17
LA CASA HOLbrOOKE
Mahlon West ordenó a Horace recibir a los recién llegados en la planta baja.
En otras circunstancias, Philip se habría sentido horrorizado de quedarse a solas en compañía del sádico nigromante.
Sin embargo, en ese momento, estaba tan absorto en su dolor, que a duras penas se dio cuenta de cuando su tío salió de la habitación.
«Puede que esta noche hayas perdido un hermano, pero has ganado un par de primos».
No hizo falta preguntar a qué se refería Mahlon West. Tampoco quería oír los detalles, y sabía que el nigromante no escatimaría en ellos si llegaba a hacer la pregunta.
En otras condiciones, se habría valido de cualquier forma posible para cerciorarse de que solo se trataba de una vil mentira para quebrantar su espíritu (Mahlon era bien conocido por ello).
Pero al fijarse en el rostro de Horace —sus ojos inyectados en sangre, demacrado, con rastro de lágrimas, más taciturno de lo normal—, toda incertidumbre quedó disipada.
Esta era una cruel verdad: uno de sus hermanos estaba muerto, y no se atrevía a preguntar cuál.
El albor de las antorchas, aquí y allá, conferían una atmósfera macabra a la Habitación de los Conjuros.
Mahlon se paseaba por la estancia con las manos tomadas a la espalda, mirando con notable interés los utensilios quirúrgicos que tenía Horace en una de las mesas.
Echó mano a un escalpelo. La llama de la antorcha más cercana arrancó un destello de la filosa hoja de metal.
Mahlon se volvió.
—Pues bien, Phil —dijo, avanzando despacio hacia Philip con una mueca risueña, siniestra. Se detuvo a escasos centímetros del muchacho antes de añadir—: ¿Qué te parece si te hacemos una pequeña... imperfección? Así no me parecerás tan tentador.
Bien mirado, aquello no sonaba mal. Philip habría aceptado de buena gana. Pero sabía que el nigromante no hablaba en serio.
—Haz lo que quieras —dijo, con los labios apretados.
—¿De verdad? —Mahlon sonrió afiladamente—.
¿De verdad lo que quiera ? —Hizo una pausa como si esperase una respuesta.
Phil ladeó la cabeza. Mahlon soltó una risotada; luego añadió—: ¿Sabes, Phil?
Hace poco un joven como tú me hizo la misma propuesta, y pasamos uno que otro momento inolvidable.
.. Él, puedes apostarlo, jamás lo olvidará.
—Suspiró—. Esta vez, por desgracia, temo que no será posible.
No hay tiempo para diversiones. Ahora no.
Quizá después. Cuando dejes de ser casi tan importante para Darkling como aquella criaturita que viene con él.
Se refería a Mary; Philip lo sabía. Sin embargo, no pudo evitar preguntar:
—¿Yo? —No lo entendía—. ¿Qué quiere de mí?
Mahlon caminó de nuevo hacia la mesa de utensilios quirúrgicos, y dejó el escalpelo en su lugar. Suspiró hondo (o al menos hizo un remedo de suspirar con aire dramático).
—Eres Philip Holbrooke —habló West—. Primogénito del inmolado Lucas Holbrooke y tataranieto de Ben Holbrooke, el gran protagonista de la Guerra del Eclipse Rojo.
Descendiente del linaje de Rokar de la Isla de Man.
Posees una de las sangres mágicas más poderosas de nuestro mundo: eso es lo que desea de ti nuestro amigo en común, Phil. Tú poder.
— ¡No! —exclamó Philip, la voz desgarrada.
Mahlon West esbozó una amplia, aterradora, sonrisa.
—Como si tuvieras elección, Phil —dijo. Se dio vuelta—.
Pero no. Y no tienes de qué preocuparte.
De momento. Lo único en lo que nos ocuparemos esta noche será en que Darkling obtenga su ansiado cuerpo y por fin sea liberado de su anfitrión.
Cualquier anfitrión. Horace realizará el hechizo de desunión.
Como siempre se tuvo previsto. —Las antorchas trepidaron al mismo tiempo.
El nigromante, de imprevisto, giró la cabeza hacia la pared de piedra del costado—. Llegaron.
Philip contuvo el aliento un breve instante.
La pared se onduló como agua perturbada y los recién llegados se abrieron paso al interior de la Habitación de los Conjuros.
Primero Darkling, a quien Phil recordaba de aquel encuentro en el baile del solsticio (su rostro gris y lleno de protuberancias era como una pesadilla difícil de olvidar).
Mary y Horace fueron los siguientes en aparecer.
Philip se contuvo de decir el nombre de la muchacha.
Había algo raro en ella. Cuando sus miradas se encontraron, ella apenas parpadeó antes de bajar la vista.
—¡Nos volvemos a ver, Holbrooke! —repuso Darkling.
Philip sintió escalofríos al advertir aquellos ojos tan negros como la brea puestos en él.
—Por supuesto, ya conoces a Mary. —El espectro hizo un gesto con la mano hacia la joven, que seguía imperturbable—.
No hacen falta presentaciones. Hasta donde tengo entendido, ambos se conocen desde antes de que asistieran al patético baile del solsticio de Katterblack.
Yo, desde luego, no he olvidado cómo arruinaste mis planes aquella noche, Holbrooke.
Y me siento tentado a saldar aquella deuda en este momento.
—Su mirada se oscureció aún más de lo que cualquiera hubiera creído posible a la sazón—.
Pero el tiempo apremia. Y le hice una promesa a Horace de que no te haría daño.
Mahlon intervino:
—En efecto. Y ya le he contado a Philip de su parentesco con la preciosa criatura que tienes al lado.
Darkling amplió la sonrisa.
—Maravilloso.
En aquel breve instante —tan expeditivo que ni el nigromante o Darkling pudieron notarlo—, las miradas de Philip y Horace se cruzaron.
Phil advirtió una ligera vacilación en el brillo de los ojos de su tío, un destello arrancado por las llamas de las antorchas del objeto metálico que estaba sobre el librero. No todo estaba perdido. O eso esperaba.
Abigail entró con prisas a su habitación.
La puerta debió causar aquel terrible estruendo al abrirse (hace tiempo que debían aceitarse las malditas bisagras), puesto que Andrew apareció, apoyado contra la moldura, de brazos cruzados.
Tenía una expresión como de «¿Qué diablos está pasando?
» mientras acosaba el ajetreo de su hermana con la mirada, aún sin hacer la pregunta en voz alta.
Sus armas estaban guardadas en un pesado baúl de madera bajo el lecho.
Abby se inclinó, aferró la aldaba del baúl y tiró de ella con todas sus fuerzas, la cara contraída.
La madera crujió bajo el peso. Por último, Abby se enderezó, suspiró y echó un vistazo a su hermano, a su vez con una expresión de «Gracias por la ayuda».
Y pensó: «Maldita sea. ¿Qué esperas para hacerme la pregunta? ».
Andrew se mantuvo callado. Abby torció los ojos.
—Han atacado la mansión Katterblack —dijo, volviéndose hacia el baúl.
Vio por el rabillo del ojo como aquella impavidez desaparecía del rostro de su hermano, y este se erguía en un rictus, en tanto ella rebuscaba entre las armas cuál se llevaría consigo.
Había descartó el arco de inmediato puesto que aún no había terminado de elaborar su último juego de flechas.
En realidad, apenas había empezado el día anterior.
Escogió un par de daxarus . Eran ligeras, y sabía bien cómo usarlas, aunque no tanto como Grace.
Se levantó.
—¿Darkling? —inquirió Andrew. ¡Por fin!
—Eso creo. Me pareció oír que Sawyer, Witheford y Lance están en la mansión ahora mismo. También Lloyd. Quizá la farsa de Richard Katterblack finalmente se ha descubierto.
Era probable. Aquello podía significar, en efecto, que la repentina aparición de varios de los miembros del Gremio, cerca de la medianoche, tenía que ver Darkling.
—Voy contigo —dijo Andrew, de pronto, mientras Abby cruzaba la alcoba hacia la puerta.
Ella se detuvo, absorta. Había un brillo fiero, lleno de decisión, en los ojos de su hermano.
No hacía falta leer su mente para adivinar que su repentina disposición, en parte, concernía a Mary.
Y en parte, porque el Andrew que Abby conocía jamás desaprovecharía la oportunidad como esa.
Todavía quedaba de ese Andrew en alguna parte: ella misma lo vio aquel día en las ruinas de la fábrica Cartwright.
—¿Estás seguro? —preguntó Abby. Enarcó una ceja. No pudo evitarlo.
—Sí. —«Y no me mires así», lo oyó añadir mentalmente. «Podré soportarlo. Soy fuerte».
Abby asintió.
—En ese caso —dijo—, coge tus dagas. Y hazlo rápido.
Hubo abrazos, rodaron lágrimas. Céline no pudo contenerse en cuanto a esto último (tampoco lo intentó).
Cuando el emotivo reencuentro terminó, Mary, sobremanera pálida, relató a sus primas y a los miembros del Gremio que se hallaban reunidos en el recibidor de la mansión Katterblack, lo ocurrido con Darkling en la segunda planta. Cómo consiguió escapar.
—¿Cómo es posible? —preguntó Céline mientras se enjuagaba las lágrimas con el pañuelo de Sawyer—. Yo te vi. Te marchaste con Darkling. Me... Me pediste que...
—Lo sé. —Mary esbozó una tenue sonrisa y puso una mano en el hombro a Céline—. Se trató de un encanto de medianoche.
Oscar Witheford, absorto —no era el único en la estancia que a simple vista lo estaba—, intervino.
—¿Quieres decir —preguntó— que un espejismo ha ido con Darkling en tu lugar?
—Sí. Y cuando la noche esté en su punto más oscuro, Darkling sabrá la verdad...
—Que fue engañado —añadió el sheriff Sawyer, atónito.
Se oyeron pasos desde otro extremo del recibidor. De un pasillo contiguo. Dos figuras emergieron de la penumbra. Céline contuvo el aliento, llevándose una mano al pecho. Lance Greystar y el sheriff Sawyer sacaron sus armas a una velocidad increíble. Witheford, ceño fruncido, dio un paso al frente.
—Son Abigail y Andrew —indicó, antes de que las sombras tomaran forma humana.