19
TIEMPO AL TIEMPO
— S e ñorita, ¡señorita!
En tropel, Olee entró a la biblioteca de los Katterblack.
Mary, leyendo, se enderezó como una asta al escuchar las vociferaciones de la mucama.
Parecía alarmada. Mas no horrorizada. Esto quería decir, entonces, que no se trataba de nada grave.
Que no hacía falta imaginarse lo peor. Cerró el libro.
Casi al mismo tiempo Olee se detuvo ante a ella, su frente apenas brillaba de sudor, y le informó con voz entrecortada el regreso de la señora Katterblack.
—Y no viene sola, señorita —añadió Olee.
Claro que no. Mary estaba al tanto de quiénes la acompañaban: el primo Leonard, su esposa Coselin, y el pequeño Vincent.
El coche que los dejó en la entrada de la mansión estaba cargado a más no poder con el equipaje de los nuevos huéspedes permanentes de la mansión.
Otros coches vendrían en los días siguientes con más de sus pertenencias.
Richard Katterblack había sido asesinado (según los rumores) por Philip.
Nadie hasta el momento había dado cuenta a detalle de lo acontecido en la casa Holbrooke hace ya una semana.
El Gremio había guardado hermetismo sobre su hallazgo aquella terrible noche.
Solo había trascendido la muerte de Lucas Holbrooke, el más pequeño de los hermanos, y la desaparición de los dos mayores, Philip y Jason.
Horace, su tío, permanecía encerrado en las celdas encantadas, acusado de felonía y homicidio (si bien no asesinó a nadie, su inicua sociedad con Darkling y Mahlon West había contribuido de cierto modo en la muerte de su sobrino).
En cuanto a lo primero, Mary no tenía ninguna duda sobre la inocencia de Philip respecto a la muerte de Katterblack.
«En todo caso lo habría hecho en acto de defensa de sus hermanos o suya —pensaba ella—.
Darkling quizá intentó hacerles daño. O tal vez por el simple acto de irrumpir en su casa. Philip...»
Mary no sentía mucha pesadumbre por la muerte de Richard Katterblack (eso sí, lo lamentaba por sus primos y por los secretos que sospechaba el señor Katterblack se llevó a la tumba).
Sin embargo, no paraba de pensar en el joven apuesto que estuvo con ella en el baile del solsticio.
Phil era buscado (cazado, más bien) por el Gremio desde aquella trágica noche.
Temían que hubiera sido él quien apuñaló a Darkling con la Rhiptus y que la maldición se había transferido al linaje de los Holbrooke, tal como ocurrió con Richard.
Mary tampoco ponía en duda esto. No había modo de saber con seguridad cuál de los hermanos Holbrooke empuñó la daga de purificación contra la criatura.
«Vivos o muertos». A Mary se le heló la sangre al oír estas palabras.
Las palabras con las que el delegado de los Altos Seguidores, los hombres con mayor autoridad en la comunidad mágica, había condenado a los hermanos y, con ellos, a todo el linaje Holbrooke.
Mary y Céline tuvieron que consolar a Elise cuando ella misma escuchó el dictamen murmurado por las mucamas.
Oh, Elise. Su prima se había estado comportando extraño desde entonces: la mirada distante, la mente distraída con frecuencia.
Lloraba en silencio sin que ella misma se diera cuenta de ello hasta que las lágrimas le rodaban por el cuello o percibía su sabor salado en los labios.
Lágrimas de tristeza por el padre que perdió, y de añoranza por aquel amor que había desaparecido sin dejar rastro.
A veces se esfumaba durante breves períodos, y ni siquiera Tara sabía dónde se encontraba.
Y, además, a decir de las mucamas, en los últimos días el apetito de Elise había aumentado considerablemente, aunque no se apreciaba ningún cambio visible en su menuda figura.
Por otro lado, Céline, que, tras recibir la noticia de la muerte de su padre, había mantenido una actitud templada y comedida, propensa a silencios.
Mary sabía que guardaba sus lágrimas para su tiempo a solas en su alcoba.
Céline había sido la más cercana a su padre, tanto que había llegado a creer que era su mano derecha.
Pero nada más lejos de la verdad. El difunto señor Katterblack tenía dos manos izquierdas que mantuvo ocultas en sus bolsillos hasta el final.
Y Céline había entrado en razón de ello, tal vez después de ver cómo su padre, aunque no del todo su padre, apuñalaba a su hermana con un tenedor.
El regreso de la señora —ahora viuda— Katterblack coincidió con los ritos fúnebres de su esposo y el resto de las víctimas de Darkling y Mahlon West. Leonard pasaría a ocupar el lugar de su padre, el mismo que un par de años antes había rechazado por diferencias respecto a su matrimonio con Coselin.
Como el nuevo señor Katterblack, Leonard, un hombre más honorable, formaría parte del Gremio en nombre de su familia y se ocuparía de los negocios de su padre.
La fortuna de los Katterblack, que databa de hace un par de siglos hasta donde tenía entendido Mary, era la más grande del estado de Georgia.
Y lo primero que Leonard haría, para sorpresa de la familia, sería retomar su sociedad con Reedstter, claro está, con estipulaciones más beneficiosas para la parte de los Katterblack a tenor de la naturaleza de las confesiones que hizo Ian Reedstter sobre el plan que fraguó con su hermana para asesinar a Richard.
Con la reciente permanencia del primo Leonard y su familia en la mansión (incluidos su propio mayordomo, una mucama y un cochero), la mansión Katterblack nunca estaría más llena, había dicho alegremente Olee. Y tanto.
Algo similar a una auténtica calma sobrevino a River Town y a sus habitantes —sobre todo a la Comunidad Mágica— casi dos meses después de los funestos eventos de aquella noche. Aunque, pensó Mary, no del todo.
Mary continuó yendo a la cabaña de los Treddaway durante todo ese mes; había hecho una promesa.
Andrew esperaba con los brazos cruzados.
Al principio taciturno, callado. En ocasiones parecía que el auténtico Andrew surgía a la superficie como un rayo de sol filtrándose entre un cúmulo de nubes borrascosas, la oscuridad remitía de sus ojos.
La miraba a la cara. Luego cambiaba en un visto y no visto con unas palabras de Mary.
Sus ojos se tornaban sombríos, su voz se oía densa, el cólera le torcía la cara, tensaba sus hombros.
Y apartaba la vista como si fijarla en ella lo hiriera.
—¿Cuánto tiempo más seguirás con esto? —preguntó Andrew con cierta brusquedad que no llegaba a reclamo (un día antes de marcharse sin que ella supiera); le daba la espalda, las manos cogidas detrás y mirando la ventana, pretendiendo observar cómo llovía fuera.
Mary sabía que era uno de sus esfuerzos poco sutiles para no verla a la cara, para no herir sus ojos con su visión de ella.
—El tiempo que sea necesario —replicó Mary.
—Y eso ¿cuánto es? —Andrew bufó una risita amarga—. ¿Qué quieres, Mary? Ya te he dicho que nada de lo que me sucedió tuvo que ver contigo, yo...
—Sí, tuvo que ver conmigo. Pero no es por eso que estoy aquí, y lo sabes.
—No lo sé. —Sonrió cortante—. Solo sé que fui un asno ingenuo y egoísta; que mis aspiraciones de parecer un héroe ante el Gremio, cegaron mi razón.
Además, ¿qué podía hacer? ¿Quedarme con los brazos cruzados?
Te habrías entregado a Darkling a cambio de tu hermano cuando este nunca estuvo en peligro. Y no podía permitirlo...
Calló.
—¿Qué? —inquirió Mary. Confiaba en saber ya la respuesta.
Andrew inhaló, exhaló. La luz que entraba a la habitación era clara, tenue, llenaba cada rincón. La silueta de Andrew, en cambio, era negra a contraluz. El canto de la lluvia se había reducido a apenas un susurro. Empezaba a amainar.
—Quiero saberlo, Andrew —murmuró Mary—. Quiero saber qué sucedió con Mahlon West. Quiero oír los detalles.
—¡NO! —espetó Andrew—. ¿Qué esperas obtener oyendo cómo Mahlon West me.
.. me...? —Se volvió abruptamente—. ¿Quieres que reviva el dolor, el asco?
¿Quieres escuchar cómo se restregaba contra mi cuerpo, lo que hacía con su lengua, cómo sonaba su respiración, o qué tan intenso era su aroma a hollín? ¿Quieres oír las cosas que me decía?
Mary sintió su corazón latiendo con rapidez. Tragó saliva. Era la primera vez que Andrew la veía a la cara a plena luz.
—Sí —dijo ella.
Andrew permaneció inmóvil, mirándola. Sus ojos, una llama de intenso azul que ardía en la distancia, le atravesaban el pecho como dos estacas de hierro templado por una rabia que reverberaba desde lo más profundo de su corazón.
Mary quiso dar un paso hacia el muchacho, aquel paso que llevaba semanas queriendo dar, pero sus pies no respondieron.
Ajenos a la voluntad de su mente —y su corazón— la mantuvieron tan inamovible como una de las estatuas del jardín Katterblack.
—Vete —masculló Andrew. Sus ojos habían adquirido un brillo vidrioso.
Mary, absorta, abrió la boca.
—Andrew...
—Vete, ¡ahora! —El muchacho cruzó la habitación dando tres zancadas, y le abrió la puerta. Le señaló la salida, apuntando con el brazo como si Mary no la hubiese atravesado muchas veces en las últimas semanas o no supiera de su existencia. Sus labios se ensancharon—. ¡AHORA!
Mary parpadeó como si despertara de un sueño.
«Si me voy, acaso ¿regresaré?» La pregunta cruzó su mente en una fracción de segundo.
Parecía improbable. Andrew seguía junto a la puerta; ladeó la cabeza para no verla a los ojos.
Mary inspiró hondo. Salió de la habitación.
Un instante después escuchó un portazo a su espalda. Su alma se estremeció.
Andrew dejó el pueblo al día siguiente.