17 #3
Philip no llegó a ver cómo las ráfagas de un viento fuerte, invisible, absorbían al nigromante fuera de la casa Holbrooke.
En cambio, sí lo escuchó, diciendo a voz en grito: « ¡TE ASESINARÉ, HORACE!
¡TE LO JURO! ¡TE ASESINARÉ, HIJO DE...! » antes de que la puerta en la planta baja se cerrara con estruendo.
Y la voz se calló de golpe... Entonces imperaron el silencio, el frío, las sombras.
—Qué lástima, Horace... —musitó Darkling.
Philip oyó pasos. Su tío profirió un sonido estrangulado a su lado.
Philip apenas pudo ver, abriendo sus ojos una rendija, como el cuerpo de Horace embestía pesadamente el piso.
«No, por favor —pensó Phil. El dolor lo cegaba—.
No, no, ¡no!» Entonces lo vislumbró. Un destelló en el suelo.
Rhiptus . Movió una mano a la vez que invocaba su luz a voz en grito, y la daga salió disparada como una flecha relampagueante hacia la sombra que era Darkling. La luz parpadeó.
Darkling miró la rutilante empuñadura en su pecho con un gesto en el rostro que pareció decir: «¡Otra vez no!», y la retiró.
Por un instante, o acaso una eternidad, Philip pensó que no había funcionado.
Darkling seguía de pie, mirándolo atónito —la daga brillaba en su mano—, mientras sangraba por la herida.
Entonces estalló un resplandor blanco, cegador.
Las sombras desaparecieron. Los tablones del suelo empezaron a sacudirse con violencia, los muebles en la estancia se estremecieron a la par; objetos abatían el piso, utensilios metálicos y frascos de cristal, donde reventaban con una preciosa, extraña, musicalidad.
Phil apretó los párpados. Al mismo tiempo dos voces comenzaron a resonar en la habitación —no en la habitación, sino en su cabeza—, produciendo una cacofonía insufrible que era acompañada por una melodía de piano en tritono.
Una de las voces era la de Richard Katterblack. La otra, de Darkling.
Y gritaban.
Cuando llegaron a la casa Holbrooke, el lugar estaba sobremanera a oscuras; ninguna luz escapaba de su interior a través de las ventanas, y una profunda lobreguez parecía verterse sobre la imponente estructura de casi ochenta años de antigüedad.
Daba escalofríos, pensó Lloyd, que acto seguido alzó la vista.
Entonces divisó un tenue destello atravesando la ventana circular del ático, y levantó una mano, señalándola, para que el resto de la comitiva pudiera verla también.
Lloyd suspiró. Peor que aquella quietud y la sombra superpuesta sobre la casa, era el silencio que las envolvía. Temió lo peor.
Los hombres del Gremio compartieron una mirada sobrecogedora. «Hemos llegado demasiado tarde».
—Entremos —propuso el señor Startclyde, con un par de daxarus en manos. Se había unido a la comitiva, junto al alcalde Oakwater y Eudoxio Belwolf, de camino a la casa Holbrooke.
Los demás, que se mostraban más temerosos (Lloyd incluido), estuvieron de acuerdo, aunque con escama: asintieron con la cabeza y avanzaron en pos de Startclyde.
Desenvainaron sus armas, invocaron su luz, y estas refulgieron.
Una ráfaga de viento sopló del este, gélida y pavorosa. Aquello no los detuvo.
Entraron. Como previó, reinaba una oscuridad y silencio tan densos que pesaba sobre los hombros de la comitiva.
Sobre todo, el silencio: era terrible, sobrecogedor, carecía de vida, su tacto era frío.
Avanzaron a la chita callando, Startclyde a la cabeza.
Luego se separaron, por orden de Oakwater —que era, si bien a veces lo olvidaba ante hombres como Frederick, fuertes de liderazgo, el Principal del Gremio—: tres hombres para recorrer la parte baja, el resto hacia la parte superior.
A Lloyd fue designado a estar entre los primeros, pero se escurrió tras el último hombre en la fila que subía las escaleras. Esperaba que no lo pillaran.
Quería hallarse cara a cara con el asesino de su padre si era posible.
Pero, vamos, era irracional que albergar tales esperanzas en estas condiciones.
Si todo había acabado, no habría motivo para que Mahlon West siguiera allí, sabiendo que en cualquier momento podía venir el Gremio.
No, claro que no. ¿Por qué razón? No era el modo del nigromante.
Caminaron en fila por el largo pasillo de las habitaciones.
Oscar Witheford abrió una de las puertas, la primera a la izquierda.
Asomó una cabeza, la sacó y la meneó de un lado a otro.
Nada. Hizo lo mismo con la siguiente. Nada.
Startclyde, cuya cara estaba desfigurada por las sombras que le arrancaba la luz de las daxarus , imitó a Witheford con la primera puerta de la derecha. «Nada», murmuró abruptamente.
Lance se adelantó e hizo lo mismo con la siguiente.
Asomó la cabeza por la puerta entreabierta, y al final terminó entrando del todo en aquella habitación.
«¿Qué hay dentro? —se preguntó Lloyd—. O más bien, ¿quién?
» Los demás, salvo Lloyd y el señor Startclyde, se acercaron lentamente al dormitorio en el que había entrado Lance.
Frederick Startclyde, en cambio, siguió avanzando con ímpetu hacia la puerta al final del corredor, con las daxarus refulgiendo delante de él.
Un escalofrío recorrió la espalda de Lloyd cuando vio una forma («Un pentagrama», eso era) trazada en la puerta justo antes de que Startclyde abriera hacia adentro.
Frederick tal vez no vislumbró el pentagrama, o quizá no le dio importancia, si era que la tenía respecto a lo que fuera que hubiese sucedido allí esta noche.
No obstante, sí advirtió la presencia furtiva de Lloyd a su espalda.
—¿Trajiste tus armas, muchacho? —preguntó en voz baja pero grave.
—Sí —dijo Lloyd. Desenfundó un par de nuxus e invocó su luz musitando su nombre.
El señor Startclyde, que lo miraba mientras lo hacía, asintió con la cabeza cuando Lloyd volvió la mirada. Luego, sin más, se giró y comenzó a subir las escaleras que ascendían hacia el ático.
Lloyd echó un último vistazo hacia el pasillo, a su espalda, pero solo vio el dorso de Witheford entremetido en aquella habitación en la que Lance había entrado segundos antes.
Oyó la voz de Lance Greystar en un fuerte murmulló, también el inicio de un llanto, antes de darse vuelta y pisar los talones al señor Startclyde.
Una vez arriba lo primero que vio fue el origen de aquella luz titilante que escapaba al exterior a través de la ventana circular.
Una vela, efectivamente. Estaba sobre una mesita de planicie redonda.
Lo segundo que contempló, fue el cuerpo de Richard Katterblack, pálido, con una hendidura oscura en el pecho que seguía barbotando sangre.
—Qué horror... —masculló Startclyde. Su voz bajó el tono como si fuera incapaz de terminar la frase.
Lloyd, tardío, apartó la vista del cuerpo de Katterblack.
Vio a Frederick, al otro lado de la habitación, inclinado, mirando lo que parecía ser otro cuerpo.
Lloyd pensó mientras se acercaba: «Que no se trate de Phil, por favor.
Que no se trate de Phil. Que no se trate de.
..». Y, en efecto, el segundo cuerpo no era el de Philip Holbrooke.
Tampoco de nadie que Lloyd recordase haber visto antes.
El hombre, que era tan alto como el propio Startclyde, tenía una gran mancha roja oscura en el cuello.
Alguien —o algo— había intentado rajarle el cuello.
¿Acaso fue la misma persona —o algo— que se tomó la molestia de cerrarle los ojos?
Una franja sanguinolenta se extendía tras el segundo cuerpo como si lo hubiesen arrastrado hasta allí desde el lugar donde lo asesinaron. Lo mismo que con Katterblack.
—¿Quién es? —preguntó Lloyd.
El señor Startclyde seguía inclinado, mirando, la luz de las daxarus se había extinguido hace un instante. Lloyd enfundó sus dagas.
—Horace —dijo Startclyde—. Horace Holbrooke.
—¿Y dónde está Philip?
Una voz, salida de la nada, contestó:
—Aquí no.
Aquello causó que Frederick y Lloyd volvieran la vista hacia la escalera.
El sheriff Sawyer emergió de las sombras.
Vieron su expresión, de profunda sorpresa y pesar, cuando reparó en el cuerpo de Katterblack, extendido a su largo en el centro del ático.
Se inclinó e hizo un rápido escrutinio. Huelga decir que estaba bien muerto.
—¿Qué decías sobre el muchacho? —preguntó Frederick, que se levantó a continuación.
Sawyer parpadeó, absorto, y también se puso en pie.
—Que no está aquí —repuso—. En la casa, quiero decir. Philip y Jason han desaparecido por lo que hemos podido comprobar. —Luego, frunciendo el entrecejo, recorrió con su mirada aquel extremo de la habitación—. ¿Ese es...?
Con la mirada señalaba el cuerpo de Horace Holbrooke.
Startclyde asintió. Hubo otra expresión de sorpresa y pesar, si bien más leve, en el rostro del sheriff Sawyer.
«Philip y Jason no están», pensó Lloyd. ¿Quería decir que eran cautivos de Mahlon, como lo fueron su padre y Andrew? Pero...
—¿Qué hay de Lucas? —preguntó.
Sawyer enfocó la mirada. Sus ojos centellearon.
—Está abajo. —Y, tras una pausa eterna, añadió—: Muerto.
«Oh, no —pensó Lloyd—. Pobre Phil, dondequiera que esté ahora». ¿Qué diablos había ocurrido?
Guardaron silencio. Sawyer y Startclyde empezaron a discurrir en voz baja cómo proceder a continuación. De pronto, fueron interrumpidos por fuertes toses.
—Imposible —farfulló Startclyde. Lloyd no había visto antes una expresión de sorpresa tan marcada como la que tenía ese momento en su hirsuto rostro.
Lo mismo que el sheriff Sawyer. A mansalva, también su propio rostro debía tener aquella expresión.
Y con razón: aquellas toses parecían provenir de las espaldas del señor Startclyde, allí donde se suponía estaba el cuerpo sin vida de Horace Holbrooke.