18
VIVOS O MUERTOS
—Tengo miedo —murmuró Elise.
Céline le acarició la mejilla. Esbozó una tenue sonrisa.
—También yo —admitió—. Todos tenemos miedo. Padre solía decir que, incluso aquellos de rostros severos y sentimientos fríos, temían. El miedo es parte de nuestra naturaleza, nos hace humanos. Y eso está bien.
Su voz se escuchaba lejana, advirtió Mary, como si ya se hubiera resignado a que su padre no volvería.
Como si ahora fuera solo un recuerdo. Uno lejano.
Mary sabía bien de eso. «Solía decir»: estas palabras le recorrieron la espalda con un escalofrío.
Su padre también solía decir cosas como: «Las palabras son la prueba de que vivimos».
Por un instante sintió que le faltaba la respiración —estaba al borde de las lágrimas—, y se presionó el centro del pecho con una mano abierta.
Respiró profundo. Se dijo que tenía que calmarse.
Que tenía que ser fuerte. Entonces, de forma inconsciente, puso su mirada en Andrew, que observaba por el amplio ventanal de la sala común, con el ceño fruncido, las manos tomadas a la espalda.
Y así recordó que no leyó aquella frase en ninguna parte como especuló que había hecho durante se encuentro con Andrew.
—Céline tiene razón —se oyó decir Mary. Apartó la mirada del joven en la ventana para fijarla en sus primas.
Volvió a suspirar—. Está bien tener miedo.
Se trata de tu padre. Y de Philip. Yo también temo que algo pueda sucederle cuando Darkling descubra el engaño —agregó—.
Lo que podría hacerle en represalia a él y a sus hermanos.
Elise asintió sin decir nada, y bajó la vista. Céline la estrechó entre sus abrazos.
En la sala común solo estaban ellas tres y Andrew.
Las criadas, diligentes, salieron de la estancia tras la partida de los miembros del Gremio para reparar el caos del comedor; Adler, el cocinero, se fue a la cocina a preparar un poco de té, según él mismo informó a su salida; Sutr, el mayordomo, seguía sin aparecer.
Sam estaba plácidamente dormido en uno de los divanes de sala, donde Mary podía mirarlo de cuando en cuando.
Abby, por su parte, estaba haciendo un recorrido a la mansión para asegurarse de que no hubiera peligro al asecho.
El sheriff Sawyer había pedido a los mellizos que resguardaran la mansión hasta su regreso de la casa Holbrooke con noticias.
—¿Cómo lo conseguiste? —preguntó Céline.
Mary parpadeó, apartando la vista de Andrew. Frunció el entrecejo.
—¿El qué?
—Hacer el encanto de medianoche, tú sola, ¿cómo pudiste?
«Sencillo», estuvo a punto de decir Mary, pero no lo hizo.
Porque no lo fue. Tan solo no recordaba aquellos momentos con la misma claridad con la que se acordada de los sucesos en el comedor instantes antes.
Apenas recordaba a Darkling hablando y tocando la puerta, y a sí misma rodeando la cama, yendo hacia la mesita de noche, cogiendo el volumen Pociones y encantamientos y, en tanto instaba a Darkling a que prolongara su cháchara fútil sobre hacerla «una reina de las sombras» y a él, «libre», ubicó e invocó el encanto de medianoche.
Pensó en su lección de ese día con Val y siguió sus pautas lo mejor que pudo en aquellas terribles circunstancias.
En algún momento de la invocación cerró los ojos.
Cuando los abrió de nuevo allí estaba, una perfecta replica de sí misma.
Mary apenas pudo sofocar su sobresalto. Rauda, le dio algunas indicaciones a su reflejo, que asintió sumisamente.
«Qué no te toque», «Mantente callada», y «No hables a menos que alguien te haga una pregunta».
Después se ocultó con su hermano tras de la cama, mientras el encanto de medianoche enfilaba la puerta y abría.
—Vaya —masculló Céline.
Mary sonrió confundida.
—¿Qué ocurre?
Céline y Elise intercambiaron una mirada, asimismo confusa.
—Nada —repuso la última—. Los encantamientos de este tipo requieren de mucha energía, y rara vez se obtiene algún resultado cuando solo es invocado por una sola persona.
¿Recuerdas que Val nos hizo tomarnos de las manos?
—Mary asintió—. Bien pues, así canalizamos la magia combinada de las tres para que el encanto surtiera efecto en el primer intento.
De otro modo puede que no hubiera salido tan bien a la primera, o no hubiera salido en absoluto.
Céline añadió:
—Por lo visto esta noche, lo podías haber logrado tu sola durante la lección.
Mary se limitó a asentir, sin saber qué decir ante eso.
Tampoco sus primas. Sobrevino un extraño silencio en la estancia que solo fue interrumpido por la reaparición de Adler, sonriente, llevando una bandeja de latón con el juego de porcelana para té humeando.
El cocinero dispuso todo en la mesita de centro.
Céline, Elise y Mary dieron las gracias, y el orondo cocinero se marchó con un floreo de la mano y un amago de sonrisa.
Acto continúo, Céline se inclinó y sirvió el té.
Mary tomó su taza y bebió, echando por encima del borde una mirada hacia Andrew, que había cambiado de observación de un ventanal a otro. Con la luz de la luna de frente, lucía pálido como una estatua de mármol reluciente, y mucho más saludable que días atrás.
—Tal vez deberías hablar con él —dijo Céline. Estaba sirviendo otra taza. Mary la miró sin entender—. Vamos. Llévale un poco.
Le extendió la taza humeante con el platillo debajo. Mary tardó un instante en aceptarla.
—No creo... —dudó.
Pero era demasiado tarde, ya estaba en pie y empezaba a caminar hacia Andrew.
—¡ANDREW!
El grito vino desde atrás. Mary, sobresaltada, se detuvo a escasos pasos del muchacho, que se volvió de golpe al oír su nombre.
Con el entrecejo fruncido, observó a Mary, la taza que ella llevaba en las manos y, por último, enfocó su mirada más allá de ella.
Mary no tuvo más opción que darse la vuelta también.
Céline y Elise se habían levantado, a pie enjuto alteradas por la improvista irrupción de Abigail.
—¿Qué sucede? —preguntó a su hermana Andrew, y pasó junto a Mary en tanto caminaba hacia ella.
Abby titubeó. Echó un vistazo hacia las hermanas Katterblack y, después, de vuelta a su hermano.
Habló en voz muy baja. Estaba temblando.
Mary, sin más, se reunió con sus primas y se bebió la taza de té (de un sorbo) que había intentado darle a Andrew.
Cuando Abby acabó de hablar, abrazó fuertemente a su hermano por cerca de un minuto antes de que este por fin correspondiera a su gesto con cierta reticencia.
Al cabo, se separaron, y Andrew repuso algo en voz baja.
Abby asintió y dejó la estancia sin mirar atrás.
Andrew se acercó a las Katterblack y Mary.
—Parece que Abby ha encontrado al mayordomo —dijo—. Sutr...
—¿Dónde está? —se adelantó Céline.
—En la habitación de su señor —respondió Andrew—. Lo siento. Sutr está muerto.
Elise se echó a llorar. Céline la arrulló en su hombro.
Mary bajó la mirada. Sutr, según había escuchado, llevaba sirviendo a la familia Katterblack casi noventa años.
Ya servía a Silas Katterblack, el primero de este linaje en pisar River Town, antes de que este viniera a vivir permanentemente al pueblo, y continuó haciéndolo con sus hijos, y los hijos de sus hijos, hasta esta trágica noche.
—Sutr decía en broma que si no moría en un sueño como es propio en los seres hadunos muy viejos —comentó Céline, los ojos enrojecidos, pero sin soltar una sola lágrima, quizá las estaba guardando todas para más tarde—, mi padre lo mataría.
Sonrió a su pesar. Elise se enjugó las lágrimas.
—Tenemos que decirle a Tara y Olee —dijo—. Ellas eran su familia.
—Después. —Céline aferró a su hermana por el brazo con firme delicadeza. Ambas se miraron. Elise acabó recostando la cabeza en su pecho—. Han tenido mucho ajetreo por una noche. Y ésta, aún no termina.
—Pensé que me ibas a dar el té.
Mary, insegura de que estuvieran hablando con ella, se dio media vuelta.
Andrew la estaba mirando impasible. Sus ojos eran de un azul extraordinario, casi brillante; podía ver su reflejo, pálido y menudo, en ellos.
Entonces sonrió. Apenas un tenue arqueo en las comisuras de sus labios, pero suficiente para quitarle el aliento.
Mary titubeó. La había pillado por sorpresa.
Le tomó unos segundos recobrarse, tras lo que se inclinó y sirvió té en una taza de porcelana.
El pulso le temblaba. El líquido ondeaba, humeante, cuando extendió la taza a Andrew.
Este rodeó las manos de ella con las suyas e impidió que el té se derramara. Justo a tiempo.
—Gracias —dijo.
Mary se sonrojó.
Se oyeron pisadas. Un segundo después, Abby entró de nuevo en la sala común.
—Sawyer ha regresado —informó—. Trae noticias.
El aroma de la muerte se había adherido a su abrigo.
Pudo percibirlo mientras se lo quitaba y justo antes de entregárselo a la criada, que había acompañado a la señora Blackfell en la espera de su hijo hasta altas horas de la noche.
Lloyd suspiró profundo en cuanto se hubieron llevado lejos la prenda como si hubiera estado conteniendo el aliento por un largo rato.
Que no era el caso. No era la primera vez que apreciaba aquel funesto aroma con tanta intensidad.
La primera vez fue cuando visitó las ruinas de la fábrica Cartwright.
—Toma, cariño. Despejará tu mente. —Su madre le tendió una taza de té. Estaba tibio.
—Gracias —dijo Lloyd, y le devolvió una sonrisa apagada.
—Ahora tengo que retirarme —repuso su madre, y extendió su mano para acariciarle la mejilla—.
Mañana me contarás todo. Lo malo y lo más execrable.
Estoy cansada y no podría soportarlo. —Se detuvo un instante—.
Pero antes de que continúes tu camino, debo informarte que el delegado aguarda por ti en el salón de estar.
Ha esperado tu llegada desde que él mismo arribó.
Y algo me dice que no querrá esperar hasta mañana para escuchar los últimos acontecimientos.
—Iré enseguida.
Y eso hizo; Lloyd se despidió de su madre con un «buenas noches» y enfiló el salón de estar.
El delegado Morozov estaba sentado en uno de los imponentes muebles.
Parecía abstraído. Llevaba puesto una bata negra de hilo grueso y su típico sombrero con orejeras.
Tenía una taza de té humeante en su mano, y la cabeza ladeada hacia la ventana, mirando sin ver la noche.
Parpadeó y volvió la vista. Su expresión era la habitual: impasible, orgullosa.
No mostró sorpresa alguna cuando advirtió la presencia de Lloyd.
—Mi madre dijo que...
No acabó la frase, el hombretón intervino:
—Ven, muchacho... eh... siéntate... —Hizo un gesto con la mano que no sostenía la taza hacia el mueble contiguo—. Puedo... eh... notarlo desde aquí.
Lloyd acató. Se acercó al mueble y se sentó, turbado.
Morozov dio un sorbo al té, suspiró y se aclaró la voz.
Lloyd, igualmente, se bebió el bálsamo. Estaba claro que el delegado quería oír sobre lo acontecido, con lujo de detalles, así tendría algo interesante que agregar al informe que debía expedir a los Altos Seguidores en los próximos días.
—Cuéntame —dijo Morozov.
Lloyd bebió té y tomó aire. Una honda bocanada.
Luego empezó a hablar. Darkling, la criatura producto de la maldición de los Hornwood, quien había acometido el ataque al baile del solsticio de los Katterblack y tomado cautivos a su padre y al señor Westwick, estaba vivo.
Se había mantenido oculto todo ese tiempo en el señor Katterblack.
Esta noche, se suponía, Darkling cumpliría uno de sus cometidos: habitar su propio cuerpo.
Pero no resultó según sus planes. Mary Cartwright, quien era el objeto de deseo de Darkling para conseguir este cometido, lo había engañado enviando en su lugar a un encanto de medianoche.
Cuando la comitiva del Gremio llegó a la casa Holbrooke, donde se iba a efectuar la ceremonia que daría su cuerpo definitivo a Darkling, todo había terminado.
Y hallaron cuerpos.
—Eh... ¿cuerpos? —Morozov arrugó el ceño.
—Sí.
Richard Katterblack, que había muerto desangrado por la herida de la Rhiptus en el pecho.
Lucas Holbrooke, de doce años, recibió un golpe en la cabeza y después fue estrangulado hasta la muerte por Mahlon West. Más tarde recibieron la noticia de un tercer cuerpo en la mansión Katterblack: el mayordomo, el único que conocía el secreto de su señor.
El delegado preguntó:
—¿Qué hay de los otros jóvenes Holbrooke? Eh... Pensé que eran tres... Eh... Uno está muerto.
—No estaban, señor.
El delegado parpadeó, absorto.
—¿Que no...?
—Huyeron —explicó Lloyd—. Philip y Jason escaparon, y creemos que se llevaron consigo el que sería el cuerpo de Darkling. A quien sí encontramos fue a Horace Holbrooke, su tío, que había hecho este cuerpo a partir de cadáveres de seguidores de la luz.
—¿Dónde está...? Eh... ¿Horace?
—Startclyde lo ha llevado al hospital. Fue herido gravemente. Pero vivirá.
Guardaron silencio. Morozov, pensativo, bebió el último sorbo de su taza.
—Si uno de los chicos... eh... lo ha hecho —dijo después—, debemos encontrarlos.
Lloyd razonó. Si alguno, Phil o Jason, empuñó la Rhiptus que liberó al señor Katterblack de la maldición, entonces esta maldición debió transferirse a la línea familiar de los Holbrooke.
Los Holbrooke, conocidos por su gran poder, podrían suponer un grave peligro para la Comunidad Mágica si este se utilizaba (o era inducido a utilizarse) para el caos.
No le faltaba razón al delegado sobre encontrarlos antes de que fuera demasiado tarde.
Este pensamiento apenas previno a Lloyd de lo que el delegado añadió a continuación mientras se levantaba.
—Debemos encontrarlos —dijo—. Vivos o muertos.