Encanto de Medianoche (Hechizo nocturno 2) 17 #2
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«Andrew», pensó Céline. Aturdida, echó un vistazo a Mary, que tenía una expresión embobada en el rostro.

Su prima, como parte de una tonta promesa, se había reunido esa misma tarde con Andrew.

Mary pensaba que podía sacar al muchacho de aquella oscuridad en la que estaba inmerso desde su rescate.

Cómo marchaba esto hasta ahora, Céline no tenía idea.

Sin embargo, cuando ese par cruzó una mirada, todo pareció haber vuelto a la normalidad. Al menos por unos segundos.

—Creo que la fiesta ha terminado —comentó Andrew.

—Mucho antes de lo que crees —replicó Céline—. ¿Qué hacen aquí? —Cómo si hiciera falta preguntar.

Abby observó a los miembros del Gremio.

—Tuve el presentimiento de que Darkling estaba perpetrando otro ataque —respondió—. Aquí.

—Y no te has equivocado —dijo el sheriff Sawyer—.

En efecto, Darkling estuvo aquí, como Richard Katterblack, lo que parece no causarle sorpresa a nadie.

—Suspiró hondo y dio un ademán con la mano—.

Da igual. Darkling se llevó a Mary... Y antes de que se lo pregunten, como ven, esta vez tampoco logró su cometido.

Mary pudo engañarlo con un encanto de medianoche.

—Darkling planea conseguir su propio cuerpo esta misma noche. —Lance cruzó los brazos sobre el pecho y enarcó una ceja—. Por supuesto, sus planes serán truncados... claro está, en el caso de que Mary en efecto sea una pieza importante para llevarlo a cabo... cuando descubra que ha sido engañado.

—Como sea, debemos encontrar a Darkling. Y al hombre que hizo el cuerpo para él —dijo Lloyd, vehemente.

Hubo un largo instante de silencio. Mary lo interrumpió.

—Yo sé a dónde han ido —anunció—. La casa Holbrooke.

Philip, aunque inmóvil, intentaba encubiertamente rozar los dedos de Mary, que estaba sentada a poca distancia a su lado, en una esquina de la Habitación de los Conjuros.

Entre tanto, Horace y Mahlon West lo estaban disponiendo todo para efectuar la ceremonia de trasferencia.

Habían despejado la mesa con utensilios quirúrgicos para recostar un cuerpo más (al menos eso habían dado a entender; Philip aún no sabía el de quién sería: el suyo, el de Mary, o el del señor Katterblack acarreado por Darkling).

En aquel momento estaban situando la camilla con el que sería el cuerpo definitivo de Darkling hacia el centro de la estancia.

Philip intentó —en vano— llamar la atención de Mary, rozando sus dedos.

Era la cuarta o quinta vez que lo hacía, y la única respuesta que conseguía era a duras penas un parpadeo; ella no lo miraba, no se movía, ni siquiera parecía notar su presencia a su lado.

¿Habría sido hechizada? Un hechizo de sujeción explicaría su extraño comportamiento.

La miró detenidamente. Y pensó que quizá solo se había sometido a Darkling para mantener a salvo a su hermano.

Philip habría hecho lo mismo, sin pensarlo, por cualquiera de sus hermanos. Así y todo, esto no justificaba del todo su conducta: había algo más que estaba pasando por alto. Deseaba contarle que sus madres...

—¿Estás bien? —murmuró.

Ella no respondió; parpadeó.

—Tomaré eso como un sí. —Y en voz mucho más baja—: Tu hermano. ¿Está bien?

Esa vez, Mary ladeó la cabeza.

—Cuida a Sam —dijo, la voz mecánica, inconexa.

Phil reparó en su mirada, apenas una fracción de segundo antes de que la chica volviera de nuevo la vista al frente.

Sus ojos eran verdes, sin brillo alguno, vacíos.

Viéndola desde otro ángulo, su piel parecía emitir un extraño albor blanquecino, casi del todo imperceptible para cualquiera que no fuese un experto en encantamientos (y Philip era bastante bueno en ello).

Y entonces lo supo: esa no era Mary.

Abrió los ojos, movió la cabeza de un lado a otro. Notó que solo Horace lo estaba mirando. Se preguntó si su tío, también experto en encantamientos, habría descubierto que se trataba de un encanto de medianoche. Por supuesto que sí.

¿Qué iba a suceder cuando Darkling lo descubriera también? Sin duda sus planes se vendrían abajo.

Después, ¿qué?

«Después... —pensó—. Después será mi turno de actuar. Como Ben y Lucas Holbrooke. Como mi padre». Debía ser valiente. Pronto. Horace había dejado las piezas sueltas para que él dispusiera de ellas cuando llegase el momento indicado. Y este estaba por llegar.

—Ha llegado la hora —dijo Darkling—. En tres minutos será medianoche. —Se volvió—. Comencemos.

Los oscuros ojos del espectro se trabaron un breve instante en Philip y Mary mientras se acostaba en la camilla improvisada, una sonrisa amplia en su cara horrorosa.

Philip sintió que se le helaba la sangre.

Mahlon se acercó a Mary, la misma sonrisa extensa que la del espectro.

La chica se levantó mucho antes de que la mano del nigromante rozara su brazo intangible. Allí habría acabado todo.

Maravilloso. Era como si el encanto de medianoche supiera exactamente qué hacer para evitar que lo descubrieran.

Como si se tratara de una extensión de la consciencia de Mary, más que una mera ilusión hecha de luz y humo, combinados con magia.

Phil pensó: «Muy inteligente. Ojalá logre sobrevivir esta noche para preguntarle cómo lo hizo».

Horace indicó a Mary con un gesto de la mano dónde debía colocarse: en el costado izquierdo del cuerpo inmóvil.

«Lo sabes —corroboró—. Sabes que no es ella».

Ladeó con sordina la mirada hacia el estante. El metal centelló.

—Vaya, vaya. ¿Qué tenemos aquí? —sonrió Mahlon West.

Philip lo vio cruzando la habitación hacia el estante.

Su corazón se detuvo. Mahlon se alzó sobre las puntas de sus botas y alcanzó la daga.

El aire se heló. Philip, sudando, petrificado, echó un vistazo hacia Horace, que negaba con la cabeza (debía permanecer inmóvil, decía, aún no era el momento de actuar) y lo miraba con ojos hundidos en el rostro como las cuencas vacías de una calavera.

El nigromante giró sobre sus talones. Despacio.

—Me pregunto —dijo— ¿cómo llegó esto aquí?

—¿Qué? —preguntó Darkling. Se irguió y ladeó la cabeza. Una expresión de pavor cruzó su horrible cara.

—Lleva mucho tiempo ahí arriba —dijo Horace.

Quien lo oyera, no sospecharía que él mismo la colocó en ese lugar recientemente—.

Quizá unos ochenta años o más. Nadie la ha tocado.

Todas las familias de seguidores de la luz poseen una, y nuestra familia no iba a ser la excepción, ¿verdad?

—No esperó respuesta—. Y está cubierta de polvo.

Mahlon deslizó el índice por el puño de la Rhiptus . Lo frotó con el pulgar.

—Creí que no tenías armas aquí —apuntó. Su tono era bajo y amenazante. La daga centelleó en sus manos.

—No importa —espetó Darkling—. Devuélvela a su lugar. No quiero verla. O mejor, llévatela de aquí, no quiero correr riesgo.

Mahlon asintió. Era evidente que no se había creído la historia de Horace.

Echó a andar hacia la salida. Philip pensó que la situación se le estaba saliendo de las manos, que la única oportunidad que tenía para detener al espectro se alejaba a paso andante con el nigromante.

Sintió por un largo instante que el tiempo se ralentizaba. Debía actuar, y rápido.

— ¡Espera! —gritó.

Mahlon se detuvo.

—¿Qué sucede, Phil? —preguntó—. Temes que no vuelva. Te aseguro que lo haré para cuando esto acabe.

Philip continuó sin prestarle atención:

—Hay algo que debes saber. —Y apuntó a Mary con el dedo—. Ella no te servirá de nada.

Darkling giró la cabeza.

—¿De qué estás hablando?

—Fuiste engañado. —Philip bosquejó una amplia sonrisa—. Esa no es Mary Cartwright.

Hubo una pausa. La estancia quedó en completo silencio.

Luego resonaron las fuertes zancadas de Mahlon West yendo hacia la chica, que permaneció extrañamente inconmovible ante la inminente aproximación del nigromante.

West extendió su brazo... Y, poco antes de que el nigromante tocara la imagen intangible de la joven, hubo un destello.

(«Ya es medianoche», pensó Philip.) Después, humo blanco, que se vertía y desvanecía sobre el suelo de tablones.

Al final no quedó nada. Mary se esfumó en un visto y no visto. En realidad, nunca estuvo.

El rostro de Darkling se deformó en una mueca colérica, deplorable —como si su apariencia habitual, ya de por sí, no fuera lo suficientemente espantosa— y se levantó de la camilla improvisada a una velocidad increíble.

Para Philip, este fue el momento indicado de ponerse en pie también.

Mahlon no encubrió su sorpresa, su única pupila se dilató.

Pese a esto, se recobró de prisa e intentó lanzarse sobre Philip.

Philip alargó brazo y meneó la mano hacia arriba como si fuese a lanzar una pelota invisible.

El nigromante salió disparado por el aire varios metros hacia atrás e impactó contra una pared, volcando una antorcha que, gracias a Dios, se apagó al golpear el suelo.

Mahlon se levantó casi de inmediato e intentó cargar de nuevo.

Philip se valió de sus conocimientos en combate para contrarrestar los golpes y patadas del nigromante; lo consiguió, pero no del todo; también acometió algunos golpes, la mayoría fueron esquivados por el oscuro, que se movía tan ligero como una pluma.

Así estuvieron enzarzados, acaso dos minutos, hasta que una fuerte patada de Mahlon le alcanzó el estómago.

Philip cayó de rodillas. Mahlon lo pateó de nuevo, esta vez en las costillas.

Philip rodó por el piso, gimiendo, mientras la siguiente patada del nigromante lo alcanzaba en la parte interna del muslo derecho; la siguiente en el omóplato izquierdo, y la que le siguió, en la mandíbula.

Philip notó el sabor metálico de la sangre en su boca.

— ¡Basta! ¡DETENTE! —Las patadas cesaron. Horace se arrodilló junto a Philip y lo tomó por el brazo con sumo cuidado. Luego exclamó—: Yo, Horace Holbrooke, te revoco la invitación a esta casa, Mahlon West.