15 #5
Tras la partida de Darkling y Mary, Céline, consternada, había vuelto al comedor con las manos cerradas como puños en un esfuerzo por contener las lágrimas a pura fuerza de voluntad.
Para entonces, Elise, según esta misma le avisó al verla reaparecer, aseguró haber trasmitido con éxito un mensaje mágico a los miembros del Gremio.
Ya venían en camino. Las hijas de Richard Katterblack, junto a sus mucamas, ahora esperaban a la comitiva fuera, en el pórtico de la mansión.
Céline preguntó por el mayordomo de su padre; estuvo ausente en la cena, lo cual era una verdadera extrañeza.
—No lo he visto, señorita —comentó Tara—.
De hecho, hace mucho tiempo, acaso horas, que no he visto a Sutr.
.. —Hizo una pausa. Parecía recordar algo.
Habló con tono nervioso a la vez que risueño—: Pensándolo ahora, señorita, la última vez que lo vi, entraba a la habitación de su padre (quizá llevaba la merienda al señor), apenas entreví su espalda encorvada. Nada más.
Y entonces empezó a llorar. Olee la consoló, de la misma forma que Céline consolaba a su hermana: rodeándola con un brazo y ofreciéndole su hombro como paño de lágrimas.
—¿Crees que estén bien? —preguntó en voz baja Elise a Céline. De algún modo supo que no se refería a Sutr.
—Ella estará bien —contestó, al mismo tiempo que pensaba: «Eso espero».
Tal vez por eso no sonó tan convencida. En cuanto a su padre, Céline estaba segura de una cosa: lo habían perdido para siempre.
Pero ya habría tiempo para el duelo, siempre lo había.
Elise empezó a trepidar, Céline y las mucamas estaban a punto de hacerlo también.
El frío seguía redoblando, y se notaba en las tenues ráfagas de viento que soplaban allá fuera.
Céline se preguntó si no estarían más seguras dentro (aunque la idea de estarlo era insoportable; percibía que las demás pensaban lo mismo) y, de igual forma, si había hecho bien al dejar que Adler subiera a las habitaciones a por unos abrigos. Se estaba tardando demasiado.
«Él mismo se ofreció —pensó Céline—. Fue insistente. ¿Qué podía decir yo? Hace mucho frío».
En aquel momento las imponentes compuertas de hierro se abrieron hacia dentro con un restallido metálico y los miembros del Gremio entraron en tropel sobre sus monturas.
Céline, más que aliviada, sintió que perdía el aliento.
Como si un puño se cerrase en su garganta, y su corazón latía con tanta fuerza que amenazaba con abrirle un boquete en el pecho.
A su lado, Elise se había erguido como un resorte en cuanto los vio entrar, tal vez con la esperanza de encontrar a Philip entre ellos.
Céline reconoció uno a uno mientras bajaban de sus monturas: no estaban todos ni mucho menos.
A lo mejor el resto todavía estaba en camino.
—¿Están bien? —preguntó Oscar Witheford, a ojos vistas cansado, mientras subía a zancadas los escalones de la entrada.
No obtuvo respuesta. De pronto, las compuestas, que estaban a medio cerrar, volvieron a tañer al abrirse.
Era Lloyd Blackfell, la capa oscura hondeándole a la espalda.
Galopó hasta la entrada, bajó de su montura y subió de prisa (como un energúmeno, pensó Céline) los escalones hacia la puerta principal.
Allí se detuvo y observó a todos con ojos tan abiertos como platos.
Furibundo. Asimismo, preguntó, casi bramando:
—¿Dónde está Darkling?
Céline pensó: Quizá estos caballeros esperasen una nueva campeada contra Darkling y sus siervos, tal como la última vez.
Pero no era eso con lo que iban a encontrarse ni mucho menos.
Esta vez no se desenfundaría ninguna arma.
Esta vez el campo de batalla era terreno inexplorado.
Cuando el sheriff Sawyer se adelantó e hizo la misma pregunta que Lloyd, Céline y Elise cruzaron una mirada antes de que la primera contestara que se había ido. Con Mary.
—¿Adónde? —insistió Sawyer.
El frío rayaba lo intolerable. Todos entraron en la mansión para ampararse.
Una vez dentro, las hermanas Katterblack narraron a la comitiva del Gremio los funestos acontecimientos recientes, empezando por el anuncio de aquella cena (que fue idea de Céline), la aparición de Darkling y, por último, la partida de este y Mary por la puerta principal.
—No pude hacer nada —acabó diciendo Céline; lloraba en tanto hablaba.
El sheriff Sawyer sacó un pañuelo del interior de su gabardina y se lo entregó.
Ella se sonó la nariz antes de seguir—. Partieron, sin más.
Darkling se hizo con uno de los carruajes de mi familia; yo solo los vi alejarse. .. —Rompió a llorar de nuevo.
En esta ocasión, Elise fue quien acudió a su lado y le ofreció su hombro como paño de lágrimas.
Céline no sabía cabalmente por qué lloraba: si por el aciago destino que tendrían sus seres queridos, o por no haber hecho nada para evitarlo.
Probablemente ambas. Sentía culpa de no haberse enfrentado a su padre antes de esa noche.
Culpa de que el miedo por saber la verdad le hubiese impedido hacer algo —cualquier cosa— para detenerlo. Ya era demasiado tarde.
Lance Greystar había dicho algo, en realidad había hecho una pregunta. Céline apenas logró escucharlo. Irguió la cabeza. Lance repitió:
—¿Qué fue lo último que te dijo Mary?
Céline se enjugó la nariz con el pañuelo de Sawyer e hizo memoria.
—Cuida a Sam —dijo. Aun tras oír sus propias palabras tardó un instante en caer en la cuenta. Abrió mucho los ojos—: ¡SAM!
—Estoy bien.
La voz vino desde la cima de la amplia escalera.
Todos alzaron sus cabezas al mismo tiempo y, por un segundo, también pareció que contenían el aliento.
El aire en el recibidor se tornó denso. El corazón de Céline empezó a latir de prisa y corriendo, como si fuera lo único vivo en aquella confusa, transitoria, quietud.
Adler, que llevaba los abrigos colgando del brazo, estaba allí arriba.
Con Sam, sonriente, que había hablado al escuchar su nombre.
Y Mary, que posaba una mano en el hombro de su hermano.