Púrpura.
Reedstter había sonreído y apuntado que ya nadie se acordaba de cómo se había contraído aquella deuda impagable. «Y debieron pensarlo mejor antes de abandonar este pueblo como unos cobardes tras la primera arremetida de Blackstarr».
Al final se realizó una votación. Y las capas verdes emprendieron su viaje hasta Augusta, en el extremo oriental de Georgia, para seguir el rastro de los nigromantes hacia el norte.
Jonah Richmond, el esposo de la mujer raptada, les había brindado detalles de clan Haskell, entre ellos datos importantes sobre su asentamiento encantado.
A esto se habían sumado los rumores que Andrew y sus amigos fueron escuchando en las comunidades mágicas de los pueblos y ciudades próximos a Augusta, y que llevaban al centro del estado; rumores en torno a la ubicación del clan Haskell, en un pueblo abandonado por completo sin razón conocida, el cual quedaba más cerca de River Town (solo un día de viaje a caballo) que de Augusta.
Así y todo, encontrarlo fue un trabajo difícil. Pero allí estaban.
Fort Hill. El lugar parecía a simple vista imposiblemente más inerme que Collin’s Meadow, a la que aún le quedaba cerca de un cuarto de la población tras el paso de una devastadora enfermedad (sin contar al puñado de niños que dejó huérfanos la peste).
Fort Hill era una desolación casi palpable.
Quizá porque, en vez de un pueblo, aquel sitio casi rozaba lo que podría considerarse ciudad.
Una ciudad en completo abandono. Y el motivo era un misterio.
Andrew hallaba todo aquello sobremanera inquietante.
Al menos de una manera manejable y no paralizante.
Sonrió al detenerse. El terreno vacío en el que estaba parado daba la impresión de haber alojado un edificio no hace mucho tiempo.
Se trataba del hospital de Fort Hill. No estaba.
«Así que los rumores son ciertos —pensó Andrew, sin dejar de sonreír, los brazos como jarra—. Está encantado».
Y no con cualquier encanto. Si no uno poderoso. De origen de seguidores de la luz, por lo que no era difícil prever que uno de sus pares debió haberlo invocado para Haskell.
—¿Qué crees que haces?
La voz no tomó por sorpresa a Andrew. Ya había previsto que se acercaría en algún momento.
—Exploro —dijo Andrew.
—Más bien parece que tu intención es que el hospital aparezca de la nada y te aplaste —replicó Abby. Estaba de pie a su lado, los brazos cruzados, y un ceño fruncido a más no poder.
—Ya me conoces. No me gusta pensar en las consecuencias de mis actos. Nunca lo hago.
—Oh, cierra la boca. —Abby terció de golpe la cabeza y le echó una larga mirada fulminante.
Andrew se la devolvió, con una sonrisa de suficiencia—.
Pensé que ya habías superado la etapa de la inmolación.
Tenemos que volver. El cielo está casi del todo oscuro, y una vez lo esté, el edificio aparecerá ante nosotros.
.. o encima. No sé cómo funciona. Como sea, no quiero ser aplastada.
Y mucho menos quiero que una multitud de hombres sombras armados con puñales caiga sobre nosotros.
—Entonces vuelve con los demás —dijo Andrew.
—Sin ti no iré a ningún lado. —Su hermana volvió la vista al frente sin ninguna expresión. Mantuvo los brazos cruzados. Andrew imitó su postura. Entrecerrando los ojos en dirección a su hermana, pensó: «Sabes que eres insufrible, ¿verdad?»
Abby bufó una sonrisa. Lo que a mansalva significaba que sí.
Andrew suspiró, resignado. En realidad, no se había acercado a ese lugar para ponerse en riesgo aposta en un acto de inmolación sin sentido como pensaba Abby.
Había dicho la verdad cuando alegó que estaba explorando.
Lo que calló (aunque confiaba en que su hermana no tardaría en adivinarlo; probablemente ella estaba haciendo lo mismo además de preocuparse) era que también estaba comprobando algunas sospechas sobre aquel sitio que no saltaban a la vista.
Se dio vuelta.
Mientras volvían a la posición donde esperaban los demás, a la sombra de un callejón entre dos casas de estilo tudor en ruinas, Andrew pensó: «¿Lo has sentido?»
Su hermana le echó un vistazo por encima del hombro. Asintió.
«¿Crees que ha sido ella?»
—No —contestó Abby, en voz baja—. Ella es un visor. Su único don es ver el destino próximo, no emitir señales mágicas. Lo que hemos percibido es el encantamiento que envuelve el edificio.
Andrew asintió.
—Aquel viejo en Brinson —vocalizó, ya a cierta distancia de donde creían estaba el antiguo hospital del pueblo— dijo que ahí hay un nido de sombras.
—Eso explicaría de dónde Haskell obtuvo el ejército de espectros con el que raptó a la señora Richmond.
Lo mismo pensó Andrew cuando atendió a los alegatos infundados de aquel anciano seguidor en Brinson.
—Es posible que nos hayan visto. —En realidad, estaba seguro de que así era.
—Sí. —Su hermana asintió—. Puedes apostarlo. Y no ahora. Nos vieron apenas pusimos un pie en el pueblo. Pero no podrán atacarnos hasta que sea de noche.
—En efecto —atajó Grace. Echó una mirada hosca a Andrew cuando este pasó por su lado.
Lucía malhumorada y tensa. Más que de costumbre, es decir.
Andrew pensó que menos mal eran amigos, o de lo contrario ya le habría abierto de un tajo la yugular—.
El encanto de ocultamiento se desvanecerá temporalmente en.
.. —miró al cielo— menos de un minuto. Si antes teníamos alguna duda de que ellos acaso no estuvieran al corriente de nosotros, Andrew se ha encargado de despejárnosla.
Y esto, si no se han enterado en cuanto pusimos un pie en este maldito lugar.
—Tenemos que idear un plan —dijo Lloyd, el único que por alguna razón llevaba calada la capucha de su capa.
Grace cruzó los brazos. Esbozó una sonrisa mordaz.
—Te escuchamos.
Lloyd arrugó en entrecejo; su primer instinto fue echar un vistazo a Wolfgang, a su lado, antes de hablar.
—¿Yo? —dijo.
—Después de todo tú fuiste el autor del plan de rescate de Andrew. Quizá podrías pensar en una distracción o algo para sacar a la señora Richmond de ese lugar. —Alzó la mirada—. Y más vale que sea rápido. Como pueden ver, ha anochecido.
Efectivamente, el cielo casi había adquirido su tono más oscuro en algún punto en tanto decidían qué hacer.
Como si de verdad tuvieran tiempo para idear algún plan de rescate.
Sombras arraigaban en la tierra desde las casas y edificios abandonados hacía tanto tiempo: la del techado puntiagudo de la iglesia parecía apuntar directo hacia las capas verdes de forma amenazante, la de una de las casas de estilo tudor que les hacía de resguardo se vertía sobre ellos como una especie de velo opaco fantasmal.
De ellas podían salir hombres sombras en cualquier momento.
Sin embargo, se fijó Andrew en los rostros de sus amigos (y de Gustav Wolfgang), ninguno pensaba en esta posible amenaza mientras observaba el enorme edificio que había emergido de la nada en el terreno desierto en el que Andrew y su hermana habían estado parados hace un instante.
—La escucho —murmuró Abby, dando un paso al frente—. A la señora Richmond. Escucho sus pensamientos.
—¿Qué está pensando? —preguntó, ansioso, Ulises.
—Ella... —El rostro de Abby cobró una expresión de intensa perplejidad— nos está indicando el camino.