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ENCANTO DE MEDIANOCHE
—Hoy, mis queridas, les enseñaré cómo hacer un encanto de medianoche.
—¿Encanto de medianoche? —repitió Elise, confundida.
La misma confusión traslucía en el rostro de su hermana.
—¿No es muy pronto para elaborar encantamientos? —preguntó Céline.
Val sonrió. Mary, por su parte, no entendía el porqué de tanto desconcierto.
Si bien la señorita Atwood había dado a entender que no era necesario llevar a la práctica sus lecciones de conjugación y dominación, tampoco era del todo extraño que cambiase de parecer en este aspecto; después de todo, Mary pensó, aquellas hacían parte de las cinco disciplinas mágicas, y el señor Katterblack le había explicado que Atwood la instruiría en cuatro de las cinco disciplinas, relegando del arte del combate.
—No lo creo. No para ti o para Elise —contestó Val.
Luego fijó su brillante mirada en Mary y añadió—: Quizá sí un poco para ti, cariño, pero en el escaso tiempo que llevo instruyéndote he notado que aprendes tan rápido como tus primas.
Además, como bien saben, corren tiempos oscuros en el pueblo, y es mejor estar preparadas, ¿no creen?
Las tres, tardías, asintieron.
—Pues bien —siguió Val. Acto continuo abrió el broche de bronce oxidado que cerraba la valija sobre sus piernas, y metió ambas manos en su interior.
Sacó un pesado volumen de cubierta terciopelo roja y el canto de las hojas en dorado.
Mary reconoció el título en la cubierta y pensó que aquella debía ser una edición más reciente dada su impecable condición.
En seguida cayó en la cuenta de su error al fijarse en los bordes, que develaban el paso de los años; décadas, tal vez.
Val dejó el pesado volumen Pociones y Encantamientos en la mesa de centro.
Suspiró profundo y amplió la sonrisa al mirar a sus tres aprendices.
Después, abrió la cubierta y empezó a pasar las páginas con un entusiasmo cuidadoso.
En tanto, Mary intentaba recordar si alcanzó a leer algo sobre los encantos de medianoche en el ejemplar del mismo volumen que tenía en su habitación.
Ningún detalle acudió a su mente en ese momento. Salvo que aún no lo había terminado.
—Aquí —indicó Val, alegre, golpeando la página en cuestión con la yema del dedo índice.
Su reacción había provocado un leve sobresalto en Elise, que intercambió una mirada fruncida con su hermana y su prima. Céline miraba a la institutriz con la misma vacilación desde que esta anunciase de qué iba la lección del día.
Val se irguió. Empezó su explicación.
Un encanto de medianoche era, en palabras de Atwood, una conjugación ilusoria, un espejismo en el aire, una fantasía a los ojos, una sombra en el día.
Los encantamientos —e hizo especial énfasis en « encantamientos »— cumplen una función entre muchas: encantar, hipnotizar, confundir, mostrar al hombre lo que este realmente deseaba ver.
Si una persona cuyo amante pereció a causa de una enfermedad o de un trágico suceso anhelaba volver a ver a su amado, bien podía conjugar un encanto de medianoche para traerlo de vuelta por algunos instantes.
Ojo: eso tenía sus consecuencias. Como todo.
Y como el nombre lo indicaba, un encanto de medianoche solo perduraba hasta que la noche tocaba su cúspide.
A veces, había quienes olvidaban que solo se trataba de un poco de magia con fecha de caducidad; terminaban con el corazón doblemente roto cuando aquella magia se desvanecía, y, llevados por el dolor de la pérdida, decidían acabar con su sufrimiento desde su propia su existencia.
Mientras la señorita Atwood hablaba, Mary reparó en cómo un sufrimiento semejante al que estaba describiendo traslucía en los enormes ojos color jade de la mujer hadúna.
Mary tuvo la impresión —casi convicción—de que Vallery estaba hablando desde su propia experiencia: perdió a un ser amado, lo trajo de vuelta a través de un encanto, y estuvo a punto de quitarse la vida por ello.
Ladeó la cabeza. Observó que sus primas estaban absortas en la explicación de la institutriz mágica, puede incluso que hubieran llegado a la misma conclusión sobre la anecdótica naturaleza de la explicación de Vallery.
Céline, que no era precisamente una romántica empedernida, parecía al borde de las lágrimas.
Elise le puso una mano en el hombro como en gesto de consuelo.
Val guardó silencio un instante, acabada su explicación.
Acto continuo, la práctica. Val instó a sus jóvenes aprendices a levantarse y tomarse las manos entre ellas, con ojos cerrados. Debían concentrarse, indicó. Céline tuvo la idea de preguntar: «¿En qué se supone debían concentrarse?»; a lo que Vallery respondió, con una risita:
—Concéntrense en... —una pausa— en Céline.
Esta soltó un bufido. Algo impropio en ella.
—¿En mí? —dijo, riendo.
—Sí, querida —dijo Val—. ¿Acaso no te gustaría ver tu propio reflejo frente a ti?
—S-Sí —titubeó Céline—. Supongo. Bueno, suena un poco aterrador. Pero, claro, sí que me gustaría.
«Por supuesto que sí», pensó Mary. Y sonrió.
—La parte difícil —siguió Val— es concentrarse en una imagen de Céline y, al mismo tiempo, murmurar correctamente las palabras del encantamiento. Céline les trasmitirá su energía vital a través del tacto de sus manos. Ustedes, repitan mis palabras. Y concéntrense.
Lo hicieron. Al cabo, por indicación de Val, las tres abrieron sus ojos.
Mary había creído que la gemela idéntica de Céline surgiría de la nada en el centro del círculo que formaban ella y sus primas, por ende, cuando abrió los ojos y no la encontró, su pensamiento inicial fue que tal vez no había funcionado, que habían hecho algo mal. Pero estaba equivocada: sí funcionó.
La gemela idéntica de su prima emergió de la propia espalda de Céline.
El parecido era asombroso, del todo exacto, observó Mary, asombrada.
El mismo cabello oscuro que llevaba recogido, la extraña mezcla entre azul y castaño de sus ojos, el ligero parecido en el perfil de su padre; incluso llevaba puesta la misma vestimenta.
Céline se asustó un instante al mirarse así misma a los ojos. Luego pareció encantada.
Sonrió.
—Este color en definitiva me favorece —dijo, cogiendo una parte de la falda en plisé rosada que usaba su semejante idéntica. Después se volvió hacia Val, curvando una ceja, y preguntó—: Ahora bien, ¿cómo nos deshacemos de ella? ¿Realmente debo esperar hasta la medianoche?
Val, sonriendo, dio un par de zancadas y hendió con su brazo el reflejo de Céline.
La auténtica Céline sofocó un gritico. Elise parpadeó perpleja.
Mary abrió mucho los ojos. Tras un breve destello, el encanto de medianoche se desvaneció, a mitad del día, dejando apenas un rastro de humo blanco en el aire.